Hijos amados, hijas amadas, siempre

En su brevedad, el relato que hace Marcos del bautismo de Jesús se halla repleto de símbolos elocuentes, que buscan presentar la identidad de Jesús como “el Hijo amado de Dios”.

El cielo que se rasga simboliza la comunicación que se restablece entre el cielo y la tierra, entre Dios y la humanidad; la paloma parece significar el “aleteo” del Espíritu suave y fuerte, a la vez; la voz del cielo expresa el contenido último de todo el pasaje.

Para la fe de aquella comunidad, es en Jesús, y gracias a él, donde todo eso ocurre: en él, cielo y tierra quedan unificados, y establecida de manera definitiva la comunión de Dios con la humanidad.

Una lectura espiritual del texto ve al “Hijo amado” como metáfora que habla de todos nosotros. El término “hijo” contiene, al menos, dos significados inseparables: por un lado, el hijo es el que está naciendo del padre; por otro, es de su misma sangre. ¿Qué significa eso para nuestra comprensión?       

Somos de la misma “sangre” que el Fondo del que surgimos. Más aún, en nuestra identidad profunda, somos ese Fondo innombrable, al que nos referimos con términos como Vida, Consciencia, Ser, Dios, Padre… Y, a la vez, somos una forma concreta –una persona– en la que aquel Fondo se despliega, en cierto modo una “criatura”.

La metáfora del “Hijo amado” –así, con mayúscula– viene a decirnos que somos uno con el “Padre” –que nuestra identidad última es una con todo lo que es– y que nuestro yo particular (“hijo”) –nuestra personalidad– está siendo constantemente “sostenido” por el Fondo que es y somos. Lo que brota de ahí es confianza, gozo y comunión efectiva con todos los seres.

¿Dónde se apoya mi confianza?

Enrique Martínez Lozano

Jesús nace del agua y del Espíritu

Estamos en el primer domingo del “tiempo ordinario”, pero no se trata de un cambio radical en la liturgia. Celebramos hoy una de las tres manifestaciones de Jesús que estuvieron durante los primeros siglos integradas en la fiesta de la Epifanía. Las dos lecturas nos preparan para entender el evangelio. Para Marcos, es el comienzo. El relato es la clave para comprender todo su evangelio. Hay pocas dudas sobre la historicidad del hecho. Lo narran los tres sinópticos, y Jn, más contundente, lo da por supuesto.

El bautismo de Jesús es el primer dato que se puede constatar históricamente por fuentes extra bíblicas. Es un relato que ningún cristiano se hubiera atrevido a inventar, porque compromete el altísimo concepto que tuvieron de su maestro. Si no hubieran creído en su importancia, seguramente se les hubiera olvidado. De ahí también la necesidad de dejar clara, en todos los relatos, la diferencia entre Jesús y Juan.

El mensaje teológico que se quiere trasmitir con el relato del bautismo de Jesús es de los más importantes de todo el NT. No fue un acto de humildad ni una comedia ante los demás, sino una actitud de búsqueda de su identidad. Resume toda su vida. Para aceptar este punto de vista, tenemos que admitir que fue verdadero hombre. Esto no es tan fácil, a pesar de que un concilio lo definió como dogma de fe. Un hombre al que hicieron tantas “judiadas” y murió como murió, tiene que obligarnos a aceptar que fue un hombre.

Los humanos no podemos aceptar racionalmente que una realidad sea, a la vez, dos cosas contradictorias entre sí. Desde nuestra racionalidad, no podemos pensar en un ser que es a al vez hombre y Dios, porque tenemos una idea equivocada de lo que es Dios. Como no podemos pensar en una bola de billar que sea a la vez, blanca y negra. El listo de turno nos puede decir que podemos poner la mitad de pigmento blanco y la mitad negro; pero entonces resultaría una bola gris… Esto es lo que hemos hecho con Jesús.

A través de la historia del cristianismo, nos hemos visto “obligados” a pensar a Jesús como hombre, olvidándonos de lo divino o pensarlo como Dios, olvidándonos de lo humano. En una palabra, parece que no podemos hacer cristología sin caer en la herejía. Lo mismo que no podemos hacer teología sin hacernos un ídolo. Tenemos dos salidas: a) repetir las formulaciones, aceptándolas sin entender ni palabra. b) aparcar la razón y buscar la vivencia para superara la contradicción: Lo divino y lo humano ni se mezclan ni se excluyen. En Jesús está la plenitud de la humanidad y la plenitud de la divinidad.

Si aceptamos que Jesús es un ser humano, tendremos que admitir una trayectoria humana como sucede en cualquier hombre. No fue un extraterrestre, sino que tuvo que desarrollarse hasta alcanzar su plenitud. Desde esta perspectiva, podemos entender lo que sería para Jesús descubrir a Juan Bautista. Hacía cientos de años que no aparecían profetas en Israel; es natural que se sintiera atraído por esta figura y que intentara aprender de él. El hecho de que se bautizara nos lleva mucho más allá de un encuentro fortuito. Jesús aceptó la predicación de Juan y se comprome­tió con ella.

Lo importante no es que narren lo que pasó, sino el cómo nos lo dicen para que descubramos el sentido espiritual del relato. La liturgia de hoy lo pone bien de manifiesto. Las tres lecturas nos hablan del Espíritu. El evangelio, para hablar del Espíritu, tiene que emplear una imagen sensible: “como una paloma”. No significa que vio una paloma que bajaba sobre él, como normalmente se entiende y reflejan pinturas que representan la escena. Oseas 8,1, dice: Como un águila cae el mal sobre la casa de Israel… Quiere decir que el Espíritu cayó sobre Jesús como un ave se lanza “en picado” desde lo alto. Recordemos que en la Biblia se dice que el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas.

