Vísperas – 21 de diciembre

VÍSPERAS

21 de DICIEMBRE

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ven, ven, Señor, no tardes.
Ven, ven, que te esperamos.
Ven, ven, Señor, no tardes,
ven pronto, Señor.

El mundo muere de frío,
el alma perdió el calor,
los hombres no son hermanos,
el mundo no tiene amor.

Envuelto en sombría noche,
el mundo, sin paz, no ve;
buscando va una esperanza,
buscando, Señor, tu fe.

Al mundo le falta vida,
al mundo le falta luz,
al mundo le falta el cielo,
al mundo le faltas tú. Amén.

SALMO 135: HIMNO PASCUAL

Ant. Mirad, vendrá el Señor, príncipe de los reyes de la tierra; ¡dichosos los que están preparados para salir a su encuentro!

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mirad, vendrá el Señor, príncipe de los reyes de la tierra; ¡dichosos los que están preparados para salir a su encuentro!

SALMO 135

Ant. Cantad al Señor un cántico nuevo, llegue su alabanza hasta el confín de la tierra.

Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cantad al Señor un cántico nuevo, llegue su alabanza hasta el confín de la tierra.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

LECTURA: 1Co 4, 5

No juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

R/ Que brille tu rostro y nos salve.
V/ Señor Dios de los ejércitos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Despierta tu poder y ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

PRECES

Roguemos, amados hermanos, a Jesucristo, que nos salvó de la tiniebla de nuestros pecados, y con humildad invoquémosle, diciendo:

Ven, Señor Jesús.

Congrega, Señor, a todos los pueblos de la tierra
— y establece con todos tu alianza eterna.

Cordero de Dios, que viniste para quitar el pecado del mundo,
— purifícanos de nuestras faltas y pecados.

Tú que viniste a salvar lo que se había perdido,
— ven de nuevo para que no perezcan los que salvaste.

Cuando vengas, danos parte en tu gozo eterno,
— pues ya desde ahora en ti hemos puesto nuestra fe.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que has de venir a juzgar a los vivos y a los muertos,
— recibe, entre tus elegidos, a nuestros hermanos difuntos.

Confiemos nuestras súplicas a Dios, nuestro Padre, terminando esta oración con las palabras que el Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Escucha, Señor, la oración de tu pueblo, alegre por la venida de tu Hijo en carne mortal, y haz que cuando vuelva en su gloria, al final de los tiempos, podamos alegrarnos de escuchar de tus labios la invitación a poseer el reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 21 de diciembre

1.- Oración introductoria.

¡Dichosa tú, que has creído! María fue llamada dichosa, no por el hecho de ser Madre biológica de Jesús, sino por su fe. María no ha llevado una vida fácil. Siempre ha estado traspasada por una espada: la que le anunció Simeón. Su vida fue un Vía Crucis que acabó en el Monte Calvario. En muchas ocasiones no entendía nada, pero se fiaba plenamente de Dios. Por eso yo esta mañana te pido, Señor, que aumentes mi fe. Dame la fe de María.  

2.- Lectura reposada del evangelio Lucas 1, 39-45

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!

3.- Qué dice la palabra de Dios.


Meditación-reflexión

“Se levantó María y se fue con prontitud”. Después de la Anunciación, sabe que Dios mora en ella, que el Omnipotente ha puesto en ella su mirada y su posada. La escena termina así: “Y la dejó el ángel”. La dejó tranquila, la dejó en paz. Ella estaba contemplando el misterio, gustándolo, saboreándolo. Le costó levantarse pero fue a realizar un servicio a su prima.  A esta Reina, no se le han caído los anillos, ni se le han subido los humos a la cabeza. Es la misma: la sierva, la que ha nacido para servir. Aquellas dos mujeres, Isabel y María, significan dos Alianzas, dos Testamentos. Dos Alianzas que se estrechan y se abrazan. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento no hay ruptura sino “abrazo”. Con un salto de gozo en el seno de Isabel recibe el último de los profetas a Jesús. Todo ha sido un largo camino de preparación, de crecimiento, de búsqueda, de nostalgia. “Muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron” (Lc. 10,24). Juan, en el seno de su madre, recoge todos los anhelos, deseos, esperanzas de un pueblo y da un salto de júbilo. Todo el Antiguo Testamento llevaba a Cristo en sus entrañas. El Nuevo Testamento dirá quién es ese Cristo de quien ya se venía hablando.

Palabra autorizada del Papa

“Este episodio nos muestra ante todo la comunicación como un diálogo que se entrelaza con el lenguaje del cuerpo. En efecto, la primera respuesta al saludo de María la da el niño saltando gozosamente en el vientre de Isabel. Exultar por la alegría del encuentro es, en cierto sentido, el arquetipo y el símbolo de cualquier otra comunicación que aprendemos incluso antes de venir al mundo. El seno materno que nos acoge es la primera “escuela” de comunicación, hecha de escucha y de contacto corpóreo, donde comenzamos a familiarizarnos con el mundo externo en un ambiente protegido y con el sonido tranquilizador del palpitar del corazón de la mama. Este encuentro entre dos seres a la vez tan íntimos, aunque todavía tan extraños uno de otro, es un encuentro lleno de promesas, es nuestra primera experiencia de comunicación. Y es una experiencia que nos acompaña a todos, porque todos nosotros hemos nacido de una madre. Después de llegar al mundo, permanecemos en un “seno”, que es la familia. Un seno hecho de personas diversas en relación; la familia es el “lugar donde se aprende a convivir en la diferencia”: diferencias de géneros y de generaciones, que comunican antes que nada porque se acogen mutuamente, porque entre ellos existe un vínculo. Y cuanto más amplio es el abanico de estas relaciones y más diversas son las edades, más rico es nuestro ambiente de vida”.  (Mensaje de S.S. Francisco, 23 de enero de 2015).

4.- Qué me dice ahora a mí esta palabra que acabo de meditar. Guardo silencio.

5.-Propósito. Vivir hoy con la resolución de servir, por amor, a las personas con las que convivo.

6.- Dios me ha hablado a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

María, gracias por enseñarme a entregar mi voluntad a Dios, a no querer cumplir todos mis deseos, por muy importantes que me puedan parecer; a saber dejar todo en manos de nuestro Padre y Señor. Quiero imitar tu bondad y disposición para ayudar a los demás. Intercede por mí para que sepa imitar esas virtudes que más agradan a tu Hijo, nuestro Señor.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

El niño iba creciendo y la gracia de Dios estaba con él

La familia, reflejo del amor de Dios a los hombres

La verdadera familia, especialmente la familia cristiana, se debe basar en el amor. Un amor que manifiesta la relación de Dios con los hombres, y de los hombres con Dios. Esta es la base de este pasaje del libro del Eclesiástico, en el que acentúa la importancia de los padres/madres en la familia, y especialmente el respeto de los hijos hacia ellos, como reflejo del amor de Dios a los hombres.

Sin embargo, ese amor, ese respeto ha de ser entre todos los miembros de la familia: tanto de los hijos hacia sus padres, como de los padres hacia sus hijos… y de los padres entre ellos. Solo así seremos verdaderos reflejos del Amor de Dios en el mundo.

La familia, comunidad de Amor

Una familia es una comunidad de personas que viven el amor de Dios dentro de sus relaciones mutuas y en las relaciones con los demás. Pero… ¿cómo deben ser esas relaciones? ¿cómo deben ser esas relaciones en el seno de la vida cristiana?

San Pablo en este texto da respuesta a esos interrogantes, nos ofrece un programa perfecto de comunidad, que nosotros podemos aplicar a la familia: comprensión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón, agradecimiento, paz… Todas estas actitudes son la base de una vida en familia cristiana. Todas estas actitudes se pueden resumir en una única palabra: AMOR.

El amor es el vínculo de la unidad perfecta. Como el propio Pablo dice: “el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”.

La base de una familia está, realmente, en el amor de todos sus miembros, entre ellos y hacia los demás. Pero en una familia cristiana ese amor no es un amor cualquiera, sino el reflejo del Amor de Dios. Para ofrecer ese Amor de Dios es necesario vivirlo, experimentarlo… y eso solo se puede hacer a través de nuestra relación con Dios, a través de la oración, oración personal y en familia; a través de interiorizar la palabra de Dios en nuestras vidas; a través del agradecimiento sincero por todo lo que nos regala Dios todos los días, especialmente por nuestros familiares y amigos, a los que debemos amar y por los que debemos dar gracias a Dios en cada momento.

El amor, la oración, el agradecimiento… son la base de una familia que quiere manifestar en el mundo el verdadero Amor de Dios a los hombres.

La familia, escuela de vida y amor

Pocos son los pasajes del Evangelio que nos presentan la infancia de Jesús. Este es uno de esos pocos, y realmente muy relevante. No solo nos presenta un momento de su infancia, sino que se reflejan en él dos realidades importantes: la naturaleza divina de Jesús, y la vida religiosa de la Sagrada Familia.

San Lucas nos presenta a una familia creyente, que cumple con lo que Dios ha mandado, son por tanto fieles a su religión, fieles a su fe…, y en ese momento se encuentran con Simeón y Ana, dos profetas de este tiempo, fieles también a los mandatos que Dios dio a su pueblo a través de Moisés.

Simeón y Ana reconocen en ese Niño al Mesías esperado. Los dos son hombres de Dios que dedican su vida al templo. Hombres y mujeres de oración y servicio, esto es lo que les abre los ojos para poder ver y reconocer la divinidad de Jesús, la presencia real y física de Dios en el pueblo de Israel.

¿Cómo podemos llevar este mensaje a nuestras vidas, a nuestras familias?

Un elemento central en la vida de una familia cristiana es la vivencia de los sacramentos como regalos que Dios nos ha hecho para creer y fortalecer nuestra fe; para crecer y fortalecer nuestra vida de familia.

Una labor importante de los padres es esa transmisión de la fe, y solo se puede hacer mediante la vida, viviendo en familia los sacramentos. Por eso es necesario que los padres acompañemos a nuestros hijos en ese crecimiento religioso personal, especialmente acompañándolos en el proceso de catequesis, y hacerles ver que esto es importante para el Señor, que cada uno de ellos, de nosotros, somos importantes para Dios. La familia debe ser la que transmita a sus hijos que la Eucaristía se vive en nuestros hogares, no como una imposición sino como el momento de la semana o del día en que estamos unidos a Dios y recibimos la Palabra y el alimento espiritual, pero, especialmente, que todo esto que recibimos se tiene que vivir en el día a día, en casa y en cualquier lugar en el que estemos, siendo reflejo de lo que vivimos en la eucaristía, siendo reflejo del Amor de Dios. La familia debe, con la vivencia de la eucaristía reflejo de ese programa de comunidad que hemos visto en la segunda lectura: programa de vida basado en el AMOR, amor que mana de la relación de Dios con los hombres a través de los sacramentos vividos en familia.

La familia debe ser también escuela de vida y de visión del mundo. Debemos enseñar a nuestros hijos a reconocer a Jesús, como Simón y Ana, en las personas que nos rodean, en todos aquellos que nos encontramos cada día, y de forma especial, aquellos que más nos necesitan. Los padres tenemos la obligación de enseñar a los hijos a vivir el amor de Dios en los demás; a valorar la vida por todo aquello que podemos dar, más que recibir; a entregarnos gratuitamente para crear en el mundo una comunidad de amor que manifieste el verdadero AMOR por el mundo.

Dña. Rosa María García O.P. y D. José Llópez O.P.

Comentario – 21 de diciembre

(Lc 1, 39-45)

En la visita de María a Isabel la actitud de Isabel pasa a ser el modelo de la actitud de todo cristiano ante Jesús y ante su madre, ya que Isabel, llena del Espíritu Santo, se presenta como indigna de recibir esa visita: “¿Quién soy yo?”

Pero es de destacar que Isabel se siente indigna también de la presencia de María, “la madre de mi Señor”, y así nos invita a una actitud de profunda veneración, de gran admiración ante María.

En este saludo encontramos también las palabras del Avemaría que brotaron de los labios de Isabel movida por el Espíritu Santo: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”.

Es hermoso contemplar este encuentro entre María e Isabel, un encuentro lleno de vida y de amor. María, que llega presurosa a servir a su prima y no se queda encerrada en la contemplación de sus privilegios; Isabel, que agradece sinceramente la visita y expresa su admiración; la vida que se va gestando en el seno fecundo de las dos. Y es el Espíritu Santo el que ilumina el encuentro.

También aparece en este texto un tema típico del evangelio de Lucas, la alegría desbordante que trae el Mesías; en este caso, es Juan el Bautista el que salta de alegría ante la presencia de Jesús y así nos invita a dejar por un momento nuestras tristezas para compartir el gozo de la presencia de Jesús en nuestras vidas.

Oración:

“Te doy gracias Jesús, porque contigo también está tu madre presente en mi vida. Dame la gracia de vivir con alegría esa presencia materna y de venerarla con ternura y humildad, con respeto y gratitud”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Homilía – La Sagrada Familia

1

Un modelo para las familias cristianas

Terminamos los domingos del año civil con una fiesta entrañable: en el ambiente de la Navidad recordamos a la familia de Jesús, María y José en Nazaret.

Es una fiesta reciente: fue establecida hace poco más de un siglo por el papa León XIII para dar a las familias cristianas un modelo evangélico de vida.

La oración colecta expresa muy bien esta finalidad. Presenta a la familia de Nazaret como un «maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo», para que imitando «sus virtudes domésticas y su unión en el amor», podamos llegar a «gozar de los premios eternos en el hogar del cielo». En la oración sobre las ofrendas pedimos a Dios: «guarda nuestras familias en tu gracia y en tu paz verdadera». Y en la poscomunión, que «después de las pruebas de esta vida, podamos gozar en el cielo de tu eterna compañía».

