Vísperas – Viernes I de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES I TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: Rm 15, 1-3

Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos cada uno dar satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: «Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí.»

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Bendigamos a Dios, que mira propicio los deseos de los necesitados y a los hambrientos los colma de bienes; digámosle confiados:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Señor, Padre lleno de amor, te pedimos por todos los miembros de la Iglesia que sufren:
— acuérdate que, por ellos, Cristo, cabeza de la Iglesia, ofreció en la cruz el verdadero sacrificio vespertino.

Libra a los encarcelados, ilumina a los que viven en tinieblas, sé la ayuda de las viudas y de los huérfanos,
— y haz que todos nos preocupemos de los que sufren.

Concede a tus hijos al fuerza necesaria,
— para resistir las tentaciones del Maligno.

Acude en nuestro auxilio, Señor, cuando llegue la hora de nuestra muerte:
— para que puedan contemplarte eternamente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Conduce a los difuntos a la luz donde tú habitas,
— para que puedan contemplarte eternamente.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que los que hemos sido aleccionados con los ejemplos de la pasión de tu Hijo estemos siempre dispuestos a cargar con su yugo llevadero y con su carga ligera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

VÍSPERAS

VIERNES I TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: Rm 15, 1-3

Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos cada uno dar satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: «Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí.»

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Bendigamos a Dios, que mira propicio los deseos de los necesitados y a los hambrientos los colma de bienes; digámosle confiados:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Señor, Padre lleno de amor, te pedimos por todos los miembros de la Iglesia que sufren:
— acuérdate que, por ellos, Cristo, cabeza de la Iglesia, ofreció en la cruz el verdadero sacrificio vespertino.

Libra a los encarcelados, ilumina a los que viven en tinieblas, sé la ayuda de las viudas y de los huérfanos,
— y haz que todos nos preocupemos de los que sufren.

Concede a tus hijos al fuerza necesaria,
— para resistir las tentaciones del Maligno.

Acude en nuestro auxilio, Señor, cuando llegue la hora de nuestra muerte:
— para que puedan contemplarte eternamente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Conduce a los difuntos a la luz donde tú habitas,
— para que puedan contemplarte eternamente.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que los que hemos sido aleccionados con los ejemplos de la pasión de tu Hijo estemos siempre dispuestos a cargar con su yugo llevadero y con su carga ligera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes I de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, en este rato de oración quiero que me hagas comprender que nada de lo que tengo es mío. Todo es don, todo es regalo de tu bondad: la vida, la salud, el amor, la gracia. El hombre, todo hombre, no tiene donde reclinar la cabeza, es pura fragilidad. Pero Tú amas mi fragilidad. Enséñame a ser agradecido. En realidad, más que darte gracias, yo debería “ser” un himno constante de acción de gracias.

2.- Lectura sosegada del evangelio: Marcos 2, 1-12

Entró de nuevo en Cafarnaúm; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y él les anunciaba la Palabra. Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?» Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: «Tus pecados te son perdonados», o decir: «Levántate, toma tu camilla y anda?» Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados – dice al paralítico -: «A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»» Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida». 

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

Qué atrayente es la persona de Jesús. Impresionan las palabras del Evangelio: “Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio”Por supuesto que fascinaba su figura, el mirar de sus ojos, el encanto de su voz, pero, ante todo, “sus palabras”. Como diría Santa Teresa, eran “palabras heridoras”. Son como flechas de amor. Los milagros de Jesús son importantes no sólo por lo que son en sí, sino especialmente por lo que “significan”. Detrás de cada milagro hay un “corazón compasivo” lleno de ternura. Lo más importante del milagro del paralítico no es la curación externa sino la interior. El milagro que es algo visible, sirve para profundizar en el milagro invisible del corazón. Jesús no sólo cura la parálisis del cuerpo sino la interior, la parálisis del pecado, raíz de todos los males. Por eso dirá San Agustín: “Son más importantes los milagros que no se ven”. Y sigue: “Para la Iglesia fue mucho más importante la conversión de Pablo que la resurrección de Lázaro”. A veces nos quejamos de que ahora no hay milagros. En el mundo de la ciencia, de la tecnología, tal vez no se vean cosas maravillosas, pero en el mundo de la gracia en el que nos movemos los cristianos, lo que sucede en el corazón de cada uno de nosotros, sólo Dios y nosotros lo sabemos.