El Espíritu transforma interiormente a Jesús, y le capacita para llevar a cabo la difícil tarea que le esperaba. En el AT se ungía al rey para que el Espíritu lo capacitara para su misión. Nos están hablando del nuevo nacimiento “del agua y del Espíritu”. Lo que Jesús pide más tarde a Nicodemo lo vivió primero él mismo. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu”. No se puede concebir a Jesús sin el Espíritu… Porque nacer de la carne es menos importante que nacer del Espíritu, lo que estamos celebrando hoy es más importante que lo que acabamos de celebrar el día de Navidad.

No debemos caer en la tentación de pensar en fenómenos aparatosos. La manera de narrar el hecho puede ser una trampa. Ni Espíritu visible, ni voz audible, ni cielo rasgado. Todos estos fenómenos no son más que imágenes para comunicarnos verdades teológicas que nos lleven a la comprensión de Jesús. El Espíritu actúa siempre de la misma manera, silenciosamente, desde dentro, sin ruidos, sin aspavientos, sin violentar la naturaleza porque actúa siempre de acuerdo con ella. “No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha humeante no la apagará”. (Isaías)

Aunque no tenemos datos suficientes para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación que desbordó todo lo conocido. Se atreve a llamarle “Abba” (papá); cosa inusitada en su época. Hace su voluntad: Le escucha siempre. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experien­cia de Dios. El único objetivo de su misión fue que nosotros lleguemos a esa misma experiencia. Toda esa relación de Jesús con Dios era con un Dios que es Espíritu. En el diálogo con la Samaritana lo dejó claro. Dios es Espíritu…

Tú eres mi Hijo amado. La experiencia de ser amado es la base del verdadero amor. La comunicación de Jesús con su “Abba” fue a través de su ser profundo. Solo a través de la contemplación, el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. Lucas, dice: “y mientras oraba…” El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de hombre. Dios como creador está en la base de todo ser, constituyéndolo en ser. Yo soy yo, porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está dando Él. Mi verdadero ser, es el mismo ser de Dios. Una cosa me diferencia de Dios: mis limitaciones.

El cielo rasgado recuerda unas palabras de Is: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”. El cielo se había cerrado. Hacía siglos que Dios no se dejaba oír a través de sus profetas; ahora se abre. La comunicación entre el cielo y la tierra queda abierta para siempre por medio de este ser humano que se siente identificado con Dios. Marcos está transmitiendo el descubrimiento de la vocación de Jesús y su conciencia de enviado del Padre.

Pedro nos ofrece el modelo: Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él. Dios también está contigo, solo falta que tú respondas como respondió él. La más importante tarea de tu vida es desplegar tus posibilidades de ser. Si despliegas solamente tus posibilidades biológicas, habrás desarrollado solo una parte de ti. Eres también Espíritu y si quieres alcanzar tu plenitud, tienes que desplegar el Espíritu.

Meditación

El Espíritu no tiene que venir de ninguna parte.
Ya estaba en él desde siempre,
como está en cada uno de nosotros.
Descubrir esa presencia es nacer del Espíritu.
Lo que nació de la carne, seguirá siendo carne.
Una vez nacido del Espíritu, la carne significará muy poco.

Fray Marcos

I Vísperas – Bautismo del Señor

I VÍSPERAS

BAUTISMO DEL SEÑOR

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Mas ¿por qué se ha de lavar
el Autor de la limpieza?
Porque el bautismo hoy empieza,
y él lo quiere inaugurar.

Juan es gracia y tiene tantas,
que confiesa el mundo de él
que hombre no nació mayor
ni delante ni después.

Y, para que hubiera alguno
mayor que él, fue menester
que viniera a hacerse hombre
la Palabra que Dios es.

Esta Palabra hecha carne
que ahora Juan tiene a sus pies,
esperando que la lave
sin haber hecho por qué.

Y se rompe todo el cielo,
y entre las nubes se ve
una paloma que viene
a posarse sobre él.

Y se oye la voz del Padre
que grita: «Tratadlo bien;
escuchadle, es el Maestro,
mi hijo querido es.»

Y así Juan, al mismo tiempo,
vio a Dios en personas tres,
voz y paloma en los cielos,
y al verbo eterno a sus pies. Amén.

SALMO 134

Ant. Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
—en medio de ti, Egipto—
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados.

SALMO 134

Ant. Yo os bautizo con agua; él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

Señor, tu nombre es eterno;
Señor, tu recuerdo de edad en edad.
Porque el Señor gobierna a su pueblo
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,
hechura de manos humanas:
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,
no hay aliento en sus bocas.
Sean lo mismo los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Casa de Israel, bendice al Señor;
casa de Aarón, bendice al Señor;
casa de Leví, bendice al Señor,
fieles del Señor, bendecid al Señor.

Bendito en Sión el Señor,
que habita en Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo os bautizo con agua; él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

CÁNTICO de TIMOTEO

Ant. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua y se abrió el cielo.

Alabad al Señor, todas las naciones.
Cristo, manifestado en la carne,
justificado en el Espíritu.

Alabad al Señor, todas las naciones.
Cristo, contemplado por los ángeles,
predicado a los paganos.

Alabad al Señor, todas las naciones.
Cristo, creído en el mundo,
llevado a la gloria.

Alabad al Señor, todas las naciones.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua y se abrió el cielo.

