Vísperas – Lunes I de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES I TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Hora de la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos de tus viñadores.

Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.

Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
“Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: Col 1, 9b-11

Conseguid un conocimiento perfecto de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. De esta manera, vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas y aumentará vuestro conocimiento de Dios. El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

R/ Yo dije: Señor, ten misericordia.
V/ Porque he pecado contra ti.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que, recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Trata con bondad a tu pueblo, Señor

Salva a tu pueblo, Señor,
— y bendice tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos,
— para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
— que difundan en todas partes la fragancia de Cristo.

Muestra tu amor a los agonizantes:
— que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
— y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y, ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes I de Tiempo Ordinario

1.- Ambientación.

Señor, dame la gracia de agradecer tu llamada. El que te hayas fijado en mí y me hayas llamado por mi nombre es un bonito regalo que me has hecho. Que esta oración sea de acción de gracias. Yo no sólo quiero aceptar tu invitación sino celebrarla todos los días de mi vida.

2.- Lectura reposada del evangelio: Marcos 1, 14-20

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: Decía: -El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva. Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: -Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres. Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

3.-Qué dice la palabra de Dios.

Meditación-Reflexión

En este evangelio nos sorprende que la llamada a los discípulos aparezca ya en el primer capítulo. Lo más lógico, como así hace Lucas, es ponerlo después de que Jesús ya haya actuado en público y haya sido más conocido, incluso haya hecho algún milagro…Pero San Marcos tiene prisa en poner a los discípulos ya desde el principio.  Jesús y sus discípulos ya son algo inseparable. Cuando Jesús los manda a predicar, se corta la narración. Jesús no tiene nada que decir. Para Jesús, es muy importante resaltar el valor de la COMUNIDAD. Él llama y ellos le siguen. El discípulo es aquel que no deja a su Maestro ni a sol ni a sombra. El hecho de ir siempre en grupo es significativo. Vio a Simón y Andrés La acción parte de Jesús. “la mirada” se clava sobre estos hombres y en seguida Jesús “los llama”, llamada categórica, penetrante, poderosa. Cuando llama Dios no cabe ningún titubeo. El contenido de la llamada es “ir detrás de Jesús”. Os haré… Dejarse hacer… Discípulo es el que siempre se está haciendo.  El Maestro siempre es Jesús. Los apóstoles siempre se llamarán “discípulos” es decir, siempre estarán aprendiendo. Pescadores de hombres. ¡Bonita tarea! Jesús quiere que nos realicemos plenamente como personas, que no dejemos nuestra vida a medio hacer, a medio llenar.

Palabra del Papa.

“El Apóstol Andrés, con su hermano Pedro, al llamado de Jesús, no dudaron ni un instante en dejarlo todo y seguirlo: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron». También aquí nos asombra el entusiasmo de los Apóstoles que, atraídos de tal manera por Cristo, se sienten capaces de emprender cualquier cosa y de atreverse, con Él, a todo.

Cada uno en su corazón puede preguntarse sobre su relación personal con Jesús, y examinar lo que ya ha aceptado –o tal vez rechazado– para poder responder a su llamado a seguirlo más de cerca. El grito de los mensajeros resuena hoy más que nunca en nuestros oídos, sobre todo en tiempos difíciles; aquel grito que resuena por «toda la tierra […] y hasta los confines del orbe». Y resuena también hoy aquí, entre nosotros.. y nos invita a perseverar con entusiasmo en la misión, una misión que necesita de nuevos mensajeros, más numerosos todavía, más generosos, más alegres, más santos. Todos y cada uno de nosotros estamos llamados a ser este mensajero que nuestro hermano, de cualquier etnia, religión y cultura, espera a menudo sin saberlo. En efecto, ¿cómo podrá este hermano –se pregunta san Pablo– creer en Cristo si no oye ni se le anuncia la Palabra? (Homilía de S.S. Francisco, 30 de noviembre de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito: En este día me comprometo a hacer presente a Jesús en todo lo que haga.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias por este rato de oración. Quiero salir de ella convencido de que soy un privilegiado: me has mirado, me has llamado por mi nombre, te has comprometido a vivir siempre a mi lado y no dejarme nunca. Yo me siento feliz de estar siempre contigo, de ser siempre tu discípulo y estar así siempre aprendiendo de ti. Este es mi deseo, Señor. Pero sé que soy débil y puedo caer. ¡Ayúdame a mantenerme siempre fiel a mi vocación!

