No-nacidos y encarnados a la vez

El “prólogo” del cuarto evangelio parece recoger un himno comunitario de algunos de los primeros grupos cristianos, en el que expresaban dos núcleos centrales de su fe: la preexistencia del Logos (Verbo, Palabra, “Hijo de Dios”) y la encarnación.

Tal fe afirma que Jesús es el “Hijo eterno y único de Dios” que, en un momento histórico, “acampó entre nosotros” para revelarnos el misterio de Dios.

Tales afirmaciones, absolutamente nucleares, incuestionables e incluso entrañables para quienes profesan ese credo, resultan extrañas, lejanas e incluso artificiales para quienes las escuchan desde una cierta distancia cultural. Tan extrañas, al menos, como suenan a los oídos de un occidental moderno todas las mitologías orientales.

Sin embargo, entre ambas posturas –de adhesión literal o de rechazo displicente–, se abre paso una actitud de comprensión que lee ese texto como una metáfora de lo que somosno-nacidos y encarnados, a la vez.

Habitualmente, nuestros antepasados fueron proyectando fuera –en un Dios y un cielo separados– lo que intuían como Verdad, Bondad y Belleza. En ese proceso, se crea una realidad “paralela” a la vez que se reduce el ser humano a su personalidad separada. Todo lo demás surge como consecuencia de ese paradigma concreto.

Sin embargo, tal modo de ver es solo eso: un paradigma nacido en un momento de la historia humana, un “mapa” para tratar de balizar el “territorio” que escapa a nuestra mente.

La comprensión no-dual –más allá de la propia experiencia de quien la ha experimentado– constituye otro paradigma bien diferente, otro “mapa” que parece más ajustado para dar razón de lo real.

Desde él, preexistencia y encarnación se aplican a nuestra realidad “completa” en su doble dimensión: consciencia ilimitada que “toma cuerpo” en una persona concreta: no-nacidos y encarnados, a la vez.

Tal lectura no nace ahora, sino que se halla presente en diferentes tradiciones sapienciales desde tiempos muy remotos. Si acaso, en la actualidad, está cobrando mayor atención y espacio en la propia auto-comprensión humana.

Con esta clave, se puede releer el “prólogo” en cuestión, refiriéndolo a todos nosotros. En nuestra verdadera identidad, somos Vida y Luz –todo es Vida– y somos, a la vez, seres encarnados y, por tanto, frágiles, vulnerables e impermanentes.

¿Cómo articular esa doble dimensión en nuestra vida cotidiana? Ahí radica el secreto de la sabiduría y eso es lo que marca el camino del aprendizaje: vivir el día a día desde la comprensión de lo que somos en profundidad.

¿Qué lectura hago de nuestra realidad? ¿Qué “paradigma” me resulta más adecuado?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo II de Navidad

II VÍSPERAS

DOMINGO II DE NAVIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No la debemos dormir
la noche santa,
no la debemos dormir.

La Virgen a solas piensa
que hará
cuando al Rey de la luz inmensa
parirá,
si de su divina esencia
temblará,
o qué le podrá decir.

No la debemos dormir
la noche santa,
no la debemos dormir. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Nos ilumina el día de la nueva redención, del cumplimiento de las antiguas promesas, del anuncio de la felicidad eterna.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nos ilumina el día de la nueva redención, del cumplimiento de las antiguas promesas, del anuncio de la felicidad eterna.

SALMO 113B: HIMNO AL DIOS VERDADERO

Ant. Enseñó el Señor su gracia y su lealtad.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
“Dónde está su Dios”?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y otro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendita a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Enseñó el Señor su gracia y su lealtad.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. El Señor, el rey de los reyes, ha nacido por nosotros en la tierra: mirad, ha llegado ya la salvación del mundo y la redención de los hombres. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, el rey de los reyes, ha nacido por nosotros en la tierra: mirad, ha llegado ya la salvación del mundo y la redención de los hombres. Aleluya.

LECTURA: 1Jn 1, 1-3

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

R/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.
V/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.

R/ Y acampó entre nosotros.
V/ Aleluya, Aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dichoso el vientre que llevó al Hijo del eterno Padre y dichosos los pechos que criaron a Cristo, el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichoso el vientre que llevó al Hijo del eterno Padre y dichosos los pechos que criaron a Cristo, el Señor.

PRECES

Adoremos alegres a Cristo, ante cuyo nacimiento los ángeles anunciaron la paz a la tierra, y supliquémosle, diciendo:

Que tu nacimiento, Señor, traiga la paz a todos los hombres.

Tú que con el misterio de Navidad consuelas a la Iglesia,
— cólmala también de todos tus bienes.

Tú que has venido como pastor supremo y guardián de nuestras vidas,
— haz que el papa y todos los obispos sean buenos administradores de la múltiple gracia de Dios.

Rey de la eternidad, que al nacer quisiste experimentar las limitaciones humanas sometiéndote a la brevedad
— haz que nosotros, que somos caducos y mortales, participemos de tu vida eterna.

