Testigos de la luz

1.- «Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren… «(Is 61, 1) Dios Padre se compadeció del sufrimiento de sus criaturas y quiso consolarlas, aliviarlas por medio de su Hijo Unigénito. Para eso vino Jesucristo, el Verbo de Dios hecho hombre, hasta nuestra tierra. Con él llegó la paz y la alegría para cuantos gimen y lloran en este valle de lágrimas. Con él nos llega, en efecto, el perdón divino, el tesoro inapreciable de la Redención.

No obstante, para alcanzar el fruto de su salvación es preciso que preparemos el corazón, es necesario que allanemos los caminos del espíritu mediante la oración y la penitencia. Suplicar una y otra vez, con mucha humildad y gran confianza. Que Dios tenga misericordia de nosotros y perdone nuestros pecados. También hay que mortificar nuestros sentidos para de ese modo purificarlos y fortalecerlos. Hemos de negarnos a nuestros propios gustos y caprichos, expiar nuestros pecados por medio de la penitencia. Sólo así podremos recibir adecuadamente, y con fruto, la llegada inminente de nuestro Dios y Señor.

«Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios…” (Is 61, 10) En medio del clima de oración y penitencia, tan propio del Adviento, la Iglesia nuestra Madre nos exhorta por boca del profeta Isaías a que nos llenemos, hasta desbordar, con el gozo del Señor. Aunque parezca una paradoja, así ha de ser: gracias a la oración y a la penitencia el alma se purifica y se acerca más a Dios, hasta sentir el gozo inefable de estar junto a él, de rozarle y abrir el corazón a su amor entrañable. La esperanza cierta de que el Señor llega hasta nosotros tiene que ser un motivo sólido y profundo de alegría, de paz y felicidad anticipada, unas primicias del júbilo de la Navidad que se acerca. Más aún: un anticipo de la dicha infinita que Dios reserva para quienes le sean fieles hasta el final. Repitamos con las palabras del profeta de la alegría mesiánica: «Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hará brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos».

2.- «Proclama mi alma la grandeza del Señor…» (Lc 1, 46) El canto interleccional está tomado hoy del «Magnificat», el cántico que recitara la Virgen María al recibir la felicitación de su prima Santa Isabel. El gozo de Nuestra Señora es tan grande que no puede menos que romper en un himno de alegría y de alabanza a ese Dios que late en su seno virginal, y que se ha fijado en la pequeñez de su esclava, que ha elegido su poquedad ínfima.

Ella entrevé la grandeza a que el Señor la ha elevado, se da cuenta de lo que ha hecho con ella el Omnipotente. Desde ese momento la llamarán bienaventurada todas las gentes. Y, efectivamente, así ha sido. A lo largo y lo ancho de los siglos, María ha sido alabada con los más bellos decires, con expresiones artísticas de todo tipo: los escultores más renombrados, los poetas más inspirados, los juglares de todos los tiempos, los pintores más famosos. Es tanto lo que Dios ha hecho en María Santísima que no podemos quedar impasibles ante tanta bondad y belleza.

«…su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación » (Lc 1, 49-50) María contempla la bondad infinita de Dios, comprende que esa misericordia que la ha elevado, se prodiga también con todos los creyentes. Sí, su misericordia pasa de padres a hijos, su bondad y su piedad son perennes, eternas. A los hambrientos los colma de bienes, sigue diciendo María inspirada por el Espíritu Santo, y a los ricos los despide vacíos.

A los poderosos los derriba de sus tronos y ensalza a los humildes. Esa realidad maravillosa llenará también de júbilo a Jesús, que agradecerá al Padre eterno ocultarse a los sabios de este mundo y revelarse a los sencillos y los humildes… Ojalá comprendamos las enseñanzas del «Magnificat». Al menos que entendamos, por una parte, la grandeza de María y agradezcamos tenerla por Madre. Por otro lado que nos esforcemos para ser sencillos y humildes, pobres de espíritu. Sólo así podremos ser amados de Dios, como buenos hijos de la Señora.

3.- «Estad siempre alegres. Sed constantes en orar» (1 Ts 5, 16) Siempre quiere decir siempre. Alegres de modo continuo, pase lo que pase. Y como una fórmula mágica que haga posible este milagro, nos dice a renglón seguido San Pablo: «Sed constantes en orar…» Dios es nuestro Padre. Si recurrimos a él con fe, si le buscamos con la misma confianza que un niño busca a su padre, si no dudamos ni por un momento de su amor infinito, si creemos firmemente en su poder sin límites, entonces todas nuestras penas y sufrimientos se esfumarán, se convertirán en gozo, en la alegría de los hijos de Dios.

Dad en todo gracias al Señor, nos dice a continuación el Apóstol. Son tantos y tan grandes los beneficios que cada uno recibimos que tenemos motivos más que suficientes para estar agradecidos al Señor. Sí, hemos de vivir profundamente agradecidos, también por esos favores que nosotros ignoramos, o esos otros que por tenerlos desde hace tiempo no los apreciamos. Y que esa gratitud lleve consigo una justa correspondencia, que tengamos siempre vivo el deseo de dar a Dios una prueba de agradecimiento, por ejemplo, mediante una entrega generosa a los demás por amor suyo.

«Guardaos de toda forma de maldad » (1 Ts 5, 16) Hay que ser buenos y también parecerlo. Hay que evitar hasta la apariencia de mal. Hemos de ser apoyo para la vida de los demás y nunca un tropiezo, vivir con autenticidad nuestra vida de cristianos delante de Dios, delante de nuestra propia conciencia, y también delante de cuantos nos rodean.

Qué estúpidos somos a veces. Llevados de no sé qué prurito, nos empeñamos en aparecer peor de lo que somos. Hay quienes incluso hacen alarde de sus pecados, quienes los exageran para llamar la atención. O quienes actúan sin preocuparse lo más mínimo del posible escándalo que puedan ocasionar. Es una conducta reprochable que merece sufrir las terribles amenazas que Cristo pronunció contra los escandalosos.

«Guardaos de toda forma de mal. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas».

4.- «No era él la luz, sino testigo de la luz» (Jn 1, 8) La liturgia sigue insistiendo en presentar ante nuestra mirada la figura austera de Juan Bautista, el hombre enviado por Dios para preparar a los que esperan al Mesías, «para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz». Testigo que declara ante el tribunal del mundo que Jesús de Nazaret es el Rey salvador anunciado desde siglos por los profetas de Israel. Sus palabras son recias y claras, avaladas además por su conducta intachable. Su vida es convincente, ratifica con el propio ejemplo las palabras que proclama. Y como él, también nosotros los cristianos hemos de vivir con todas sus consecuencias lo que nuestras palabras, como testigos de Cristo, han de proclamar.

«Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: Tú ¿quién eres? Él confesó sin reservas: Yo no soy el Mesías». Los enviados de Jerusalén siguieron preguntando, deseosos de averiguar quién era Juan en definitiva. Las respuestas del Bautista están llenas de sinceridad y de sencillez. Él no es un profeta, ni tampoco Elías como ellos se pensaban. Él es simplemente la voz que clama en el desierto, el heraldo del Rey mesiánico que se aproxima, el adelantado que prepara los caminos de un retorno, un nuevo éxodo hacia la Tierra prometida, bajo la guía de otro Moisés, el mismo Dios hecho hombre.

Las palabras de Juan Bautista son una lección de humildad y de verdad. Él confesó sin reservas quién era y quién no era, supo andar en verdad, que en eso consiste precisamente la humildad. Ni aparentó más de lo que era, ni disimuló lo que en realidad era. «En medio de vosotros -sigue diciendo- hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Sus palabras tienen una vigencia palpitante en nuestros días. Sí, también hoy Cristo Jesús, el Esperado, está en medio de nosotros y no nos damos cuenta de ello. Somos unos pobrecitos ciegos, sentados como Bartimeo a la vera del camino, pero sin preguntar, como él hizo, quién es ese que pasa por el camino. Porque, en efecto, él pasa una vez y otra al lado de nuestra vida, se deja oír en el murmullo que levanta su paso. Pero en lugar de preocuparnos por saber quién es ese que alza por unos momentos el vuelo de nuestro corazón, seguimos sentados, apoltronados y sordos para escuchar la voz de Dios, el rumor de su Espíritu. Vamos a rectificar, el Adviento es tiempo propicio para cambiar de ruta, para enderezar nuestro camino hacia el encuentro con Dios.

Antonio García Moreno