II Vísperas – Natividad del Señor

II VÍSPERAS

NATIVIDAD DEL SEÑOR, Solemnidad

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Te diré mi amor, Rey mío,
en la quietud de la tarde,
cuando se cierran los ojos
y los corazones se abren.

Te diré mi amor, Rey mío,
con una mirada suave,
te lo diré contemplando
tu cuerpo que en pajas yace.

Te diré mi amor, Rey mío,
adorándote en la carne,
te lo diré con mis besos,
quizá con gotas de sangre.

Te diré mi amor, Rey mío,
con los hombres y los ángeles,
con el aliento del cielo
que espiran los animales.

Te diré mi amor, Rey mío,
con el amor de tu Madre,
con los labios de tu Esposa
y con la fe de tus mártires.

Te diré mi amor, Rey mío,
¡oh Dios del amor más grande!
¡Bendito en la Trinidad,
que has venido a nuestro valle! Amén.

 

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Eres príncipe desde el día de tu nacimiento entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres príncipe desde el día de tu nacimiento entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré, como rocío, antes de la aurora.

 

SALMO 129: DESDE LO HONDO, A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Del Señor viene la misericordia y la redención copiosa.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Del Señor viene la misericordia y la redención copiosa.

 

CÁNTICO del COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. En el principio, antes de los siglos, la Palabra era Dios, y hoy esta Palabra ha nacido como Salvador del mundo.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de Él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por Él y para Él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por Él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En el principio, antes de los siglos, la Palabra era Dios, y hoy esta Palabra ha nacido como Salvador del mundo.

 

LECTURA: 1Jn 1, 1-3

Lo que existía desde el principio, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Esto que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.
V/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.

R/ Y acampó entre nosotros.
V/ Aleluya, Aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador; hoy en la tierra cantan los ángeles, se alegran los arcángeles; hoy saltan de gozo los justos, diciendo: «Gloria a Dios en el Cielo». Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador; hoy en la tierra cantan los ángeles, se alegran los arcángeles; hoy saltan de gozo los justos, diciendo: «Gloria a Dios en el Cielo». Aleluya.

 

PRECES

Aclamemos alegres a Cristo, ante cuyo nacimiento los ángeles anunciaron la paz a la tierra, y supliquémosle, diciendo:

Que tu nacimiento, Señor, traiga la paz a todos los hombres

Tú que con el misterio de Navidad consuelas a la Iglesia,
— cólmala también de todos tus bienes.

Tú que has venido como pastor supremo y guardián de nuestras vidas,
— haz que el papa y todos los obispos sean buenos administradores de la múltiple gracia de Dios.

Rey de la eternidad, que al nacer quisiste experimentar las limitaciones humanas sometiéndote a la brevedad de una vida como la nuestra,
— haz que nosotros, que somos caducos y mortales, participemos de tu vida eterna.

Tú que, esperado durante largos siglos, viniste en el momento culminante de la historia,
— manifiesta tu presencia a los que aún te están esperando.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, hecho carne, restauraste la naturaleza humana corrompida por la muerte,
— concede la plena salvación a los difuntos.

 

Con el gozo de sabernos hijos de Dios, acudamos a nuestro Padre:
Padre nuestro…

 

ORACION

Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza, y de un modo más admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo, concédenos compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Natividad del Señor

INTRODUCCIÓN

El Águila, en vuelo vertical, asciende a la cumbre más alta y alcanza la Palabra en el mismo seno del Padre. No comienza su Evangelio en prosa sino con un Himno. Lo que tiene que comunicar es tan sublime que no lo puede decir de un modo prosaico sino con un himno, con la nota más alta al Verbo Encarnado. Más aún. Este humilde pescador de Galilea se atreve a corregir la página más sagrada de los judíos y decir que ese “principio” de Génesis no es lo primero. Hay otro anterior y más importante: el principio del Verbo en el seno eterno del Padre.

LECTURAS BÍBLICAS

1ª Lectura: Is. 52,7-10.     2ª Lectura: Heb. 1,1-6.