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

¿Qué buscáis?

Pregunta de Jesús a los discípulos

Los discípulos de Juan se interesan por Jesús, y él les pregunta, ¿qué buscáis? Ellos responden diciendo que quieren saber de él, empezando por saber dónde reside, donde le pueden encontrar para hablar con él. Venid y veréis. Fueron y se quedaron un día, y luego toda la vida, con él. Él acabó dando sentido a su vida. ¿Qué les dijo? ¿Qué les entusiasmó de la persona de Jesús? ¿Qué vieron?

Buscadores

A Cristo le oirían decir después en su catequesis, “buscad y hallaréis”. Dicen que, existe hoy una generación llamada la de los “seekers”, “buscadores”, que lo que buscan es una religión. Se busca, una verdad que dé sentido a la vida, que satisfaga, que libere de la insatisfacción de las pequeñas verdades, de las pequeñas y vacías satisfacciones; sobre todo se buscar a alguien en quien confiar, que sea referencia de su vida.

Saber distinguir quién nos llama entre tantas voces y ecos

Nuestra generación no puede menos de sentir, como Samuel, primera lectura, una voz que le llama, que le saca del sueño: del sueño del tener, del sueño del placer inmediato corporal, del pansexualismo, -segunda lectura – y que ofrece algo distinto. Es fácil confundir la voz con los ecos, diría Antonio Machado, y no descubrir, de inmediato quién nos llama – primera lectura –; no percibir quién nos dice “venid y veréis”. Hace falta atención continuada reiterada. Despertar del sueño, de estar narcotizados por las llamadas para satisfacer ansias de poder, de placer, de tener…

Quedarse con Jesús

Jesús sigue preguntándonos, ¿qué buscáis? Y sigue ofreciéndose como respuesta: venid y veréis. Porque somos llamados a seguirle. Esa es nuestra vocación de cristianos. Lo que da sentido a nuestro vivir. Para ello escuchamos, meditamos la Palabra de Dios. Dejamos que nos interrogue. Percibimos en ella que alguien nos llama, a conocerle mejor, pasar tiempo con él, a seguirle. ¿Es para nosotros una satisfacción responder positivamente a su invitación?  En definitiva, ¿la convivencia, el sentir con Jesús es nuestro objetivo existencial, que da sentido a otros proyectos, a otros objetivos? Venid y veréis; fueron, vieron, … y se quedaron con Jesús.

Fray Juan José de León Lastra

Comentario – Lunes I Tiempo Ordinario

(Mc 1, 14-20)

Comenzamos el tiempo durante el año que nos propone una lectura continua del evangelio de Marcos, el primer evangelio escrito para que las nuevas comunidades pudieran conocer mejor a Jesús.

Este evangelio todavía no contiene las narraciones sobre la infancia del Señor que aparecen en Mateo y Lucas, y comienza directamente con la vida pública de Jesús, anunciada por Juan el Bautista e iniciada solemnemente con el bautismo, cuya narración leímos ayer. Marcos quiere mostrar a Jesús actuando, manifestando su gloria, haciendo presente la potencia del Reino de Dios.

El texto que hoy menciona escuetamente el arresto de Juan, y describe el comienzo de la predicación de Jesús en Galilea. Su predicación se resume en el anuncio de la cercanía del Reino de Dios y en una invitación al arrepentimiento y a recibir la novedad que Jesús trae, la “buena noticia”.

Cada uno de nosotros, al leer este texto, debería dejarse interpelar por esta invitación, e invocar la gracia de Dios para avanzar en el camino de conversión.

Pero inmediatamente Jesús convoca a sus primeros discípulos. Desde el comienzo Jesús quiere crear una comunidad en torno a él.

Los primeros llamados son pobres pescadores de Galilea, convocados para una misión superior: convertirse en “pescadores de hombres”.

