Vísperas – 18 de diciembre

VÍSPERAS

18 de DICIEMBRE

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Éste es el tiempo en que llegas,
Esposo, tan de repente,
que invitas a los que velan
y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro
doncellas con ramos verdes
y lámparas que guardaron
copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpean las necias
las puertas de tu banquete!
¡Y cómo lloran a oscuras
los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,
Esposo, por si vinieres,
y está el corazón velando,
mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,
Amor que a la noche vienes,
antes que la noche acabe
y que la puerta se cierre. Amén.

SALMO 134: HIMNO A DIOS, REALIZADOR DE MARAVILLAS

Ant. De Sión vendrá el Señor que ha de reinar: su nombre será Emmanuel.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
—en medio de ti, Egipto—
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De Sión vendrá el Señor que ha de reinar: su nombre será Emmanuel.

SALMO 134

Ant. Perseverad constantes, a vosotros vendrá el auxilio del Señor.

Señor, tu nombre es eterno;
Señor, tu recuerdo de edad en edad.
Porque el Señor gobierna a su pueblo
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,
hechura de manos humanas;
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,
no hay aliento en sus bocas.
Sean lo mismo los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Casa de Israel, bendice al Señor;
casa de Aarón, bendice al Señor;
casa de Leví, bendice al Señor.
fieles del Señor, bendecid al Señor.

Bendito en Sión el Señor,
que habita en Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Perseverad constantes, a vosotros vendrá el auxilio del Señor.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Yo miro atento al Señor; espero en Diso, mi salvador.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo miro atento al Señor; espero en Diso, mi salvador.

LECTURA: Flp 4, 4-5

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca.

RESPONSORIO BREVE

R/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

R/ Danos tu salvación.
V/ Tu misericordia.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Muéstranos, Señor, tu misericordia.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo.

PRECES

Oremos, hermanos a Cristo, el Señor, que viene a salvar a todos los hombres, y digámosle confiadamente:

Ven, Señor Jesús

Señor Jesucristo, que por el misterio de la encarnación manifestaste al mundo la gloria de tu vanidad,
— vivifica al mundo con tu venida.

Tú que participaste de nuestra debilidad,
— concédenos tu misericordia.

Tú que viniste humildemente para salvar al mundo de sus pecados,
— cuando vuelvas de nuevo con gloria y majestad, absuélvenos de todas las culpas.

Tú que lo gobiernas todo con tu poder,
— ayúdanos, por tu bondad, a alcanzar la herencia eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que está sentado a la derecha del Padre,
— alegra con la visión de tu rostro a nuestros hermanos difuntos.

Porque todos nos sabemos hermanos, hijos de un mismo Dios, confiadamente nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Concede, Señor, a los que vivimos oprimidos por la antigua esclavitud del pecado ser liberados por el nuevo y esperado nacimiento de tu Hijo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 18 de diciembre

1.-Oración introductoria.

Señor, me impresionan estas palabras del Ángel acerca de María: “Lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo”.  ¿Qué pasa entre María y el Espíritu? María, por ser siempre fiel al Espíritu, se ha topado con el Misterio. No ha intentado abrirlo, descubrirlo, sino que ha cargado con él y se ha fiado plenamente de Dios. Dame, Señor, la gracia de aceptar de Ti aquello que me rebasa, me trasciende y no acabo de entender. Más que entenderte, Dios mío, quiero creerte y fiarme de Ti.

2.- Lectura reposada del evangelio: Mateo 1, 18-24

La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros». Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.

3.- Qué dice el texto.

          Meditación-reflexión.

