Vísperas – 4 de enero

VÍSPERAS

4 DE ENERO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Confiada mira la luz dorada
que a ti hoy llega, Jerusalén:
de tu Mesías ve la alborada
sobre Belén.

El mundo todo ve hoy gozoso
la luz divina sobre Israel;
la estrella muestra al prodigioso
rey Emmanuel.

Ya los tres magos, desde el Oriente,
la estrella viendo, van de ella en pos;
dan sus primicias de amor ferviente
al niño Dios.

Ofrenda de oro que es Rey declara,
incienso ofrece a Dios su olor,
predice mirra muerte preclara,
pasión, dolor.

La voz del Padre, Cristo, te llama
su predilecto, sobre el Jordán.
Dios en los hombres hoy te proclama
valiente Juan.

Virtud divina resplandecía
del que del agua vino sacó,
cuando el anuncio de eucaristía
Caná bebió.

A darte gloria, Señor, invita
la luz que al hombre viniste a dar,
luz que nos trae gloria infinita
de amor sin par. Amén.

SALMO 44: LAS NUPCIAS DEL REY

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu centro real;
has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia.

SALMO 44:

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

Escucha, hija, mira: inclina tu oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
la traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra.»

Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Que llega el Esposo, salid a recibirlo!

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: Rm 8, 3b-4

Dios envió a su Hijo encarnado en una carne pecadora como la nuestra, haciéndolo víctima por el pecado, y en su carne condenó el pecado. Así, la justicia que proponía la ley puede realizarse en nosotros, que ya no procedemos dirigidos por la carne, sino por el Espíritu.

RESPONSORIO BREVE

R/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.
V/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.

R/ Y acampó entre nosotros.
V/ Aleluya, Aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ La Palabra se hizo carne. Aleluya, Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Yo procedo y vengo de Dios, no de mí mismo. Mi Padre es el que me ha enviado.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Yo procedo y vengo de Dios, no de mí mismo. Mi Padre es el que me ha enviado.

PRECES

Cristo vino a nosotros y se entregó por nosotros para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras. Invoquémosle con devoción ardiente:

Señor, ten piedad.

Por tu santa Iglesia:
— para que todos sus hijos renazcan a una nueva vida.

Por los pobres, los cautivos y los exiliados:
— para que a través de nuestra caridad te encuentren a ti, Hijo de Dios hecho hombre.

Para que nuestro gozo sea pleno,
— y nos maravillemos ante el don que el Padre nos ha dado en ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Que tus fieles difuntos, iluminados por la luz de tu Navidad, contemplen tu rostro,
— y las tinieblas se disipen para ellos.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, que tu Salvador, luz de redención que surgen en el cielo, amanezca también en nuestros corazones y los renueve siempre. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 4 de enero

1.-Introducción.

Señor, yo quiero acercarme hoy al evangelio “con ojos de enamorado”. Sólo así se puede leer este evangelio escrito por el discípulo a “quien Jesús tanto quería”. Sólo si quiero iniciar con Juan “un camino de amor” podré entenderlo. Este evangelio no está escrito para personas superficiales. Dame la gracia, Señor, de contemplarlo en profundidad.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí – que quiere decir, «Maestro» – ¿dónde vives?» Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (que quiere decir ´el ungido´). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él su mirada, le dijo: «Tu eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás (que significa Pedro, es decir, «roca»)

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión.

Los primeros discípulos conocen a Jesús “estando con Él”. En el desierto Jesús no podía ofrecerles nada. “El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza”.  Pero les ofrece algo mejor: “su persona”. Y les impactó tanto que “se quedaron con Él”. Juan, que escribe su evangelio siendo ya anciano, no ha olvidado esa hora, la más bonita de tantas horas vividas en casi cien años: “las cuatro de la tarde”. El discípulo amado no ha olvidado el encanto de su mirada, la dulzura de su voz, la presión de su mano, el latido de su corazón y el estremecimiento de su ser al pronunciar su nombre.   Lo que verdaderamente cambia a una persona, la transforma, la enriquece y le hace crecer es otra persona. ¿qué diremos del encuentro de una persona con la persona de Jesús? Algo inefable, misterioso, fascinante debió ocurrirles a estos discípulos que, estando en el puro desierto, a medida que el sol se ocultaba por las montañas de Judea, más difícil les resultaba arrancarse de su persona. “Y se quedaron con Él”. Se quedaron fascinados, embobados, entusiasmados de la persona de Jesús. Y, llenos de ese entusiasmo, fueron a contar a otros lo que les había sucedido. Eso es la auténtica manera de evangelizar.

Palabra del Papa.