LECTURA: Hb 10, 37-38

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

RESPONSORIO BREVE

R/ Escucha, Señor, la voz de tu pueblo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y ábreles una fuente de agua viva.
V/ La voz de tu pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Salvador vino a ser bautizado para renovar al hombre envejecido; quiso restaurar por el agua nuestra naturaleza corrompida y nos visitó con su incorruptibilidad.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Salvador vino a ser bautizado para renovar al hombre envejecido; quiso restaurar por el agua nuestra naturaleza corrompida y nos visitó con su incorruptibilidad.

PRECES
Roguemos a nuestro Redentor, bautizado por Juan en el Jordán, y supliquémosle, diciendo:

Envía, Señor, tu espíritu sobre nosotros.

Oh Cristo, servidor de Dios, en quien el Padre tiene todo su gozo,
— envía tu Espíritu sobre nosotros.

Oh Cristo, elegido de Dios, tú que no quebraste la caña cascada ni apagaste el pábilo vacilante,
— compadécete de cuantos te buscan con sinceridad.

Oh Cristo, Hijo de Dios, a quien el Padre ha elegido como alianza del pueblo y luz de las naciones,
— abre por el bautismo los ojos de los que no ven.

Oh Cristo, salvador de los hombres, a quien el Padre ungió con el Espíritu Santo y envió para salvación del mundo,
— haz que todos los hombres te conozcan y crean en ti para que así obtengan la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Oh Cristo, esperanza nuestra, que llevas la luz de la salvación a los pueblos que yacen en las tinieblas de la ignorancia,
— recibe junto a ti, en tu reino, a nuestros difuntos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que en el bautismo de Cristo, en el Jordán, quisiste revelar solemnemente que él era tu Hijo amado enviándole tu Espíritu Santo, concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.


CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 9 de enero

1.- Oración preparatoria.

Cómo me gustan, Señor, esas palabras tuyas a los discípulos, en medio de la noche: ¡Que soy yo, no temáis! Soy yo, el amigo de siempre, el que nunca os abandona, el que siempre os anima, el que siempre os lleva hasta el mismo corazón del Padre. No estáis huérfanos, tenéis un Padre maravilloso; no estáis abandonados, tenéis una casa acogedora; no debéis de sentiros solos, aquí estoy yo como vuestro mejor amigo. Haz, Señor, que sintamos tu cariño, tu cercanía, tu presencia, tu persona amiga y llena de ternura. Gracias porque cada día susurras a nuestros oídos: ¡Que soy Yo, no temáis!

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 6, 45-52

En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a subir a la barca y a ir por delante hacia Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y él, solo, en tierra. Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Animo!, que soy yo, no temáis». Subió entonces con ellos a la barca, y el viento se calmó, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido el milagro de los panes, y su mente estaba embotada.


Meditación-Reflexión

Me llaman poderosamente la atención estas palabras del evangelio: “Jesús apremió a sus discípulos a subir a la barca”. ¿Por qué? No olvidemos que, después del éxito extraordinario de la multiplicación de los panes, aquellos judíos que habían visto el milagro, quisieron hacer rey a Jesús. (Jn. 6,13-15). Los discípulos estaban encantados y sintonizaban con aquellos judíos. Pero Jesús se retira al monte, a orar al Padre para no desviarse de su voluntad y ser Mesías como el Padre quería y no como hubieran querido los judíos, también sus discípulos. Con un Mesías que caminaba hacia la Cruz, ningún discípulo estaba de acuerdo. Con un Mesías triunfalista, todos. Por eso “les apremia, les empuja, para subir a la barca” y alejarles de ese ambiente, y sobre todo, de esa manera de pensar.  Y es que cargar con el misterio de la Cruz, nos asusta a todos. A los discípulos de entonces, y a los de ahora. Aquellos primeros discípulos caminaban en la oscuridad, estaban en la noche. Y seguimos estando en la noche todos los que queremos un “cristianismo barato, un cristianismo de rebajas, un cristianismo sin cruz”. Y no es que Jesús quiera vernos sufrir, ni mucho menos amargarnos la vida. Lo que quiere es que no “huyamos de la vida”, que la aceptemos tal y como es: limitada, susceptible de sufrimiento, y de muerte. Jesús no quiere engañar a sus discípulos, los quiere elevar a un mundo superior, al mundo donde Él está, al mundo de su Padre Dios. Por eso les dice: “Que soy Yo, no tengáis miedo”. Los cristianos no somos de una condición humana distinta: tenemos los mismos problemas, pasamos por las mismas limitaciones, incluso vamos a morir lo mismo que los demás. Lo que nos distingue es “esa voz dulce que nos invita a estar con Él y perder todos los miedos”. No tengáis miedo, ni siquiera el miedo a la muerte. “Voy por delante a prepararos sitio”. (Jn. 14,1-2). Con estas consoladoras palabras de Jesús, ¿todavía seguimos teniendo miedo?

