¡Ven, Señor no tardes!

1.- Llegamos al final del Adviento. Hemos completado la iluminación del altar con la cuarta vela de nuestra corona. Y que es –¿que ha sido?– el Adviento para nosotros. Se define muy bien en el Libro del Apocalipsis, cuando Jesús dice: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y el conmigo». (Ap 3, 20) ¿Hemos oído la voz de Jesús? ¿Le hemos franqueado nuestra puerta? Si no es así, todavía estamos a tiempo en estos pocos días que nos quedan para la Navidad. Jesús dice inmediatamente antes: «Sé, pues, ferviente y arrepiéntete» Por ahí va su consejo y eso es el Adviento. Pero es cierto que el tiempo se va agotando y que la llegada del Niño Dios ya está ahí. Su cercanía abre nuestros corazones al amor y a la concordia. El gran milagro –repetido anualmente– es que ese Niño ablanda los corazones de los hombres y los prepara para ser mejores, para estar más cercanos de sus semejantes. Los últimos días –las últimas horas– de este Adviento nos deben servir para no poner barreras entre los designios amorosos de Dios y nuestras capacidades para hacer al bien a todos.

2.- En este ciclo B, el evangelio que leemos hoy es de San Lucas y narra la escena de Anunciación. Es el mismo que proclamamos hace un par de semanas en la Solemnidad de la Inmaculada y por ello algunos aspectos de nuestro comentario de entonces nos sirve para hoy. El Evangelio, pues, refleja la muy bella narración de Lucas sobre el dialogo del Arcángel San Gabriel con María. Y en lo más profundo de esa escena sobresale que la omnipotencia de Dios no desea limitar la libertad del género humano y, así, un ángel del Señor llega a Nazaret a solicitar la conformidad de la persona elegida para iniciar los pasos de la Salvación. Es en el momento en que María dice que sí, cuando comienza todo. Nos parece hoy impensable que la bella adolescente de Nazaret hubiera dicho que no. Pero esa posibilidad existía, pues de no ser así el discurso de Gabriel hubiera sido de otra forma. Y, así, la primera consecuencia de ello es la confirmación de que la relación entre Dios y el hombre es libre: de plena libertad. El Señor no usa de su fuerza multiforme para dirigir al hombre por donde El quiere. De hecho, a muchos de nosotros no nos importaría que Dios nos dirigiera de tal forma que no hubiera posibilidad de contrariar su Voluntad. Con ello tendríamos asegurado nuestro fin último y deseado. Pero ese dirigismo sin opción restaría nuestra libertad y el «diseño en libertad» que Dios quiso para nosotros.

María fue libre para asumir su camino y admitir con alegría la presencia en su seno del Salvador del Mundo. Desde ese momento –es bueno enfatizar lo obvio– la historia de Cristo está ligada a la joven de Nazaret. De ahí puede entenderse con toda facilidad la importancia del culto cristiano a la Santísima Virgen. Extraña el abandonismo de los cristianos reformados respecto a la valoración de la figura de Santa María en el camino de los creyentes. Pero no es este tiempo de controversias, ni de alejamientos. En Adviento estamos en situación de vigilia pacífica esperando la venida de Jesús y hemos de rogar, con toda nuestra fuerza, que cuando Jesús vuelva por segunda vez todos sus seguidores –todos, absolutamente todos los que mencionamos su Nombre– estemos unidos en la caridad.

3.- Es este un mundo de hombres y mujeres libres, abierto por Dios desde el mismo momento de la creación del hombre, la realidad impuesta por el hombre es contradictoria. Muchos no quieren la libertad. A los más les produce miedo. Y ese miedo a la libertad engendra muchos pecados. Pero la libertad es también una de las facultades más nobles del género humano. Su capacidad libre de decisión le hace grande. Será bueno o malo por el uso de su libertad. No podrá responsabilizar de sus pecados a nadie. Pero tampoco nadie podría borrarle el enorme mérito de hacer el bien libremente. Solo la omnipotente justicia de Dios puede haber previsto esa libertad total de su criatura. No debe, pues, asustarnos la libertad y usarla para convencer, no para obligar. En estos tiempos malos, en los que el llamado mundo exterior tiende a «cercar» a los cristianos, es cuando más le debemos pedir a Dios –al Niño Jesús– que la libertad reine y que lo haga para todos.

4.- Natán, el profeta, habla en la primera lectura, de lo que Dios quiere que diga a David. Y el párrafo del Segundo Libro de Samuel refleja bien la ayuda divina dirigida al Rey David. Tiene relevancia porque de su estirpe va a nacer el Mesías y los dones que el Señor de al que origina el linaje los recibirá, en su momento, el heredero. Por tanto, la herencia es humana y divina. Y ese doble legado profetiza sobre la doble naturaleza de Jesús, el Hijo Único de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Es, por tanto, el texto de Samuel una definición teológica del Mesías, del Niño que va a nacer.

San Pablo en su Carta a los Romanos, va a definir con enorme propiedad, lo que los tiempos esperaban con la llegada del Mesías. Hay un párrafo de una enorme hondura. Dice: «revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe». Eso es lo que esperamos y que se cumplió con la llegada del Niño al mundo en Belén. Y que nos puede valer como pauta de la Segunda Venida, de la Parusía.

Y, en fin, que Maria, que creyó en el Ángel, nos facilite el camino hacia la llegada de Jesús, que sepamos, estos días que nos quedan hasta la Natividad del Señor en disponer nuestros corazones para mejor recibirle. Terminemos, pues, nuestras palabras de hoy de la única forma posible: ¡Ven, Señor; no tardes!

Ángel Gómez Escorial

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