Comentario – 7 de enero

(Mt 4, 12-17. 23-25)

Después del episodio de las tentaciones en el desierto, Jesús deja Nazaret y se establece en Cafarnaúm. Los estudios arqueológicos nos muestran que Cafarnaúm era una población muy pequeña, de unos trescientos metros de largo, ubicada al norte del lago de Galilea, entre el lago y una ruta romana. Pero a pesar de su pequeñez, Cafarnaúm tiene la importancia de ser el lugar donde Jesús vivía, seguramente en la casa de Pedro, durante su vida pública. A su pequeñez se debe que la gente y las autoridades se enteraban rápidamente de lo que Jesús hacía y decía.

Este traslado a Cafarnaúm que marca el comienzo de la predicación de Jesús, es visto como el surgimiento de una gran luz para el pueblo. La palabra y la presencia de Jesús que se ofrece a todos, es para la despreciada región de Galilea como un bello amanecer. Así lo había anunciado Isaías 9, 1ss: “El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una inmensa luz”. Allí en Galilea Jesús comienza a llamar a sus discípulos; y los primeros elegidos son pobres y humildes pescadores del lago. Los relatos de llamado son muy simples y escuetos, pero en ellos se destaca la sencillez del llamado, la prontitud de la respuesta, y también que hay que dejar algo, porque se trata del llamado a una vida nueva, que no puede dejarnos igual.

Ellos son llamados para un servicio, porque deben ser pescadores de hombres, que acompañarán a este Jesús que se dedicaba a “curar toda dolencia en el pueblo” (cf. v. 23). No son llamados para formar un pequeño grupo de selectos, aislados del mundo, sino para el servicio de los demás.

Oración:

“Señor, abre mi oído interior para que pueda escuchar cada día tu llamado. Sácame de mi comodidad para que yo esté donde deba estar, donde mi presencia y mi palabra sean necesarias para hacer el bien”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día