La dignidad que nos confiere la Navidad

1.- Cuando releía el texto del evangelio de San Juan propio de la misa de hoy, que recordaréis coincide con el de la misa del mediodía del día de Navidad, se me han ocurrido dos cosas. En primer lugar he recordado un texto de San Bernardo abad sobre las de la Virgen Madre. Es una composición preciosa. Si queréis leerla podéis pedir a alguna persona que rece habitualmente la Liturgia de la horas que os preste por un rato el oficio de lectura correspondiente al día 20 de diciembre. Allí la encontraréis.

Se dirige el santo a la Virgen como si fuera un espectador del momento de la Anunciación. Un espectador que anima a la protagonista o un confidente, que sabiendo lo que está sucediendo, pretende con sus palabras infundirle coraje.

-Mira que el ángel aguarda tu respuesta porque ya es tiempo de que se vuelva al Señor que le envió.

2.- Esperamos nosotros… se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación… Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos, mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida. Esto te lo suplica el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David con todos los santos antecesores tuyos…

Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados…

Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o por mejor decir, al Señor por medio del ángel. Responde una palabra y recibe otra Palabra; pronuncia la tuya y concibe la divina; emite una fugaz palabra y acoge la eterna…

Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Creador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. ¡Ay sí, deteniéndote en abrirle, pasa adelante y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma! Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

“He aquí, dice la Virgen, la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”

Pienso ahora que tal vez os podría haber copiado el texto exacto, para que gustarais la belleza y la audacia del santo místico, pero creo que si deseáis no os costará demasiado conseguirlo de cualquier sacerdote que podáis conocer. Di tu palabra afirmativa para recibir la Palabra personal divina. He aquí el misterio de la Encarnación, del que se deriva el acontecimiento de la Natividad.

Porque si buscáis en el Catecismo de la Iglesia, este maravilloso compendio que debería llamarse “Enciclopedia manual cristiana” encontraréis muy pocas referencias a la Navidad. La profundidad trascendente de este hecho, radica en el momento sublime en que la Palabra divina se humaniza en el seno de Santa María, acontecimiento que celebramos el día 25 de marzo.

3.- Advertidlo bien. Podrían suprimirse las reuniones familiares, las cenas copiosas, el turrón, los villancicos y los belenes, y nada trascendente se perdería. Es suficiente y enriquecedor que el Dios hecho hombre permanezca entre nosotros. Triste es en cambio la tan frecuente realidad de comilonas, encuentros de lo que a veces se llaman familias, sin saber en realidad de qué entidad se trata, ya que padres se encuentran con hijos a los que no acompañan sus consortes, sino compañeras o amantes, provisionales u ocasionales. Chiquillos desconcertados sin hitos referenciales para crecer en el amor. Hijas solitarias, desgajadas de su esposo, tal vez tratando de injertarse en nuevos compañeros. Débiles uniones que en nada reflejan la fidelidad, el amor y la riqueza espiritual, que introdujo la llegada al mundo de Dios, para matrimoniar perpetuamente con la humanidad. Por más cantos y banquetes que se celebren, bebidas que se consuman, bailes y gritos aparentemente alegres que se oigan, dejarán a la postre un sentimiento de insatisfacción.

4.- Creo yo, mis queridos jóvenes lectores, que es preciso reinventar la Navidad. A vosotros os toca conseguirlo. Tareas más difíciles se han conseguido con éxito. Pienso en la joven Juana de Arco que fue capaz de apartar de los ejércitos la retahíla de mujeres que acompañaban a la tropa para satisfacer instintos, e inexplicablemente lograr poner final en poco tiempo, a una guerra que los varones no habían conseguido acabar en cien años. Y Francisco, el de Asís, hombre de juergas y peleas, que cambió su vida y cambió la de Europa entera, con sus intuiciones y aventuras religiosas.

Para que enraíce Cristo, germine y crezca, es preciso un gran saco de silencio interior, una mochila llena de audacia y una cantimplora rebosante de Gracia.

Pedrojosé Ynaraja