Comentario – Domingo II de Navidad

Este segundo domingo después de Navidad quiere ser una especie de réplica de la Navidad. De hecho, hoy se vuelve a repetir el mismo evangelio de ese día. Volvemos a escuchar de labios de san Juan: Y la Palabra se hizo carne. Conocíamos palabras que se habían hecho cuento, novela o poema, palabras que se habían hecho canción, copla o diálogo, oración, súplica o acción de gracias, palabras hechas regalo, consuelo, bálsamo, estímulo, amenaza, intimidación, acicate, anestésico, medicina, etc.

Son los devenires de nuestras palabras, incluida también la palabra de Dios que encontramos en el Libro de los libros, la Biblia. Pero ninguna de estas palabras había llegado a hacerse propiamente carne y carne de hombre, carne humana. Sólo la palabra que estaba junto a Dios (Padre) a modo de Hijo y era Dios se hizo carne. Así designa san Juan al «niño nacido en Belén», como el Verbo (=la Palabra) hecho carne de un recién nacido.

Esa Palabra, siendo Dios (porque era Dios) estaba junto a Dios, por tanto, se distinguía de Dios. Luego era igual (Dios) y distinto (=otro) al mismo tiempo. Ello nos sitúa ante el misterio de nuestro Dios: uno y plural (trino), con distinción, pero sin separación. El Hijo, siendo Dios como el Padre, es distinto de él en cuanto Hijo.

El Hijo no es una criatura, porque estaba en el principio intemporal en que está Dios, porque es Dios, como querían los arrianos del siglo IV. Nicea dirá contra esta opinión herética: engendrado, no creado: engendrado sí, porque es Hijo; creado no, porque no procede de Dios por creación. Tampoco es Dios Padre, como pretendían los sabelianos, confundiendo a las personas, al considerar que el Hijo era simplemente otra manifestación o presentación, otro rostro (prosopon), del que antes se había manifestado como Padre. Pero por este camino de puras manifestaciones o de simples apariencias destruían la Trinidad (real) de personas en Dios.

Pero Jesús no es simplemente la Palabra que estaba junto a Dios era Dios, sino la Palabra que, sin dejar de ser lo que era, se hizo carne, es decir, hombre, hombre real y no una apariencia de hombre, como querían los docetas. La desnuda apariencia de su humanidad habría reducido a pura apariencia (sin consistencia real) todos sus actos humanos, actos psicosomáticos, desde el comer y el dormir hasta el sufrir y el morir. Todo en la vida de Jesús habría resultado engañoso: apariencia carente de realidad.

Pero no, el Hijo de Dios se hizo hombre naciendo de mujer. Y se hizo hombre íntegro, no hombre a medias, esto es, con un cuerpo de hombre, pero sin alma humana, como pretendieron los apolinaristas, temerosos de poner en Cristo un alma tan frágil y propensa al pecado como la nuestra o de introducir dos principios operativos en Cristo destruyendo su unidad. Todavía hubo quienes le concedieron alma, pero le privaron de voluntad humana, temerosos también de poner en Jesús un principio autónomo de decisión distinto de su naturaleza divina. Eran los monoteletas de Eutiques, también condenados por la Iglesia.

Luego el Verbo de Dios se hizo hombre y hombre íntegro, es decir, sin que le faltara nada de lo que al hombre le corresponde tener por naturaleza: corporeidad, inteligencia, voluntad y sensibilidad humanas, capacidad para sufrir, para llorar, para reír, para sentir… En todo semejante a nosotros, menos en el pecado; pero el pecado no es naturaleza humana, aunque históricamente este muy ligado a ella desde sus comienzos.

Admiremos, pues, este misterio de encarnación que nos revela el soberano e inmenso amor de Dios -lo que los Santos Padres llamaban «filantropía divina»- que tuvo que recorrer una distancia tan grande -si es que podemos hablar en estos términos-, la distancia que va de lo infinito a lo finito, para estar junto a nosotros como uno de nosotros. Nos hallamos ante el misterio de la condescendencia divina. No es extraño, por tanto, que se hable de la encarnación como un descenso (cristología descendente) del que era de condición divina, un descenso de lo superior a lo inferior. Así se ha revelado el amor de Dios.

No exageramos, pues, cuando hablamos de un amor infinito, es decir, un amor que no encuentra límites, aunque no sepamos medir con exactitud el alcance de esta palabra ilimitada. Pero quizá el modo de realización del hecho nos diga algo de su desmesura. La humildad en la que nace: sólo unos pocos, y de escasa consideración social, tuvieron noticia del mismo, siendo éste un hecho tan inusitado y deslumbrante en sí. La paciencia con quienes no escucharon ni escuchan el mensaje de la Navidad o quieren incluso reducirlo al silencio. Parece imposible que siendo, como es la Palabra de Dios, haya quienes la rechacen o se mantengan al margen de ella.

Porque se trata del Verbo que nos ha creado (todo se hizo por medio de él): un Verbo en el que hay vida, y la vida de Dios, puesto que es Dios; más aún, que es la fuente de toda vida: sin él, sin esta vida fontal, cualquier otro tipo de vida es inviable, ni puede brotar, ni se puede sostener. Y así, viva, es la luz verdadera que alumbra a todo hombre. ¿Cómo es posible que esta luz tan potente y originaria pueda ser resistida por cualquier tiniebla mundana o humana, por tenebrosa que sea? Sólo puede ser resistida si amortigua su resplandor. Esto es precisamente lo que sucede en la encarnación de ese Palabra, de esa Vida y de esa Luz. La Palabra hecha carne es una palabra oculta en esa misma carne (humana), que deja ver su gloria (=su divinidad), pero como eclipsada por la carne que la oculta y a través de la cual se manifiesta.

Jesús es, pues, la manifestación de la Palabra que estaba junto a Dios y que era Dios, pero en esta forma amortiguada de la carne o de lo humano. Esta es la razón de que semejante manifestación pueda ser resistida y no acabe de deshacer la tiniebla de la incredulidad: la misma razón por la que muchos pueden no creer en su misteriosa (=oculta) presencia en la eucaristía (otra forma de carne).

Pero el misterio del rechazo y de la incredulidad humana (la no recepción de los suyos) va ligado al misterio de la libertad humana. No hay verdadera aceptación de la Palabra o de la Luz que viene a este mundo, sin libertad. Y la libertad parece exigir la manifestación acrisolada de esta Palabra (o Luz) en la carne que la oculta y que la muestra, porque en ella se da a conocer como Hijo y nos da a conocer al Padre. A cuantos le reciben les da poder para ser hijos de Dios¸ santos e irreprochables, para conocer a Dios, para comprender la esperanza a la que nos llama, la riqueza de gloria que nos espera: poder para amar y amarnos, poder para superar el pecado y la muerte, poder para ser como él.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística