Comentario – 22 de diciembre

(Lc 1, 46-56)

Este evangelio nos ofrece el sublime canto de María, que expresa su admiración y gratitud por la obra de Dios en su vida. Adora a Dios, pero reconoce también la presencia y la obra de Dios en su propia existencia de pequeña servidora. Todo su ser parece elevarse en este canto para manifestar su gratitud al Señor.

Es un himno lleno de citas del Antiguo Testamento donde María aparece representando al pueblo piadoso que fue fiel a Dios y que confía en él, más que en sus propias fuerzas o en glorias humanas.

Aquí se nos invita a liberar nuestro corazón en la oración de alabanza. Porque no sólo nos acercamos a Dios para satisfacer nuestras necesidades, ni para rendirle cuentas sobre nuestra vida, sino también, y sobre todo, para adorarlo con todo nuestro amor, para reconocer su belleza, su santidad, su gloria. Se trata de salir un poco de nosotros mismos y de nuestro mundo cerrado, para dejarnos admirar por la grandeza de Dios. Y eso mitiga maravillosamente nuestras angustias, nuestros miedos, nuestras insatisfacciones, porque nos recuerda que él es grande, que él es importante.

Una característica destacada de María en este texto es la felicidad, el gozo, el júbilo. A ella se aplica la figura de la hija de Jerusalén que desborda de gozo y grita de alegría en Sofonías 3, 14.17: “Lanza gritos de gozo, hija de Jerusalén… Alégrate y exulta de todo corazón… Yavé, tu Dios, está en medio de ti como un poderoso salvador”.

De hecho María dice: “Mi espíritu se estremece de alegría” (v. 47), y afirma: “todas las generaciones me llamarán feliz” (v. 48). Y si tenemos en cuenta que la felicidad en el evangelio de Lucas es también signo de santidad, de posesión del Reino (ver las bienaventuranzas de Lc 6, 20ss.), María se nos presenta aquí como el gran modelo de los hijos del Reino, llamado a conocer ese gozo que sólo Dios puede regalar al triste corazón humano.

Oración:

“Ayúdanos, María para que vivamos el gozo del Reino de Dios en nuestras vidas; para que adoremos con sencillez y gratitud al Dios que nos salva y realiza sus planes de amor en nuestras vidas”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

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