Comentario – Viernes II de Adviento

(Mt 11, 16-19)

Aquí tenemos otro texto que nos muestra una característica importante de la vida terrena de Jesús. Él no era un asceta sacrificado, un modelo lejano de perfección, un profeta absorto en la presencia divina, como Juan el Bautista.

Jesús era criticado más bien por ser un comilón y un borracho, y amigo de la gente despreciable. La figura de Jesús que nos muestra este texto es la de un Dios que no sólo se hace hombre, sino que se mete completamente en el mundo, que no tiene miedo de juntarse con cualquiera, que camina por los callejones de los pecadores, que trata con las prostitutas ante la mirada acusadora de los moralistas, que sale a comer y a beber con los rechazados por la sociedad.

Es fascinante descubrir que el Hijo de Dios, que estaba por encima de todo, decidiera con amor hacerse uno más de nosotros, uno del montón, un hijo de nuestra tierra mezclado con cualquiera de nosotros.

Para él todos somos importantes, no hay ninguno excluido de su visita; para él todos son signos de que él se acerque a su casa y comparta su intimidad.

Verdaderamente Jesús compartió y comparte nuestra vida pequeña en todo, menos en el pecado. No era una suerte de puritano que quería aparecer en la sociedad como modelo de pura sobriedad, de áspera renuncia y de perfección, sino un enamorado del ser humano, que quería vivir hasta el fondo la existencia del hombre y acercarse como nadie al hermano caído.

Por eso no tiene sentido escapar de él cuando nos hemos sumergido en la miseria, precisamente cuando él más nos está buscando.

Oración:

“Qué admirable y qué maravilloso es ver que te acusaban de mezclarte con los despreciables. Qué golpe para nuestra preocupación enfermiza por la imagen y por el qué dirán. Dame Jesús, ese comprometido amor al pobre y al pecador que te llevaba a compartir sus vidas hasta el fondo para poder darles amor y acercarlos a la luz”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Anuncio publicitario