EVANGELIO

San Juan (1,1-18):

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: “Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor.

REFLEXIÓN

1.- Un Himno al Verbo Encarnado.

La Primera Comunidad Cristiana no ha recibido este maravilloso mensaje de la Encarnación a base de razonamientos de los teólogos sino por experiencia, por vía de contemplación. Se ha arrodillado ante el Misterio, lo ha contemplado, lo ha gustado, lo ha agradecido y se ha entusiasmado. ¡Qué bonita manera de hacer teología! Y de ese gozo incontenible, de ese entusiasmo, ha surgido la urgente necesidad de comunicarlo a otros. “Creí, y por eso hablé” (2Cor. 4,13). Antes de hablar de Dios hay que estar con Dios. En realidad, la mejor manera de hablar de Dios es narrar lo que Él hace en nosotros.

2.- Por medio de Él se hizo todo.

El Verbo se dirigía a Dios, le sugería, le interpelaba.  Las tres funciones de la palabra son: informar, comunicar, interpelar. Lo inefable es que, en el seno de la Trinidad, ha habido una interpelación a Dios por medio de su Palabra. Y si hay creación, si existen los colores y la luz; y la humanidad y la historia, y el amor, es porque, antes de eso Dios escucha esa interpelación. Dios responde a ese deseo del Verbo, desatando su generosidad, su derroche, su fantasía creadora. Así es toda la creación como un gran lenguaje de seres vivos, lenguaje orgánico, armonioso, bellísimo.  La Palabra es la creadora de todo. Aquí se afirma toda la teología de las realidades humanas. Toda la creación es esplendor del Verbo.

3.- La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió.

El himno tiene dos tonos: “tono mayor”: Canto a la Encarnación, al brillar de la luz, pero también tiene “tono menor”: de queja, de lamento, por el rechazo de la luz. Condensa el drama del IV evangelio que está concebido en plan de: “oferta-rechazo” y “oferta-aceptación”. Y entonces esa Palabra se busca un Pueblo y le da unos mandamientos para que los hombres aprendan a vivir como hombres y no como bestias. Pero esas normas no las practicaron:  Ante este rechazo, Dios busca un último esfuerzo y va a venir en persona.

Y LA PALABRA SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS.

El verso más importante de toda la Biblia. Dios se hizo “debilidad”. Apareció en un abismo de rebajamiento. Todo esto era un escándalo. ¿Cómo salir de este escándalo? “Nosotros hemos visto su gloria” A través de la debilidad de la carne esa Comunidad de Juan ha contemplado toda la Gloria de Dios.

PREGUNTAS

1.– ¿Alguna vez en la vida me he sentido “asombrado” por la grandeza de Dios? ¿Cuándo?

2.- Toda la creación está llena de “semillas del Verbo” ¿Sé descubrir a Dios en la Naturaleza?

3.– Este rebajamiento por parte de Dios, ¿Me lleva a la humildad? ¿todavía me quedan ganas de ser soberbio, de creerme más que los demás, de querer presumir y ser importante?

Este evangelio, en verso, suena así:

¡NAVIDAD! Dios nace «NIÑO»
en un pesebre, entre pajas.
Para el Creador del mundo
no hubo sitio en la posada.
Llevan cantando los ángeles
dos mensajes en sus alas:
«GLORIA» a Dios en las alturas
«PAZ» a los hombres que Él ama.
La «gloria» inmensa de Dios
es AMAR, por pura gracia.
Produce «paz» en el hombre,
si al AMOR con amor paga.
Los pastores, de rodillas,
al Divino Niño alaban.
Sólo los pobres y humildes
reconocen su llamada.
También su «Madre», en silencio
el «misterio» contemplaba.
Nuestra sociedad del ruido
no quiere oír su Palabra.
Divino Niño Jesús,
Sol y Lucero del alba,
míranos, ten compasión,
escucha nuestra plegaria:
Ven, con María y José,
a nacer en nuestra casa.
Sólo, si estamos contigo,
nuestro corazón descansa.

(Compuso estos versos JOSE JAVER PEREZ BENEDÍ).

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Natividad del Señor

(Jn 1, 1-18)

El Hijo de Dios es presentado como una palabra, la Palabra que manifiesta la gloria del Padre Dios y que se hace hombre para manifestarnos la gloria y el amor divino del Padre -porque la palabra es expresión, manifestación de la intimidad de una persona.

Este Hijo, que existía antes de la creación del mundo, ha estado realmente en la tierra como uno de nosotros, aunque ignorado por el mundo que no quiso recibirlo. Pero a los que lo reciben los hace participar de su dignidad y los convierte en hijos amados del Padre; los eleva así de una manera que los hombres ni siquiera podrían haber esperado.

Él trae al mundo lo que ni Moisés ni los profetas antiguos podían darnos porque eran simples criaturas, mientras él es el Hijo único que está en el seno del Padre amado. Por eso él lleva el Antiguo Testamento a su plenitud.

A la ternura de la escena del pesebre debe unirse entonces la admiración por el misterio infinito que se encierra en la simplicidad de Belén. Ese niño es el Hijo eterno del Padre, que viene a elevar lo terreno a un nivel divino, que hace entrar en este mundo la gloria sobrenatural de Dios.

Él es la luz verdadera que viene a este mundo, no es sólo apariencia de luminosidad y de gloria, sino que en la sencillez y en la falta de brillo mundano nos permite encontrar la única claridad que puede disipar realmente las tinieblas de nuestra vida limitada.

Jesús, que por ser el Hijo del Padre Dios es su reflejo perfecto, al hacerse hombre nos ha mostrado el verdadero rostro del Padre, un rostro de amor y donación, de cercanía y de verdadera paternidad.

Oración:

“Señor Jesús, concédeme descubrir tu gloria de Hijo de Dios en tu humanidad santísima, dame la gracia de reconocerte como verdadero Dios, pero también como verdadero hombre que quisiste compartir en todo nuestra vida humana, poniendo tu carpa entre nosotros”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

«Oración de los fieles»

53. Restablézcase la «oración común» o de los fieles después del Evangelio y la homilía, principalmente los domingos y fiestas de precepto, para que con la participación del pueblo se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero.

¡Os anuncio una gran alegría!

1.- Nadie puede ocultar lo genuino y el regalo que nos trae esta noticia, en el día de Navidad: ¡Dios ha nacido! Cambió el rumbo de la humanidad este hecho histórico y, en muchos de nosotros, en cientos de millones de personas, esta confidencia, sigue sugiriendo lo más grande y lo más bonito de la Navidad: ¡Dios en Jesús!

Muchos hubieran querido vislumbrar este acontecimiento, vivirlo en primera línea. Sólo, unos humildes pastores, fueron los congregados con el altavoz del ángel, para ser testigos de aquel hecho insólito: Dios deja la comodidad del cielo y se aventura a entrar en la realidad humana.

2.- ¿Estará Dios loco? ¿No pensarían esto aquellos pastores? ¿No lo estaremos recapacitando, hoy aquí, también nosotros?

Una cuna, tosca y pobre, fue lo que halló Jesús en su descenso a la tierra. ¿Qué encuentra en nosotros en esta celebración? ¿Cómo tenemos los corazones? ¿En qué o en quién estamos pensando? ¿Lo recibimos con emoción, con alegría, con asombro? O ¿tal vez, hemos puesto el piloto automático que nos lleva a repetir, sin saber muy bien el por qué, celebraciones y ritos, gestos y símbolos?

3.- Día de Navidad. Es el “hoy” que estamos viviendo y compartiendo. En la ciudad de Belén (con sucursal en nuestra parroquia, familia, comunidades religiosas, catedrales, diócesis y en cada uno de los corazones de las personas que lo celebran), “hoy” nace el Salvador. Es cuestión de dejar, a un lado, aquello que nos impide disfrutar y saborear el Misterio. Es momento “hoy” de dejarnos seducir por un Niño que, siendo como nosotros, posee la fuerza de un Dios escondido (loco por amor al hombre) que desea para el mundo, y para aquellos que lo habitamos, una luz que brille con resplandor eterno.