Palabra del Papa 

“Jesús podía decir: ‘Yo te perdono. ¡Vete!’, como le ha dicho a aquel paralítico que le habían bajado desde el techo: ‘¡Tus pecados te son perdonados!’ Aquí dice: ‘¡Vete en paz!’ La misericordia va más allá y transforma la vida de una persona de tal manera que el pecado sea dejado de lado. Es como el cielo. Nosotros miramos al cielo, tantas estrellas, tantas estrellas; pero cuando llega el sol, por la mañana, con tanta luz, las estrellas no se ven. Y así es la misericordia de Dios: una gran luz de amor, de ternura. Dios no perdona con un decreto, sino con una caricia, acariciando nuestras heridas del pecado. Porque Él está involucrado en el perdón, está involucrado en nuestra salvación. Y así Jesús hace de confesor: no humilla, no dice ‘Qué has hecho, dime ¿Y cuándo lo has hecho? ¿Y cómo lo has hecho? ¿Y con quién lo has hecho?’ ¡No! ‘Vete, y de ahora en adelante ¡no peques más!’. Es grande la misericordia de Dios. ¡Nos perdona acariciándonos! (Cf. S.S. Francisco, 7 de abril de 2014, homilía en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya comentado. Silencio.

5.-Propósito. Con la mirada del corazón, me fijaré en la cantidad de gracias que Dios me envía a lo largo de todo un día.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Ahora yo le respondo con mi oración.

Sólo Tú puedes devolver a nuestras vidas el estado de gracia. Sólo Tú curas nuestras heridas con el bálsamo de tu amor. ¡Qué afortunados somos, pues no tenemos que quitar tejas de los tejados para encontrarnos contigo y obtener tu perdón! Basta con que nosotros iniciemos el primer paso para encontrarnos con ese Padre maravilloso que ha madrugado más que nosotros y nos toma siempre la delantera.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes I de Tiempo Ordinario

(Mc 2, 1-12)

En todo este capítulo Jesús se enfrenta a los fariseos y maestros de la ley, laicos fanáticos de las leyes judías, que controlaban permanentemente a la gente para ver si las cumplían o no. Los fariseos eran más políticos y los maestros de la ley más estudiosos, pero ambos se sentían perfectos, sabios, separados del resto de la gente.

Hoy sabemos que no todos los fariseos de aquella época eran así, sino que había un grupo fanatizado y muy poderoso que buscaba humillar a Jesús para que la gente no lo admirara tanto.

En este texto los maestros de la Ley critican a Jesús porque perdonó los pecados al paralítico, y recordaban que el perdón sólo puede venir de Dios. Pero Jesús se presenta con el poder de dar el perdón del Padre, y cura al paralítico para dar un signo de la autenticidad de su misión. Porque en aquella época se consideraba que Dios no podía darle poder para hacer milagros a un hombre pecador. Por eso mismo, para evitar que la gente creyera en Jesús, algunos terminaban diciendo que el poder de Jesús venía del demonio (Lc 11, 14-15).

En el paralítico podemos reconocer nuestras propias parálisis, causadas por sentimientos de inferioridad, por cansancios, por egoísmos, por viejas estructuras de nuestra propia vida. Jesús tiene el poder para dinamizar nuestra vida entumecida.

Pero cuando Jesús dice: “Levántate y anda”, está pidiendo al paralítico una decisión personal; ya ha sido tocado por el poder de Dios, que tuvo la iniciativa, pero debe responder con la decisión de iniciar una vida nueva.

Oración:

“Señor, aunque muchas veces busco signos de tu poder, quiero reconocer desde la fe que tú perdonas mis pecados, que tú eres el liberador de las peores esclavitudes de mi vida, que vienen del pecado”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO

 

SALUDO

El amor y la paz de Dios nuestro Padre estén con todos vosotros.

ENTRADA

Pasada la Navidad, comenzamos el tiempo Ordinario, que conlle­va una llamada a todos y cada uno de nosotros; una llamada que es una invitación permanente para que descubramos a Jesús en medio de la vida y para que imitemos su modo de ser y de actuar. Debemos estar abiertos a la Palabra de Dios para que entre en nosotros, en nues­tras comunidades, y haga una auténtica revolución en nuestras vidas.

La Eucaristía que ahora comenzamos, nos ayuda a descubrir esa Palabra a nuestro lado. Sed todos bienvenidos.

ACTO PENITENCIAL

Muchos ídolos, con sus cantos de sirena, intentan apartarnos de la tarea que Dios nos encomienda para construir su Reino. Pidamos per­dón por las ocasiones en que le hemos fallado.

– Tú, que eres fuerza y ayuda permanente para cuantos confían en ti. SENOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos haces partícipes de tu bondad para que vivamos sir­viendo al prójimo. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Tú, que quieres que todos vivamos en paz y en fraternidad. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Danos, Señor, tu gracia y tu perdón, como confiada­mente lo esperamos de ti. Por Jesucristo.

ORACIÓN COLECTA

Dios y Padre nuestro, que en Jesús llenas las aspiraciones más hondas de nuestra vida; haz que siempre tengamos presente su ejemplo de vida, sabiendo que en él aprendemos lo que esperas de nosotros: que seamos siempre fieles en nuestro amor a Ti y a los hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA NARRATIVA

No siempre es fácil reconocer la llamada de Dios; pero quien está dis­puesto a acogerla, como lo estaba Samuel, con un corazón sincero, antes o después acaba por escuchar, reconocer y acoger la Palabra de Dios.

LECTURA APOSTÓLICA

Pablo recuerda a los cristianos de Corinto que su cuerpo está lle­no de dignidad porque es Templo del Espíritu Santo, y por tanto es positivo y bueno. El cuerpo, y con él todo lo material, no es algo para despreciar, sino para dar con él gloria a Dios.

LECTURA EVANGELICA

Juan es capaz de reconocer y señalar a Jesús entre el gentío, un Jesús que es el Cordero de Dios venido a este mundo para mostrarnos el verdadero rostro de Dios como Padre que nos quiere y que desea todo lo mejor para nosotros; tarea de los discípulos es descubrirlo y seguirlo.

ORACION DE LOS FIELES

Presentemos ahora nuestras plegarias al Padre, por nosotros, por la Iglesia y por el mundo entero. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.

1.- Por el papa Francisco, por nuestro obispo y por todos los obispos, por los sacerdotes, por los diáconos, por los religiosos y religiosas, y por todo el pueblo cristiano. OREMOS:

2.- Por todos los que escuchan la voz de Dios y la invitación de Jesús a seguirlo y responden con generosidad. OREMOS:

3.- Por los que sufren por los efectos médicos, psicológicos, económicos y sociales de la pandemia. OREMOS:

4.- Por todos los que son capaces de admirar la obra de Dios creador y reconocer en cada criatura el reflejo de su bondad y sabiduría. OREMOS:

5.- Por los inmigrantes y los refugiados, por todos los que tienen que marchar de su tierra por causa de la guerra o de la pobreza. OREMOS

6.- Por nosotros, y por nuestros familiares y amigos. OREMOS:

Escucha, Padre, nuestra oración, y derrama tu amor sobre el mundo entero. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Por este pan y este vino que serán alimento de vida para noso­tros, ayúdanos, Señor, para que esta celebración eucarística sea expresión de nuestra voluntad decidida y firme de vivir siempre cumpliendo tu voluntad. Por Jesucristo.

PREFACIO

Señor, queremos cantar con nuestra voz a tu grandeza y tu bon­dad, en este día en que, de nuevo, nos convocas para celebrar esta fiesta contigo, como una familia alrededor de la mesa, donde se par­te y se reparte el pan de la fraternidad.

Un día en el que, como siempre, nos invitas a escucharte, a reco­nocerte a nuestro lado en cada persona y en cada acontecimiento, has­ta que todos quedemos llenos de tu amor y de tu luz. Queremos seguir buscándote, en medio de esta noche que es, muchas veces, nuestra vida, y encontrarte cada día para poder proclamar, llenos de gozo, este himno en tu honor: Santo, Santo, Santo…

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

A1 terminar la celebración de la Eucaristía, Señor, te agrade­cemos el amor que nos tienes y te pedimos tu ayuda para que cuanto aquí hemos celebrado, sepamos vivirlo en todos y cada uno de los acontecimientos de nuestra vida. Por Jesucristo.

DESPEDIDA

Ya hemos visto y oído.Pero no consiste en eso sólo. Vivimos para ver, pero también para hacer. Por eso ahora que nuestra asamble eucarírtica  termina, es preciso que nos vayamos dispuestos a hacer realidad la llamada que hemos recibido.

La misa del domingo

Las lecturas de este Domingo plantean el tema de la vocación. Nuestro término “vocación” viene de la palabra latina vocare, que significa llamar. Así pues, cuando hablamos de vocación, hemos de entender que Dios llama a alguien invitándolo a cumplir una determinada misión en el mundo.

En la primera lectura nos encontramos ante el relato de la vocación del profeta Samuel, a quien Dios reiteradamente llama por su nombre mientras duerme. Samuel había sido entregado por su madre a Elí, para servir a Dios. En un principio el joven acude a Elí, pensando que es el anciano sacerdote quien lo llama, hasta que Elí le recomienda responder: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 10). Con esta respuesta Samuel responde a Dios, manifestándole estar dispuesto a hacer lo que Él le pida. Es así que «el Señor llamó a Samuel y él respondió: “Aquí estoy”» (1Sam 3, 4).

También el salmo responsorial habla de la respuesta del convocado a la voz y a los designios de Dios: «Aquí estoy —como está escrito en el libro— para hacer tu voluntad» (Sal 39, 89). En este caso se trataría del Mesías, anunciado por Dios en los libros proféticos. Sería la respuesta de Hijo al Padre eterno, cuando le encomienda llevar a cabo sus designios reconciliadores en el mundo. Su respuesta es de una obediencia ejemplar: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… entonces yo digo: “aquí estoy… para hacer tu voluntad”».

Es al Mesías, el Hijo de Dios hecho Hijo de Mujer (ver Gal 4,4), al que andan buscando dos jóvenes inquietos (Evangelio). Estos jóvenes encarnan la esperanza del pueblo elegido. En efecto, Israel esperaba al Mesías prometido por Dios, y la expectativa de su pronta llegara había crecido desde que Juan Bautista había empezado a predicar a orillas del Jordán: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos». El Bautista, de quien estos dos jóvenes eran discípulos, incluso lo señaló ya presente en la persona de Jesús de Nazaret, que había acudido a él para ser bautizado en el Jordán: «Éste es el Cordero de Dios».

Cordero en arameo se dice talya y se usa tanto para designar a un cordero como también a un siervo o servidor (ver Is 53,7). Con esta designación el Bautista da a entender que Jesús es no sólo el cordero pascual cuyo sacrificio y sangre derramada librará al mundo del peso del pecado y del poder de la muerte (ver Éx 12,1 ss), sino que también es el Siervo de Dios por excelencia, tal como lo presenta Isaías en los “cánticos del siervo” (ver Is 42; 49; 50,4ss; 52,13-53).