El texto no deja de indicar que la aceptación de este llamado y de esta misión suponía renuncias: dejar las redes, dejar un tipo de vida al que uno se ha habituado, para entrar en la novedad que Jesús propone.

Oración:

“Señor, quiero escuchar una vez más tu llamado a la conversión, y volver a aceptar tu presencia como una buena noticia para mí, siempre nueva. Dame la gracia de dejarme cautivar una vez más por tu persona, de reconocer la belleza de caminar contigo, para que pueda aceptar las renuncias que tengo que aceptar para seguirte cada día”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Homilía – Domingo II de Tiempo Ordinario

I

Un domingo de transición

Acabamos de salir de las fiestas navideñas y entramos en el Tiempo Ordinario, la vida “normal” también es el ámbito cristiano. En la oración colecta pedimos a Dios: “haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz”. Estamos en la primera fase del Tiempo Ordinario, hasta la Cuaresma.

El que sería el domingo primero coincide siempre con la solemnidad del Bautismo del Señor. Por eso entramos en la serie de domingos con el segundo, mientras que los días feriales anteriores sí son de la semana primera del Tiempo Ordinario.

Hoy todavía no iniciamos la lectura de Marcos. Cada año en este segundo domingo escuchamos el evangelio de Juan en unas páginas que vienen a ser como una prolongación de las “manifestaciones” del tiempo de Navidad y Epifanía. Este año oímos el testimonio que Juan el Bautista da de Jesús ante sus discípulos y la vocación de los dos primeros apóstoles.

1Samuel 3, 3b-10. 19. Habla, Señor, que tu siervo te escucha

Como siempre (en los domingos del Tiempo Ordinario) la lectura del AT prepara la escucha del evangelio: esta vez con el tema de la vocación.

Es deliciosa la escena del joven Samuel que oye y no reconoce de momento la voz de Dios que le habla. A Samuel le habían dedicado sus padres, Ana y Elcaná, al servicio del Templo, agradecidos a Dios por haberles concedido este hijo por el que tanto habían suspirado.

El sacerdote Elí, encargado del Templo, orienta a Samuel y le dice cómo tiene que responder a la llamada de Dios. Este niño será a partir de ahora un joven vocacionado que crece en el Templo de Silo hasta llegar a ser un hombre de Dios muy respetado y un profeta importante en la historia de Israel. Será él quien consagre a los dos primeros reyes del pueblo, Saúl y David.

El salmo refleja la disposición que ha de tener uno que es llamado por Dios: “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Es la frase que la carta a los Hebreos pone en labios de Jesús en el momento de su encarnación como hombre: “no pides sacrificios… pero me has dado un cuerpo… aquí estoy para hacer tu voluntad”. El salmista sigue diciendo: “he proclamado tu salvación ante la gran asamblea”. Que es lo que hizo Samuel como profeta de su pueblo y lo que hizo, sobre todo, Jesús, el Profeta por excelencia.

1 Corintios 6, 13c-15a. 17-20. Vuestros cuerpos son miembros de Cristo

A partir de hoy, y durante cinco domingos, escuchamos una selección de la primera carta de Pablo a los cristianos de Corinto.

El pasaje que leemos hoy nos ofrece el pensamiento de Pablo sobre el cuerpo humano. Ante la tentación del libertinaje sexual que pueden tener los cristianos de Corinto, ciudad de muy mala fama en ese aspecto, Pablo les da los motivos teológicos de la dignidad del cuerpo humano: el cuerpo está destinado a la resurrección, con el cuerpo hemos de glorificar a Dios, nuestros cuerpos son miembros de Cristo y templos del Espíritu Santo.

Juan 1, 35-42. Vieron dónde vivía y se quedaron con él

Juan, el Precursor, da testimonio de Jesús: “este es el Cordero de Dios”, título que luego, en el libro del Apocalipsis, será el nombre que se aplica a Jesús nada menos que 19 veces. Otra veces Juan presenta a Jesús como el Mesías, el que ha de venir.

A consecuencia de este testimonio, dos de sus discípulos, Andrés y otro, siguen a Jesús y se quedan con él. Aquí aparecen algunos de los verbos que luego se repetirán en el evangelio de Juan: “venir, ver, permanecer”.