Tú que, esperado durante largos siglos, viniste en el momento culminante de la historia,
— manifiesta tu presencia a los que aún te están esperando.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, hecho carne, restauraste la naturaleza humana corrompida por la muerte,
— concede la plena salvación a los difuntos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, luz de los que en ti creen, que la tierra se llene de tu gloria y que te reconozcan los pueblos por el esplendor de tu luz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.


CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Antes del tiempo existías, eras Palabra de Dios

El misterio de la encarnación no es cosa de niños sino algo muy serio. Tan serio que en él nos va la Vida. Retomamos la idea central de la Navidad: La palabra se hizo carne, se hizo vida, se hizo luz. La encarnación es la verdad fundamental del cristianismo, pero no siempre la hemos entendido bien. Estamos sin duda ante la página más sublime de toda la literatura universal que yo conozco. Se trata de himno cristológico anterior a la redacción del evangelio, fruto de la experiencia de una comunidad eminentemente mística. Es una condensación de todo el evangelio. Es prólogo pero podía ser epílogo.

Me parece una osadía atreverme a comentar este texto. Ni tengo la preparación filosófica y teológica suficiente ni la experiencia mística requerida para hincarle el diente. El único consuelo es saber que lo que yo digo no es palabra de Dios, sino solamente un apunte provisional que pueda ayudar a alguno a encontrar la dirección de su propia búsqueda. Querer expresar una experiencia mística con palabras es sencillamente imposible, por eso se recurre a un lenguaje simbólico, poético que violenta el sentido normal de las palabras.

El primer versículo nos dice ya tres cosas sobre Dios y el Logos: Que el Logos está en el origen (en el principio ya existía la Palabra). Que los dos estaban volcados el uno sobre el otro (la Palabra estaba junto a Dios). Que aunque distintos uno y otro eran lo mismo (la Palabra era Dios). No se trata de conceptos trinitarios posniceanos. Al comenzar con la misma palabra que el Génesis, nos está diciendo que la encarnación no es el comienzo de algo nuevo, sino la culminación de la creación. El Logos no comenzó, porque es el origen de todo. Luego se hace carne (comienza a ser en el tiempo) para terminar la creación del hombre. Arch no significa principio de tiempo sino origen, fundamento.

La traducción de Logos por Palabra no creo que sea la más adecuada, porque se pierde la originalidad del concepto que quiere trasmitir el texto. La palabra Logos ya existía, pero el concepto al que quiere aludir es nuevo. Esta palabra se encuentra por primera vez en Heráclito. s. VI a C, (precisamente en Éfeso, donde parece que se escribió este evangelio) y significaba la realidad permanente dentro del devenir de la realidad material (panta rei). La utilizan los estoicos, Platón, y Filón de Alejandría que la emplea 1.200 veces en sus escritos. En el NT tiene un amplísimo significado; desde palabra engañosa hasta el sentido cristológico único del prólogo que estamos comentando.

Repito que aquí el concepto es original; no deducible de las distintas tradiciones. Ese concepto no se vuelve a repetir ni siquiera en Juan. El concepto es incomprensible sin la experiencia pascual. Sin una experiencia mística no se puede acceder al significado que se quiere expresar. Podíamos decir que es el Proyecto eterno que en un momento dado se ejecuta. Dios crea por medio de su Palabra. También nos puede ayudar a comprender lo que quiere decir la idea de Sabiduría preexistente de los libros sapienciales.

Es muy interesante la expresión: “junto a Dios” (pros ton qeon)= vuelto hacia, volcado sobre. Expresa proximidad pero también distinción. Está en íntima unión por relación pero que no se confunda con Dios. Se deja un margen para el misterio. Este dato no siempre lo hemos tenido en cuenta… En griego (Kai qeos en o Logos) y en latín (et Deus erat Verbum), no se dice sólo que la Palabra era Dios, sino también que Dios era la palabra. qeos está aquí sin artículo. Podíamos traducir: lo que era Dios, lo era la Palabra. Para los judíos, Dios era el totalmente trascendente; no podía haber otro. Para los helenistas, el peligro era el politeísmo. Por eso nos dice que ni es una “mónada” ni son dos seres.

“Por medio de la Palabra se hizo todo”. En el AT Dios crea siempre por su Palabra. No se trata de un sonido que emite Dios. Otra vez tenemos que ir más allá del concepto primero. Nos está diciendo que el Logos es origen de todo. Con una redundancia, intenta llevarnos más allá de la misma palabra. Al margen de Dios y del Logos, no existe nada. No se trata solo de lo que existe en el tiempo, sino de todo lo que existe en absoluto.

En la Palabra había Vida, y la Vida era la luz de los hombres”. No llegamos a la Vida a través de la luz, sino al revés. Aquí Jesús no es un Maestro que nos trae salvación con su enseñanza (como se da a entender en otras cristologías) sino Vida que nos lleva a la comprensión total viviéndola. Para nuestra Vida espiritual, este concepto es clave. Vivir es anterior a comprender. Sin vivencia no se puede comprender nada de Dios.