Palabra del Papa

“Uno de los motivos que endurecen el corazón es el cierre en sí mismo: Hacer un mundo en sí mismo, cerrado. En sí mismo, en su comunidad o en su parroquia, pero siempre cerrado. Y el cierre puede tener que ver con muchas cosas: pero pensemos en el orgullo, en la suficiencia, pensar que soy mejor que los demás, incluso en la vanidad, ¿no? Existen el hombre y la mujer-espejo, que se cierran en sí mismos para mirarse a sí mismos constantemente. Pero, tienen el corazón duro, porque están cerrados, no están abiertos. Y tratan de defenderse con estos muros que hacen a su alrededor. […] “El corazón, cuando se endurece, no es libre y si no es libre es porque no ama: así terminaba el apóstol Juan en la primera lectura. El perfecto amor echa fuera el temor: en el amor no hay temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no es perfecto en el amor. No es libre. Siempre tiene el temor de que suceda algo doloroso, triste, que me haga ir mal en la vida o arriesgar la salvación eterna… Pero tantas imaginaciones, porque no ama. Quien no ama no es libre. Y sus corazones se endurecieron, porque todavía no habían aprendido a amar. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 9 de enero de 2015, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este evangelio ya reflexionado. (Silencio)

5.- Propósito: Ante un problema, una dificultad que yo pueda tener en este día, pensaré: Jesús me ama y está conmigo.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, Dios mío, no tengo derecho a protestar de nada, a quejarme de nada, a tener miedo a nada. Tú estás siempre conmigo, como está el sol en nuestra tierra. Es verdad que, a veces, está nublo y no se ve, pero no por eso deja de existir. Pasan los nubarrones y vuelve a brillar con toda su belleza y esplendor. Haz que siempre me deje iluminar por Ti.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Bautismo del Señor

La fiesta del bautismo de Jesús no es lo que parece. El agua que recibió Jesús de manos del bautista no le limpió de ningún pecado, ni le devolvió la inocencia perdida. Aquel bautismo fue más bien un acto de solidaridad del Cordero inocente con los pecadores que, sintiéndose llamados a la conversión, acudían al reclamo de la palabra de Juan el Bautista, arrepentidos y dispuestos a cambiar de estilo de vida. Lo que sí hubo en aquellas circunstancias fue una unción con el Espíritu Santo. Así lo presenta san Pedro haciendo alusión a este suceso: Os hablo de Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo. ¿Dónde? ¿Cuándo? En el país de los judíos (Judea) y cuando Juan predicaba el bautismo. Ahí es donde el apóstol sitúa el hecho acaecido.

Y Marcos describe la unción de Jesús en estos términos: Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu Santo bajar sobre él como una paloma. En esto se oyó una voz: Tú eres mi Hijo amado, mi preferido. Se trata, por tanto, de una unción espiritual y de una declaración que designa a Jesús, aquel sobre el que desciende el Espíritu, como el Hijo amado de Dios, el preferido entre todos los hijos de los hombres. También el profeta nos invita a poner la mirada en el elegido del Señoraquel sobre el que ha puesto su Espíritu para traer el derecho a las naciones.

La fiesta de hoy merecería, por tanto, llamarse fiesta de la unción del Señor. El elegido, el Hijo amado, es ungido por el Espíritu, es decir, es hecho Mesías, para llevar a cabo su misión mesiánica. Según esto, Jesús fue ungido para una misión que se puede resumir en dos acciones: a) implantar el derecho (de Dios) en la tierra y sus leyes, y b) curar a los oprimidos por el diablo (=pecadores).

Este Espíritu que impulsa a Jesús a realizar su misión es también el Espíritu con el que bautizará a sus seguidores y a los seguidores de sus seguidores para que continúen su misión: el mismo Espíritu con el que nosotros hemos sido bautizados y ungidos para lo mismo: para ser curados y para curar (una vez curados); para ser curados de la opresión de nuestros pecados (aquí el pecado es visto como un poder que oprime y esclaviza, un poder que quita la libertad para hacer el bien) y para implantar la justicia de Dios en el mundo, empezando por nuestras propias vidas y leyes.

Tales son los efectos del bautismo: la curación de una vida afectada por el pecado y la santificación o donación y acrecentamiento de esa nueva vida configurada por el Espíritu a imagen del Hijo; porque el Espíritu que recibimos en nuestro bautismo es el Espíritu del Hijo o Espíritu de filiación adoptiva, con la figura del Hijo, con todos los rasgos o caracteres que conforman al Hijo: su fortaleza, su paciencia, su constancia, su alegría, su honestidad, su bondad, su esperanza, su caridad.

En el bautismo somos configurados, por tanto, a imagen de aquel que pasó por este mundo haciendo el bien. Pero el bautismo es un nacimiento, esto es, el inicio de una vida (o camino vital), no la madurez de esa vida (o meta del camino). En el bautismo se nos ha dado la nueva vida (con sus capacidades) en modo germinal y adecuado a nuestro desarrollo humano, que es progresivo y que va de lo menos a lo más, como cualquier desarrollo vital. Ninguna vida nace adulta. Tampoco la vida cristiana, aunque el bautizado sea ya un adulto.

La vida bautismal es una vida llamada a crecer, a madurar. Y de su crecimiento somos responsables (en la medida en que podemos responder) también nosotros: responsables de su pérdida, de su mantenimiento y de su maduración. Aquí mantener es sostener su dinamismo de crecimiento, pues se trata de una vida en desarrollo, que no tiene tope, porque su tope es la perfección sobrenatural. Tomemos, pues, conciencia de nuestra condición de bautizados y de ungidos. Tomemos conciencia de aquello de lo que disponemos, porque nos ha sido dado: esos dones o talentos divinos que recibimos en nuestro bautismo y de los que hemos de responder ante nuestro Dueño y Señor. Y trabajemos por acrecentar tale dones. Sólo así alcanzaremos nuestra madurez. Sólo así lograremos nuestro objetivo, que no debe ser otro que la santidad.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

Rito breve para casos especiales

68. Para los casos de bautismos numerosos, en el rito bautismal, deben figurar las adaptaciones necesarias, que se emplearán a juicio del ordinario del lugar. Redáctese también un rito más breve que pueda ser usado, principalmente en las misiones, por los catequistas, y, en general, en peligro de muerte, por los fieles cuando falta un sacerdote o un diácono.