Andrés comunica a su hermano Simón que han reconocido al Mesías y provoca así el primer encuentro de Jesús con Simón, a quien se le dice que su nombre será “Cefás”, “Piedra, Pedro”.

II

Dios sigue llamando

Dios sigue llamando. A unos, a la vida consagrada o al ministerio ordenado dentro de la comunidad. A otros, a la tarea misionera. A otros, a la vida matrimonial. A todos, a una vida cristiana coherente. En las lecturas de hoy, se centra esta vocación sobre todo en las dos primeras: la vida de consagrados y ministros en la comunidad.

El joven Samuel es llamado a un servicio profético en unos tiempos difíciles del pueblo de Israel. En un versículo anterior al pasaje que hoy leemos, se dice que “en aquel tiempo era rara la palabra del Señor” (1S 3, 1). Son tiempos nada gloriosos. Ni el sacerdote Elí ni sus hijos dan precisamente buen ejemplo de fidelidad al Señor. Con todo, Dios sigue llamando y hace oír su voz.

En el caso de los dos primeros apóstoles (Andrés y Simón Pedro) es Jesús quien sale a su encuentro y les dirige su palabra. Más tarde les dirá que quiere hacer de ellos “pescadores de hombres”.

Dios sigue llamando, también en nuestro tiempos, que podrían parecer estériles en vocaciones. A veces, lo hace de noche, como a Samuel. Otras, “a las cuatro de la tarde”, como a los dos discípulos. A veces, a jovencitos, como Samuel. Otras, a hombres ya maduros, como Andrés y Simón.

A veces la persona llamada responde con buena disposición. Es significativo que sea un joven el que en el AT nos dé ejemplo de una respuesta generosa: “habla, Señor, que tu siervo te escucha”. Otros jóvenes también reaccionarán con igual prontitud en el NT: María de Nazaret —“hágase en mí según tu palabra”—y Saulo— “¿qué tengo que hacer, Señor?”—. Como ahora tantos jóvenes, tal vez menos numerosos que en otros tiempos, pero con igual mérito y decisión.

Otras veces el llamado se resiste porque ve difícil la misión que se le encomienda, como Moisés —“no sé hablar”—y Jeremías —“soy un niño”—. El caso más evidente en el evangelio es el de aquel joven que quería salvarse, pero no se atrevió a seguir el consejo que le daba Jesús “si quería ser perfecto”.

A veces es Dios mismo, o Jesús, quien “busca” y llama, como en el caso de los pescadores o del que estaba sentado a la mesa de los impuestos. Otras, en una persona la que “busca”, como los dos discípulos del evangelio de hoy, que sigue a Jesús, y este les pregunta: “¿qué buscáis?” Porque en este misterio que es la vocación, también cuenta la disposición favorable de una persona,, que “busca” el sentido de la vida. A veces es la mirada de Jesús la que interpela decisivamente, como en el caso de Pedro.

No siempre es muy clara la voz de Dios que llama a uno a la vida religiosa o al ministerio ordenado. Samuel no la reconoció sino a la tercera, y ayudado por otro. En medio de tantas “voces” que una persona oye en este mundo (el éxito económico o profesional, el señuelo de las sectas, la espiritualidad de las religiones orientales, los efectos a corto plazo de las drogas…), ¿cómo reconocer la voz de Dios?

Ayudar a los otros a encontrar su vocación

En el proceso vocacional que vemos en las lecturas de hoy llama la atención que Dios se sirve de otras personas que ayudan a los destinatarios de su llamamiento.

Elí tendría otros defectos, pero en esta ocasión supo orientar rectamente a Samuel a reconocer la voz de Dios. A Pedro le llegó la noticia de Jesús por medio de su hermano, que aseguraba que habían “encontrado al Mesías”.

El que ayuda a otros ha de sentirse “intermediario” de la vocación, no destinatario. Elí no pide al joven Samuel que le escuche a él, sino a Dios.

El Bautista no se considera el término del seguimiento, sino que orienta hacia Jesús. Andrés no pide la fe de su hermano para sí, sino para Jesús. Un intermediario debe saber “retirarse” oportunamente, para que las personas encuentren su vocación donde verdaderamente está.