Y la tiniebla no la recibió. El mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Esta insistencia tiene que hacernos reflexionar. En Jn se percibe esa lucha incesante entre la luz y la tiniebla. Era una idea que flotaba en el ambiente de la época. En un escrito de Qumrán se dice: Que la luz no sea vencida por las tinieblas. Ni siquiera los suyos fueron capaces de descubrirla. Tenemos aquí el primer reproche al pueblo judío que no fue capaz de ver en Jesús la Vida que podía llevarle a la comprensión de la ley.

Pero a cuantos la recibieron… Vemos que lo anterior era una exageración. Unos no la recibieron pero otros sí la recibieron. Se habla aquí de creer en sentido bíblico. No se trata de la aceptación de verdades sino de la aceptación de su persona. Sería: A los que confían en lo que significa Jesús, les da poder para ser hijos de Dios. Tenemos aquí la buena noticia. El que cree es engendrado como hijo de Dios. En Juan, se advierte una diferencia clara en el concepto de hijo cuando se dice de Jesús y cuando se dice de otros. Para designar a Jesús dice uios y tekna para designar a otros, se emplea aquí y en Jn 11,52.

Es muy importante aclarar, en lo posible, este concepto. En AT se usa la expresión “hijo de Dios” para referirse a los ángeles, al rey y al pueblo. Estos conceptos no sirven ni para aplicarlos a Jesús ni a los demás hombres. Nos dan una pista para poder comprender lo que quiere decir Juan. En el AT, el término hijo, se empleaba con sentido mesiánico. Se decía del enviado a cumplir una tarea de salvación en nombre de Dios. Esta idea, unida a la de la Sabiduría, pudo dar origen al concepto de “Hijo”, ser preexistente vuelto al Padre.

Para los semitas “ser hijo” es, sobre todo, reproducir lo que es el padre, imitar, salir al padre, obedecer. En Jn 5,19 se dice: “Un hijo no puede hacer nada que no vea hacer al padre”. Se descubre que Jesús es Hijo porque actúa como Dios, no porque conozcamos su naturaleza. De ahí que todo el que se adhiere a Jesús y actúa como él, se hace hijo. En contra de lo que se ha intentado tantas veces, no podemos llegar por razonamiento al conocimiento de Jesús como hijo de Dios. Jesús no es hijo de Dios como yo soy hijo de mi padre. Lo importante no es nacer de la carne y de la sangre, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne. Meta de todo lo anterior. Se trata de una nueva presencia de Dios. Dios no está ya en el templo, ni en la tienda del encuentro. Ahora está en Jesús. No se identifica Palabra y Jesús. Se deja un margen para el misterio. Para la antropología semita hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu, son aspectos de una solo realidad, el hombre. Se hizo hombre-carne; limitado pero susceptible de Espíritu. Se hizo carne, sin dejar de ser Logos, sin dejar de estar volcado sobre Dios.

“Y habitó entre nosotros”. “eskenosen” significa plantar una tienda para vivir en ella. Hace referencia a la presencia de Dios entre pueblo (tienda del encuen­tro). También de la Sabiduría se dice: “Habita en Jacob, pon tu tienda en Israel”. Siendo uno de nosotros, levantando su tienda en nuestro propio campamento, hizo presente y visible a Dios.

Fray Marcos

Comentario – Domingo II de Navidad

Este segundo domingo después de Navidad quiere ser una especie de réplica de la Navidad. De hecho, hoy se vuelve a repetir el mismo evangelio de ese día. Volvemos a escuchar de labios de san Juan: Y la Palabra se hizo carne. Conocíamos palabras que se habían hecho cuento, novela o poema, palabras que se habían hecho canción, copla o diálogo, oración, súplica o acción de gracias, palabras hechas regalo, consuelo, bálsamo, estímulo, amenaza, intimidación, acicate, anestésico, medicina, etc.

Son los devenires de nuestras palabras, incluida también la palabra de Dios que encontramos en el Libro de los libros, la Biblia. Pero ninguna de estas palabras había llegado a hacerse propiamente carne y carne de hombre, carne humana. Sólo la palabra que estaba junto a Dios (Padre) a modo de Hijo y era Dios se hizo carne. Así designa san Juan al “niño nacido en Belén”, como el Verbo (=la Palabra) hecho carne de un recién nacido.

Esa Palabra, siendo Dios (porque era Dios) estaba junto a Dios, por tanto, se distinguía de Dios. Luego era igual (Dios) y distinto (=otro) al mismo tiempo. Ello nos sitúa ante el misterio de nuestro Dios: uno y plural (trino), con distinción, pero sin separación. El Hijo, siendo Dios como el Padre, es distinto de él en cuanto Hijo.

El Hijo no es una criatura, porque estaba en el principio intemporal en que está Dios, porque es Dios, como querían los arrianos del siglo IV. Nicea dirá contra esta opinión herética: engendrado, no creado: engendrado sí, porque es Hijo; creado no, porque no procede de Dios por creación. Tampoco es Dios Padre, como pretendían los sabelianos, confundiendo a las personas, al considerar que el Hijo era simplemente otra manifestación o presentación, otro rostro (prosopon), del que antes se había manifestado como Padre. Pero por este camino de puras manifestaciones o de simples apariencias destruían la Trinidad (real) de personas en Dios.