Bautismo del Espíritu y el fuego

1.- “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones” (Is 42, 1) El siervo de Yahvé, personaje que nos describe el profeta y que viene a prefigurar a Jesucristo. En él se conjugan la servidumbre y el poder. Es el amado del Padre, el preferido, el elegido. La voz tremenda de Dios rompe el silencio de las aguas del Jordán: “Este es mi hijo muy amado”. Y el Espíritu, como una paloma, se posa sobre su cabeza.

Jesús queda ungido en aquel momento, preparado para la misión sagrada por la que bajó a la tierra: salvar a los hombres, traer el derecho a las naciones. Derecho constituido por una Ley dada por Dios y que hace posible la paz, la alegría, el amor verdadero.

Una Ley que está en vigor en todas las naciones, y en todos los tiempos. Ley que no pasará jamás, aunque pasen los cielos y la tierra. Ley escrita en nuestros corazones, promulgada por Dios y ratificada por Cristo, el “perfecto Dios y perfecto hombre”. ¿Qué significa esa Ley para ti? ¿Es la Luz que guía tus pasos? ¿O por el contrario, te dejas guiar por la luz pequeña de tus caprichos y de tu egoísmo?… No te engañes, sólo la Ley que nos ha dado Cristo nos salva.

“No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará” (Is 42, 2-3) Los líderes de la tierra gritan, vociferan con sus megáfonos a todo gas. Tratan de convencer, no por la fuerza de la razón, sino por la razón de la fuerza, la torpe lógica de las voces y de los modales bruscos. Se empeñan en suplir su falta de razón con un exceso de malos modos… Y quebrantan la caña cascada, apagan la mecha humeante. Aplastan al débil y halagan al poderoso. Son exigentes, no permiten el menor fallo, protestan a la primera de cambio. No pasan una.

Pero Cristo, el Ungido, el Siervo de Yahvé, no. Él es manso y humilde de corazón. Él calla hasta el límite máximo del justo silencio. Y cuando habla lo hace de forma equilibrada y serena, medidas las palabras, templado el talante. Él perdona una y mil veces. Él espera el paso del tiempo para que la mecha medio apagada se encienda de nuevo. Él comprende y olvida. Está dispuesto siempre a volver a empezar la historia de una honda amistad con el hombre…

Señor, haz que imitemos tu forma de actuar. Que nunca seamos inflexibles y de irrevocable juicio. Que sepamos comprender y perdonar, esperar con paciencia la conversión de los que nos parecen no tener remedio. Que no quebremos impacientes la caña cascada, que no apaguemos la mecha humeante.

2.- “La voz del Señor sobre las aguas…” (Sal 28, 3) Las aguas son una de las principales fuentes de la vida, las aguas son indiscutiblemente una riqueza primordial para los hombres, para los animales, para las plantas, para la tierra. Sin agua no sería posible el verdor de los trigales, ni la fuerza de las turbinas que nos proporcionan la electricidad, ni tampoco sería posible la salud de nuestros cuerpos. Sin agua el mundo sería un enorme montón de basura podrida, un desierto inhóspito y triste, sólo muerte y desolación.

En el libro del Génesis se nos relata el principio de la historia de todo cuanto existe. El Espíritu de Yahvé, dice el texto sacro, aleteaba sobre las aguas y aquel torrente de aguas turbulentas adquieren el orden y la armonía que harán posible la belleza placentera del paraíso terrenal de entonces, y la fertilidad de los campos bajo el rudo laborar de los hombres después.

Sí, al Señor debemos las aguas que hacen posible nuestra existencia de cada día. Es un don más que hemos de agradecerle, un beneficio más que hay que pedirle para que llene en su justa medida nuestros ríos y nuestros lagos y pantanos, para que riegue nuestras tierras con las lluvias tempranas y tardías. Así, pues, conscientes de que Dios es el Señor de las aguas, acudamos a él llenos de confianza para rogarle humildemente que nos dé cada año las lluvias a su tiempo.

“La voz del Señor es potente…” (Sal 28, 4) La voz de Dios se dejó oír potente y gloriosa sobre el torrente de las aguas. Y una fuerza nueva brotó de ellas, una energía superior, un poder maravilloso de regeneración y de vida. Los cielos se abrieron y el Padre Eterno nos mostró a su Hijo amado, mientras que el Espíritu Santo descendía sobre Jesucristo, el Mesías, el Ungido, que viene a salvar a los hombres.

Se inicia entonces la nueva creación, el nuevo modo de ser que los hombres adquirirán por efecto de la bondad suprema y del poder inmenso de Dios. Desde el momento en que Jesús es bautizado y resuena como un trueno la voz del Señor sobre las aguas, éstas adquieren la virtualidad, el poder de transmitir la vida divina a los hombres que son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Ante esta realidad formidable -nos dice la liturgia-, hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, postraos ante él, pues la voz del Señor ha tronado sobre las aguas torrenciales. Voz omnipotente, voz magnífica. “En su templo, un grito unánime: ¡Gloria! El Señor se sienta por encima del aguacero, se sienta como Rey Eterno”.

3.- “Está claro que Dios no hace distinciones…” (Hch 10, 34) Los judíos se creían, y algunos se los siguen creyendo, que ellos eran los únicos amados de Dios, y que su raza es la única que entrará en el Reino de los Cielos por derecho propio. Por eso su afán de no mezclarse con los demás, aunque convivan con ellos. De ahí esos guetos, o barrios judíos, en los que se aglomeraban para no contaminarse. Su actitud explica, al menos en parte, el odio y las persecuciones de que han sido objeto en todas las épocas de la Historia.

