Lectio Divina – Domingo II de Navidad

INTRODUCCION

Y el Verbo se hizo carne.  “A nosotros esto nos parece demasiado hermoso para que sea verdadero. ¡Un Dios hecho carne, identificado con nuestra debilidad, respirando nuestro aire, caminando con nosotros, sufriendo nuestros problemas! Y seguimos buscando a Dios arriba en los cielos cuando está abajo en la tierra. Y seguimos persiguiéndole fuera, sin acogerlo con fe en nuestro interior. Una de las grandes contradicciones de los cristianos es confesar con entusiasmo la encarnación de Dios, y olvidar luego que Cristo está en medio de nosotros. Y sin embargo, después de la encarnación, a Dios sólo podemos encontrarle entre las personas, con las personas, en las personas” (Florencino Ulibarri).

TEXTOS BÍBLICOS:

1ª Lectura: Eclo.24,1-2b-12).     2ª Lectura: Ef. 1,3-6.15-18.

EVANGELIO:

Jn. 1,1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 

REFLEXIÓN

El gran especialista en San Juan, Jean Zumstain, nos dice: “Lo esencial del prólogo es que Dios no se revela de forma última sino en la historia del hombre Jesús”. Y esto ¿qué quiere decir? Lo veremos a través de las lecturas.

1.- Jesús es propiedad de todos y no sólo del pueblo de Israel.

El profeta Isaías, unos ocho siglos antes de Cristo, nos había anunciado: El Creador de todo me dijo: “Pon tu tienda en Jacob y fija tu heredad en Israel”. Y termina diciendo: “Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad” (1ª Lectura). Pero Jesús es patrimonio de toda la humanidad y el Dios de Jesús es también de todos. En este mismo himno se nos afirma:” Pues de su plenitud todos hemos recibido”. La historia de Jesús, desarrollada humanamente en un pueblo concreto, ensancha su horizonte a toda la humanidad. Todos, vivamos donde vivamos, podemos decir que Jesús es nuestro EMMANUEL, nuestro Dios con nosotros.

2.- Mucha atención a estos verbos del prólogo: “Al principio estaba junto a Dios”. “Se hizo carne”. “Acampó entre nosotros”.

“Estaba junto a Dios”. La traducción griega es más explícita: nos habla del modo de estar: “inclinado” sobre Dios. El Verbo gravitaba sobre Dios como su centro. Según Jesús, Dios tiene su lugar y este lugar sólo puede ser “el centro”. O está en el centro o no está en ninguna parte. Dios no puede ser un paralelo más de nuestra vida sino ese meridiano que atraviesa todos los paralelos de nuestra existencia.

“Se hizo carne” La palabra griega nos habla de debilidad, fragilidad, precariedad, vulnerabilidad. Dios no se encarnó en una naturaleza pura, como era la de Adán antes del pecado, sino en una naturaleza caída. Jesús vivió en un “vaciamiento”. “Siendo Dios se vació de sí mismo tomando la forma de esclavo y se rebajó hasta la muerte y muerte de Cruz”. (Fil. 2,7-8). La palabra de Dios en nosotros ha de hacerse carne, vida, acontecimiento. 

Y no tengamos miedo de salir de nosotros hacia el mundo de los pobres y marginados. Eso significaría que hemos entendido el Misterio de la Encarnación.

“Acampó entre nosotros”. Esta frase hace referencia a la “tienda de la Alianza” donde Dios se hacía presente cuando el pueblo de Israel era nómada y caminaba por el desierto hacia la Tierra Prometida. En realidad, la verdadera “tienda del encuentro de Dios con el hombre es Jesús, el Emmanuel”. Pero a Jesús no se le ocurrió construir un Nuevo Templo material.  Los templos de este mundo se construyen con materiales estáticos. No se mueven. Jesús recorre los pueblos y las aldeas; va de un sitio a otro, conoce el riesgo y la aventura y no se reúne solo en las plazas sino que visita las periferias donde están los desinstalados de la sociedad, los que no tienen techo ni hogar, los que no tienen ni una capa para cubrirse cuando cae la noche. La Iglesia de Jesús siempre debe ser “Una Iglesia en salida”. Y esto no porque lo diga el Papa Francisco, sino como una exigencia del ser mismo de la Iglesia.

3.- La experiencia de Pablo. (2ª lectura)

Pablo no sale del asombro y no cesa de dar gracias al Padre por la Encarnación del Verbo. Nadie como Él ha experimentado el paso gigantesco de “la ley” a la “gracia”, del “temor al amor”, de “las tinieblas a la luz”, del “mérito a la gratuidad”, de la “muerte a la vida”. Hasta Cristo, la sociedad se dividía en pobres y ricos por razón del dinero, del poder, del prestigio, de la fama. Desde que ha venido Cristo, los verdaderamente pobres son los que no tienen a Cristo y los verdaderamente ricos los que lo poseen. “En Cristo hemos sido enriquecidos con toda clase de bendiciones” (Ef. 1,3). Es como si dijera: Ya sé que sois enormemente ambiciosos. Por eso os pregunto ¿Qué más queréis? Si el Padre nos ha dado a su propio Hijo, ¿no nos ha dado todo con Él?  (Ro.8,32)

PREGUNTAS

1.- ¿Doy gracias a Dios por ser Dios y Padre de todos los pueblos?

2.- Dios sí que se ha encarnado, pero ¿Me he encarnado yo en la vida, en los acontecimientos, en la historia concreta que me toca vivir? ¿Cómo?

3.- ¿Me siento rico con la riqueza de Dios? ¿Me siento libre con la libertad de Jesús? ¿Me siento feliz por haber conocido y amado a Jesús?

Este evangelio, en verso, suena así:

Dios es Amor y el amor
se comunica y se explaya
con regalos, con caricias,
con palabras y miradas.

Dios, de manera especial,
nos hizo la mayor» gracia»
al expresarnos su amor
en el Hijo: su Palabra.

Jesús es rostro de Dios,
su imagen, su semejanza.
Jesús y Dios son lo mismo,
como la fuente y el agua.

En Jesús, Dios se vistió
de naturaleza humana:
La Verdad, la Luz, la Vida
vinieron a nuestra casa.

Algunos, los mal nacidos,
rechazaron su llegada.
Los que nacieron de Dios
le dieron mejor posada.

Hoy, Jesús, con alegría,
llega a nuestra puerta y llama …
¿Se la dejamos abierta
o la tendremos cerrada?

Jesús, hermano y amigo,
ven, entra en nuestra morada.
En nuestro corazón tienes
una «plaza reservada».

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén