Homilía – Domingo II de Navidad

1

Profundizando en la Navidad

Este domingo es como un eco o una profundización de la fiesta de la Navidad, con el tono teológico que ya se había iniciado en la «misa del día» del 25 de diciembre con el prólogo del evangelio de Juan.

El aspecto que más se resalta en los textos de hoy es el de Cristo como la Palabra viviente de Dios, que nos comunica su luz y su salvación.

En los primeros días del nuevo año seguimos meditando y celebrando el gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en nuestra historia. Imitando, también en esto, la actitud de María, la Madre, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

 

Eclesiástico 24, 1-4.12-16. La sabiduría de Dios habitó en el pueblo elegido

El libro del Eclesiástico, llamado también «Sirácida», porque fue escrito por Jesús, Ben Sira (hijo de Sira), es uno de los últimos libros sapienciales delAT.

Hoy prepara bien la lectura del prólogo de Juan, porque habla de la sabiduría de Dios. Ya en el AT se intuía que la sabiduría de Dios, personificada, existía «desde el principio, antes de los siglos», e iba a tener un puesto central: «se gloría en medio de su pueblo», «en la congregación plena de los santos»; esa sabiduría de Dios «habita en Jacob, en Jerusalén», «eché raíces en un pueblo glorioso», mientras otros pueblos permanecen en la oscuridad y la ignorancia.

Para los que leemos ese libro dos mil años después de la venida de Cristo, esa promesa no puede tener otro sentido que el de Cristo como Palabra eterna de Dios, enviado como Profeta y Maestro auténtico.

El salmo sigue en la misma perspectiva de un Dios que «envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz», que «anuncia su palabra a Jacob». La antífona que se intercala entre sus estrofas, «la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros», hace que cantemos ese salmo desde la visión cristiana. Nosotros sí que podemos decir que «con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos».

 

Efesios 1, 3-6. 15-18. Nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos

Volvemos a leer el entusiasta comienzo de la carta de Pablo a la comunidad de Éfeso, que ya escuchábamos el día de la Inmaculada.

Es Dios quien actúa primero, «por pura iniciativa suya», bendiciéndonos con toda clase de bendiciones, y eso provoca que nosotros le respondamos con nuestra bendición: «Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido…». La bendición descendente de Dios y la ascendente de nuestra alabanza se encuentran «en la persona de Cristo».

La bendición mejor que nos ha otorgado Dios es que «nos ha destinado a ser sus hijos». Pablo pide a Dios que conceda a sus cristianos «espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo», que les abra sus ojos para una inteligencia más viva del misterio de Dios.

 

Juan 1, 1-18. La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

Proclamamos hoy, con el prólogo del evangelio de Juan, el mejor resumen teológico, no sólo del misterio de la Navidad, sino de toda la historia de la salvación.

Cristo, desde la eternidad, estaba junto a Dios, era Dios y era la Palabra viviente de Dios. Cuando llegó la plenitud del tiempo, el que era la Palabra se hizo hombre, se «encarnó» y acampó entre nosotros para iluminar con su luz a todos los hombres. Los que le acogen reciben el don de nacer de Dios y ser sus hijos.

¿Se puede pensar en una teología más resumida y densa del misterio que estamos celebrando? Son los grandes conceptos propios de Juan: Palabra, Vida, Luz, Gracia, Hijos…

 

2

El Niño recién nacido es la Palabra viviente de Dios

Estamos todavía en la Navidad. Hemos celebrado el nacimiento del Hijo y la fiesta de la Madre. Pronto celebraremos la Epifanía, la manifestación del Salvador a las naciones. Pero las lecturas de hoy nos ayudan a entender más en profundidad lo que representa para nosotros el que el Hijo de Dios haya tomado nuestra naturaleza humana. No sólo le vemos como el Niño recién nacido, sino como el Mesías, el Maestro y Profeta que nos enseña la verdad de Dios.