En la lectura de hoy, tomada del Libro de los Hechos, se nos relata cómo San Pedro, movido, empujado casi por el Espíritu Santo, entra en casa de un pagano, ante la sorpresa y el escándalo de los demás judíos. Era inconcebible que él, el primero de los apóstoles, el Cabeza del nuevo Israel, se contaminara entrando en casa de aquel centurión romano.

Era el primer paso para abrir las puertas del Reino a los demás pueblos. Comenzaba a cumplirse la promesa de Jesucristo cuando dijo que de Oriente y de Occidente vendrían muchos para sentarse en la mesa del Reino… Ya no es sólo la sangre o la raza la que constituye a un hombre como miembro del pueblo escogido por Dios. Desde que Cristo murió en la cruz cayó el muro de la separación. Desde entonces sólo es preciso una cosa para salvarse: creer en Cristo y amarle con toda el alma.

“Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo…” (Hch 10, 36) Dios acepta al que le teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Ya se acabaron los privilegios de raza. Ahora sólo vale la fe, informada por la caridad que se concreta en las buenas obras. Dios mira sólo a la realidad y autenticidad de las conductas. Sólo quien cree en Jesús, y es consecuente con esa fe, llegará a poseer la vida eterna. Por lo demás, de nada vale la aristocracia de la sangre, o la pertenencia a una honorable familia, o las prácticas de una religiosidad aparente.

Hay que practicar la justicia. Es decir, hay que cumplir los mandamientos. Desde el primero hasta el último. Tan pecado es ofender a un padre, como no pagar lo debido a sus obreros. Aunque el ofender a un padre, es más injusto aún, porque al fin y al cabo, el orden de los diez mandamientos no es un orden arbitrario, sino una jerarquía de valores que implica una graduación mayor o menor en las malas acciones… Vamos a tomar conciencia de todo esto, vamos a reflexionar hoy en estas ideas que las palabras de San Pedro, inspiradas por Dios, nos sugieren. Al fin y al cabo, cuanto nos dice la liturgia de la Santa Madre Iglesia son como interpelaciones que Dios nos dirige de modo directo a cada uno de nosotros, llamadas repetidas una y otra vez a nuestro corazón, para que correspondamos al amor infinito del Señor.

4.- “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido” (Mc 1, 11) Las aguas del Jordán exultaron dichosas al sumergirse en ellas el cuerpo de Jesús. El santo por excelencia, el único que realmente lo es, el Señor pasó por uno de tantos, por un pecador más, y se sometió al bautismo de Juan. El Precursor percibió la incongruencia aparente de aquel gesto y se resistió a bautizar al que traía un Bautismo infinitamente más eficaz que el suyo, el Bautismo del Espíritu y el fuego, capaz no sólo de limpiar de raíz el pecado del hombre, sino también de infundirle vida de un hijo de Dios.

El Verbo hecho carne, la Palabra de Dios vino para señalar el camino de los hombres, y quiso marcarlo claramente con el rastro de sus pisadas. Así, pues, su doctrina fue siempre viva, vibrante, precedida del propio ejemplo. Jesús nos enseñó tanto con su vida y muerte como con sus mismas palabras. Por esto comienza su vida pública sometiéndose al bautismo de penitencia que Juan predicaba. De ese modo podría luego exhortarnos a la conversión, a reconocer humildemente nuestros pecados y a limpiarnos de ellos, mediante el Bautismo cuando nacemos y a través de la Confesión sacramental, si tenemos la desgracia de volver a ofender al Señor.

La fiesta del Bautismo de Cristo es, por otra parte, una buena ocasión para recordar lo que significa el que nosotros un día recibimos, las exigencias que comporta, las promesas y las realidades que nos ha otorgado. El Bautismo es de donde arranca nuestra vida espiritual, donde se fundamenta y empieza nuestra filiación divina, donde se nos capacita para dar culto a Dios en Espíritu y en verdad. De él brota nuestra vocación a la santidad, a cooperar según nuestras posibilidades apostólicas -más de las que creemos- a la realización del Reino de Dios sobre la tierra.

Recordemos, además, la conveniencia de bautizar a los hijos lo antes posible. Es una grave responsabilidad. Hay que tener en cuenta también que quienes consideran el bautismo de los niños como contrario a la libertad y se lo niegan, están conculcando un derecho fundamental que Dios les ha otorgado: el de recibir los medios necesarios para poder entrar en la vida eterna, aunque el niño no pueda entonces reclamarlo por sí mismo.

El Bautismo nos configura con Cristo, infundiéndonos las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, así como nos otorga los dones del Espíritu Santo que, asentado en el alma del bautizado, lo convierte en templo de la Santísima Trinidad y miembro vivo del Cuerpo místico de Cristo… Que todo esto nos estimule a valorar el Bautismo que recibimos y, sobre todo, a vivir como hijos de Dios.

Antonio García Moreno

La fecha de nuestro bautismo

1.- Dada la minuciosidad y largos trámites para cualquier cosa en Japón, podría decirse en caricatura que el espíritu japonés se resume en este dicho: “Si las cosas se pueden hacer complicadas por qué se van a hacer fáciles…”

Las primitivas comunidades cristianas estaban llenas de discípulos de Juan el Bautista. ¿Presentar a Jesús como un discípulo más de Juan y que, de hecho era uno más de la fila de los conversos que recibe de Juan el Bautista, el bautismo de conversión, no era complicar las cosas aún más? ¿Cómo iba a ser Dios uno que tiene que arrepentirse de algo y lavarse con el bautismo de agua? ¡Total que si las cosas se pueden hacer complicadas para que se van a hacer fáciles!

