Comentario – Día V dentro de la Octava de Navidad

(Lc 2, 22-35)

La figura del anciano Simeón simboliza las esperanzas y los deseos más profundos del hombre que se realizan en el encuentro con la salvación. No se trata sólo del honor de ver la salvación. No se trata sólo del honor de ver la salvación que llega, sino del encuentro con alguien, que es el Salvador. Y no es sólo verlo, presenciar su llegada, sino también disfrutarlo, tenerlo entre los brazos, tocarlo.

Simeón esperaba el “consuelo” para su pueblo, y en su encuentro con Jesús alcanza el consuelo más profundo de su corazón. Y así como “nadie puede ver a Dios y seguir viviendo”, Simeón afirma que luego de haber visto la luz del Salvador, reflejo de la gloria divina, ya no tiene nada que esperar y puede morir en paz.

El anciano Simeón nos hace recordar que el paso de los años no es necesariamente un puro desgaste, porque puede darnos una sabiduría y una luz que nos permiten ver lo que otros no advierten. Con el paso del tiempo Simeón se fue dejando poseer por el Espíritu Santo “que estaba en él” (v. 25), y así el Espíritu Santo le dio el privilegio de ver lo que muchos quisieron ver y no pudieron.

Simeón se alegra por el niño, pero advierte que será “signo de contradicción”, y anuncia a María que “una espada atravesará su corazón” (2, 35). Porque ella, una mujer amante de su pueblo (1, 54-55), tendrá que sufrir el tremendo dolor de ver a su hijo querido asesinado, y no precisamente por los extranjeros, sino por ese mismo pueblo. Ella, una mujer piadosa y cumplidora de la ley (2, 22), deberá ver a su hijo perseguido por los sacerdotes y los jefes religiosos que ella respetaba religiosamente.

Oración:

“Señor, dame la gracia de gozar en tu presencia, de reconocer que estás, pero también de experimentar el consuelo y el gozo de tenerte. Concede a todos los cristianos reconocer que la salvación tan esperada ya ha llegado, está verdaderamente entre nosotros”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

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