La palabra «Cristo» (Mesías) significa «el Ungido». La humanidad de Jesús está insertada, mediante la unidad del Hijo con el Padre, en la comunión con el Espíritu Santo y, así, es «ungida» de una manera única, y penetrada por el Espíritu Santo. Lo que había sucedido en los reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento de modo simbólico en la unción con aceite, con la que se les establecía en su ministerio, sucede en Jesús en toda su realidad: su humanidad es penetrada por la fuerza del Espíritu Santo. Cuanto más nos unimos a Cristo, más somos colmados por su Espíritu, por el Espíritu Santo. Nos llamamos «cristianos», «ungidos», personas que pertenecen a Cristo y por eso participan en su unción, son tocadas por su Espíritu. No quiero sólo llamarme cristiano, sino que quiero serlo, decía san Ignacio de Antioquía. Y pidamos al Señor para que no sólo nos llamemos cristianos, sino que lo seamos verdaderamente cada vez más. (Benedicto XVI, 21 de abril de 2011).

4.- Qué me dice a mí esta palabra ya meditada. (Silencio)

5.-Propósito. Si yo he experimentado el amor de Dios en mi alma, voy a intentar que los que viven cerca de mí puedan gozar de este maravilloso encuentro.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias por permitirme encontrarte en esta oración. Como te encontró Juan, el discípulo amado. Ahora, Señor, una vez que he sido seducido por ti, no permitas que vuelva la vista atrás. No dejes que me encandile con las tentaciones del mundo. Realmente quiero responder a tu llamada y vivir feliz y contento contigo.  Permite que mi testimonio de vida sea un puente para que otros también te sepan buscar y encontrar.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Tú eres mi Hijo amado

Orígenes de la fiesta

Desde el siglo IV en la fiesta de la Epifanía, además de conmemorar la adoración de los magos de Oriente, se hacía también memoria del bautismo de Jesús en el Jordán, junto con la manifestación del Espíritu y del Padre, y de las bodas de Caná, donde por primera vez Cristo manifestó su gloria (Jn 2, 11).

Poco a poco los cristianos sintieron la necesidad de separar esos misterios y celebrarlos en una fiesta aparte. A finales del siglo VIII se comenzó a conmemorar el bautismo de Jesús ocho días después de la fiesta de la Epifanía, es decir, el 13 de enero. Sin embargo el misal de san Pío V (1570) no le da el nombre de «Bautismo del Señor», y propone para el 13 de enero una misa de la «Octava de la Epifanía», en la que el evangelio que se lee es el de Jn 1, 29-34, en el que, a diferencia de la narración que hacen los tres primeros evangelios, no se contiene el relato completo del bautismo ni se menciona la voz que se hace oír desde el cielo. Las antífonas de esta misa tampoco hacen mención del bautismo. Hasta el siglo XVIII no recibió de nuevo el nombre de «Bautismo del Señor» ni contó con formularios propios. El misal del concilio Vaticano II propone esta fiesta para el domingo posterior a la fiesta de Epifanía tal y como la celebramos hoy.

El bautismo de Jesús en los evangelios

En el cuarto evangelio encontramos esas palabras de Jesús que, dirigiéndose al Padre en oración, le dice: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo». En el fondo, todas las páginas del evangelio que leemos cada día en la Eucaristía tratan de ayudarnos a profundizar en este conocimiento que nos da vida eterna, es decir, que nos salva o nos proporciona eso que buscamos desde el anhelo más hondo de nuestro corazón.

El bautismo de Jesús por Juan a orillas del Jordán no sólo representa el comienzo de su aparición en público, sino que constituye, además, una verdadera revelación de su misterio. La tradición ha conservado tres relatos de este episodio (Mc 1, 9-11; Mt 3, 13-17; Lc 3, 21-22) junto con una alusión directa (Jn 1, 32-34) y otra indirecta (Hch 10, 38a.). Los estudiosos de la Escritura sitúan este episodio en torno al año 28 d. C., cuando Jesús -como señala Lucas en su evangelio- tenía alrededor de treinta años. En los relatos evangélicos podemos distinguir el hecho del bautismo y la teofanía que le acompaña.

A primera vista nos resulta desconcertante el hecho de que Jesús, a quien los evangelistas presentan desde un principio como el Hijo de Dios, y a quien el mismo Bautista había anunciado como «el más fuerte» que él, ante quien no se siente ni siquiera digno de agacharse para desatar la correa de sus sandalias, y quien bautizará no sólo con agua, sino también con Espíritu Santo y fuego, se ponga en la fila de quienes, reconociéndose verdaderamente pecadores, aceptaban el mensaje de Juan sobre la inminencia del Reino de Dios y la necesidad de convertirse para escapar a su ira. También a la comunidad cristiana primitiva le debió resultar incómodo este pasaje. Pero no pudo rechazarlo porque era ineludible, aunque le planteaba, y nos sigue planteando, muchas cuestiones: ¿Cómo es posible que el superior se deje bautizar por el inferior?; ¿cómo es posible que Jesús, «el Santo de Dios», se someta a un rito de purificación?; ¿qué significado tuvo ese gesto en su vida?