También ahora, Dios es el que llama, pero para ello no se sirve normalmente de milagros o de voces de ángeles, sino de la ayuda de otras personas que orientan en la vocación. Puede ser la familia misma, unos amigos, unos maestros y educadores, un sacerdote, que dicen una palabra justa. Otras veces es algún acontecimiento eclesial el que influye. O sea, es la comunidad eclesial la que debe saber dar testimonio y orientar a los jóvenes hacia una vocación concreta.

Y no tanto con palabras, sino con el testimonio de la propia vida. Es algo parecido a lo que sucedió a los dos primeros apóstoles: preguntaron “Rabbí, ¿dónde vives?”. No se trataba tanto, en este momento, de doctrinas o catequesis, sino de un testimonio vivencial. En efecto, Jesús les contesta: “venid y lo veréis”. Es cuestión de “venir” y de “ver”. El resultado fue que “se quedaron él”. También la comunidad cristiana de hoy —unos sacerdotes, unos religiosos, una familia cristiana­— convence más por su estilo de vida que por sus palabras. Un joven no pregunta tanto ¿qué creéis?, sino ¿cómo vivís?, ¿qué hacéis?, ¿cómo rezáis?…

Aunque los tiempos sean difíciles, no tenemos que perder la esperanza. Dios sigue llamando, también cuando la sociedad se ha enfriado en su fe.

La dignidad del cuerpo

La ciudad de Corinto, en Grecia, era muy cosmopolita, mezcla de razas y religiones, lugar de intenso tráfico comercial. Sobre todo, proverbialmente conocida por su desenfreno sexual, incluso en el culto a los dioses.

Era, por tanto, lógico que los pocos cristianos que formaban la comunidad, tuvieran que luchar contra sus antiguas costumbres y con la permanente tentación, no sólo de la idolatría, que aparece en otros capítulos de esta misma carta, sino también del permisivismo moral. Pablo les dedica una catequesis “teológica” que motiva la dignidad del cuerpo.

  1. Nuestro cuerpo, visto por Pablo desde la perspectiva pascual, resucitará al final a una vida nueva: “Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros”. Es muy expresivo que en los funerales el sacerdote rodee al cadáver del cristiano de unos signos de respeto: la aspersión del agua bautismal y la incensación. Es un cuerpo destinado a la resurrección.
  2. Nuestro cuerpo tiene también una profunda relación con Cristo Jesús, ya desde nuestro Bautismo: “vuestros cuerpos son miembros de Cristo”, “el que se une al Señor es un espíritu con él”. Para Pablo, no somos en el fondo “dueños” de nuestra corporeidad, por esta nuestra pertenencia a Cristo: “no os poseéis en propiedad, porque os ha comprado pagando un precio por vosotros”.
  3. Además, para pablo, el cuerpo del cristiano tiene relación con el Espíritu Santo: “¿o es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros”. Sería como un sacrilegio el tratar indebidamente nuestro cuerpo.
  4. Finalmente, para completar la visión “trinitaria”, Pablo afirma también nuestra relación con Dios Padre: “el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor, para el cuerpo”. Y concluye: “por tanto, glorificad a Dios con vuestro cuerpo”. El cuerpo tiene un destino que sobrepasa nuestra propia esfera, porque nos lo ha dado Dios y está destinado también para el uso que Dios ha querido —que es importante y muy digno, incluida la sexualidad— y finalmente, también destinado a la resurrección a la vida eterna.

Todos estos motivos no quitan nada de importancia al cuerpo humano, que es nuestro medio de expresión y comunicación, importante también para nuestra realización sexual. Nosotros no “tenemos” un cuerpo, sino que “somos” cuerpo, a la vez que también somos “espíritu”. Nuestro cuerpo tiene una gran dignidad “humana”. Tratarlo mal —lo que Pablo llama “fornicación”— es un pecado contra nosotros mismos, contra nuestra propia dignidad.