4.- “Hoy” muchos lo estábamos esperando. En ese sentido, ¡cómo no dar gracias a Dios por ser su pueblo elegido! Nos hemos dejado llevar, durante el tiempo de adviento, por manos de los profetas y de María. Hemos visto una estrella y, debajo de su haz divino, nos hemos quedado maravillados de un Dios que –sorprendentemente- ha elegido como lugar de su nacimiento, lo que nosotros no quisiéramos ni para el mayor de nuestros enemigos: una gruta. Sin más techo, que el mismo cielo; sin mas calor que el arrullo de una madre; sin más seguridad que la firmeza de José; sin más señal que una estrella fugaz.

5.-“Hoy” estamos como los pastores. Ensimismados y, a la vez, apenados por esa porción de mundo (y ese mundo son amigos o familiares nuestros) que han perdido el eco de esta noticia, la profundidad de la Navidad, el mensaje de Belén, la caricia de Dios, el prodigio de este “hoy”.

6.- “Hoy” «Un niño ha nacido para nosotros, un hijo se nos ha dado».»Puer natus est nobis, Filius datus est nobis»(Is 9, 5). Y, porque inmerecidamente se nos concede y porque lo hace por nosotros, hemos venido corriendo, alegres, contentos para descubrir y celebrar esta extraordinaria manifestación del amor de Dios a los hombres.

Lo más querido por Dios, su patrimonio personal y más íntimo, se convierte para toda la humanidad en su propio patrimonio. Dios, sin tener por qué, ha tomado la iniciativa, ha abierto las bóvedas celestes, ha delimitado unos escasos metros de una profunda roca y….en un establo, nos desconcierta, nos emociona, nos hace más buenos, más humildes, más eclesiales, más cristianos.

¡Sea proclamado y bendecido este “hoy” en el que tantas cosas y tantos planes desde siglos anunciados y guardados, se cumplen y se completan! ¡FELIZ “HOY”! ¡FELIZ NAVIDAD!

Javier Leoz

Misa del domingo

La primera lectura está tomada de un libro sapiencial. El pasaje elegido para este Domingo habla de las actitudes que los hijos han de observar para con sus padres: es deber del hijo honrar a su padre y a su madre. El hijo que así obra, experimentará el favor divino, recibirá grandes recompensas.

En la segunda lectura San Pablo exhorta a los cristianos de Colosas a revestirse de entrañas de misericordia, es decir, a acoger y vivir la misma misericordia y caridad que viene de Dios. A este trabajo y esfuerzo antecede, sin embargo, un don: haber sido amados y elegidos por Dios y haber sido santificados por Él. Una vez concedido el don y la gracia, Dios espera de nuestra parte una respuesta afirmativa y una esforzada cooperación, para que el don y la gracia recibidas se expresen en una vida nueva así como en nuevas relaciones interpersonales que han de estar regidas por la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el saber soportarse unos a otros y perdonarse mutuamente cuando alguno tiene alguna queja contra el otro.

De este esfuerzo por revestirse de entrañas de misericordia derivan también el respeto que las esposas deben a sus maridos, así como el amor que los maridos deben tener a sus mujeres, amor que se expresa en un trato exento de dureza, digno, amable y respetuoso. En lo que toca a los hijos, se expresa en la obediencia que deben a sus padres. Los padres, por su parte, no han de maltratar a sus hijos.