En unos tiempos en que la familia humana y cristiana es puesta en peligro incluso en su misma identidad, es bueno que escuchemos lo que la Palabra de Dios nos dice acerca de ella.

Las lecturas primera y segunda, que tienen lecturas diferentes para los tres ciclos, nos presentan ejemplos de virtudes domésticas. El evangelio nos recuerda escenas de la infancia de Jesús. En el ciclo A se leen las lecturas más clásicas, las que están en primer lugar. Pero nosotros aquí prestaremos atención también a las propias del ciclo B, que ponemos en segundo lugar.

 

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14. El que teme al Señor honra a sus padres

El libro del Eclesiástico, uno de los últimos libros sapienciales del AT, se llama también Sirácida, porque lo escribió Jesús Ben Sira, o hijo de Sira, unos doscientos años antes de Cristo.

El pasaje de hoy habla de las relaciones entre hijos y padres. El que honra a sus padres, dice el sabio, se asegura una serie de beneficios: expía sus pecados, acumula tesoros, se llena de alegría y, cuando ora, es escuchado por Dios, que además le concede larga vida.

Añade un toque de realismo: un buen hijo no abandona a sus padres tampoco cuando se hacen viejos y «aunque flaquee su mente».

El salmo también habla del ambiente familiar: con la mujer al frente de la casa, como «parra fecunda», y los hijos en torno a la mesa, gozando todos de la bendición de Dios.

(O bien) Génesis 15, 1-6; 21, 1-3. Te heredará uno salido de tus entrañas

El pasaje de hoy nos muestra cómo la fe de Abrahán en la promesa que le había hecho Dios, de que tendría una numerosa descendencia, pasó por momentos de angustia. Dios le asegura, una vez más, que le heredará «un hijo salido de sus entrañas», a pesar de que es anciano, así como su mujer, Sara.

En efecto, nace finalmente Isaac, el «hijo de la promesa». Dios conduce la historia de sus elegidos y hace de Abrahán cabeza de todo el pueblo de Israel.

Es lógico que el salmista se muestre agradecido, acordándose de la «estirpe de Abrahán, su siervo», y nos invite a alabar a Dios: «el Señor es nuestro Dios, se acuerda de su alianza eternamente… dadle gracias… cantadle… recordad las maravillas que hizo».

 

Colosenses 3,12-21. La vida de familia vivida en el Señor

En la carta que escribe Pablo a la comunidad de Colosas (en Frigia, actual Turquía), les presenta un programa ideal de vida comunitaria. Su «uniforme» —el vestido que les distingue de los demás— debe ser misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión, amor, capacidad de perdón. Pablo desciende también a una ejemplificación en el ámbito de la familia: las relaciones entre marido y mujer, y entre padres e hijos.

A la vez, los cristianos deben permanecer en la acción de gracias (¿alusión a la eucaristía?), dando primacía a la Palabra y orando con cantos, salmos e himnos.

(o bien) Hebreos 11, 8.11-12.17-19. Fe de Abrahán, de Sara y de Isaac

Esta lectura sigue el hilo de la primera, si se ha escogido Gn 15. El autor de la carta a los Hebreos quiere animar a la fidelidad a sus lectores, proponiéndoles una lista de ejemplos tomados del AT: personas que tuvieron fe y se mantuvieron fieles a Dios a pesar de las oscuridades de su tiempo. Hoy leemos el ejemplo que les propone de la familia de creyentes que formaron Abrahán, Sara e Isaac.

Abrahán tuvo gran fe en Dios y siguió su orden, abandonando su tierra «sin saber adonde iba», y en adelante su vida fue la de un nómada, viviendo en tiendas. También su mujer, Sara, anciana y estéril, «juzgó digno de fe al que se lo prometía», experimentó la fidelidad de Dios y dio a luz al hijo esperado. Pero el colmo de la fe de esta familia fue cuando Abrahán se mostró dispuesto a sacrificar a ese hijo suyo, que había esperado tanto, si iba a ser para cumplir la voluntad de Dios. Aunque no tuvo que completar el sacrificio, porque el ángel de Dios le detuvo.

 

Lucas 2, 22-40. El niño iba creciendo lleno de sabiduría

En este ciclo B leemos la significativa escena de la presentación de Jesús en el Templo, que los orientales llaman «el Encuentro». Es un episodio lleno de simbolismo, porque cumple las figuras antiguas y anticipa también lo que Jesús va a hacer y decir en ese Templo cuando sea mayor.