Pero Jesús no es simplemente la Palabra que estaba junto a Dios era Dios, sino la Palabra que, sin dejar de ser lo que era, se hizo carne, es decir, hombre, hombre real y no una apariencia de hombre, como querían los docetas. La desnuda apariencia de su humanidad habría reducido a pura apariencia (sin consistencia real) todos sus actos humanos, actos psicosomáticos, desde el comer y el dormir hasta el sufrir y el morir. Todo en la vida de Jesús habría resultado engañoso: apariencia carente de realidad.

Pero no, el Hijo de Dios se hizo hombre naciendo de mujer. Y se hizo hombre íntegro, no hombre a medias, esto es, con un cuerpo de hombre, pero sin alma humana, como pretendieron los apolinaristas, temerosos de poner en Cristo un alma tan frágil y propensa al pecado como la nuestra o de introducir dos principios operativos en Cristo destruyendo su unidad. Todavía hubo quienes le concedieron alma, pero le privaron de voluntad humana, temerosos también de poner en Jesús un principio autónomo de decisión distinto de su naturaleza divina. Eran los monoteletas de Eutiques, también condenados por la Iglesia.

Luego el Verbo de Dios se hizo hombre y hombre íntegro, es decir, sin que le faltara nada de lo que al hombre le corresponde tener por naturaleza: corporeidad, inteligencia, voluntad y sensibilidad humanas, capacidad para sufrir, para llorar, para reír, para sentir… En todo semejante a nosotros, menos en el pecado; pero el pecado no es naturaleza humana, aunque históricamente este muy ligado a ella desde sus comienzos.

Admiremos, pues, este misterio de encarnación que nos revela el soberano e inmenso amor de Dios -lo que los Santos Padres llamaban “filantropía divina”- que tuvo que recorrer una distancia tan grande -si es que podemos hablar en estos términos-, la distancia que va de lo infinito a lo finito, para estar junto a nosotros como uno de nosotros. Nos hallamos ante el misterio de la condescendencia divina. No es extraño, por tanto, que se hable de la encarnación como un descenso (cristología descendente) del que era de condición divina, un descenso de lo superior a lo inferior. Así se ha revelado el amor de Dios.

No exageramos, pues, cuando hablamos de un amor infinito, es decir, un amor que no encuentra límites, aunque no sepamos medir con exactitud el alcance de esta palabra ilimitada. Pero quizá el modo de realización del hecho nos diga algo de su desmesura. La humildad en la que nace: sólo unos pocos, y de escasa consideración social, tuvieron noticia del mismo, siendo éste un hecho tan inusitado y deslumbrante en sí. La paciencia con quienes no escucharon ni escuchan el mensaje de la Navidad o quieren incluso reducirlo al silencio. Parece imposible que siendo, como es la Palabra de Dios, haya quienes la rechacen o se mantengan al margen de ella.

Porque se trata del Verbo que nos ha creado (todo se hizo por medio de él): un Verbo en el que hay vida, y la vida de Dios, puesto que es Dios; más aún, que es la fuente de toda vida: sin él, sin esta vida fontal, cualquier otro tipo de vida es inviable, ni puede brotar, ni se puede sostener. Y así, viva, es la luz verdadera que alumbra a todo hombre. ¿Cómo es posible que esta luz tan potente y originaria pueda ser resistida por cualquier tiniebla mundana o humana, por tenebrosa que sea? Sólo puede ser resistida si amortigua su resplandor. Esto es precisamente lo que sucede en la encarnación de ese Palabra, de esa Vida y de esa Luz. La Palabra hecha carne es una palabra oculta en esa misma carne (humana), que deja ver su gloria (=su divinidad), pero como eclipsada por la carne que la oculta y a través de la cual se manifiesta.

Jesús es, pues, la manifestación de la Palabra que estaba junto a Dios y que era Dios, pero en esta forma amortiguada de la carne o de lo humano. Esta es la razón de que semejante manifestación pueda ser resistida y no acabe de deshacer la tiniebla de la incredulidad: la misma razón por la que muchos pueden no creer en su misteriosa (=oculta) presencia en la eucaristía (otra forma de carne).

Pero el misterio del rechazo y de la incredulidad humana (la no recepción de los suyos) va ligado al misterio de la libertad humana. No hay verdadera aceptación de la Palabra o de la Luz que viene a este mundo, sin libertad. Y la libertad parece exigir la manifestación acrisolada de esta Palabra (o Luz) en la carne que la oculta y que la muestra, porque en ella se da a conocer como Hijo y nos da a conocer al Padre. A cuantos le reciben les da poder para ser hijos de Dios¸ santos e irreprochables, para conocer a Dios, para comprender la esperanza a la que nos llama, la riqueza de gloria que nos espera: poder para amar y amarnos, poder para superar el pecado y la muerte, poder para ser como él.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Comentario – Domingo II después de Navidad

(Jn 1, 1-18)

El Hijo de Dios es presentado como una palabra, la Palabra que manifiesta la gloria del Padre Dios y que se hace hombre para mostrarnos el amor del Padre.