Resulta difícil aceptar la postura de José, el hombre justo, dispuesto a repudiar en secreto a María. Él no quería denunciarla porque también a la mujer “desposada” que se le sorprendía en adulterio, se le mandaba apedrear.  Y había decidido “repudiarla en secreto”, es decir, darle el divorcio. ¿En qué situación hubiera quedado la Virgen? La Virgen necesitaba a José más que nunca. Unas relaciones dentro de los “desposorios” no era ningún escándalo. Hay autores que van por otro camino mucho más convincente: Cuando María da señales de embarazo, José percibe que María está tocada por el misterio de Dios. Y, ante la cercanía de Dios, todo hombre religioso tiende a huir. Y piensa: María está llena de Dios. María es demasiado para mí. ¡No la merezco! Lo mismo que hizo Pedro ante la pesca milagrosa: “Apártate de mí, no merezco estar contigo”. Y Jesús le dijo: “No tengas miedo” (Lc. 5,8-10). Es lo que el Ángel le dice a San José: “No temas tomar contigo a María”. Aquí se descubre la gran humildad de José, el hombre que quiere vivir en el anonimato, sin ningún protagonismo de nada. ¿Qué vio Dios en María para ser elegida como madre suya? “Ha mirado la pequeñez de su esclava” (Lc. 1,48). ¿Y qué ha visto Dios en San José para ser el que asuma el oficio de padre de Jesús? Su gran humildad. Notemos que José asume este oficio en calidad de “igualdad” con su esposa. Pensemos en la queja cariñosa de la madre a Jesús: “Por qué has hecho esto con nosotros? Tu padre y yo angustiados te buscábamos” (Lc. 2,48). Tu padre y yo siempre juntos: juntos caminamos, juntos te buscamos, juntos sufrimos por Ti. En este matrimonio nadie es más que nadie. 

Palabra del Papa

“También san José tuvo la tentación de dejar a María, cuando descubrió que estaba embarazada; pero intervino el ángel del Señor que le reveló el diseño de Dios y su misión de padre putativo; y José, hombre justo, “tomó consigo a su esposa” y se convirtió en el padre de la familia de Nazaret. Toda familia necesita al padre. Hoy nos detenemos sobre el valor de este rol, y quisiera iniciar por algunas expresiones que se encuentran en el Libro de los Proverbios, palabras que un padre dirige al propio hijo y dice así: “Hijo mío, si tu corazón es sabio, también se alegrará mi corazón: mis entrañas se regocijarán, cuando tus labios hablen con rectitud”. No se podría expresar mejor el orgullo y la conmoción de un padre que reconoce haber transmitido al hijo lo que cuenta de verdad en la vida, o sea, un corazón sabio…. Ahora, continúa el padre, cuando veo que tú tratas de ser así con tus hijos, y con todos, me conmuevo. Soy feliz de ser tu padre”. Y así, es lo que dice un padre sabio, un padre maduro”.  (Audiencia S.S. Francisco, 4 de febrero de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito: Como San José, hoy voy a pasar totalmente desapercibido.

6.-Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, quiero que Tú me mires con la mirada con que miraste a María y a José. Para eso necesito ser humilde. Tus ojos se inclinan siempre hacia lo pequeño, lo pobre, lo sencillo, lo insignificante. Haz, Señor, que evite toda vanagloria, orgullo, soberbia. Que me sienta feliz, plenamente feliz, sencillamente porque Tú te has fijado en mí y, a pesar de mis pecados, me has amado y me sigues amando.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – 18 de diciembre

(Mt 1, 18-24)

Este texto destaca la figura de José, su nobleza y su generosidad, ya que él, sin saber todavía cuáles eran los planes de Dios, al enterarse del embarazo de María, decide abandonarla en secreto.

Este gesto de José significaba que, ante los ojos de la sociedad, él aparecería como un hombre deshonesto, que abandonaba a una mujer embarazada; pero así salvaría la vida y la imagen de María. Porque en aquella época, cuando un hombre no reconocía a un hijo y repudiaba a una mujer declarándose engañado, ella lo pagaba con la mujer, debía morir apedreada.

José estaba desposado con María; y si bien los desposorios no eran todavía el matrimonio, eran ya un compromiso firme de pertenecerse uno a otro; por eso se le dice a José: “María, tu mujer” (v. 20).

Sin embargo, el objetivo fundamental de este texto no es destacar la figura de José, sino más bien mostrar claramente que la maternidad de María era obra del Espíritu Santo y no de José.

