La pista de Dios

1.- “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto” (Mc 1,7-11) En cierta ocasión una familia que regresaba de sus vacaciones de Navidad, encontraron su vivienda totalmente saqueada por los ladrones. Después de presentarse la policía en el lugar, y tras muchas preguntas a los dueños de la casa, comprobaron que no había indicios sobre quién pudiera haber realizado tal suceso. Sólo después de analizar minuciosamente, y con lupa, diversos objetos, comprobaron que existían diferentes huellas. Horas más tardes, los ladrones, eran detenidos.

Dios, desde el día de nuestro Bautismo, dejó una huella indestructible que nada ni nadie la puede borrar. A simple vista, no se palpa, pero lo cierto es que, desde el Bautismo somos sus hijos, aunque a veces ni con microscopio se nos pueda notar.

Jesucristo, en este fin de Navidad, recibe la impronta, la autoridad, el sello, la marca de Dios. Es el inicio de su misión.

Por el Bautismo, Jesucristo, fue penetrado por la fuerza del Espíritu Santo y, por El, también nosotros –aparentemente invisible- formamos parte de esa gran familia de los hijos de Dios: la iglesia.

Tal vez, como aquellos ladrones, somos inconscientes de que Dios ha dejado huellas allá por donde ha pasado: se filtró por nuestro bautismo y nos reconocerá al final de los tiempos, por aquella semilla que se fue haciendo grande, en palabras y obras, allá donde estuvimos.

2.- Hemos de tomar conciencia de nuestro Bautismo. Debiera de ser, este sacramento, importante y solemne en su celebración. En cada parroquia debiera de ser como un torrente por donde baja con fuerza y limpieza la gracia de Dios a hombres y mujeres, niños y jóvenes que quieren amar, conocer y ser como Jesús.

El Bautismo del Señor nos recuerda nuestro propio Bautismo. Nuestra consagración y punto de salida para ese gran maratón de vida cristiana que se inicia en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Ellos, los tres, son la gran familia que nos empujan y nos alimentan para que no desfallezcamos ni abandonemos esa carrera de vivir como hermanos, de escuchar la Palabra de Dios, meditarla y llevarla a nuestra propia existencia.

3.- Ciertamente todos los días, por el Bautismo, Dios se va sumergiendo (no interfiriendo) en la vida de muchas personas que libremente –por lo menos aparentemente- abrazan la fe cristiana. Se sumergió en la vida de Cristo, la asumió y la utilizó para hacer presente su reino en medio del mundo: tú eres mi hijo amado, mi predilecto.

Dios, no es ningún ladronzuelo ni intervencionista. Nos pide adhesión y coherencia. Su huella, desde el día de nuestro bautismo, la iremos descubriendo por el hilo directo en la oración, fortaleciendo con el pan de la eucaristía, haciéndola visible en el compromiso en favor de los más necesitados o purificándola en los instantes de prueba y zancadillas a la fe.

4.- La vida del bautizado, por estar inmersa en un mundo complicado y materialista, también corre un serio peligro de “ser desvalijada” por el relativismo, el falso gusto o el camino fácil que todo lo invade. También, en esas ocasiones, si nos detenemos y miramos al fondo de nosotros mismos, advertiremos que, la huella de nuestro Bautismo, sigue tan viva y operativa como el primer día. Es cuestión de preocuparnos por distinguir y cuidar “esas pistas” que Dios ha dejado en medio de nosotros para sentirnos queridos, amados y cuidados por El.

Jesús hoy inicia una misión. Fue consciente de lo que le avecinaba. ¿Lo somos nosotros o, el Bautismo, ha quedado como flor de un día y sin recorrer un solo centímetro de la misión a la que nos llamaba?

Javier Leoz