El bautismo de Juan iba precedido de la confesión de los pecados por parte de la persona que lo recibía. Una de las grandes diferencias de Jesús con respecto al resto de la gente que acudía a este bautismo es la ausencia de conciencia de culpabilidad. Ningún pasaje evangélico insinúa la menor sombra de culpabilidad en su caso. Incluso en el cuarto evangelio, en un contexto de controversia con los judíos, Jesús se declara inocente diciendo: «¿Quién de vosotros podrá probar que soy pecador?» (Jn 8, 46). ¿Cómo pudo entonces Jesús cumplir este rito igualándose a la gente que confesaba sus pecados como requisito para ser bautizada? Es probable que antes de bautizarse Jesús confesase los pecados, pero no los suyos -que no tenía- sino los de su pueblo. De esta manera podemos decir que cargó con nuestras iniquidades, llevando a su cumplimiento la profecía del Siervo de Yahvé, y haciéndose solidario con su pueblo pecador, e incluso con toda la humanidad pecadora.

Enseñanzas de los Padres de la Iglesia

Los Padres de la Iglesia entendían que con el bautismo de Jesús no sólo se inauguraba su obra redentora que acabaría en la Pascua, sino que toda la redención ya estaba contenida en este acontecimiento que el misterio pascual realizará explicitándolo. Pues, tanto en el bautismo como en Pascua encontramos el mismo descenso a las aguas del sufrimiento, o la misma inmersión en las tinieblas de la muerte, la misma iluminación de esas tinieblas y la misma victoria sobre los poderes demoníacos y la misma exaltación de Jesús como «Hijo» y «Señor». Estamos, pues, en el corazón mismo del misterio de Cristo, caracterizado por una kénosis y exaltación que arrastra tras de sí a toda la humanidad y la hace volver al Padre.

Cuando Jesús se sumerge en las aguas del Jordán, es toda la humanidad, el viejo Adán, quien queda sepultado en esas aguas; y cuando sale de las aguas y recibe la unción del Espíritu acompañada de la voz del Padre, es toda la humanidad la que renace a la vida divina en el Espíritu y recupera la amistad perdida.

Los Padres de la Iglesia nos dicen que si Jesús entra en el Jordán no es para ser purificado por sus aguas, sino para hacerlas purificadoras y santificadoras.

El bautismo de Jesús es interpretado también como un misterio nupcial, es decir, la Iglesia es purificada por las aguas y se une a Cristo, su Esposo. Esta idea ya se encuentra sugerida en la carta a los Efesios, donde se dice expresamente: «Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el baño del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga o cosa semejante, sino santa e intachable» (5, 25-27).

El bautismo cristiano

Así como celebrando la Pascua judía en la Última Cena Jesús instituye la Pascua nueva, del mismo modo, dejándose bautizar por Juan en el Jordán, instituye el bautismo cristiano. Este nuevo bautismo es un bautismo de purificación y conversión, pero, además, un bautismo de Espíritu, que consiste en nacer a una vida nueva: la vida del Espíritu y la vida de los hijos de Dios. En el misterio de su propio bautismo Jesús estableció una relación muy estrecha entre la inmersión en el agua y el descenso del Espíritu, de tal modo que esta inmersión se convierte en el signo sacramental del don del Espíritu.

En el bautismo de Jesús el Espíritu no viene del agua, sino del cielo que se abre. En cambio, en el bautismo cristiano existe una relación muy estrecha entre el agua y el Espíritu. Eso no quiere decir que la fuerza de santificación del Espíritu esté contenida en el agua, sino que es la voluntad de Cristo quien ha establecido esta relación entre agua y Espíritu. Por su propio Bautismo Jesús ha hecho del viejo rito bautismal el sacramento de la venida del Espíritu. Desde entonces, cada vez que alguien es bautizado «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», el cielo se abre y el Espíritu desciende sobre ese nuevo hijo de Dios, y la voz del Padre se dirige a él diciéndole: «Tú eres mi hijo».

Fray Manuel Ángel Martinez Juan

Comentario – 4 de enero

(Jn 1, 35-42)

Este texto muestra cómo la misión de Juan el Bautista va cumpliendo su finalidad, porque Juan logra que sus propios discípulos lo abandonen y sigan a Jesús. Y mientras Juan simplemente indicaba el camino, Jesús aparece ofreciendo su intimidad, invita a “estar con él”.

Seguramente el autor del evangelio era uno de esos discípulos, porque no quiere dejar de indicar la hora de aquel sublime y dulce encuentro: “eran las cuatro de la tarde”. Imposible olvidarlo.

Pero al mismo tiempo este texto nos muestra la dinámica del encuentro con Jesús, que siempre nos impulsa a comunicarlo a otros, a compartirlo, a llevarlo a los demás. Uno de ellos encontró a su hermano “y lo condujo a Jesús” (v. 42).

Es hermoso escuchar a Andrés diciendo: “¡Hemos encontrado al Mesías!” El Mesías, esperado por su pueblo durante siglos, ansiado por los pobres y sufridos y desorientados, reclamado por los que necesitaban fuerza y consuelo. El Mesías prometido, el que traería la verdadera luz, el agua pura, el que podía cumplir las esperanzas más profundas, ése mismo había llegado, estaba caminando por ahí, y lo hemos encontrado.