De hecho, se cita el texto de Isaías 7, 14 según la versión griega, donde aparecía la palabra “virgen”. Esta concepción virginal era un signo de que Jesús era mucho más que un profeta, y mucho más que cualquier otro personaje, porque ninguno de los grandes profetas ha nacido de esa manera.

Por eso mismo el texto explica también el sentido del nombre de Jesús (“Dios salva”), que expresa la misión de Salvador que él venia a cumplir, y nos indica cómo toda su existencia estaba marcada por esa misión.

Oración:

“Señor, frente a esta imagen de María protegida por un hombre generoso y bueno, quiero pensar en todas las mujeres maltratadas, víctimas de la violencia, la injusticia, la maldad; y te ruego que derrames en los hogares un espíritu de respeto, de paz y de bondad”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

Comisiones de música sagrada y arte sacro

46. Además de la Comisión de Sagrada Liturgia se establecerán también en cada diócesis, dentro de lo posible, comisiones de música y de arte sacro.

Es necesario que estas tres comisiones trabajen en estrecha colaboración, y aun muchas veces convendrá que se fundan en una sola.

La misa del domingo: misa con niños

SALUDO

El Dios Padre de toda bondad, que manitiesta su Amor en Cristo Jesús y la fuerza de su Espíritu, nos haga esperar con alegría el Misterio de la Navidad y esté con todos nosotros.

ENTRADA

Herrnanos todos que nos hemos reunido hoy,  para celebrar  esta fiesta, sed bienvenidos. Seguimos en Adviento, muy cerca de que Dios Padre haga rcalidad su promesa de enviarnos a su Hijo. La Buena Noticia de Dios no se basa en palabras, sino en el Nacimiento de Jesús: la «debilidad» de un Niño Dios hecho hombre y la «grandeza» de un hombre hecho Dios. Viene Dios, y de modo especial en la Navidad, pero la suya es una presencia con­tinua cercana, solidaria: Dios habitará nuestra tierra, dice la Escritura. Para los ojos de la fc todo lo noble y humano nos hablará del Amor del Padre.

Por eso tenemos que estar esperando con alegría, dispuestos a acoger a Jesús. Y esto se hace, además de adornando casas v calles, dando res­puesta sincera y de corazón a esta llegada del Señor. María, la Virgen. y tantos otros de todos los tiempos, han sabido decir sí a la llamada de Dios. Que la Eucaristía nos ayude a vivir abiertos de verdad al Amor de Dios.

ACTO PENITENCIAL

Sabiendo que nuestra vida está llena de limitaciones. pedinuts ahora perdón a Dios:

– Tú, que nos llamas a vivir fiados de «fu entrega sin fin. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos perdonas en todo momento, aunque nos empeñemos en vivir apartados de tu Amor. CRISTO, TEN  PIEDAD

– Tú, que te manifiestas como Buena Noticia, como Salvación, a todas las personas que en Ti confían. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Oración: Llegue a todos nosotros, Señor, cl perdón que Procede de Ti.. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios Padre, que en tu Amor grande y entrañable nos envías a Jesús para enseñarnos cómo hemos de vivir para alcanzar la felici­dad; haz que la Iglesia, llena de gozo por el próximo Nacimiento del Señor, mantenga una esperanza activa y comprometida, que lleve a las personas a vivir superando la dificultad y el desamor. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA NARRATIVA

El rey David vive instalado en su palacio, tras un tiempo de guerras y dificultad. Y en su seguridad se plantea que el Arca de la Alianza mere­ce un espacio más grandioso que el que ocupa actualmente. Pero Dios no se deja encerrar en un espacio: su lugar es el hombre y su gloria la Felici­dad de todos.

LECTURA APOSTÓLICA

El autor del texto que escuchamos a continuación trata de expresar el agradecimiento que debemos a Dios por su Hijo Jesús, de quien hemos recibido todo bien. Y para tanta grandeza se quedan cortas las palabras. La grandeza reside en Dios, que ilumina de forma pemancnte el mundo y la vida.

LECTURA EVANGÉLICA

El Nacimiento de Jesús es posible por una obediencia: la de María. El  Dios de los cristianos pide «permiso» a las personas para hacer su Mora­da. Y María, grande en fe y fidelidad. aporta su pequeñez para ser la Madre del Señor. La disponibilidad de María nos habla de cómo nuestra vida debería también estar abicrta a lo quc Dios quiere de nosotros.