Este Hijo, que existía antes de la creación del mundo, ha estado realmente en la tierra como uno de nosotros, aunque ignorado por el mundo que no quiso recibirlo.

El “vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. Pero a los que lo reciben los convierte en hijos amados del Padre Dios, los hace participar de la dignidad infinita que él tiempo como Hijo del Padre. Por eso, cuando alguien es bautizado alcanza la dignidad más grande que puede tener un ser humano. Él, Jesús, trae al mundo lo que ni Moisés ni los profetas antiguos podían darnos, porque eran simples criaturas.

A la ternura de la escena del pesebre debe unirse entonces la admiración por el misterio infinito que se encierra en la simplicidad de Belén. Ese niño es el Hijo eterno del Padre, que viene a elevar lo terreno a un nivel divino, que hace entrar en el mundo la gloria sobrenatural de Dios.

En el pesebre de Belén, en las callejuelas de Nazaret, en los caminos de su tierra querida, era el mismo Hijo de Dios el que se hacía presente, era el Eterno, que quiso manifestar su gloria en la misma sencillez de nuestra pequeña vida.

Este himno nos invita a ver más allá, para reconocer que quien “puso su carpa entre nosotros” es el mismo Hijo de Dios. Pero también nos ayuda a recordar que esa Palabra que nos ha revelado la intimidad del Padre no es sólo una luz invisible que ilumina nuestro interior, sino que es alguien que se hizo verdaderamente uno de nosotros, uno de nuestra propia “carne” humana.

Oración:

“Te doy gracias, Señor Jesús, por el inmenso amor que tienes a tu Pueblo, porque siendo el Hijo de Dios eternamente feliz, tu amor te llevó a compartir nuestra vida humana, a caminar por nuestro senderos, a sufrir nuestras angustias, a entregarte por nosotros hasta el fin”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

Necesidad de una reforma en los ritos

62. Habiéndos e introducido en los ritos de los sacramentos y sacramentales, con el correr del tiempo, ciertas cosas que actualmente oscurecen de alguna manera su naturaleza y su fin, y siendo necesarios acomodar otras a las necesidades presentes, el sacrosanto Concilio determina los siguiente para su revisión:

Lectio Divina – Domingo II de Navidad

INTRODUCCION

Y el Verbo se hizo carne.  “A nosotros esto nos parece demasiado hermoso para que sea verdadero. ¡Un Dios hecho carne, identificado con nuestra debilidad, respirando nuestro aire, caminando con nosotros, sufriendo nuestros problemas! Y seguimos buscando a Dios arriba en los cielos cuando está abajo en la tierra. Y seguimos persiguiéndole fuera, sin acogerlo con fe en nuestro interior. Una de las grandes contradicciones de los cristianos es confesar con entusiasmo la encarnación de Dios, y olvidar luego que Cristo está en medio de nosotros. Y sin embargo, después de la encarnación, a Dios sólo podemos encontrarle entre las personas, con las personas, en las personas” (Florencino Ulibarri).

TEXTOS BÍBLICOS:

1ª Lectura: Eclo.24,1-2b-12).     2ª Lectura: Ef. 1,3-6.15-18.

EVANGELIO:

Jn. 1,1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 

REFLEXIÓN

El gran especialista en San Juan, Jean Zumstain, nos dice: “Lo esencial del prólogo es que Dios no se revela de forma última sino en la historia del hombre Jesús”. Y esto ¿qué quiere decir? Lo veremos a través de las lecturas.

1.- Jesús es propiedad de todos y no sólo del pueblo de Israel.

El profeta Isaías, unos ocho siglos antes de Cristo, nos había anunciado: El Creador de todo me dijo: “Pon tu tienda en Jacob y fija tu heredad en Israel”. Y termina diciendo: “Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad” (1ª Lectura). Pero Jesús es patrimonio de toda la humanidad y el Dios de Jesús es también de todos. En este mismo himno se nos afirma:” Pues de su plenitud todos hemos recibido”. La historia de Jesús, desarrollada humanamente en un pueblo concreto, ensancha su horizonte a toda la humanidad. Todos, vivamos donde vivamos, podemos decir que Jesús es nuestro EMMANUEL, nuestro Dios con nosotros.

2.- Mucha atención a estos verbos del prólogo: “Al principio estaba junto a Dios”. “Se hizo carne”. “Acampó entre nosotros”.

“Estaba junto a Dios”. La traducción griega es más explícita: nos habla del modo de estar: “inclinado” sobre Dios. El Verbo gravitaba sobre Dios como su centro. Según Jesús, Dios tiene su lugar y este lugar sólo puede ser “el centro”. O está en el centro o no está en ninguna parte. Dios no puede ser un paralelo más de nuestra vida sino ese meridiano que atraviesa todos los paralelos de nuestra existencia.

“Se hizo carne” La palabra griega nos habla de debilidad, fragilidad, precariedad, vulnerabilidad. Dios no se encarnó en una naturaleza pura, como era la de Adán antes del pecado, sino en una naturaleza caída. Jesús vivió en un “vaciamiento”. “Siendo Dios se vació de sí mismo tomando la forma de esclavo y se rebajó hasta la muerte y muerte de Cruz”. (Fil. 2,7-8). La palabra de Dios en nosotros ha de hacerse carne, vida, acontecimiento. 