Podemos unirnos al apóstol Andrés para decir a los demás que también nosotros lo hemos encontrado, que es simple y bello, que es fuerte y fiel, que es bueno estar con él, que vale la pena dejarse encontrar por él.

Oración:

“Te doy gracias Jesús por los momentos en que te manifestaste a mi vida, por las veces que me ofreciste un encuentro de amor. Dame también la gracia de acercar a otros a tu vida, a tu luz, al encuentro con tu Palabra”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

Mayor cabida a la lengua vernácula

63. Como ciertamente el uso de la lengua vernácula puede ser muy útil para el pueblo en la administración de los sacramentos y de los sacramentales, debe dársele mayor cabida, conforme a las normas siguientes:
a) En la administración de los sacramentos y sacramentales se puede usar la lengua vernácula a tenor del artículo 36.
b) Las competentes autoridades eclesiásticas territoriales, de que se habla en el artículo 22, párrafo 2, de esta Constitución, preparen cuanto antes, de acuerdo con la nueva edición del Ritual romano, rituales particulares acomodados a las necesidades de cada región; también en cuanto a la lengua y una vez aceptados por la Sede Apostólica, empléense en las correspondientes regiones. En la redacción de estos rituales o particulares colecciones de ritos no se omitan las instrucciones que, en el Ritual romano, preceden a cada rito, tanto las pastorales y de rúbrica como las que encierran una especial importancia comunitaria.

Homilía – Bautismo del Señor

1

Termina Navidad, empieza la misión

Con la fiesta de hoy termina el ciclo de la Navidad. Esta tarde, después de vísperas, retiramos ya los símbolos del tiempo navideño y dejamos paso a las semanas de Tiempo Ordinario que precederán a la Cuaresma. En rigor, hoy sería el domingo primero del Tiempo Ordinario: pero en él siempre se celebra la fiesta del Bautismo. Mañana, lunes, sí es lunes de la 1ª semana.

Terminamos la Navidad con la escena que da inicio a la misión pública de Jesús: su Bautismo en el Jordán, donde recibe la confirmación oficial de su mesianismo. Del Niño recién nacido pasamos al Profeta y Maestro que nos ha enviado Dios y que va a comenzar su misión. Seguimos en clima de Epifanía, de manifestación.

Puede parecer un tanto brusco este paso de la infancia de Jesús a su vida pública: pero los evangelistas no quieren sencillamente narrar cosas, sino transmitir un evangelio, la buena noticia que Jesús mismo era y predicaba.

Las lecturas bíblicas de esta fiesta son diferentes para cada uno de los tres ciclos. A las del ciclo A, que se pueden leer cada año, se añaden en el ciclo B las que ponemos en segundo lugar, y que también comentamos. La escena del Bautismo en el Jordán la escuchamos, naturalmente, al evangelista del año, Marcos.

Isaías 42, 1-4. 6-7. Mirad a mi sierro, a quien prefiero

El libro de Isaías incluye cuatro “cantos del Siervo de Yahvé”, de los que hoy leemos el primero.

Es un poema que prepara perfectamente lo que luego escuchamos en el evangelio, porque las palabras que Dios dice sobre el Siervo y las que suenan sobre Jesús en el Jordán son muy parecidas. El canto del AT dice: “Mirad a mi Siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero”. La voz del cielo sobre Jesús suena así: “tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. La palabra “hijo”, en griego “país”, puede significar “hijo” o “siervo”, indistintamente. Sobre los dos baja el Espíritu. En Isaías dice la voz sobre el Siervo: “sobre él he puesto mi espíritu”. Los evangelistas dicen de Jesús que “se abrió el cielo y el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él”.

Isaías describe también cuál va a ser la misión y el estilo de actuación de este Siervo: “no gritará… la caña cascada no la quebrará… promoverá el derecho… te he hecho alianza de un pueblo…”.

El salmo se fija más en “las aguas” —”la voz del Señor sobre las aguas torrenciales”— y en la glorificación del Señor: “el Dios de la gloria ha tronado… el Señor se sienta como rey eterno”. Es un salmo que parece preludiar ya la designación oficial de Jesús como el Mesías y el Rey en el río Jordán. Un Rey que viene a traer la paz. De ahí el estribillo que repetimos: “el Señor bendice a su pueblo con la paz”.

(o bien) Isaías 55, 1-11. Acudid por agua; escuchadme y viviréis

El profeta —el “segundo Isaías”, en el llamado “libro de la consolación”— expresa en esta página la oferta gratuita que Dios hace a su pueblo del agua y del trigo, del vino y la leche. Pero, sobre todo, de la alianza siempre renovada. ¡Y todo gratis! Invita a ser fieles a esos dones de Dios por nuestra parte: a buscar al Señor, venir a él, escucharle, abandonar los malos caminos, hacer alianza con Dios.

El pasaje incluye también la comparación entre la Palabra de Dios y la lluvia y la nieve que empapan y fecundan la tierra.