ORACION DE LOS FIELES

Mientras esperamos la venida definitiva del Señor, oremos con confianza diciendo: VEN, SEÑOR JESÚS.

1.- Oremos por la Iglesia, por todos los cristianos. Que vivamos la venida de Jesús con un corazón abierto y disponible, como María. OREMOS:

2.- Por los pobres y necesitados. Que la preparación de la Navidad nos estimule a intensificar nuestra solidaridad con ellos. OREMOS:

3.- Oremos por los monjes y monjas, los religiosos y religiosas, los miembros de los institutos seculares, y todas las demás vocaciones consagradas. Que Dios los llene con su gracia y sean un buen testimonio para nuestro mundo. OREMOS:

4.- Oremos por todos nosotros. Que esta celebración nos ayude a prepararnos debidamente para el misterio del nacimiento del Hijo de Dios. OREMOS:

Escucha, Señor, nuestras oraciones y ven a salvarnos. Tú, que vives y reinas por los siglos…

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

El pan y el vino que traemos a esta mesa, Señor, son signos de tu amor al darnos los frutos de la tierra y del trabajo de cada día; San­tifícalos con tu Espíritu y haz que sean para nosotros Cuerpo y San­gre de Jesús. Que vive y reina.

PREFACIO

Llegue a ti, Dios y Padre nuestro esta humilde voz  para glorificarte en este día por la vida que nos has dado- por hacernos participes de tu pro­yecto salvador

No eres un Dios lejano de las, personas ni de los problemas. E:n cl cen­tro de la historia tomas la iniciativa y, sin hacer alarde de tu categoría de Dios, muestras tu verdadero rostro en  Jesús,  de modo que desde entonces las personas no tengamos ninguna duda de dónde encontrarte: en las  per­sonas que. a nuestro lado, se esfuerzan por vivir con autenticidad, y de modo preferente en los sencillos y abandonados de la sociedad.

Que  sepamos trabajar, Señor, por la unidad de las personas y alabar­te con este  himno en tu honor: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

La celebración nos ha unido, Señor, en la misma fe y esperanza, en la alegría por la próxirna Navidad; que el Nacimiento de Jesús sea motivo de esperanza para cuantos viven en la oscuridad, y que la comunidad cristiana, llena de tu Luz, ayude a las personas a descu­brirte cercano y presente en la vida. Por Jesucristo.

BENDICION FINAL

– Dios nuestro Padre, rico en miscricordia, por su Hijo Jesucristo, cuya venida en carne creemos y cuyo retorno glorioso esperamos, nos ilu­mine y nos llene de sus bendiciones. Amén.

– Dios nuestro Padre nos manenga durante este vida firmes en la fe. alegres en la esperanza y diligentes en cl amor. Amén.

– Y así, los que ahora nos alegramos por el próximo Nacimiento de Jesús, recibamos cuando vuelva el don de la vida eterna. Amén.

– Y la bendición de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros. Amén.

La misa del domingo

La primera palabra de saludo del mensajero divino a María, “jaire” en griego, es una invitación a la alegría mesiánica. Su contenido podríamos expresarlo de este modo: ¡Alégrate sobremanera, alégrate con un gozo incontenible, desbordante, porque Dios viene a visitar a su pueblo y por ti quiere dar cumplimiento a su promesa de enviar al Mesías esperado a su pueblo, el Salvador!

En este saludo resuena fuerte el eco de la invitación hecha por los antiguos profetas: «alégrate y exulta de todo corazón» (Sof 3,14; ver también Zac 9,9-10), «grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti» (Zac 2,14). “Jaire” es, pues, un saludo que va abriendo el horizonte del misterio que va a tener lugar: ha llegado la plenitud de los tiempos (ver Gál 4,4) y Dios, para reconciliar y elevar a la humanidad caída, quiere hacerse Hijo de Mujer.