Al escuchar a Juan hablar de Jesús de modo sobre, sus dos discípulos se fueron tras Él, siguiéndolo a cierta distancia. En un momento el Señor se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscan?» Ésta es la traducción exacta del griego, cuyo verbo zeteo significa buscar algo con intensidad. El Señor, que conoce los corazones, sabe que lo que mueve a estos dos jóvenes a seguirle es un intenso anhelo de encontrar al Mesías prometido por Dios.

Sorprendidos aquellos jóvenes parecen no responder a la pregunta del Señor y le preguntan a su vez: «¿Donde vives?». Podríamos descubrir en esta pregunta acaso una velada petición para que los lleve a su casa, es decir, para que los acoja en su intimidad, para que les hable de Él, de su doctrina, de su mensaje, de su modo de vida. Aquel «¿donde vives?» no es una manera de evadir la pregunta del Señor ni una mera curiosidad acerca del lugar físico en el que moraba el Señor, sino que equivale más bien a un “muéstranos quien eres, pues queremos conocerte, queremos saber si tú eres Aquel a quien estamos buscando intensamente”.

«Vengan y lo verán», responde el Señor. En otras palabras les dice: “vengan conmigo y les mostraré quién Soy yo”.

El encuentro de aquella tarde debió ser realmente fascinante, muy intenso, pues el impacto que causó en aquellos jóvenes fue tremendo. Por eso luego del encuentro lo primero que hacen es ir corriendo a buscar a Pedro, hermano de uno de ellos, para compartirle su importantísimo descubrimiento: «¡Hemos encontrado al Mesías!» Encontrar a Aquel a quien andaban buscando intensamente, hallar a quien era el motivo de sus esperanzas y expectativas, había llenado sus corazones de un inmenso júbilo que necesitaba difundirse y compartirse inmediatamente, llevando también a otros al encuentro con Aquel que responde a la búsqueda más profunda de todo ser humano, a sus anhelos de salvación y felicidad: «lo llevó a Jesús».

Ese fue el primer encuentro imborrable de Andrés, Juan y Pedro con el Señor.

Si mencionamos a Juan, aunque el evangelista sólo menciona a Andrés y a Pedro, lo más probable es que se trate del mismo evangelista. Son ellos, junto con los demás Apóstoles, quienes escucharán más adelante aquél llamado del Señor, aquel “ven y sígueme” al que también ellos, venciendo sus propios temores y miedos, responderán con un firme y decidido “aquí estoy, Señor; te seguiré a donde vayas; envíame a donde quieras, a anunciar tu Evangelio”.

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Este episodio en la vida de estos dos jóvenes nos habla de una realidad profunda que cada uno de nosotros puede descubrir también en sí mismo: soy un buscador, estoy en una búsqueda incesante. ¿Qué busco? Más allá de todas las búsquedas superficiales, más allá de buscar alcanzar mis metas, ambiciones o aspiraciones personales, busco algo más profundo, busco a quien me ayude a comprenderme, a comprender el sentido de mi existencia, mi identidad, para que respondiendo a aquello que soy pueda llegar a ser feliz. ¡Sí! ¡Quiero ser feliz! Y es por eso que ando en una continua búsqueda para saber quién soy, cuál es el sentido de mi existencia, cuál mi misión en el mundo, cuál mi destino después de mi muerte, y mi corazón estará inquieto mientras no halle la respuesta que está buscando. Cierto que en la vida diaria nos terminamos distrayendo con muchas otras búsquedas, tan superficiales, aunque en el fondo de todas aquellas búsquedas está aquella que mueve consciente o inconscientemente todas las demás.