El salmo insiste en el agua que nos ofrece Dios, que hay que saber acoger con humildad y confianza: “sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación…. dad gracias al Señor, invocad su nombre… el Señor es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré…”.

 

Hechos de los Apóstoles 10, 34-38. Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

La catequesis que Pedro hace sobre Jesús, en casa de Cornelio —en el marco de la apertura de la comunidad a los paganos—, empieza precisamente con el recuerdo del Bautismo de Jesús.

El resumen que Pedro hace de este episodio es por demás rico en contenido: Jesús, aquel día, fue “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo” y así pudo empezar su misión mesiánica. Además, durante toda su vida, “pasó haciendo el bien” y obrando cosas maravillosas, “porque Dios estaba con él”.

(o bien) 1 Juan 5, 1-9. El Espíritu, el agua y la sangre

La primera carta de Juan —que leemos casi entera en las ferias del tiempo de Navidad— queda como condensada en el pasaje de este domingo para el ciclo B.

En él aparecen los grandes verbos de Juan: creer, nacer, amar, vencer. Y también el “trinomio” de testigos que nos aseguran que Jesús es el Hijo de Dios: el Espíritu, el agua y la sangre, tres testigos que tienen particular actualidad en la fiesta del Bautismo de Jesús.

 

Marcos 1, 7-11. Tú eres mi Hijo amado, mi preferido

El Bautismo de Jesús por parte del Bautista, en el Jordán, es un acontecimiento al que los cuatro evangelistas dan mucha importancia: Jesús es manifestado como el Hijo, el predilecto de Dios, lleno del Espíritu, dispuesto a comenzar su misión mesiánica, solidario con todo el pueblo que acude al Bautismo de Juan. Parece la investidura oficial de Jesús de Nazaret como el Mesías anunciado y el comienzo de su misión.

Marcos enlaza la escena con el anuncio que había hecho el Bautista: “detrás de mí viene… él os bautizará con Espíritu Santo”. A continuación, brevemente, narra cómo vino Jesús, se dejó bautizar en el Jordán y sucedió la expresiva “teofanía”: cuando Jesús sale del agua, oye la voz del Padre y el Espíritu baja sobre él como una paloma. Para Marcos el Bautismo de Jesús es la escena inaugural del evangelio, después de los breves versículos dedicados al Precursor.

 

2

La teofanía trinitaria

Un aspecto teológicamente importante de los textos de hoy es esta “teofanía trinitaria” que sucede en la escena del Bautismo, que lleva consigo también la “investidura”, la proclamación oficial de Jesús de Nazaret como el Hijo amado y el Mesías enviado de Dios.

Así nos lo ha narrado Marcos: “apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Y se oyó una voz del cielo: tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

La oración colecta del día ya empieza diciendo: “en el Bautismo de Cristo quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo”. También la oración sobre las ofrendas habla del “día en que manifestaste a tu Hijo predilecto”.

El prefacio explica cuál era la intención del Bautismo de Jesús: “hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros; y por medio del Espíritu ungiste a tu siervo Jesús para que los hombres reconociesen en él al Mesías, enviado a anunciar la salvación a los pobres”.

Decir que Jesús de Nazaret es el Hijo amado y el predilecto manifiesta su misión divina.

 

El protagonismo del Espíritu

En la escena del Bautismo de Jesús en el Jordán aparece explícitamente el protagonismo del Espíritu, en forma de paloma que se posa sobre él. No sabemos bien por qué la paloma: ¿por ser un ave sutil, mansa, símbolo de la paz? ¿o como reminiscencia del Génesis, que nos cuenta que el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas primordiales y las llenó de vida?

Ese mismo Espíritu del origen del mundo es el que se prometía al Siervo de Yahvé, y se daba a los profetas y reyes en el AT como símbolo de la fuerza de Dios que les iba a acompañar en su misión. Es el mismo Espíritu que intervino en la encarnación humana del Hijo de Dios, en el seno de María de Nazaret, “por obra del Espíritu”, y el que actuaría luego en el sepulcro de Jesús, resucitándole de entre los muertos a una vida nueva.

En el Jordán se posó este Espíritu sobre Jesús. Pedro nos dice que Jesús fue “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”. Cuando se escribieron los evangelios y el libro de los Hechos, la comunidad cristiana tenía amplia experiencia de que el Espíritu iba guiando sus pasos y llenándola de su gracia. Como lo sigue haciendo en nuestro tiempo. También ahora, por medio de los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, y por la riqueza de sus carismas e impulsos, el Espíritu continuamente nos empuja a la misión y a la evangelización.

 

Creer, nacer, vencer

(si se elige 1 Juan) Juan, hacia el final de su carta, asegura que el que cree en Jesús nace a la vida, vence al mundo y tiene la vida eterna.

Jesús ha venido a este mundo ampliamente apoyado por los testimonios de Dios. Si aceptamos el testimonio humano, más fuerza tiene el testimonio de Dios.

Este testimonio, para Juan, con su lenguaje simbólico, es triple: el Espíritu, el agua y la sangre. Este Jesús en quien creemos es el que fue bautizado en el agua del Jordán, con el Espíritu sobre él, y el que al final de su vida derramó su sangre en la cruz y luego fue resucitado por ese mismo Espíritu.

Agua y sangre son certificados siempre por el Espíritu, el maestro y garante de la fe verdadera.

Pero lo principal es lo que sucede a los que creen en el Enviado de Dios: vencen al mundo y tienen la vida eterna. “¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?… Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo, y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe”.

Nosotros somos de los que creemos en Jesús como el Hijo de Dios. Por eso hemos celebrado la Navidad con alegría y fe cristiana. Pero deberían ser más claras las consecuencias de esta fe. ¿Podemos decir que estamos venciendo al mundo y al mal que hay en nosotros y en el mundo? Si creemos en Jesús, deberíamos participar más expresamente de su victoria contra el mal y sentir en nosotros mismos con mayor abundancia su vida, sobre todo cuando le recibimos como alimento de vida en la Eucaristía: “quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene la vida eterna”.

 

El estilo de actuación del Siervo y de Jesús

(si se elige Isaías 42) En el canto de Isaías 42 se nos describe cuál va a ser el estilo de actuación del Siervo: “no gritará… la caña quebrada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará… promoverá el derecho…”.

Además, dice del Siervo, y nosotros lo vemos cumplido en Jesús de modo pleno: “te he hecho alianza de un pueblo y luz de las naciones… para que abras los ojos de los ciegos…”.

El evangelio nos demuestra continuamente cómo se ha cumplido este retrato en Jesús de Nazaret: no apagó las llamas vacilantes ni acabó de quebrar lo que estaba roto, sino que hizo siempre lo posible para recuperar al que parecía perdido (el hijo pródigo, los pecadores, Pedro que le había negado). Su estilo era, en verdad, no el del grito ni la violencia, sobre todo con los débiles y humildes, sino el de la mansedumbre y la comprensión.

El nombre que, siguiendo la sugerencia del ángel, puso José a su hijo fue “Jesús”, que significa “Dios salva”: a eso vino, a salvar. Como resume Pedro en su catequesis, Jesús “pasó haciendo el bien” y “curando a los oprimidos por el diablo”. Siempre tuvo tiempo para los pobres, los sencillos, los niños, los enfermos, los que sufrían. De él sí que podemos decir con verdad que fue constituido “alianza para un pueblo y luz para las naciones”, y que abrió los ojos del ciego e hizo oír a los sordos.

El que para su Bautismo se pusiera en la fila de los pecadores que acudían a Juan es una muestra de la solidaridad y cercanía que durante toda su vida iba a mostrar para los más débiles y pecadores, para los marginados de la sociedad. Es un aspecto que se pone de relieve repetidas veces en el evangelio. Isaías 53 ya había anunciado que el Siervo de Yahvé iba a cargar sobre sus hombros los pecados de todos.

 

Nuestro seguimiento de Cristo a lo largo del año

El Bautismo de Jesús es el prototipo del nuestro: “en el Bautismo de Cristo has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo Bautismo” (prefacio). Empezamos nuestra vida cristiana siendo bautizados en Cristo Jesús. Desde entonces somos “hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo” (oración colecta).

Hoy sería bueno empezar la Eucaristía con el rito de la aspersión, sustituyendo al acto penitencial. Es un gesto simbólico que nos invita a recordar nuestro Bautismo, del que el Bautismo de Jesús es el prototipo, y a pedir a Dios que renueve en nosotros la gracia que nos concedió en aquel sacramento.

Pero el Bautismo, para nosotros, como para él, es el comienzo de un camino y de una misión. Ser bautizados significa ser seguidores e imitadores de Cristo Jesús, que va a ser continuamente nuestro guía para la vida.

Termina la Navidad. Pero a partir de hoy seguiremos desarrollando la gracia de nuestro Bautismo y nuestra respuesta de fe, escuchando ante todo, en las lecturas de la Eucaristía, cómo actúa Jesús durante su vida, curando a los enfermos, consolando a los atribulados, perdonando a los pecadores, resucitando a los muertos, enseñando los caminos de Dios y la buena noticia de la salvación.

(si se elige Isaías 42) En concreto, será bueno que reflexionemos si imitamos ese estilo de actuación que Isaías anunciaba y que Jesús cumplió a la perfección:

  • si también nosotros promovemos el derecho y la justicia,
  • si somos personas de alianza y de unión,
  • si no actuamos a gritos y con violencia,
  • si somos suaves en nuestros métodos, tolerantes y comprensivos con los demás,
  • si echamos una mano para ayudar y no para empujar,
  • si cuando vemos a una persona que, por su desánimo o sus crisis, se puede comparar a una caña cascada, no la terminamos de quebrar, sino que intentamos rehabilitarla,
  • si cuando alguien a nuestro lado está a punto de apagarse, como un pábilo vacilante, no soplamos para que se acabe de apagar, sino que hacemos lo posible para que se recupere,
    si somos personas que saben apagar fuegos o bien que los encienden y azuzan.

(si se elige Isaías 55) Termina la Navidad, pero nos queda Jesús Maestro y Profeta y Enviado de Dios, para el resto del año. Para que se pueda decir de nosotros que somos discípulos y seguidores suyos, que intentamos imitarle en nuestro estilo de vida, y que quisiéramos que al final de nuestra vida se pudiera decir de nosotros, como se dijo de él: “pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con él”.

En cada Eucaristía tendríamos que recordar lo que nos ha dicho el profeta sobre la eficacia que Dios quiere que tenga su Palabra cuando es proclamada sobre nosotros: como el agua y la nieve empapan y fecundan la tierra y le hacen dar fruto, así quiere Dios que produzca frutos en nosotros su Palabra. Y frutos con generosidad: no sólo el treinta o el sesenta, sino el ciento por uno, como dirá Jesús en su parábola del sembrador. Y esto, durante todo el año.

Como muchas veces podemos constatar que nuestra manera de juzgar y actuar se parece más a la de este mundo que a la de Cristo, a lo largo del año, este Jesús que ahora es investido oficialmente como nuestro Salvador y Maestro, nos va a ir enseñando cuál es su mentalidad, que, como decía el profeta, no coincide con la del mundo: “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 1, 7-11 (Evangelio Bautismo del Señor)

El bautismo en el Espíritu

En las tradiciones cristianas primitivas, el evangelio del “Hijo de Dios” (como le llama Marcos (1,1), no comienza de improviso, sin cerrar el pasado, sin romper los silencios y las noches de espera y esperanza de un tiempo nuevo. Muchos creyeron que eso había llegado con Juan el Bautista. Y esto se conserva latente en el cristianismo antes de que comenzaran a ponerse en pie las identidades de la religión nueva: el cristianismo. Hoy no se discute que Juan el Bautista fue el precursor del Jesús, al menos en la interpretación fundamental. Había, pues, que separar y decir algo de cómo todo comenzó en Galilea. Pero Jesús, que conoció al Bautista, que incluso se interesó por su causa y su predicación, no se quedó con él… Por eso el texto muestra, por medio de la escena del bautismo, la diferencia entre un proyecto penitencial y el proyecto evangélico: el bautismo en el Espíritu de Dios.

El texto nos habla del testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús, quien llevará a cabo su obra, no por un bautismo de agua (aunque sea un símbolo), sino por el bautismo en el Espíritu. Es una escena cristológica de las primeras comunidades cristianas que Marcos ha asumido como inauguración solemne del ministerio público de Jesús. Es la presentación profética, pero sencilla, del que ha de revelar a Dios, sus mandamientos, su proyecto de salvación y de gracia. Jesús vino al Jordán como hombre, pero al pasar por el Jordán, como el pueblo, quedó «constituido» en el profeta definitivo del Dios de la salvación. Por eso se ha dicho que este es un relato de “vocación” profética. La escena del Bautismo de Jesús, en los textos evangélicos, viene a romper el silencio de Nazaret de varios años (se puede calcular en unos treinta). El silencio de Nazaret, sin embargo, es un silencio que se hace palabra, palabra profética y llena de vida, que nos llega en plenitud como anuncio de gracia y liberación.

El Bautismo de Jesús se enmarca en el movimiento de Juan el Bautista que llamaba a su pueblo al Jordán (el río por el que el pueblo del Éxodo entró en la Tierra prometida) para comenzar, por la penitencia y el perdón de los pecados, una etapa nueva, decisiva más bien, donde fuera posible volver a tener conciencia e identidad de pueblo de Dios. Jesús quiso participar en ello por solidaridad con la humanidad. Es verdad que los relatos evangélicos van a tener mucho cuidado en mostrar que ese acto del bautismo va a servir para que se rompa el silencio de Nazaret y todo el pueblo pueda escuchar que Él no es un pecador más que viene a hacer penitencia. El es el Hijo Eterno de Dios que, como hombre, pretende imprimir un rumbo nuevo en una era nueva. Pero no es la penitencia y los símbolos viejos los que cambian el horizonte de la historia y de la humanidad, sino el que dejemos que Dios sea verdaderamente el «señor» de nuestra vida.

1Jn 5, 1-9 (2ª lectura Bautismo del Señor)

Creer en Cristo y amar a Dios en los hermanos

La segunda lectura es uno de los textos en los que el autor de esta carta, escribiendo a su comunidad, les propone un cristianismo práctico. No es posible creer en Dios  sino aceptando a Jesucristo y por eso, deduce el autor, se han de cumplir los mandamientos de Dios. La polémica está servida en este texto que no solamente es teológico, sino cristológico y eclesiológico. A Dios se le encuentra por medio de Cristo, por la fe. Pero este creer no es el gozo de un mundo estético ni la apologética extremista de que hay que creer en Dios y en Cristo porque no hay más remedio. Porque solamente la fe en Cristo, revelador de Dios, hace posible una vida de fraternidad, es decir, de amor entre los hermanos. A eso nos referimos con la expresión de un “cristianismo práctico”.

Los mandamientos de Dios, en plural, se reducen a un singular: el amor a los hijos de Dios. Así es como crece la fe más ortodoxa para este cristianismo que se propone al mundo. Esa es la fuerza de la fe que vence al mundo. Porque, para el autor, el mundo no son las cosas, la naturaleza, lo ecológico, sino que el mundo es el desamor, el odio, la guerra, la maldad. Y todo esto no crece en la espesura del bosque o en las hendiduras de las rocas: crece en el corazón humano y está absolutamente personalizado. Y la fe que vence a ese mundo es el amor  que se apoya en Jesucristo y se ha revelado por medio de tres testigos: el Espíritu, el agua y la sangre (los dos primeros hacen referencia al texto del evangelio de hoy; el tercero, a su muerte).

Is 55, 1-11 (1ª lectura Bautismo del Señor)

Buscadme y viviréis

El “poema” de la primera lectura del día es uno de los textos maravillosos producidos por la teología profética. El llamado Deuteroisaías nos habla de la Palabra de Dios que, como la lluvia, da vida, moviliza todas las energías de la naturaleza. Es un texto que aparece varias veces en los ciclos litúrgicos. El poema es complejo, es decir, no es una pieza homogénea y puede prestarse a varias lecturas y a interpretaciones simbólicas de mucho calado, según las circunstancias. Cierra el ciclo de la parte que se considera el Deuteroisaías y por eso mismo ha podido ser retocado en circunstancias distintas de la transmisión. Tiene dos partes bien claras (vv. 1-5 y vv. 6-11; e incluso se completa con un epílogo vv. 12-13). La primera parte nos habla de la alianza y de su renovación. La segunda es la descripción del camino de Dios por medio de la palabra que da vida.

Se puede poner de manifiesto en la liturgia de hoy  que quien se acerca a escuchar a Dios tendrá vida. ¿Cómo? Por medio de la Palabra que anuncian sus profetas, sus sabios e incluso toda la tierra. El simbolismo de la lluvia y la nieve, símbolos de vida, es algo proverbial. Por eso, aplicado a Jesús que abandona Nazaret para comenzar a hablar como profeta, tiene todo su sentido. A Dios hay que escucharlo por medio de los verdaderos profetas que interpretan la historia, porque toda liberación y restauración es fruto de su palabra.

Comentario al evangelio – 4 de enero

Tras los festejos por el año nuevo, comenzamos la primera semana completa de este año 2021. Ciertamente cada día tiene su afán, y lo “nuevo” no está en el año, sino que de estar en algún sitio, puede estar en nosotros. En cómo recibamos lo que el Señor nos va regalando y cómo respondamos ante ello. En todo caso, iniciar un nuevo año tiene algo de simbólico, que podemos aprovechar en estos días. Durante esta primera semana completa del nuevo año, podemos intentar descubrir en la Palabra de Dios aquellas actitudes que nos permitan “ser nuevos” en este tiempo y en todos los años. Este periodo difícil de pandemia nos puede ayudar a volver a lo esencial, y hay actitudes que somos llamamos a potenciar, en nuestros días y en el mundo post-pandemia que esperamos. En el fondo, esa novedad no es otra que la novedad del Reino de Dios, que el tiempo presente, en el comienzo del nuevo año, nos puede ayudar a despertar.

En el Evangelio de hoy se nos habla de BÚSQUEDA. Hay dos personas que buscan, y alguien que anima esa búsqueda: Juan apunta hacia el Mesías ante sus dos discípulos, de una manera tal que despierta su búsqueda. En el inicio de todo camino hay una búsqueda. Y ningún paso se da si nos instalamos en el presente sin buscar nada más ni preguntarnos más allá de lo que hay.

En esa búsqueda, comienza el tiempo de las PREGUNTAS. Jesús pregunta a los dos discípulos; ellos le preguntan de nuevo… Y ahí comienza toda una historia. Quien tiene preguntas puede encontrar respuestas. Y por lo mismo, quien carece de preguntas, le sobran todas las posibles respuestas.

El camino del seguimiento del Señor es siempre un camino de búsqueda. Hay una búsqueda inicial, en la que se llega a descubrir que ya Él nos buscaba primero… y nos encuentra. Hay una búsqueda intermedia, que pretende acompasar nuestro paso al suyo, descubriendo sus horizontes hasta forjar nuestro proyecto de vida. Y hay muchas búsquedas posteriores, al hilo de los cambios que nos trae la vida, para encontrar cómo seguir siendo fiel a nuestro ser discípulos en las circunstancias que nos toca vivir, a veces a contracorriente.

Que en nuestra búsqueda no falten las preguntas: las que nosotros le hacemos a Dios, y las cuestiones que él va despertando en nuestro corazón, para ayudar a encauzar nuestro camino.

Que en este nuevo año no nos falten ni la búsqueda ni las preguntas.

Luis Manuel Suárez CMF