La lección que nos da Pablo tiene una gran actualidad en nuestro tiempo. Lo cual no quiere decir que sea una lección popular. La castidad y el control del propio cuerpo no gozan precisamente del buena prensa en gran parte de nuestra sociedad. El modo de sazonar —“el cuerpo es mío… yo soy dueño de mi cuerpo… yo soy el juez de lo que puedo hacer con él, con tal que no haga daño a otros” —no es nuevo, sino que ya hace dos mil años funcionaba y Pablo lo denuncia al hablar a los corintios. Un cristiano no razona igual que uno que no lo es, y es bueno que Pablo nos haya dado las motivaciones que hemos de tener en cuenta respecto a la dignidad de nuestro cuerpo (y del ajeno).

Escuchamos la Palabra

Cuando celebramos la Eucaristía tenemos la ocasión para imitar, ante todo, la actitud del joven Samuel: “habla, Señor, que tu siervo te escucha”. Luego ese joven será profeta y hablará a su pueblo en nombre de Dios, pero antes ha aprendido a “escuchar”. El Maestro y Profeta que Dios nos ha enviado, Cristo Jesús, nos irá enseñando sus caminos a lo largo de todo el año. Una primera actitud de sus seguidores es la de “escucharle”, en la primera parte de la Misa, con atención y docilidad.

También en la Eucaristía llamamos varias veces a Jesús con el nombre que le dio el Bautista: “el Cordero de Dios”. Por ejemplo, cuando el sacerdote nos invita a acercarnos a comulgar: “este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Hoy es un día como para “descongelar” esta expresión y dirigir con fe nuestra mirada a Jesús como nuestro Maestro y nuestro Redentor.

José Aldazabal

Jn 1, 35-42 (Evangelio Domingo II de Tiempo Ordinario)

¿Dónde habitas?

El evangelio de hoy nos presenta la forma en que Jesús acogió a sus primeros discípulos. No se hace por medio de una llamada concreta de Jesús, – como sucederá después con Felipe, Jn 1,43ss-, sino de otra forma distinta. Probablemente en el evangelio de Juan hay una intencionalidad manifiesta: el paso de los discípulos del Bautista a Jesús. Es una escena que viene después de la presentación que Juan el Bautista ha hecho de Jesús a sus seguidores. Por eso, como respuesta inmediata, dos de esos discípulos (uno de ellos se identifica como Andrés, el hermano de Pedro), se interesan por la vida de Jesús. De ahí la pregunta: “Maestro ¿dónde habitas?”. No es necesario entrar en la cuestión del “otro” discípulo, que, desde luego, no es necesario identificar con el discípulo amado, y tampoco a éste con Juan el hijo del Zebedeo en cuanto autor de este evangelio, como muchos han defendido y siguen defendiendo. El evangelista subrayaba así que Juan el Bautista había cumplido su misión; ésta había terminado, y sus seguidores debían atender a aquél que él llama el «Cordero de Dios». No podemos establecer con seguridad los puntos históricos de esta narración. No sabemos a ciencia cierta si eso fue así, ya que la tradición de los evangelios sinópticos parece más primitiva y nos habla de la llamada directa de Jesús a Pedro y a su hermano Andrés, para que dejaran sus redes y le siguieran.

¿Dónde vivía Jesús? No se nos dice en el relato, porque su intención es poner de manifiesto que su modo de vida es lo que se describirá a lo largo del evangelio. Han visto ya algo que fascina a estos discípulos, para dejar al Bautista y seguir a Jesús, y comunicar la noticia al mismo Pedro. Con ello, el Bautista no se encuentra desairado, porque en otro momento él mismo dice: «es necesario que El crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Así, pues, una vez que Juan el Bautista ha cumplido la misión que le correspondía –según se piensa en la tradición cristiana que Juan, como los sinópticos, recoge-, llega el momento de “seguir” a Jesús, de vivir con él, de contemplar su morada. El simbolismo del evangelio joánico enriquece verdaderamente esta escena sobre la iniciativa de los discípulos. No los ha llamado el Maestro, pero Juan sí les ha trazado el camino. A veces, alguien puede descubrirnos nuestra “vocación”; lo importante es saber discernir y poder dedicarse a ello.

