La alegría tiene un rostro y un futuro: Jesús

1.- Estamos acercándonos a los días santos de la Navidad. De muchas formas nos podemos dejar bañar en este tiempo que le precede.

Ojala, que como el profeta Isaías, sintamos que Jesús es quien cura corazones afligidos y que, como ungido, nos trae profundidad, caricias y gozo de Dios.

Esperamos un nuevo amanecer para nuestro mundo. ¡Son tantos nubarrones, los que lo mantiene a medio oscuras!

Deseamos a alguien con palabras en consonancia con los hechos. Anhelamos un nuevo modo de vivir y de disfrutar la misma vida.

Ansiamos, en definitiva, un mensaje muy distinto a los que estamos acostumbrados a recibir. ¿Y no es Jesús, acaso, la mejor noticia y el mejor mensaje? ¿Y no puede ser, Jesús, un redescubrir el secreto más profundo de la Navidad?

A veces creemos que somos libres. Pero, en el fondo, todos palpamos que estamos esclavos de muchas fuerzas externas que nos mantienen en constante tensión, presos por la forma loca de entender y de deambular por la vida. Jesús, es aquel que rompe tanta atadura que mantiene al hombre cerrado, enrejado, maniatado. ¿Quieres ser libre? No lo dudes, Jesús, cuando es escuchado, produce sentimientos de liberación, de paz, de salud, de concordia.

¿Quieres seguir oprimido? Vive como si lo efímero fuese lo definitivo para alcanzar la felicidad. Mañana mismo te darás cuenta que, la auténtica alegría, no está en las falsas recetas que nos inventamos, sino en la verdad interior donde habla Dios.

2.-Una dimensión que hemos perdido, y que es fuente de alegría, es el saber estar con aquellos a los que se ama. La televisión, los ruidos, Internet, etc., han hecho que nuestras relaciones se enfríen y, por lo tanto, se hagan más distanciadas.

En el plano de la fe ocurre tres cuartos de lo mismo. Quien está pagando los platos rotos de tanta apariencia y superficialidad es Dios. Hay un cauce por el que se nos muestra tal y como es, donde nos habla, donde se convierte en un surtidor de paz y de sosiego, de alegría desbordante y de sonrisa en el rostro: la oración. Con ella aprendemos a descubrir a Aquel que vino, viene y está por venir al final de los tiempos. Este tiempo de adviento, entre otras cosas, nos prepara para ser centinelas, guardas jurados ante la venida del Señor. La Navidad, si la queremos santa y buena, debe de producir en nosotros un efecto de llamada a la alegría, al gozo interior. Como Juan, sabemos que somos indignos de desatarle ni las correas de la sandalia, pero como Juan, podemos hacer algo: que la alegría sea un distintivo, una bandera, una insignia de lo que llevamos y vivimos por dentro: la presencia de Jesús que viene.

Preguntaba un maestro espiritual a su discípulo; ¿dónde está el alimento de tu alegría? Y, viendo el maestro que el discípulo dudaba, le añadió: el día que respondas sin pensarlo, que Dios es todo para ti, comprobarás que la alegría no necesita más fuente que la divina.

3.- Como Juan, nosotros somos la voz, pero ¿y la Palabra? La Palabra que viene a nosotros con rostro humanado, ese, es Jesús.

Como Juan, nosotros somos aves de paso ¿y Jesús? Jesús es lo definitivo, lo anunciado, lo esperado, lo eterno.

¿Cómo no dar gracias a Dios por permitirnos anunciar su presencia en el mundo?

¿Cómo no pedirle fuerzas para seguir gritando en medio de los desiertos de tantas personas que no viven ni esperan la llegada del Salvador?

¿Cómo no acongojarnos de ser heraldos de su llegada, de su amor, de su humillación?

¿Cómo no ser intrépidos por anunciar, aún a riesgo de desaparecer, el reino de Dios?

¿Cómo no sentir que, la iglesia, es esa antorcha viva y sostenida por tantas manos que simboliza la luz que es Cristo?

Adviento. Iremos disminuyendo, como Juan Bautista (pero no debilitándonos) para que venga Aquel que tiene que venir.

¿Cómo no tomar la delantera para desbrozar caminos, rebajar riscos y allanar corazones para la llegada del Señor?

Llega la Navidad. ¿Somos voces que gritan, celebran, viven, desean y promueven el nacimiento de Jesús? ¿O somos tímido susurro que se acobarda ante otras voces que gritan ocultando lo verdaderamente importante?

Javier Leoz