¿Por qué no pudo silenciar este hecho ninguno de los cuatro evangelistas, cuando sin duda silenciaron otros muchos? Ya nos dice San Juan con una gran exageración que si escribieran todas las cosas que hizo Jesús no cabrían en los libros de este mundo.

2.- Como para nosotros fue motivo de asombro, sorpresa y alegría –en su momento—la caída del muro de Berlín, como comienzo de una era nueva en el mundo, los cuatro evangelistas han visto en el bautismo de Jesús algo tremendamente definitivo en la historia de la humanidad. Es el comienzo de la última era de la humanidad.

Los cielos se abren, los cielos se rasgan. Es el muro que cae hecho pedazos. El muro entre Dios y el hombre, muro trágico de enemistad entre el hombre y su Creador.

Comienza la última era, la última alianza, el último tratado, el último y definitivo tratado entre Dios y el hombre. Y Jesús es bañado en el Espíritu de Dios para que sea capaz de llevar adelante ese tratado de bondad y misericordia de Dios.

Y de paso queda bien claro que la figura central no es Juan el Bautista, sino el Señor Jesús, el Hijo amado de Dios.

3.- ¿Y en concreto cual es la misión de Jesús para la que queda consagrado y dedicado por el baño del Espíritu Santo? Nos dice tres veces la primera lectura “a restablecer el derecho, traer el derecho a las naciones, promover fielmente del derecho, implantar el derecho en la Tierra. Es la injusticia del mundo, es la opresión de unos por otros lo que Dios no puede aguantar y a lo que Jesús es enviado. Pero no va a imponer el derecho con la fuerza de las armas, no gritará, no voceará por las calles. La violencia llama a la violencia, la sangre llama a la sangre.

¿Cómo lo va a hacer Jesús? Nos lo dice sencillamente San Pedro. “pasando haciendo el bien con la ayuda del Espíritu de Dios” Es la bondad, el amor, la compasión el único derecho que tiene el hombre. Y es el amor, y la bondad lo único que va a restablecer de verdad el derecho conculcado.

Ciertamente que Jesús sea dedicado, consagrado en enviado a “hacer el bien para restablecer el derecho”, señala una era nueva en este mundo donde todo se ha tratado de arreglar con guerras.

4.- ¿Queréis mirar vuestras agendas de bolsillo? Tenéis apuntadas en ellas muchas cosas: santos, cumpleaños. ¿Tenéis la fecha del bautizo de alguien? ¿Sabéis la fecha en que os bautizaron? Yo no.

¿Para que nos vamos a complicar, al contrario que los japoneses, la vida si se puede hacer más fácil? Y para eso hemos suprimido de nuestras agendas la fecha más importante de nuestra vida. Porque en el bautismo cada uno de nosotros somos consagrados, dedicados y enviados con la fuerza del Espíritu Santo a hacer lo mismo que Jesús: a hacer el bien.

Un cáliz se consagra con óleo o se bendice para que no valga más que para decir misa. Nosotros hemos sido consagrados con Crisma para que no valgamos más que para “pasar haciendo el bien”

Desde el día de nuestro bautismo, nuestra vida no tiene otro sentido que “pasar haciendo el bien”. ¿Lo hemos hecho? ¿No? Pues borremos la fecha de nuestro bautizo y apuntemos la de hoy, que aunque tarde empecemos hoy a cumplir el fin para que hemos sido bautizados.

José María Maruri, SJ

La unción mesiánica

1.- La liturgia de este domingo celebra el llamado bautismo de Jesús por Juan en las aguas del Jordán. Es la segunda epifanía (“manifestación”) que, en la intención y sucesión de los textos evangélicos, tiene su tercer y último capítulo en el relato de las bodas de Caná.

En las liturgias de Oriente, y en los primitivos misales y antifonarios, las tres epifanías –a los Magos, en el Jordán y en Caná de Galilea– formaban un todo único. La intención es clara: En la epifanía a los Magos, Cristo se nos manifiesta como el Salvador de todos los hombres y pueblos; en la epifanía del Jordán, Cristo aparece como el profeta que pone su vida al servicio del designio salvador de Dios; en la epifanía, por último, de Caná, Cristo se nos revela como el liberador que transforma la existencia e inicia los nuevos cielos y la nueva tierra… Se trata de tres capítulos que se complementan unos a otros y en los que los diversos temas se entrecruzan y entreveran cual si se tratase de una melodía cantada en tonos diferentes y complementarios…

Toda la realidad del mensaje está contenida aquí, como en embrión o síntesis de urgencia. Estamos ante un gran esquema. Todo lo que se escriba después en los textos evangélicos no será sino glosa y desenvolvimiento de estas iniciales afirmaciones.

2.- Cristo salvador de todos los pueblos y de todos los hombres, es el tema-base de los textos de la liturgia de este domingo.

Isaías, cuya palabra había ilustrado el tema de los Magos, vuelve a decir del Mesías que Dios lo destina a “ser alianza de un pueblo y luz de las naciones”. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, y como introducción al bautismo de los primeros gentiles, Pedro comenta: “Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”; y remacha esta misma idea al afirmar que “envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos”.

Cristo realiza esta salvación universal al dar cumplimiento al designio de Dios, al ponerse por completo al servicio de la voluntad salvadora del Padre. En la figura del “siervo de Yahvé”, el profeta pronuncia la condición radical de Cristo. Será éste “el elegido” en quien Dios tiene puestas todas sus complacencias; pero la elección mira al cumplimiento de la misión que se le confía, y la complacencia de Dios surge hacia su hijo porque éste pone todo su ser al servicio del cometido salvador que le define. Es el “elegido” para ser “el siervo”, y porque es el “siervo” hacia él se enderezan las complacencias del Padre.