En un hogar en el que Cristo está en medio, el amor es vínculo de perfección y causa de unidad, no hay dominadores ni dominados, no hay abusos e imposición de unos sobre otros, no hay actitudes de imposición y exigencias ser servidos, sino actitud de servicio, de donación, de generosidad, de entrega. Hay unidad de mente, de corazón y de acción en Cristo. La caridad tiene la primacía entre cada uno de los miembros de la familia, empezando por los esposos que deben ser una escuela viva de quienes los hijos han de aprender a vivir también ese mismo amor de Cristo. Ese amor se expresa en el respeto y servicio mutuo, en buscar siempre y en primer lugar el bien del otro antes que el propio, haciendo el esfuerzo de purificarse cada cual de todo egoísmo e individualismo corrosivo. En el esfuerzo personal por vivir la caridad de Cristo se va construyendo la verdadera y profunda comunión entre los esposos e hijos, comunión que trae la paz y la alegría a todos.

Esta unión en el amor se vivía ejemplarmente en la Sagrada Familia. El Evangelio de este Domingo nos presenta una escena de la vida de la Sagrada Familia, una Familia centrada en Dios, que vive ejemplarmente la Alianza, que expresa su amor y gratitud a Dios cumpliendo fielmente todo lo que Él había mandado a su pueblo, en este caso, la consagración del primogénito a Dios, su “rescate”: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para hacer la ofrenda que manda la Ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». La Sagrada Familia es una familia en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para Santa María y San José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios a ellos confiado, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad.

«María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos. Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia» (S.S. Juan Pablo II).

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Cuando aún se halla fuertemente grabada en las retinas de sus ojos la luz de Aquel que al nacer iluminó a la humanidad entera con el brillo intenso de su Gloria, la Iglesia invita a todos sus hijos e hijas a ampliar la mirada para dirigirla también a quienes lo acogen en el seno de una familia muy singular. Con ello nos recuerda que por su encarnación Dios no sólo ha asumido nuestra humanidad, sino que también —y por eso mismo— ha «“asumido” todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra» (Redemptoris custos, 21).

Esta es la razón por la que «la Iglesia rodea de profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret —inserta directamente en el misterio de la encarnación— constituye un misterio especial» (allí mismo). Por él comprendemos que la obra santificadora se iniciaba en medio de esta familia santificada por la presencia del Señor Jesús: ciertamente, «en esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la Nueva Alianza» (allí mismo).

Así, pues, Cristo, a la vez que es presentado al mundo entero en el seno de una familia humana, presenta Él mismo a esta Sagrada Familia como paradigma de toda familia cristiana, de modo que su luz se proyecte e ilumine a todos los que con sincero corazón quieren hacer de su unión conyugal un proyecto de vida común que lleve a la maduración y realización humana de cada uno de sus miembros mediante el “amor hermoso”, fomentado y vivido en su pequeña comunidad o iglesia doméstica (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1655-1657).

Por ello la Iglesia es profundamente consciente de que la tarea de promover, renovar y santificar en Cristo a las familias es una tarea urgente y muy necesaria, especialmente cuando ve que muchos de sus hijos e hijas, al dejarse envolver y fascinar por la actual “cultura de muerte”, vienen sufriendo un sistemático vaciamiento de su fe, así como un ataque continuo al fundamento de su vida moral. En este sentido podríamos decir que también hoy, en implacable aunque disimulada y sutil persecución, el Niño busca ser arrancado del corazón de las familias cristianas por hodiernos “emisarios de Herodes”.

En efecto, es muy triste y doloroso constatar cómo la institución familiar ha ido perdiendo mucho prestigio como consecuencia del hondo proceso de crisis ante el que tantos matrimonios cristianos han sucumbido. Pero, ¿qué otra cosa habría de esperarse cuando al dejar de lado a Cristo, aislando la fe de la vida cotidiana, han rechazado a Aquel que es la piedra angular de todo edificio? Y es que el Señor Jesús, al ser el fundamento último de la Iglesia, lo es necesariamente de toda “iglesia doméstica” y de cada uno de los hombres y mujeres que han pisado, pisan o pisarán la faz de la tierra. La advertencia del Señor en este sentido ha sido y seguirá siendo siempre muy clara: «sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5), o como dice también el salmista con inspiradas palabras: «si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles» (Sal 126,1).

