Comentario – Día VII de la Octava de Navidad

(Jn 1, 1-18)

Este sublime himno a la Palabra hecha carne nos introduce en lo más profundo del misterio de la Navidad, para que podamos mirar más allá de la sencillez del pesebre, y es una solemne introducción a todo el cuarto evangelio.

Si el Génesis decía que “al principio creó Dios el cielo y la tierra”, este himno sostiene que la Palabra, el Hijo de Dios, existía antes de ese principio (v. 1); y sin embargo nosotros hemos podido contemplar su gloria porque se hizo carne como nosotros y quiso vivir en medio de nosotros ( v. 14). Ese es Jesús, el que caminó por nuestra tierra y fue presentado por Juan el Bautista (v. 15).

El nombre de “Palabra” indica que Jesús es el reflejo del Padre Dios, el que ha venido a manifestarlo, mostrarlo tal cual es, el que vino a decirle al mundo la inmensidad de su amor (v. 18). Gracias a él podemos llegar a conocer los íntimos y preciosos secretos que hay en la intimidad de Dios, cosas que nuestra pequeña mente humana jamás podría alcanzar con sus propias luces, si Jesús, la Palabra, no se las dijera.

Jesús nos hace descubrir a un Dios que “nadie ha visto jamás” (v. 18). Mirando a Jesús, escuchándolo, se nos manifiesta cómo es realmente el Dios en quien creemos: un Padre que ama y lo da todo, un Padre que busca, que dialoga con sus criaturas, que quiere decirles lo que más necesitan escuchar.

Si él es la Palabra, afinemos el oído interior para escuchar lo que tiene para decirnos, quizás sin palabras; hagamos silencio interior y liberémonos de las palabras inútiles que distraen nuestro corazón para que él reine con toda su potencia.

Oración:

“Jesús, te pido que me concedas admirarme y alabarte por el misterio de tu Persona, remontarme más allá del tiempo para reconocerte como Hijo eterno del Padre, pero adorarte al mismo tiempo en tu verdadera humanidad, que fue frágil como la mía, pero que reflejó en su pequeñez el amor y la gloria del Padre”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día