Aquel saludo anuncia la definitiva realización de las promesas hechas no sólo a Israel sino también a la humanidad entera. Allí está la promesa del descendiente de la misteriosa Mujer que traería consigo la victoria definitiva sobre la serpiente antigua (ver Gén 3,15), así como también la promesa del Emmanuel, Dios-con-nosotros, que habría de nacer de una virgen (ver Is 7,14; Mt 1,23).

La causa de la alegría exultante que la joven virgen de Nazaret está llamada a experimentar se debe, pues, al cumplimiento de las promesas divinas, a la ya próxima presencia salvadora y reconciliadora de Dios en medio de su pueblo, presencia que tomará de sus entrañas virginales un rostro concreto, plenamente humano: Jesucristo, el Reconciliador de la humanidad.

Pero esta alegría procede también de la singular comunión vivida con quien es en sí mismo Comunión de Amor. Y es que por su “sí” generoso, una respuesta libre al amor que Dios le manifiesta, el Verbo eterno del Padre se encarna en sus entrañas purísimas por obra del Espíritu Santo, sin intervención alguna de varón. María entra en una comunión intensa con las tres Personas de la Trinidad, y ésa es la fuente última de la alegría cristiana. Cristiana, decimos, porque por Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres, Santa María se inserta plenamente en la alegría que Dios vive en sí mismo, y es que «en el mismo Dios, todo es alegría, porque todo es un Don» (S.S. Pablo VI, Gaudete in Domino, 76).

Así pues, si hay alguien que mejor que nadie comprendió lo que significa esta presencia reconciliadora de Dios en el mundo, y si hay alguien en quien no cabe mayor gozo posible por esa cercanía de Dios, esa es la Mujer bendita que fue pensada, amada y elegida por Dios desde todos los siglos para ser la Madre del Emmanuel, Dios-con-nosotros.

La alegría inefable que la Virgen experimenta en el momento de la Anunciación-Encarnación de su Hijo, y que estalla en presencia de Isabel haciéndose intenso cántico de alabanza y gratitud a Dios, procede de la presencia real de Dios en sus entrañas maternales y de la comunión total con Aquél de quien Ella, como una nueva arca de la Alianza, se ha convertido en singular portadora.

El nombre que ha de ponerle a su Hijo ha de ser Jesús, según le comunica el mismo Arcángel. Este nombre es expresión de su identidad divina y de su misión como Salvador y Reconciliador del mundo. En efecto, Jesús quiere decir “Dios salva” (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 432), «porque Él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21).

Al finalizar el diálogo con el Arcángel Gabriel, María se califica a sí misma como la doule Kyriou, la esclava del Señor, como se ha traducido comúnmente del griego. Sin embargo, el término doule admite otra traducción: sierva. Por el contexto y la situación particular de esta joven virgen, hija predilecta de Israel, y según el excelente estudio hecho por el P. Sabugal en su libro La Iglesia, Sierva de Dios, la traducción “sierva del Señor” parece ser más apropiada. Y es que el término “esclava” se aplica a una mujer no libre, sin voluntad propia, incluso sin dignidad, lo mismo que se puede decir de una cosa. En efecto, en el contexto del medio-oriente antiguo, donde Israel surgió y se desarrolló, el esclavo era considerado no más que un perro despreciable, indigno de ser considerado humano y por lo mismo, sin el más mínimo derecho a un trato humano. Era “algo”, era como una pieza más del ganado, y con él su señor podía hacer lo que caprichosamente se le antojaba, incluso disponer de su vida sin la más mínima consideración. La relación del esclavo para con su señor estaba marcada, como es de comprender, por el temor y servilismo. Una realidad tal repugna a nuestra mentalidad hodierna, en la que tanto se ha logrado en el reconocimiento de los derechos humanos de cada persona.

¿Es así como se consideraba María a sí misma en su relación con Dios? ¿Renunció María a su voluntad o hizo más bien un recto uso de ella, poniéndola libremente y movida por el amor al servicio del Plan divino? ¿Al pronunciar su “sí”, estaba María renunciando a su libertad o la estaba ejercitando plenamente para responder a la invitación que Dios le hacía? Y Dios, ¿la estaba obligando, mandando a hacer algo que no quería, o estaba pidiendo su libre consentimiento?