El tercer tema introduce unas iniciales precisiones sobre el contenido último y más radical de la misión confiada al “siervo de Yahvé”. El profeta dice que el siervo “traerá el derecho a las naciones”, que “implantará el derecho en la tierra”, que “abrirá los ojos a los ciegos”, “sacará a los cautivos de la prisión” y “de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”.

Juan el Bautista dirá que Cristo viene “con el bieldo en la mano para limpiar su era y recoger el trigo en su granero; para quemar la paja con el fuego que no se apaga”. Pedro, por su parte, resumirá todo lo actuado por Cristo afirmando que “después del bautismo predicado por Juan… Dios ungió (schrisen) de Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, el cual pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo”. Resucitado por Dios, Cristo queda constituido en “juez de vivos y muertos”, y cuantos crean en él alcanzarán el perdón de los pecados.

La unción por el Espíritu confirió al Señor su nombre: Cristo; unción ciertamente espiritual, puesto que fue ungido con el Espíritu por Dios Padre. La importancia que a los ojos de los primeros cristianos revestía el misterio de la unción era tal que hacían derivar de ella el nombre mismo de “cristianos”. Cristianos, según su interpretación, no significa en primer lugar “seguidores de Cristo”, sino más bien quiere decir “partícipes de la unción de Cristo”.

La salvación para todos, sin exclusión de nadie ni preferencias para ninguno, hombre o pueblo; salvación que nos será dada por Dios a cuantos libre y coherentemente hayamos aceptado su designio sobre el mundo; salvación que consiste en renovar la convivencia humana por los caminos de la justicia y del derecho, y que tendrá su plenitud eterna en la resurrección, última y total liberación del hombre.

3.- Después de habernos dado cuenta de la importancia que el bautismo tuvo para Jesús, podemos deducir la importancia que éste tiene para la Iglesia. La Iglesia es la continuación histórica de la unción de Cristo con el Espíritu. Nosotros somos “cuerpo de Cristo”, es decir Iglesia, porque estamos ungidos por el Espíritu de Cristo.

El Espíritu Santo es el misterio de la permanencia de Jesús en medio de nosotros; él se hace presente, haciendo presente a Jesús; hasta el punto de que el apóstol Pablo puede decir, con una frase gramaticalmente elíptica pero verdadera que “el Señor es el Espíritu”; esto es, el Señor Jesús, resucitado vive y se manifiesta en el Espíritu

Para podernos poner en contacto con el misterio de la unción de Jesús necesitamos el esfuerzo personal. Al plano histórico (el bautismo de Jesús en el Jordán) y al plano sacramental (nuestro bautismo), se debe añadir el plano existencial o moral. Es más, todo aquello que la palabra de Dios nos ha revelado tiende a este plan operativo, tiende a producir su fruto en nosotros. Y el fruto es este: Que lleguemos a ser nosotros mismos “buen olor de Cristo” en el mundo. Para ello hace falta romper el frasco de alabastro de nuestra humanidad, esto es, que mortifiquemos las obras de la carne, el hombre viejo, que hace de escudo en nosotros a la irradiación del Espíritu.

Antonio Díaz Tortajada

El camino abierto por Jesús

No pocos cristianos practicantes entienden su fe solo como una «obligación». Hay un conjunto de creencias que se «deben» aceptar, aunque uno no conozca su contenido ni sepa el interés que pueden tener para su vida; hay también un código de leyes que se «debe» observar, aunque uno no entienda bien tanta exigencia de Dios; hay, por último, unas prácticas religiosas que se «deben» cumplir, aunque sea de manera rutinaria.

Esta manera de entender y vivir la fe genera un tipo de cristiano aburrido, sin deseo de Dios y sin creatividad ni pasión alguna por contagiar su fe. Basta con «cumplir». Esta religión no tiene atractivo alguno; se convierte en un peso difícil de soportar; a no pocos les produce alergia. No andaba descaminada Simone Weil cuando escribía que «donde falta el deseo de encontrarse con Dios, allí no hay creyentes, sino pobres caricaturas de personas que se dirigen a Dios por miedo o por interés».

En las primeras comunidades cristianas se vivieron las cosas de otra manera. La fe cristiana no era entendida como un «sistema religioso». Lo llamaban «camino» y lo proponían como la vía más acertada para vivir con sentido y esperanza. Se dice que es un «camino nuevo y vivo» que «ha sido inaugurado por Jesús para nosotros», un camino que se recorre «con los ojos fijos en él» (Hebreos 10,20; 12,2).

Es de gran importancia tomar conciencia de que la fe es un recorrido y no un sistema religioso. Y en un recorrido hay de todo: marcha gozosa y momentos de búsqueda, pruebas que hay que superar y retrocesos, decisiones ineludibles, dudas e interrogantes. Todo es parte del camino: también las dudas, que pueden ser más estimulantes que no pocas certezas y seguridades poseídas de forma rutinaria y simplista.

Cada uno ha de hacer su propio recorrido. Cada uno es responsable de la «aventura» de su vida. Cada uno tiene su propio ritmo. No hay que forzar nada. En el camino cristiano hay etapas: las personas pueden vivir momentos y situaciones diferentes. Lo importante es «caminar», no detenerse, escuchar la llamada que a todos se nos hace de vivir de manera más digna y dichosa. Este puede ser el mejor modo de «preparar el camino del Señor».

José Antonio Pagola