Los textos de hoy se centran sobre todo en Jesús como la Palabra de Dios, como la Sabiduría encarnada. Nuestro Dios no es un Dios mudo: es un Dios que nos habla, que nos dirige su Palabra personal. Ya el Sirácida, en la primera lectura, anunciaba que la Sabiduría de Dios iba a establecer su morada en Israel y que iba a «echar raíces en un pueblo glorioso». Juan proclama el cumplimiento de las promesas: «la Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros».

La alegría que experimentaba Israel porque la Sabiduría de Dios habitaba en medio de ellos, la sentimos los cristianos con mayor razón, porque sabemos que Jesús no sólo nos ha venido a traer la Palabra de Dios, sino que él mismo es su Palabra viviente. «En el principio era la Palabra y la Palabra era Dios», y esa Palabra, hecha persona, es la que ha venido al mundo y ha puesto su tienda en medio de nosotros. Lo que era profecía en el AT es ahora realidad.

¿No es esto lo que celebramos en la Navidad y nos llena de alegría y da sentido a nuestra existencia? Nuestro Dios no es un Dios lejano: nos ha «dirigido su Palabra» y esta Palabra es Cristo Jesús. En la oración sobre las ofrendas afirmamos que Dios, por medio de su Hijo, «nos ha señalado el camino de la verdad».

 

Necesitamos la sabiduría de Dios

Pero el evangelio de Juan nos ha planteado el dilema: unos reciben a esa Persona que es la Palabra viva de Dios, y otros, no. Esa Palabra era la Luz, pero a veces pasa que «la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió», «vino a su casa y los suyos no la recibieron». Los que sí la acogen, reciben el don de ser hijos, de «nacer de Dios».

Todos necesitamos la luz de esa Palabra. Todos necesitamos, para descubrir el sentido de nuestra vida, esa sabiduría que nos ayuda a ver las cosas desde los ojos de Dios, que es «luz de los que en él creen» (oración colecta). Si no recibimos a ese Cristo como la Palabra definitiva de Dios, no nos extrañemos del desconcierto y de la confusión que reina en las ideologías de este mundo. Se puede seguir diciendo, como dijo Jesús de muchos de sus contemporáneos, que «andan como ovejas sin pastor».

En su carta a los Efesios, Pablo pide para ellos que maduren en su fe, que Dios les conceda «espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo», y que les ilumine «para que comprendan cuál es la esperanza a la que nos llama y la riqueza de gloria que nos tiene preparada como herencia». «Conocer» y «comprender» a Cristo, que es el Maestro, la Palabra viviente, nos puede dar ese conocimiento profundo de la historia. Los creyentes ya caminamos en la luz, pero necesitamos profundizar en el conocimiento del misterio de Cristo.

 

En cada Eucaristía, a la escuela de la Palabra

Pronto terminaremos las fiestas de la Navidad. Pero queda, para todo el año, nuestro encuentro dominical (o diario) con Cristo, la Palabra que nos dirige una y otra vez Dios Padre.

Esa es nuestra mejor catequesis, nuestra más profunda y eficaz «formación permanente», la escuela que nos ayuda a crecer en la fe y en la vida cristiana. Si con el salmista pedimos a Dios «enséñame tus caminos», su respuesta es precisamente esta: la proclamación de su Palabra en las celebraciones comunitarias, además de la lectura que podamos hacer personalmente o en los grupos de oración o en la «lectio divina».

En la primera parte de cada Eucaristía —la «primera mesa» a la que nos invita el Señor— vamos asimilando su sabiduría, o sea, su mentalidad, su manera de ver las personas y los acontecimientos. Como la Virgen María contestó a Dios: «hágase en mí según tu Palabra», nosotros deberíamos ajustar nuestro estilo de vida a la Palabra que Dios nos va dirigiendo. Así viviremos en la luz y creceremos en fe y esperanza.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

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