El dolor y la tristeza aumentan cuando vemos que en el concepto de familia que tiene y propaga la moderna sociedad consumista, tanto el esposo como la esposa, o los hijos, nacidos o no, han dejado de ser sujetos de un amor único e irrevocable para convertirse en “objetos de consumo”, que, como cualquier otro producto, son susceptibles de ser “adquiridos” o “descartados” según el gusto, el capricho o el sentimiento de momento. La “cultura de lo descartable”, del “comprar, usar y botar”, ha hecho que el amor fiel que alguna vez se le prometió al esposo o a la esposa, ante el Señor y la comunidad entera, se pueda descartar con la misma facilidad con la que se deshecha un objeto que ya “no sirve más” a los propios intereses mezquinos y egoístas. Lo mismo, dicho sea de paso, se hace con un hijo concebido pero “no deseado”. ¡Tanta irreflexión e inmadurez vemos en la cultura moderna, a la hora de aproximarse a la verdad y dignidad del ser humano!

Con el avance de una sociedad que ha optado por darle la espalda a Dios, incluso los valores humanos más sagrados han terminado por convertirse en algo que depende del capricho de cada cual, una pieza más que puede ser reemplazada según las circunstancias del momento. Así pues, por el divorcio se llega a descartar el amor único y fiel que alguna vez se le prometió al cónyuge; por el aborto se llega a descartar una vida “entrometida” e “incómoda”; por el “sexo libre” —disfrazado convenientemente como “amor” cuando no es más que un egoísmo compartido entre dos— se desprecia al hombre o a la mujer como misterio profundo, como hijo o hija de Dios, como persona humana que merece nuestro respeto y profunda reverencia.

La tristeza y preocupación de la Iglesia es grande al ver cómo la vida de muchos de sus hijos viene siendo regida por las leyes de esta moderna sociedad de consumo (ver Evangelium vitae, 23), y por ello, ante todo este desconcierto, no se cansa de invitar con maternal amor a los casados —y también a aquellos que en el futuro esperan unirse en santo matrimonio— a que dirijan su mirada a la Familia de Nazaret, para que hagan de esta Familia el modelo de su propia vida familiar.

La Iglesia está segura de que la familias cristianas, al contemplar y descubrir en la Sagrada Familia las características del auténtico amor, tal y como debe ser vivido entre los esposos y sus hijos, serán ellos mismos firmemente alentados y rectamente orientados a seguir ese específico sendero de santidad y de plena realización humana.

Preguntémonos ahora: ¿Cuáles son algunas de esas orientaciones que la paradigmática familia de Nazaret brinda a las familias cristianas?

«Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados». La voz del Apóstol les recuerda a los padres, aunque no sólo a ellos, sino también a todo otro miembro de la familia cristiana, que ante todo deben tener siempre una clara conciencia de su identidad y “estado de elección”: los esposos son hijos de Dios, por quienes el Señor Jesús ha dado su sangre. Por ello, su primera y principal tarea es la de reconocer su dignidad y la de trabajar por ser santos, procurando vivir en amorosa obediencia a Dios y a sus planes de amor. Como amados de Dios, los esposos han sido elegidos por Dios para cumplir una fundamental misión de paternidad o maternidad, misión que sólo podrán realizar si trabajan por hacer de su matrimonio un ámbito de amor y comunión que se nutre del amor de Dios. En efecto, la familia cristiana se construye y edifica sobre el amor de los esposos, amor que viene de Dios y que se vive «como Cristo nos ha enseñado» (Jn 15,12), por el que «se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de “una sola carne”» (S.S. Juan Pablo II, Carta a las familias, 11). Este amor, que hace que el hombre «se realice mediante la entrega sincera de sí mismo», significa «dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente», y ese amor, que realiza la entrega de la persona «exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable» (allí mismo).