El encuentro de Pedro, con Jesús, es presentando en Juan de una forma muy particular, distinta a los sinópticos. Aquí se adelanta su hermano Andrés en su decisión a seguir al Maestro. Pero lo que importa siempre es la disposición. El que Pedro reciba un nombre nuevo “Kefas”(piedra), con todo lo que ello significa, forma parte también del misterio vocacional. Un nombre nuevo es un destino, un camino, una vida nueva, una misión. Todo esto está sugerido en esta escena vocacional. Desde luego, aceptar a Jesús, su vida, su ideas y su experiencia de Dios, no puede dejarnos donde estábamos antes. Todo ha de cambiar, sin que haya que exagerar actitudes espirituales o morales. Seguiremos a Jesús y su evangelio, y volveremos a sentir la necesidad del perdón y de la gracia, porque la debilidad nos acompaña siempre. Pero con un nombre nuevo se nos dice que el horizonte de nuestra existencia es Aquél que trae la luz y la vida al mundo, como se pondrá de manifiesto en todo el evangelio joánico.

1Cor 6, 13-15. 17-20 (2ª lectura Domingo II de Tiempo Ordinario)

El cuerpo revela nuestra interioridad

La segunda lectura está tomada de 1ª Corintios, una carta muy compleja desde muchos puntos de vista. Y para comprender esta carta y este texto de hoy debemos conocer algunas cosas de aquella comunidad de la capital de Acaya, en la que Pablo se empeñó a muerte en su misión de apóstol y en ofrecer una identidad verdaderamente cristiana a esta comunidad. Se trata de un texto que debemos saber contextualizar y conocer por qué lo escribe San Pablo. Corinto era una ciudad famosa por su santuario a Afrodita, la diosa del amor, al que acudían gentes que llegaban a la ciudad doblemente portuaria desde las regiones lejanas y limítrofes. El hecho de la prostitución sagrada era una perversión del amor y de la sexualidad humana según san Pablo. Precisamente por ello el apóstol hace una teología del «cuerpo» humano, que no es la carne y la sangre, aquello que nos llevará a la muerte; sino de lo más interior a nosotros mismos, que es lo que no podemos entregar a la irracionalidad. La “antropología” bíblica que subyace en esta concepción del cuerpo del texto paulino es manifiesta: no es dicotómica, dualista, sino es una realidad única: interior-exterior, alma-cuerpo.

Esto, probablemente, lo escribe Pablo, porque algunos convertidos al cristianismo no veían inconveniente en participar en esos ritos sagrados de la sexualidad, y por ello afronta la cuestión desde la clave más profunda de la fe cristiana: la resurrección de los cuerpos, que volverá a afrontar en el c.15 de esta misma carta. La sexualidad forma parte de nuestro ser; si la entregamos al comercio y a lo irracional, pierde todo el valor positivo que el Creador ha puesto en ella; la reducimos a la animalidad. Pero ni lo irracional, ni lo animal están llamados a la resurrección. El cuerpo no es simplemente lo exterior, lo que se ve, lo que se gasta: el cuerpo lleva en su seno el misterio de la persona, de la interioridad, de la misma libertad. Por eso si entregamos nuestro cuerpo a cualquiera o a cualquier cosa, eso es una idolatría. Es decir, estaremos sometidos a los ídolos, que no son más que irracionalidad y ceguera. La actualidad de este tema hoy, sabemos que se puede cifrar en entregar nuestro cuerpo, nuestra persona, nuestra mente y nuestra voluntad a la droga o al dinero. También aquí, con esta simbología del “cuerpo”, se sugiere la verdadera dignidad de nuestra vocación humana y cristiana.

1Sam 3, 3-9. 19 (1ª lectura Domingo II de Tiempo Ordinario)

Habla Señor, que tu siervo escucha

La lectura de Samuel nos relata la vocación profética de Samuel, el niño que la madre consagró a Yahvé como prenda por haberle concedido el don e la maternidad. Pero no basta, para ser un profeta u hombre de Dios, que nuestros padres nos destinen a ello. Hace falta una “llamada”, la vocación, y la respuesta más personal a la palabra de Dios. Samuel, que sería un profeta que habría de conducir al pueblo hasta la llegada de David, vivía con el sacerdote Elí en el santuario donde estaba depositada el arca de la Alianza. Los hijos de Elí, por el contrario, no seguirían los pasos de su padre, no heredarían su carisma; al contrario, sería Samuel el llamado por Dios para ser su profeta; porque el profetismo no se hereda, ni es una institución que se aprenda, sino que hay de descubrirla.

