Hermanos de la mula y del buey

1.- Ante Dios hecho uno de nosotros, nadie puede quedarse indiferente. Todo el mundo tiene que definirse. De esto tenemos símbolos en los evangelios de estos días. Los pastores abandonan y van a Belén. La estrella se pone en camino y arrastra a los Magos de Oriente. Los posaderos cierran sus puertas a la Madre y al Niño. Herodes se inquieta y teme por su trono. Todos se definen.

Dios hecho hombre, hermanándonos por ser hermano común nuestro es el Misterio Central de nuestra Fe. O lo creemos o no. Si no lo creemos cerremos las puertas y ventanas como tantos vecinos de Belén. Pero si lo aceptamos no tenemos más remedio una postura congruente con nuestra Fe.

2.- Navidad para los que no creen puede ser motivo de borrachera y gamberrismo, para nosotros no. Navidad es Dios hecho carne de nuestra carne, como un hermano de sangre. Un hermano tan hermano de cada uno de nosotros que se toma libertad de sentarse en la butaca junto a la mía y decirme que es hermano mío, y que tiene otros hermanos que lo son también míos. Nos de su Padre, que lo es también mío. Poco más nos dice. Es machacón hasta hacerse molesto.

3.- Este Niño Dios es un niño bueno, no le oímos en lloreras ni en rabietas, porque no le entendemos o no queremos escucharle a la primera. Sabe esperar y se duerme en nuestros brazos porque confía en cada uno de nosotros. Confía que al fin va a triunfar su bondad y nuestra bondad, su generosidad y la nuestra.

Ignacio de Loyola, machacón como buen vasco tiene el mal gusto de poner en la meditación del Nacimiento estas frases: “Mirar como caminan para que el Señor sea ‘nascido’ en suma pobreza y a cabo de tantos trabajos para morir en cruz y todo esto por mi”.

Este nacimiento de Dios es algo personal mío. No tenemos derecho a descafeinarlo diluyéndolo como algo que es de todos, es de cada uno. Y el Niño Dios espera, y el vasco machacón, que “ese por mi”, que emerja todo el amor de que soy capaz. Y que ese amor se convierta en verdadera fraternidad entre el Señor y nosotros. Y entre nosotros… y nosotros.

Un amor que vence todo recelo, rencor, intereses creados, todo aquello que impide que seamos un pueblo de hermanos, como la Iglesia que Jesús soñó, tal vez desde el pesebre de Belén.

En el portal de Belén hay ya tanto pastor y tanto rey que si cabremos, pero apretándonos todos vamos a entrar a pedir al Niño Dios que si no sabemos ser hermanos de esos hombres que nos apretujan, al menos nos haga hermanos del buey y de la mula, que, a su modo, saben convivir y servir a un mismo Señor.

José María Maruri, SJ

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