La fidelidad de los padres a su identidad y vocación fundamental como hijos de Dios les permitirá, viviendo como discípulos de Cristo, revestirse de «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia», haciendo del amor y de la caridad el vínculo de comunión de esta pequeña iglesia doméstica que ellos han formado. Por ello, cuando «la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor» (Familiaris consortio, 17), el hogar cumple su función de ser la primera escuela de vida cristiana, «escuela del más rico humanismo» (GS 52) en donde los hijos aprenden a vivir el “amor hermoso” en la entrega de sí mismos y en la respetuosa acogida del otro.

Como colaboradores de Dios en su obra creadora (ver Evangelium vitae, 43), los padres han de recordar siempre con alegría y gratitud su específica vocación de servir a la vida —a todos y cada uno de los hijos— que brota del don de Dios, vida que es el fruto precioso de su unión en el amor. En este sentido, ser padre o madre implica ser portador de una hermosísima misión de la que el Señor les ha hecho partícipes: viviendo un amor maduro deberán estar abiertos a la bendición de la vida, han de cuidar y proteger a sus hijos porque son un don de Dios, y han de educarlos —¡con la palabra y el ejemplo!— en la auténtica libertad, aquella que se realiza en la entrega sincera de sí. De este modo cumplen fielmente su misión, cuando buscan cultivar en sus hijos «el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don» (Evangelium vitae, 92). Por último, tienen como deber más sagrado el fomentar en sus hijos la obediencia de la fe prestada a Dios, por la que los guían y orientan en el camino de su propia realización, según la propia vocación y misión con la que Dios los bendice.

También han de recordar vivamente que por el ejercicio constante de su fe, están llamados a colaborar primera y principalmente con la gracia del Señor en la tarea de traer a sus hogares la presencia del Emmanuel: como María, acogiendo, concibiendo y dando a luz la Palabra, y como José, protegiendo diligentemente al Niño de la persecución que sufre en el mundo por los modernos “Herodes”. En este sentido, toda familia cristiana «recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa» (Familiaris consortio, 17).

Tras las huellas de María y José, los hogares cristianos están llamados a convertir su vocación al amor doméstico —con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad—, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa. De ese modo, al esforzarse los padres en ser para sus hijos un vivo ejemplo y testimonio de amor y caridad cristiana, los hijos estarán en condiciones de vivir, a su vez, en amorosa y respetuosa actitud para con sus padres y con todos sus semejantes.

Dios se hace oír

1.- Nos ha dicho san Juan en su hermoso prologo: “En el principio… el Verbo se hizo carne y habito entre nosotros”. Es un poema a la Palabra de Dios. Juan quiere poner en relación el inicio absoluto de todo con el misterio del nacimiento de Jesús en Belén, Palabra definitiva del Padre. Y por ello, Dios puede expresarse y es audible. Dios puede expresarse con palabras y se hace oír.

La Navidad conmemora el misterio de Dios hecho hombre. El Hijo eterno de Dios Padre se convirtió, por un segundo nacimiento en el Hijo de Dios en el tiempo.

El niño “acostado en un pesebre” no es precisamente un niño puramente humano ni tampoco un ser divino bajo apariencias humanas, sino más bien que es divino y humano, el “Dios-hombre”, el “hombre-Dios”: Jesucristo.

2. La Navidad constituye la gran noticia, la buena noticia: “Hoy os ha nacido un Salvador”. La Navidad no es, pues, un recuerdo nostálgico de algo que ocurrió una vez en el pasado y que ahora recordamos sentimentalmente. La Navidad no puede ser sólo sentimentalismo de unos días. Tenemos que acercarnos al misterio de Dios a partir de la luz de la Pascua del Señor Resucitado, es decir, como creyentes que han visto sus vidas transformadas por el encuentro con el Señor.

La encarnación no es algo que ocurrió en el pasado, sino una realidad actual. Hoy, en nosotros, Jesús tiene que nacer, por obra del Espíritu Santo, de María Virgen. En efecto, no hay otro Jesús. A Jesús no lo podemos separar de la persona de María y del Espíritu. Son ellos los que forman a Jesús en nosotros, los que nos transforman en Jesús.