La vocación de Samuel se describe con rasgos propios de las leyendas antiguas, en las que se oye la voz de Dios. En el silencio, en la noche. Es una experiencia fascinante que no le deja dormir al muchacho. Estima que es Elí quien le llama, y es éste quien se da cuenta que es Yahvé quien está por medio en todo este asunto. Y así el maestro le enseña a decir a discípulo, no como un rito, sino como el don de la propia vida: «habla, Señor, que tu siervo escucha». Escuchar la voz de Dios en la vida personal es un verdadero reto, que no todos saben afrontar. Elí, el viejo sacerdote-profeta, tiene experiencia de Dios y se la comunica a alguien que está en disposición de ello; lo contrario de lo que sucede con sus hijos. No es lo mismo vivir con “vocación” que sin ella. Esta vocación se descubre de muchas formas y de muchas maneras: unas veces buscando y otras sin que sepamos por qué. Es evidente que estamos hablando en el contexto de una experiencia religiosa extraordinaria, lo que es respetable. Debemos ser capaces de ver a Dios, de escucharle si queremos, en las realidades de nuestra vida personal y de los que nos rodean. No habrá vocación, sin embargo, si no estamos dispuestos a escuchar a Dios.

Comentario al evangelio – Lunes I de Tiempo Ordinario

En este lunes, la liturgia da inicio de nuevo al tiempo ordinario. El comienzo del evangelio de Marcos abre el telón con una síntesis sobre las primeras actividades de Jesús: Su predicación y los primeros frutos. Cuatro pescadores lo dejan todo y le siguen.

  • El primer sermón de Jesús. Es muy corto. Se reduce a dos frases: El anuncio del Reino y la llamada a convertirse. Las pronuncia en Galilea, al norte de Israel, zona próspera, conflictiva y poco religiosa. Jesús emprende la actividad “cuando detuvieron a Juan Bautista”.

¿Qué les dice Jesús a aquellos campesinos y pescadores? Una buena noticia. No hay frustración mayor que una “buena noticia” falsa.  Transmitir noticias sin pruebas, aunque sea con buena intención, solo acarrea un fiasco mayor. Solo es “buena noticia” la que se basa en la verdad. Y si es cierto que verdad, bondad y belleza caminan juntas, toda buena noticia ha de ser siempre verdadera, buena y bella.

  • La conversión. Jesús jamás amenazó ni asustó. Anunció algo cierto y bueno: lo cerca que está el reinado de Dios. No era necesario precisar la fecha exacta de su implantación porque, en la medida en que se advierte, las personas se convierten, se transforman. Vuelven a Dios y mejoran de conducta. Como hizo el hijo pródigo.

Todos deseamos que cambie el mundo, porque no nos gusta lo que vemos, pero somos muy escépticos. Sonreímos sarcásticamente cuando alguien nos anuncia progresos ambiciosos e inminentes. Nos resistimos a creer y no tenemos la menor intención de cambiar nuestros hábitos. Solo nos convierten cuando ocurren.

  • Las llamadas vocacionales. Les sucedió a aquellas dos parejas de hermanos. Jesús se les acercó y los miró. La suya no fue una mirada superficial sino la de quien intuye lo más profundo de la persona: Podían llegar a ser más de lo que eran. No necesitaron apadrinamiento, ni títulos, ni dote… ni informes de idoneidad para ser fichados. ¿Qué les movería a ellos a seguir a Jesús dejándolo todo, incluida familia, casa, profesión y patria? No lo dice expresamente el texto en este momento… Solo después Marcos, y con él los demás evangelistas, aclaran que sus motivaciones iniciales fueron más políticas que otra cosa. Tuvieron que ser purificadas y reconvertidas. Pese a ello, es evidente el poder de contagio de Jesús que les rinde y que después, no antes, les irá convirtiendo pacientemente al Reino.

Juan Carlos Martos cmf