Y no tengamos miedo de salir de nosotros hacia el mundo de los pobres y marginados. Eso significaría que hemos entendido el Misterio de la Encarnación.

“Acampó entre nosotros”. Esta frase hace referencia a la “tienda de la Alianza” donde Dios se hacía presente cuando el pueblo de Israel era nómada y caminaba por el desierto hacia la Tierra Prometida. En realidad, la verdadera “tienda del encuentro de Dios con el hombre es Jesús, el Emmanuel”. Pero a Jesús no se le ocurrió construir un Nuevo Templo material.  Los templos de este mundo se construyen con materiales estáticos. No se mueven. Jesús recorre los pueblos y las aldeas; va de un sitio a otro, conoce el riesgo y la aventura y no se reúne solo en las plazas sino que visita las periferias donde están los desinstalados de la sociedad, los que no tienen techo ni hogar, los que no tienen ni una capa para cubrirse cuando cae la noche. La Iglesia de Jesús siempre debe ser “Una Iglesia en salida”. Y esto no porque lo diga el Papa Francisco, sino como una exigencia del ser mismo de la Iglesia.

3.- La experiencia de Pablo. (2ª lectura)

Pablo no sale del asombro y no cesa de dar gracias al Padre por la Encarnación del Verbo. Nadie como Él ha experimentado el paso gigantesco de “la ley” a la “gracia”, del “temor al amor”, de “las tinieblas a la luz”, del “mérito a la gratuidad”, de la “muerte a la vida”. Hasta Cristo, la sociedad se dividía en pobres y ricos por razón del dinero, del poder, del prestigio, de la fama. Desde que ha venido Cristo, los verdaderamente pobres son los que no tienen a Cristo y los verdaderamente ricos los que lo poseen. “En Cristo hemos sido enriquecidos con toda clase de bendiciones” (Ef. 1,3). Es como si dijera: Ya sé que sois enormemente ambiciosos. Por eso os pregunto ¿Qué más queréis? Si el Padre nos ha dado a su propio Hijo, ¿no nos ha dado todo con Él?  (Ro.8,32)

PREGUNTAS

1.- ¿Doy gracias a Dios por ser Dios y Padre de todos los pueblos?

2.- Dios sí que se ha encarnado, pero ¿Me he encarnado yo en la vida, en los acontecimientos, en la historia concreta que me toca vivir? ¿Cómo?

3.- ¿Me siento rico con la riqueza de Dios? ¿Me siento libre con la libertad de Jesús? ¿Me siento feliz por haber conocido y amado a Jesús?

Este evangelio, en verso, suena así:

Dios es Amor y el amor
se comunica y se explaya
con regalos, con caricias,
con palabras y miradas.

Dios, de manera especial,
nos hizo la mayor» gracia»
al expresarnos su amor
en el Hijo: su Palabra.

Jesús es rostro de Dios,
su imagen, su semejanza.
Jesús y Dios son lo mismo,
como la fuente y el agua.

En Jesús, Dios se vistió
de naturaleza humana:
La Verdad, la Luz, la Vida
vinieron a nuestra casa.

Algunos, los mal nacidos,
rechazaron su llegada.
Los que nacieron de Dios
le dieron mejor posada.

Hoy, Jesús, con alegría,
llega a nuestra puerta y llama …
¿Se la dejamos abierta
o la tendremos cerrada?

Jesús, hermano y amigo,
ven, entra en nuestra morada.
En nuestro corazón tienes
una «plaza reservada».

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

La dignidad que nos confiere la Navidad

1.- Cuando releía el texto del evangelio de San Juan propio de la misa de hoy, que recordaréis coincide con el de la misa del mediodía del día de Navidad, se me han ocurrido dos cosas. En primer lugar he recordado un texto de San Bernardo abad sobre las de la Virgen Madre. Es una composición preciosa. Si queréis leerla podéis pedir a alguna persona que rece habitualmente la Liturgia de la horas que os preste por un rato el oficio de lectura correspondiente al día 20 de diciembre. Allí la encontraréis.

Se dirige el santo a la Virgen como si fuera un espectador del momento de la Anunciación. Un espectador que anima a la protagonista o un confidente, que sabiendo lo que está sucediendo, pretende con sus palabras infundirle coraje.

-Mira que el ángel aguarda tu respuesta porque ya es tiempo de que se vuelva al Señor que le envió.

2.- Esperamos nosotros… se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación… Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos, mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida. Esto te lo suplica el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David con todos los santos antecesores tuyos…

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados…

Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o por mejor decir, al Señor por medio del ángel. Responde una palabra y recibe otra Palabra; pronuncia la tuya y concibe la divina; emite una fugaz palabra y acoge la eterna…

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Creador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. ¡Ay sí, deteniéndote en abrirle, pasa adelante y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma! Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

“He aquí, dice la Virgen, la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”

Pienso ahora que tal vez os podría haber copiado el texto exacto, para que gustarais la belleza y la audacia del santo místico, pero creo que si deseáis no os costará demasiado conseguirlo de cualquier sacerdote que podáis conocer. Di tu palabra afirmativa para recibir la Palabra personal divina. He aquí el misterio de la Encarnación, del que se deriva el acontecimiento de la Natividad.