Aparentemente, hoy como ayer, la historia parece determinada por los poderosos de este mundo, que controlan la vida de todos y deciden sobre nuestro futuro. Los demás apenas contamos para poder expresar nuestros deseos.

El proyecto de Dios, en cambio, es muy distinto. Para Él, son los sencillos, como José, María y los pastores, que no aparecen en nuestros libros de historia, los que hacen la historia, esta historia de salvación. Todos soñamos con una organización del mundo mucho más participativa, que respete los derechos de todos los pueblos. La salvación, la ruptura de nuestros límites y cadenas, nos ha venido, no de la fuerza de un héroe libertador, sino de la entrega de Jesús a favor de nosotros.

Dios se hizo niño para tener un rostro de hombre, para compartir nuestra aventura humana, para amar como hombre, sufrir como hombre e indicarnos el verdadero camino de la felicidad y la salvación. La salvación nos viene a través de un niño que reposa en un pesebre. Es en la debilidad humana del niño, de los pastores, donde brilla la salvación de Dios. Dios no es un ser omnipotente, infinito e inmutable, alejado de todo lo humano, sino que es uno de nosotros, solidario con nuestra historia de sufrimiento, confiado a los cuidados de los hombres. Es el mendigo de amor que llama a nuestras puertas.

3. Dios se hace hombre para que el hombre pueda entrar en la intimidad de Dios. Dios se hace hombre, para que el hombre se haga Dios. La vida del hombre ha quedado transformada por la encarnación de Dios. Jesús es verdaderamente el centro y la meta de la historia humana. Una historia marcada sobre todo por la búsqueda de la libertad frente a todas las esclavitudes que no permiten realizar la vocación de hijos de Dios.

La meta de la historia es el hombre en plenitud, el hombre tal como ha sido realizado en la persona de Jesús, es decir de manera divina. Dios toma mi debilidad para darme su gloria.

Y ese que transforma nuestra vida, el recién nacido en Belén, es la Palabra, el Hijo de Dios, perfecta revelación del Padre. Es la gran paradoja del misterio de la Navidad: La Palabra de Dios se manifiesta hoy en un Niño que no sabe hablar. Sin embargo, en su humanidad, nos revela a Dios infinitamente más que cualquier visión sobrenatural o discurso humano por profundo que sea.

Antonio Díaz Tortajada

Comentario al evangelio – Natividad del Señor

Hoy hay una luz que invade el mundo: en el solsticio de invierno del norte, en el solsticio de verano del sur. Una gran noticia, que San Juan nos narra como un viaje apasionante: aquél que es la Palabra, que estaba junto a Dios, viene a nosotros, y viniendo nos abre la puerta para volver, junto a Él, hacia el Padre.
La historia tiene comienzo y final. Venimos del deseo de amor del Padre y vamos hacia ese mismo amor. Y entre tanto, estamos en sus manos, para enlazar nuestras manos entre nosotros.

Pero no todo es tan sencillo: en el mundo hay tinieblas. Y la luz molesta a la tiniebla. Y nuestra voluntad puede recibir o rechazar al Dios que viene a nosotros “en cada persona y en cada acontecimiento”. Ahí nos jugamos la vida…

Lo bueno es que conocemos que “a los que le recibieron, les dio poder de hacerse hijos de Dios”. Como el Hijo, por Él y en Él. Y desde Él, todo cobra sentido. “En la vida y en la muerte, somos del Señor”.

Que hoy puedas contemplar el misterio de Belén. Que puedas sentir el calor y la luz que surgen del Dios-con-nosotros, que envían quien lo recibe a dar luz y calor a nuestro mundo. Que a pesar de los años y de las rutinas, puedas sorprenderte de que Dios haya puesto su tienda entre nosotros –por pura gracia- y se haya hecho compañero de camino: “Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios y que vive en íntima comunión con el Padre, nos lo ha dado a conocer”. Para contarlo y para vivirlo.

¡FELIZ NAVIDAD!