Por otro lado, en el Antiguo Testamento era «frecuente la designación de Israel como libre “siervo de Dios”, siendo asimismo los israelitas designados reiteradamente como libres “siervos suyos”» (Santos Sabugal), pues habían sido liberados reiteradamente de las esclavizantes servidumbres para pasar, por libre decisión y opción, al libre servicio de Dios y de su Plan. Ser siervo de Dios implicaba, por tanto, un servicio libremente aceptado y amorosamente corroborado, servicio que dependía de un continuo ejercicio de la propia libertad. Un servicio semejante «no es esclavizante sino liberador y libre».

El de siervos, no el de esclavos, sería asimismo el título que los cristianos asumieron desde el inicio. En efecto, una vez reconocida la divinidad de Jesús, no tardaron en llamarse a sí mismos siervos de Cristo (ver Gál 4,6-7; Rom 8,15-16; 1Cor 7,22; Ef 6,6), así como los israelitas por siglos se habían calificado de siervos de Dios.

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Faltando ya pocos días para la gran celebración de la Navidad, este cuarto Domingo de Adviento el Evangelio nos recuerda que el nacimiento de Cristo estuvo precedido por el “sí” libre y generoso de una Mujer. Ante el anuncio del Arcángel resuena fuerte y decidida la respuesta de aquella joven virgen, en cuyo corazón ardía intensísima la llama del amor a Dios: “¡Sí! ¡Hágase! (Lc 1,38) ¡Lo que más quiero es que tu Plan, Dios mío, se realice plenamente en mi vida! ¡Lo que tú me propones lo acojo libremente, renunciando a mis propios planes, a mis propias seguridades! Dios mío, te amo con todo mi ser, te he entregado la vida que Tú mismo me has regalado, soy tu sierva, quiero cooperar decididamente con tus designios reconciliadores porque sé que de lejos es lo mejor, para que al fin se realice en el mundo aquello que la creación entera aguardaba expectante: tu venida, la redención prometida a tu pueblo, el triunfo sobre el mal y la muerte, la llegada de tu Reino. ¡Aquí me tienes! Y aunque tenga que sufrir la incomprensión o el rechazo, aunque no sepa cómo será mi vida en adelante, aunque una espada tenga que atravesar mi propio corazón, yo confío plenamente en Ti: ¡Hágase en mí según tu palabra!”

Esta semana queremos acercarnos al Corazón de Aquella Mujer valiente que pronunció su “sí” a Dios, un “sí” fuerte, audaz, generoso, ejemplar, fecundo, consistente, fiel. En este itinerario espiritual queremos acompañar con ternura y amor de hijos a la Virgen Madre que se halla ya próxima al parto. Y mientras crece el júbilo por la celebración del nacimiento de su Hijo, el Salvador del mundo, crece también en nosotros la necesidad de expresarle desde lo más profundo de nuestros corazones una inmensa gratitud: ¡Gracias María! ¡Gracias por tu “hágase” fecundo, radical, tan pleno de amor a Dios y a todos los hombres, tan desprendido de todo egoísmo! ¡Gracias porque por tu “sí” Dios se ha acercado a nosotros de un modo inaudito! ¡Gracias por tu generosa cooperación con Dios y con sus designios reconciliadores! ¡Gracias, Madre y Virgen tierna, por traernos al Reconciliador!

Al mismo tiempo, al acercarnos a ti Madre, al contemplarte, queremos que seas el modelo y ejemplo que inspire nuestro propio proceder. De ti queremos aprender a decirle siempre “sí” al Señor, tanto en las circunstancias más sencillas y ordinarias de la vida cotidiana, como también en las circunstancias más exigentes, adversas o dolorosas, o en aquellas en las que Dios me pueda pedir incluso abandonar mis propios planes y proyectos para abrazar los suyos.

De ti, Madre tierna y Mujer fuerte, queremos aprender a jamás permitir que nuestros temores e inseguridades, nuestros apegos a propios planes o visión de las cosas, o incluso a nuestros vicios y pecados, sean más grandes que nuestro amor a Dios y nuestro deseo de cumplir su Plan.

De ti queremos aprender a decirle al Señor cada día y en cada momento de nuestra vida: “¡Hágase en mí según tu palabra!»

María, Sierva del Señor por excelencia, de ti queremos aprender a hacer lo que Él nos diga (ver Jn 2,5).

Yo te saludo, María

Yo te saludo, María,
porque el Señor está contigo:
en tu casa, en tu calle, en tu pueblo,
en tu abrazo, en tu seno.
Yo te saludo, María,
porque te turbaste
–¿quién no lo haría ante tal noticia?–
mas enseguida recobraste paz y ánimo
y creíste a un enviado cualquiera.
Yo te saludo, María,
porque preguntaste lo que no entendías
–aunque fuera mensaje divino–
y no diste un sí ingenuo ni un sí ciego,
sino que tuviste diálogo y palabra propia.
Yo te saludo, María,
porque concebiste y diste a luz
un hijo, Jesús, la vida;
y nos enseñaste cuánta vida
hay que gestar y cuidar
si queremos hacer a Dios presente en esta tierra.
Yo te saludo, María,
porque te dejaste guiar por el Espíritu
y permaneciste a su sombra,
tanto en tormenta como en bonanza,
dejando a Dios ser Dios
y no renunciando a ser tú misma.
Yo te saludo, María.
¡Hermana peregrina de los pobres de Yahvé,
camina con nosotros,
llévanos junto a los otros
y mantén viva nuestra fe!
Ulibarri Fl.

Comentario al evangelio – 18 de diciembre

José, varón justo

El final de la genealogía de Jesús, en la que no es José el que lo genera, sino que nace de María, hace que por un momento nuestra atención se centre en ella. “La generación de Jesucristo fue de esta manera: María su madre…”. Pero Mateo nos invita enseguida a retornar a José. Este texto se puede considerar como la Anunciación a José. José es un varón justo porque es capaz de descubrir el dedo de Dios en el misterioso embarazo de María: “antes de vivir juntos”; además, es justo porque reacciona como lo haría cualquier judío piadoso ante la presencia de Dios: apartándose con discreción y temor de Dios. Pero también lo es porque sabe discernir, escuchar y acoger la Palabra de Dios, que le invita a superar el temor, a participar activamente en este designio salvador, presente en María y en el fruto que crece en su seno.

Los grandes acontecimientos históricos, los que resultan visibles a lo largo de los siglos, como la liberación de Egipto, la restauración de la dinastía davídica, el retorno del exilio en el país del norte, anuncian un acontecimiento más grandioso y definitivo: la salvación del pueblo de sus pecados. Pues bien, en José vemos cómo esos grandes acontecimientos, y ninguno más grande que el misterio de la redención, se realizan por caminos escondidos, silenciosos y humildes. No son posibles sin la apertura, la disponibilidad, la cooperación activa y la fidelidad de personajes casi anónimos, como José. Detrás de los grandes acontecimientos y de los grandes personajes de la historia hay toda una trama hecha de hilos invisibles, cuyos protagonistas son estos personajes anónimos, pero sin cuya cooperación aquellos acontecimientos no serían posibles.

El misterio de la salvación no es un hecho exclusivamente personal, de cada uno. Posiblemente nos sintamos personajes anónimos e insignificantes en la gran trama de la historia, y tengamos la impresión de que apenas podemos influir en ella. Pero contemplando a José y a su justicia, comprendemos que nuestras pequeñas fidelidades, nuestra capacidad de descubrir presencias escondidas de Dios, de responder con generosidad a sus llamadas (expresadas por boca de ángeles o de gentes como nosotros, en sueños o en vela), nuestra disposición a cooperar activamente en toda causa buena que se nos presente… todo esto es un modo de hacer posibles los planes de Dios, de abrir caminos por los que viene el Dios-con-nosotros, de hacer posible el perdón de los pecados. En José comprendemos que podremos ser insignificantes para la historia y el mundo, pero no lo somos en absoluto para Dios y su designio de salvación.

José M. Vegas cmf