Sus padres cumplían así la ley de consagrar a Dios a su primogénito. Como dice Pablo en Ga 4, el Mesías «nació de una mujer, bajo la ley». María y José se encuentran en el Templo con dos personas mayores, Simeón y Ana, que representan a aquellos creyentes del pueblo elegido que vivían intensamente la espera del Mesías. Ellos saben reconocer en el niño al Enviado de Dios, la luz de todas las naciones.

Lucas pone en labios de Simeón un himno de gratitud a Dios, el «Nunc dimittis» que rezamos cada noche en la hora de Completas, y también el anuncio profético de lo que tendrá que sufrir María, la Madre, porque su Hijo va a ser «bandera discutida», objeto de contradicción por parte de sus adversarios.

El relato concluye con un breve apunte de la vida de esta familia en Nazaret y el proceso de crecimiento de Jesús.

 

2

Programa de vida de familia

De la familia de Nazaret —a la que siempre nos deberíamos acercar con un infinito respeto, porque está sumergida en el misterio de Dios— no sabemos muchas cosas. Pero una cosa sí es segura: el Hijo de Dios quiso nacer y vivir en una familia y experimentar nuestra existencia humana, precisamente en una familia pobre, trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y serenidad, pero que también supo de estrecheces económicas, de emigración, de persecución y de muerte.

Esta familia de Nazaret aparece como un modelo amable de muchas virtudes que deberían copiar las familias cristianas: la mutua acogida y comprensión, la comunión perfecta, la fe en Dios, la capacidad de silencio y oración, la fortaleza ante las dificultades, el cumplimiento de las leyes sociales y de la voluntad de Dios, el acompañamiento en el crecimiento humano y creyente de los hijos.

El programa que aparece en los textos de esta fiesta vale para las familias, para las comunidades religiosas, para las parroquias, para la humanidad entera. Nos irían bastante mejor las cosas si en verdad los hijos cuidaran de sus padres siguiendo los consejos del Sirácida. Y si todos tuviéramos la disponibilidad y la fe de la familia de Abrahán incluso en circunstancias que pueden parece increíbles y paradójicas. Y si en nuestras relaciones con los demás vistiéramos ese «uniforme» del que habla Pablo: misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión, amor, capacidad de perdón. Los consejos de Pablo parecen pensados para nosotros: «perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro… que la paz de Cristo actúe de arbitro en vuestro corazón… y, por encima de todo, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada». Pablo conocía bien las dificultades de la convivencia humana.

La fiesta de hoy no nos da soluciones técnicas para la vida familiar o social, pero nos ofrece las claves más profundas, humanas y cristianas, de esta convivencia. Habrán cambiado las condiciones sociales y el modo de relacionarse padres e hijos en comparación con las que describían los libros del AT o las cartas de Pablo. Ahora, por ejemplo, se tienen mucho más en cuenta los derechos de cada persona, y el papel de la mujer, como esposa y madre, es muy diferente del de hace siglos. Pero los principios y los valores principales siguen ahí: el respeto, el amor, la solidaridad, la tolerancia, la ayuda mutua.

 

Cuando los padres se hacen viejos y hay que cuidarlos

(Si se elige Eclesiástico) Ben Sira nos traza un pequeño tratado sobre el comportamiento de los hijos para con sus padres. Se puede decir que tenemos aquí un comentario o glosa del cuarto mandamiento: «honrarás al padre y a la madre». El marco social ha cambiado, pero la norma que él da sigue en pie: atender a los padres, honrar padre y madre.

También sigue actual el detalle que el sabio del AT apuntaba respecto a los padres ancianos, a los que ya «les flaquea la mente». Él no sabía nada del mal de Alzheimer, pero parece describirlo, y nos invita a extremar nuestro amor a los mayores precisamente en esas circunstancias. Es fácil tratar bien a los padres cuando son ellos los que nos ayudan a nosotros, porque dependemos hasta económicamente de ellos. Y difícil cuando ya no se valen por sí mismos y son ellos los que dependen de nuestra ayuda.

El Catecismo de la Iglesia Católica, citando precisamente este pasaje del Sirácida, concreta el «cuarto mandamiento» recordando a los hijos sus responsabilidades para con los padres: «Cuando se hacen mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres… La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que les es debido, que permanece para siempre… En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento» (CCE 2217-2218).

 

El ejemplo de una familia creyente: la de Abrahán

(Si se elige Génesis y Hebreos) Las dos primeras lecturas más propias del ciclo B nos presentan una familia realmente ejemplar y de fe recia: la de Abrahán.

Los tres, Abrahán, Sara y también Isaac, aceptan el plan salvador de Dios sobre ellos, aunque va a traer a su vida dificultades no pequeñas. Dios ha pensado en ellos para que sean el inicio del pueblo elegido. En una situación que parece más bien inadecuada —la esterilidad de unos ancianos— sin embargo creen en Dios, o creen a Dios, y renuncian a sus propios planes para obedecer a los de Dios.