Porque si buscáis en el Catecismo de la Iglesia, este maravilloso compendio que debería llamarse “Enciclopedia manual cristiana” encontraréis muy pocas referencias a la Navidad. La profundidad trascendente de este hecho, radica en el momento sublime en que la Palabra divina se humaniza en el seno de Santa María, acontecimiento que celebramos el día 25 de marzo.

3.- Advertidlo bien. Podrían suprimirse las reuniones familiares, las cenas copiosas, el turrón, los villancicos y los belenes, y nada trascendente se perdería. Es suficiente y enriquecedor que el Dios hecho hombre permanezca entre nosotros. Triste es en cambio la tan frecuente realidad de comilonas, encuentros de lo que a veces se llaman familias, sin saber en realidad de qué entidad se trata, ya que padres se encuentran con hijos a los que no acompañan sus consortes, sino compañeras o amantes, provisionales u ocasionales. Chiquillos desconcertados sin hitos referenciales para crecer en el amor. Hijas solitarias, desgajadas de su esposo, tal vez tratando de injertarse en nuevos compañeros. Débiles uniones que en nada reflejan la fidelidad, el amor y la riqueza espiritual, que introdujo la llegada al mundo de Dios, para matrimoniar perpetuamente con la humanidad. Por más cantos y banquetes que se celebren, bebidas que se consuman, bailes y gritos aparentemente alegres que se oigan, dejarán a la postre un sentimiento de insatisfacción.

4.- Creo yo, mis queridos jóvenes lectores, que es preciso reinventar la Navidad. A vosotros os toca conseguirlo. Tareas más difíciles se han conseguido con éxito. Pienso en la joven Juana de Arco que fue capaz de apartar de los ejércitos la retahíla de mujeres que acompañaban a la tropa para satisfacer instintos, e inexplicablemente lograr poner final en poco tiempo, a una guerra que los varones no habían conseguido acabar en cien años. Y Francisco, el de Asís, hombre de juergas y peleas, que cambió su vida y cambió la de Europa entera, con sus intuiciones y aventuras religiosas.

Para que enraíce Cristo, germine y crezca, es preciso un gran saco de silencio interior, una mochila llena de audacia y una cantimplora rebosante de Gracia.

Pedrojosé Ynaraja

Un silencio sereno lo envolvía todo

1.- No sé si os habéis apercibido bien de la antífona de entrada de esta misa del Domingo Segundo de Navidad. Es un bellísimo texto del Libro de la Sabiduría. Lo voy a releer si os parece bien. “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos”. Es una descripción muy bella de esos momentos del Nacimiento del Niño Dios. Se hizo la paz y el silencio en el universo para mejor ver llegar al Hijo de Dios. O, al menos, así lo interpreto yo. Deciros también que este domingo es como un reflejo –un eco dicen algunos—de la fiesta de la Navidad. Y así muchos de los textos que se reflejan en la celebración de hoy son los mismos de la Natividad. Y, sinceramente, creo que es muy buena esta “segunda oportunidad”, por si hace unos días se nos pasaron algunas cosas de la celebración del Nacimiento de nuestro Salvador. Y quiero comentar también, antes de referirme a las lecturas de este día, que hay algo de fuerte contenido cósmico en el Nacimiento del Niño Jesús. Dios se hacía hombre y la creación entera debía estar expectante ante ese hecho extraordinario. Es posible que el ámbito del género humano sea limitado, pero no así otros ámbitos y otras dimensiones. El tiempo de calmó, se “paró” un poco. Se esperaba el milagro… con un silencio sereno. ¿No es emociona todo esto? ¿No os hace volar un poco hacia lo eterno o, al menos, hacia la inmensidad del universo?

2.- Y, en cierto modo, la estela de lo que acabo de decir se aprecia en el fragmento que hemos escuchado del Libro del Eclesiástico. Es el camino de la Sabiduría divina para establecerse en el pueblo de Dios. Y ojalá esa Sabiduría viviera en medio de esta humanidad de hoy que tantos problemas tiene y que tanto se aleja de la bondad y de la serenidad. Sin embargo, llegó hace más de dos mil años y sigue entre nosotros. Deberíamos ser capaces de apreciar su presencia y aprender. La segunda lectura os ha sonado, claro. El fragmento de la Carta de Pablo de Tarso a los Efesios es un himno litúrgico de gran belleza que hemos oído muchas veces. Pero lo importante de esas palabras está en que Dios nos eligió en la persona de Cristo para ser hijos adoptivos de Él y eso por los méritos de Jesucristo. Es algo muy importante. Somos hijos de Dios y eso nos tendría que llenar de gozo en todas las horas del día. El Evangelio, como en la Misa del Día de Navidad, es el prólogo del Evangelio de San Juan. Bellísimo texto de unas resonancias poéticas de primera magnitud, pero que contiene la verdad trinitaria revelada. Cuando tengamos dudas sobre ese Dios Familia que es la Trinidad Santísima no tenemos más que leer el texto que acabamos de escuchar.

