Sabiduría es más que ciencia

1.- Muchas veces empleamos estas dos palabras indistintamente, pero no significan lo mismo. La ciencia es el conjunto de conocimientos adquiridos mediante la observación y el estudio, en cambio la palabra “sabiduría” hace referencia a un conocimiento más profundo de la realidad, tiene más que ver con la conducta y el comportamiento, con una sabia manera de relacionarnos con Dios y con el prójimo. Una persona puede ser sabia, aunque sea inculta. Todos hemos conocido a personas con poca cultura, pero con una gran capacidad de discernimiento y de consejo, personas a las que no hemos tenido inconveniente en llamar sabias. La ciencia la podemos adquirir con esfuerzo y constancia, la sabiduría es un don de Dios. Debemos pedirle todos los días al Señor que nos conceda el don de la sabiduría, para saber comportarnos como auténticas criaturas e hijos de Dios y como auténticos hermanos de todas las personas.

2.- En la primera lectura, del libro del Eclesiástico, la sabiduría está personificada en una criatura a la que Dios creó antes de todos los siglos. Es una criatura que abre su boca en la mismísima asamblea del Altísimo, a la que el Creador del Universo ordenó que habitara en el pueblo de su heredad, en Israel. Los cristianos siempre hemos identificado la Sabiduría con Cristo, al que el Padre envió a nuestro mundo para que residiera en su Iglesia y en el corazón de cada uno de los creyentes. Y ese es ahora el privilegio y la responsabilidad de la Iglesia de Cristo y de cada uno de nosotros, los cristianos. Si Cristo no es el alma de nuestra Iglesia, si no nos dejamos dirigir y gobernar por el Espíritu de Cristo, no somos Iglesia de Cristo, aunque seamos personas muy cultas y sabihondas. La Iglesia es sabia cuando habla por boca de la Sabiduría, por boca de Cristo. En estos días de adviento, debemos a pedir al Señor que la Sabiduría viva y eche raíces en cada uno de nosotros, para que podamos comprender y hacer realidad el mensaje de conversión y esperanza, propio de este tiempo litúrgico. Tenemos que saber comprender y discernir en cada momento cuál debe ser nuestro comportamiento cristiano en cada una de las circunstancias y momentos de nuestra vida. Sólo así podremos ser, en verdad, porción y heredad del Señor.

3.- Esta segunda lectura, de la carta a los Efesios, ya la hemos comentado en otras ocasiones. Leámosla hoy, una vez más, con humildad y sabiduría. Debemos creer, y actuar en consecuencia, que Dios nos llama a la santidad y que a la santidad sólo llegaremos a través del amor. De un amor echo de humildad, de fortaleza, de generosidad, de conversión, como predicaba a las gentes Juan el Bautista. De un amor, en definitiva, que quiere ser una copia lo más exacta posible del amor de Cristo.

4.- También hemos comentado ya, en el día de Navidad, este texto del prólogo del evangelio de San Juan. Aunque lo leamos y lo meditemos mil veces no vamos a agotar la verdad y la profundidad teológica que este texto encierra. Cristo es la Palabra encarnada de Dios, es vida, es luz. Nosotros somos la casa a la que Cristo quiere entrar y en la que Cristo quiere quedarse a vivir. Cristo quiere ser la Vida de nuestra vida, quiere ser la Luz que guíe nuestro caminar, quiere acampar entre nosotros, los cristianos, en su Iglesia. ¿Estamos dispuestos nosotros a recibirle de verdad, con todas las consecuencias?

Gabriel González del Estal