Con razón se alaba repetidamente en el Nuevo Testamento la fe de esta familia que abandona su patria y está dispuesta a sacrificar incluso a su único hijo, con plena confianza en los designios de Dios, porque «Abrahán pensó que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos». El acento habría que ponerlo en toda la familia, que por sus circunstancias difíciles es hoy como la figura profética de la familia de Nazaret, también envuelta en los planes salvadores de Dios.

 

Una familia que cree y que ora

Este programa de vida familiar y comunitaria no es nada fácil. No se puede basar sólo en una filantropía humana, o en motivos de mera convivencia civilizada, sino sobre todo en la fe.

Para una vida familiar y comunitaria sólida necesitamos la fe, porque el motivo último de este amor que se nos pide es el amor que Dios nos ha mostrado en su Hijo y que estos días se nos ha manifestado de un modo más explícito. Ya Ben Sira ponía como motivo fundamental del amor a los padres la mirada hacia Dios: «el que honra a su padre, cuando rece será escuchado; al que honra a su madre, el Señor le escucha».

Cuando Pablo invita a las mujeres, a los maridos y a los hijos a superar las dificultades que puedan encontrar y a vivir en paz y armonía, no se basa sólo en que debemos convivir civilizadamente unos con otros, sino que añade una pequeña pero significativa expresión: «en el Señor».

Necesitamos la ayuda de Dios. Si no hubiera sido por esta ayuda, Abrahán no hubiera podido cumplir su misión. Pablo nos invita a no descuidar la acción de gracias (Eucaristía), a dar el debido lugar a la Palabra de Dios, a dar sentido a nuestra vida con la oración y el canto de salmos e himnos. Una agrupación humana, sea la familia o una comunidad religiosa, no puede superar las mil dificultades que encuentra para la convivencia, si no es con la ayuda de Dios. Si existe esta apertura de fe, entonces sí se puede creer que es posible lo que Pablo recomienda a los Colosenses: que en la vida, «todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús». El programa de Pablo es claro y concreto, pero difícil de cumplir cada día, como todos hemos experimentado más de una vez.

Es interesante que los tres miembros de la familia de Nazaret sean presentados a lo largo del evangelio como personas que se distinguen por su escucha de la Palabra. De José se dice varias veces que, cuando despierta, cumple lo que se le había comunicado de parte de Dios. María contesta en su diálogo con el ángel: «hágase en mí según tu palabra». Jesús afirma que debe estar en las cosas de su Padre, y en toda su vida aparece siempre atento a cumplir la voluntad de Dios.

Una familia que cada domingo acude a celebrar la Eucaristía tiene un apoyo consistente en la escucha de la Palabra y en la comunión con Cristo como su alimento, para su camino de convivencia y de crecimiento humano y cristiano. Así es como crece más eficazmente como una «iglesia doméstica» (LG11).

 

Los mayores: testigos en una familia

En una familia hay también personas mayores, sobre todo los abuelos. El evangelio de hoy es un buen modelo del papel evangelizador y testimonial que pueden tener estas personas mayores en la familia y en la sociedad.

Cuando Jesús entra por primera vez en el Templo, llevado por sus padres, se encuentra allí con Simeón y Ana, que representan de algún modo al «resto de Israel» que acoge al enviado de Dios, como antes lo habían hecho los pastores y los magos de Oriente y, sobre todo, la joven pareja de José y María. Ellos, desde el prestigio y la experiencia de su ancianidad, supieron alabar a Dios por su fidelidad y a la vez dar testimonio de su alegría, avisar a María del futuro que le esperaba y «hablar del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén».

Unas personas mayores no podrán hacer otras cosas, ni tener tanta energía como cuando eran jóvenes, pero sí pueden dar un testimonio así y ayudar a los más jóvenes en su camino de fe, con su propio ejemplo y con su palabra oportuna.

 

Una familia más santa, fruto de la Navidad

A la vez que, en el clima de la Navidad, seguimos meditando y celebrando el misterio del Dios hecho hombre, nos miramos hoy al espejo de la Sagrada Familia para mejorar el clima de la nuestra. Dios ha querido encarnarse en una familia humana, con hondas raíces genealógicas en un pueblo: Abrahán, David… El que era «de la misma naturaleza del Padre», se hizo uno de nosotros y «compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado».

Las lecturas propias de este ciclo B acentúan la iniciativa gratuita de Dios —que concede un hijo a una pareja de ancianos y sobre todo ha enviado a su Hijo como luz y salvación del mundo— y la fe de unas personas, como Abrahán, María, José, Simeón y Ana, que saben descubrir la voluntad de Dios en sus vidas y la acogen con fidelidad.