3.- Vamos pasando los días en este bendito tiempo de Navidad. Pasado mañana, el martes, celebramos la Fiesta de la Epifanía es que no es otra cosa que la Manifestación de Dios a los hombres. Quedan pocas horas para ese momento, que celebraremos dentro de la sana algarabía de los niños que han recibido sus regalos. Pero todo está relacionado. La Palabra está entre nosotros y debemos de adorarla. Preparémonos, una vez más, para llegar el martes al Portal del Belén con nuestros mejores regalos, con nosotros mismos, con nuestra vida –con cosas buenas y malas—para ofrecérsela a ese Niño que nos ha nacido.

Ángel Gómez Escorial

¿Nos vamos a “vacunar”?

El anuncio de la llegada de la vacuna contra el coronavirus ha encendido una luz de esperanza en medio de la pandemia. Los virólogos afirman que, hoy por hoy, la vacuna es el único modo de atajar la expansión del coronavirus, y que se han seguido todos los protocolos de seguridad en su elaboración, por lo que animan a vacunarse. A pesar de ello, según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas del mes de diciembre de 2020, sólo el 40% de los encuestados estaría dispuesto a vacunarse inmediatamente, un 28% no lo haría, y el resto esperaría a ver los efectos en otras personas vacunadas. Resulta sorprendente que, aun sabiendo las nefastas consecuencias que tiene el coronavirus haya ese nivel de resistencia para vacunarse. Pero la vacunación no es obligatoria y se deja a la libertad de las personas la decisión de vacunarse o no.

Hoy es el segundo domingo después de Navidad, estamos en el último tramo de este tiempo pero eso no significa que haya que bajar la guardia, pasar página y olvidarlo. El prólogo del Evangelio según san Juan, que hemos escuchado este domingo, nos ofrece la ocasión de “recordar” (volver a pasar por el corazón, como hacía la Virgen María) lo que estamos celebrando estos días.

Y, tomando el ejemplo de la vacuna contra el coronavirus, podemos decir que con la Palabra ha llegado a nosotros “la vacuna” contra el “virus del mal” que amenaza nuestra vida, corporal, mental y espiritual, de tantas formas y con tantas mutaciones: En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. El Dios vivo nos ofrece su misma Vida para que la tengamos para siempre.

Igual que empezamos a tener a nuestra disposición la vacuna contra la covid19, la Navidad nos recuerda que tenemos a nuestra disposición la Palabra de vida para acogerla: Al mundo vino y en el mundo estaba. Está entre nosotros, como anunciaba Juan Bautista, al alcance de todos.

Pero Dios no se impone, del mismo modo que no es obligatorio vacunarse: Vino a su casa y los suyos no la recibieron. Dios respeta la libertad del ser humano, aun a riesgo de que le rechacemos. Igual que resulta sorprendente que haya resistencia a vacunarse contra el coronavirus, también sorprende que, sabiendo las nefastas consecuencias que el mal y el pecado tienen para nosotros, todavía nos resistamos a acoger la “vacuna” que es la Palabra de vida.

Sin embargo, quienes se vacunen contra la covid19, tendrán un arma efectiva para luchar contra la infección; si acogemos la “vacuna” que es la Palabra, a cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios, por lo que, como hijos, tendremos poder para luchar contra la infección del mal y del pecado.

Es verdad que la vacuna contra el coronavirus no nos hace invulnerables, pero sí que disminuye las posibilidades de contagio. Acoger la Palabra tampoco nos vuelve invulnerables, pero si creemos en su nombre estaremos mejor preparados para luchar contra el mal en cualquiera de sus mutaciones.

La vacuna contra el coronavirus se inserta en nuestro organismo, hasta el nivel genético, para fabricar anticuerpos; y la esencia de la Navidad es que la Palabra se hizo carne y a campó entre nosotros: La Palabra asume un organismo como el nuestro, nuestra carne, nuestras células, nuestra composición genética para generar los anticuerpos que permitan derrotar la infección del pecado y la muerte.

La vacuna contra la covid19 necesita, por lo menos, dos dosis para ser efectiva; y la Palabra hecha carne nos da su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía para que recibamos habitualmente nuestra “dosis”, para seguir insertándose en nuestro organismo y generar los “anticuerpos” necesarios.

Aunque se deje a la libertad de las personas la decisión de vacunarse o no contra el coronavirus, los científicos insisten en que hasta que no se alcance un nivel alto de vacunación entre la población no llegaremos a la llamada “inmunidad de rebaño” y el coronavirus seguirá extendiéndose.

También nosotros somos libres de “vacunarnos” con la Palabra, de recibirla o no recibirla. Pero mientras no haya un importante número de personas que acojan de verdad la Palabra de Vida, un “rebaño” inmunizado que viva y actúe como hijos de Dios, el virus del mal y del pecado seguirá extendiéndose y presentando múltiples mutaciones, con las nefastas consecuencias que tiene para la humanidad y a todos los niveles. Aquí tenemos la Palabra de Vida: ¿Nos vamos a “vacunar”?