Precisamente ahora en que tantos interrogantes se levantan contra la institución de la familia humana y cristiana, en un tiempo en que tal vez más que en otros sentimos las dificultades de la convivencia familiar y se multiplican los ejemplos de violencia doméstica, y también se ve más difícil la estabilidad de nuestras opciones y relaciones, la Palabra de Dios ilumina desde la luz cristiana y navideña el ideal de la familia tal como la quiere Dios.

Ojalá las nuestras imiten esas consignas de fe en Dios y de unión y mutua acogida y tolerancia que escuchamos en las lecturas de hoy. Es en ese clima donde una familia encuentra su mejor salud, su equilibrio y su ilusión para seguir ayudándose mutuamente —los esposos entre sí, los padres para con los hijos, los hijos para con los padres— a crecer en los valores humanos y cristianos.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Lc 2, 22-40 (Evangelio La Sagrada Familia)

El Salvador ha crecido en familia

El evangelio de hoy, en su conjunto, es toda una historia familiar, con la que Lucas cierra lo que se conoce como el «evangelio de la infancia» (aunque queda el último episodio en Jerusalén). La intencionalidad de esta lectura para la liturgia de hoy es manifiesta; quizás por lo que se afirma de que cumplieron «lo que prescribe la ley del Señor». Es una familia que quiere ser fiel a Dios, y en aquella mentalidad la fidelidad a Dios se manifestaba precisamente en el cumplimiento de todo aquello que exigía la ley del Señor. De hecho, el texto podría reducirse a los primeros versículos y al final de este conjunto (vv. 22-23″39-40). Entonces quedarían descartados, a todos los efectos, el episodio de Simeón y de Ana, en el momento de la purificación de la madre y de la presentación de Jesús al Señor en el templo. Por lo tanto habría que incidir en el sentido de la vida familiar, de una familia judía, piadosa, probablemente de educación farisea, que era lo común, que no se sale de la norma tradicional y religiosa. No es este un matiz a olvidar, porque deberíamos aproximarnos siempre a la figura de Jesús desde la normalidad de una vida en el judaísmo de la época, en la normalidad de trabajo y de la vivencia familiar.

Bien es verdad que Lucas concluye su relato con una expresión que va más allá de lo que es vivir normalmente: «el niño crecía en sabiduría (sofía) y gracia (járis) de Dios» (y. 40; cf. 2,52). Hay mucha intencionalidad en esto por parte del redactor del evangelio. Porque si bien quería presentar el marco normal de una vida de crecimiento de un niño en una familia religiosa, por otra está apuntando a que este niño está llamado a otra cosa bien distinta de los demás. No obstante Lucas ha relatado esta historia de familia con unos pormenores que la hacen especial. En la presentación del niño se debía rescatar al primogénito (cf Nm 8,15-18;18,16) mediante el pago de una pequeña cantidad, cosa que no se nos describe, ya que no lo entiende él como «rescate». Por otra parte, no era necesario en la presentación del primogénito, ni a la purificación de la madre, hacerlo necesariamente en el templo. Pero el evangelista lo quiere así para darle más sentido y para que los episodios de Simeón y Ana (absolutamente proféticos y originales) tengan el marco adecuado. No vamos a incidir a este aspecto, ya que requeriría más explicaciones que las necesarias para la liturgia de hoy.

Pero en la semiótica de todo esto vemos que el «relato de familia se convierte en una propuesta de fidelidad y cumplimiento, aunque con voces proféticas detrás, como la de Simeón y Ana, que están poniendo de manifiesto que este niño está destinado a algo más que ser un judío cumplidor de la ley. Este viejo-visionario vive de la esperanza de algo más que todo eso, y así logra lo que su esperanza le dictan: ver la luz que alumbrará a todas las naciones. El canto de Simeón, el famoso «Nunc dimittis», no deja lugar a dudas, ya que los cantos en estos capítulos de Lucas desempeñan un papel primordial (así es el caso también del Magnificat y el Benedictus). Y de la misma manera la profetisa Ana – cuando la profecía estaba muerta en Israel desde hacía siglos, y una mujer además, no lo olvidemos—, anuncia cosas nuevas de este niño, en una familia, que no se pueden reducir solamente en ser fieles a la ley del Señor, sino a la voluntad salvadora de Dios. Aquí se está anunciando algo inaudito que, sin embargo, crece y se experimenta en la normalidad de una familia religiosa y fiel a Dios.

Col 3, 12-21 (2ª lectura La Sagrada Familia)

Los valores de una familia cristiana

La lectura de este domingo es de Colosenses y está identificada en gran parte como un “código ético y doméstico”, porque nos habla del comportamiento de los cristianos entre sí, en la comunidad. Lo que se pide para la comunidad cristiana -misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia-, para los que forman el “Cuerpo de Cristo”, son valores que, sin mayor trascendencia, deben ser la constante de los que han sido llamados a ser cristianos. Son valores de una ética que tampoco se pueda decir que se quede en lo humano. No es eso lo que se puede pedir a nivel social. Aquí hay algo más que los cristianos deben saber aportar desde esa vocación radical de su vida. La misericordia no es propio de la ética humana, sino religiosa. Es posible que en algunas escuelas filosóficas se hayan pedido cosas como estas, pero el autor de Colosenses está hablando a cristianos y trata de modificar o radicalizar lo que los cristianos deben vivir entre sí; de ello se deben “revestir”.

El segundo momento es, propiamente hablando, el “código doméstico” que hoy nos resulta estrecho de miras, ya que las mujeres no pueden estar “sometidas” a sus maridos. Sus imágenes son propias de una época que actualmente se quedan muy cortas y no siempre son significativas. Todos somos iguales ante el Señor y ante todo el mundo, de esto no puede caber la menor duda. El código familiar cristiano no puede estar contra la liberación o emancipación de la mujer o de los hijos. Por ser cristianos,  no podemos construir una ética familiar que esté en contra de la dignidad humana. Pero es verdad que el código familiar cristiano debe tener un perfil que asuma los valores que se han pedido para “revestirse” y construir el  “cuerpo de Cristo”, la Iglesia. Por tanto, la misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre y la paciencia, que son necesarias para toda familia, lo deben ser más para una familia que se sienta cristiana. Si los hijos deben obedecer a sus padres, tampoco es por razones irracionales, sino porque sin unos padres que amen y protejan, la vida sería muy dura para ellos.

Eclo 3, 3-7; 14-17 (1ª lectura La Sagrada Familia)

El misterio creador de ser padres

La primera lectura de este domingo está tomada del Ben Sirá  o Eclesiástico. Tener un padre y una madre es como un tesoro, decía la sabiduría antigua, porque sin padre y sin madre no se puede ser persona. Por eso Dios, a pesar de que lo confesamos como Omnipotente y Poderoso, no se encarnó, no se acercó a nosotros  sin ser hijo de una madre. Y también aprendió a tener un padre. La familia está formada por unos padres y unos hijos y nadie está en el mundo sin ese proceso que no puede reducirse a lo biológico. No tenemos otra manera de venir al mundo, de crecer, de madurar y ello forma parte del misterio de la creación de Dios. Por eso el misterio de ser padres no puede quedar reducido solamente a lo biológico. Eso es lo más fácil, y a veces irracional, del mundo. Ser padres, porque se tienen hijos, es un misterio de vida que los creyentes sabemos que está en las manos de Dios.

Como el relato de Lucas estará centrado en la respuesta de Jesús a “las cosas de mi Padre”, se ha tenido en cuenta el elogio del padre humano de Jesús, que no es otro que José, tal como se le conocía perfectamente en Nazaret. Aunque Jesús, o Lucas más bien, ha querido decir que el “Padre” de Jesús es otro, no se quiere pasar por alto el papel del “padre humano” que tuvo Jesús en Nazaret. Incluso la arqueología nos muestra esa casa de José dónde se llevó a María; donde Jesús vivió con ellos hasta que, contando como con unos treinta años, abandonó su hogar para dedicarse a la predicación del Reino de Dios; donde posteriormente se reúne una comunidad judeo-cristiana para vivir sus experiencia religiosas.

Comentario al evangelio – 21 de diciembre

Después de que María es visitada por Dios, ella misma se dedica a visitar.

La visita de Dios, que le trajo bendición, confianza y gérmenes de vida, es devuelta por María a Isabel, llevándole eso mismo que ella ha recibido.

E Isabel lo nota. Porque lo que llevamos en el corazón, lo muestran el rostro y las palabras. “Tan pronto como tu saludo llegó a mis oídos, saltó de alegría la criatura en mi vientre”. Las cosas importantes se transmiten así: por contagio. Como la fe, la confianza, el amor, la esperanza… “Y ella quedó llena del Espíritu Santo”.

En la visita a Isabel, María también recibe. Recibe la confirmación del camino que ha comenzado: “Dichosa tú que has creído…”. Y seguro que, tras un tiempo, volvió a Nazaret también llena de alegría.

Las visitas de Dios son don y tarea. Desde la gratuidad, somos queridos y elegidos para una misión. Esa misión nos pone en camino hacia los demás. Y en ese camino, recibimos nuevos dones. Como María.

Ciudad Redonda