Muchos, agobiados por sus sufrimientos, experiencias negativas y frustraciones, no esperan ya nada “de la vida” y han abandonado la búsqueda de Aquel que verdaderamente los hará felices. No creen en Dios ni esperan en Él. Procuran “pasarla bien” y “disfrutar el momento” mientras puedan y como puedan, pero en el fondo no hacen más que vivir una amargura e infelicidad creciente, aparentando por fuera que todo va bien. Son personas como éstas las que luego enseñan a sus hijos —como si fuera una verdad incuestionable— que “la felicidad no existe”. ¡Cuántos jóvenes escuchan de labios de sus propios padres que lo único que encontrarán en la vida es a lo más algún momento fugaz de gozo o placer! Son los que han fracasado en su búsqueda quienes quieren imponer a otros su frustración, matando en ellos toda esperanza de hallar la felicidad en sus vidas. Lamentablemente muchos jóvenes asumen ya esa “verdad” y piensan como aquellos que nunca tuvieron el coraje, la osadía y la fiel perseverancia para seguir al Señor para encontrar en Él esa felicidad que todo ser humano necesita encontrar.

Ante tantos que ya no creen en que el ser humano pueda ser feliz, nosotros sostenemos serenamente que «el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia católica, 27). Sí, en Dios y en la comunión con Él y en Él con sus seres amados el ser humano encontrará su plena realización y felicidad.

Por otro lado, frente al fracaso de tantos en esa búsqueda esencial nos alienta el ejemplo y el testimonio de aquellos que habiéndose encontrado con Cristo y siguiéndolo de cerca fielmente han encontrado en Él la fuente de la humana felicidad que tanto andaban buscando. ¡Es a quienes han triunfado, y no a quienes han fracasado, a quienes hay que escuchar y creer, cuyo ejemplo hay que seguir! ¿Cómo no pensar, por ejemplo, en el impactante testimonio y exhortación que el gran Papa Juan Pablo II dirigió a todos, especialmente a los jóvenes, en el mismo lecho de muerte: “¡Soy feliz, séanlo también ustedes!”?

También a ti, que eres un buscador, que eres una buscadora, el Señor —que sabe de tu intensa e incesante búsqueda— te dice hoy: «ven y verás». ¿Tendrás tú la audacia de seguirlo? ¿Tendrás tú el valor de acompañarlo y de permanecer con Él, de seguirlo a donde Él te lleve? Abandonar el seguimiento de Cristo es abandonar la búsqueda de la verdadera felicidad para pasar a llenar esos anhelos de Infinito con sucedáneos que nos frustran cada vez más, con placeres que sólo engañan de momento, con vanidades que camuflan nuestros vacíos, con adrenalinas o drogas que reclaman dosis cada vez más altas. ¡Tengamos el coraje y el valor de buscar saciar los anhelos más profundos de nuestro humano corazón allí donde pocos se atreven! ¡Sigamos con firmeza y confianza al “Cordero de Dios”! ¡Pidámosle, al calor de la oración perseverante, que nos lleve a su casa, a la intimidad de su Corazón!

Que cada día sea para nosotros una ocasión para renovarnos en esa búsqueda intensa, con la plena certeza y confianza de que Él sale al encuentro y se deja hallar por aquellos que lo buscan con sincero corazón: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

Los primeros discípulos

Todo comenzó con un encuentro fortuito
un día cualquiera
a eso de las cuatro de la tarde,
una hora sin programaciones.

Tú pasaste cerca
y alguien les dijo quién eras;
ellos te siguieron sin decir nada,
e, intrigado, les preguntaste:
¿Qué buscáis?;
y te respondieron al estilo gallego:
¿Dónde vives, Rabbí?
Tú seguiste el diálogo diciéndoles:
Venid y lo veréis.
Y en un solo día se enamoraron de ti.

Así comenzó a tejerse el tapiz de tus sueños,
y el de ellos,
y el nuestro,
y el de otros que no sabemos…

Los primeros hilos fueron dos amigos y vecinos
que compartían inquietudes y maestro,
Andrés y Juan Zebedeo;
después, el hermano de uno de ellos, Simón Pedro;
y a continuación, Felipe,
un vecino de todos conocido e inquieto,
que se lo contó a su amigo de siempre,
Natanael, que era recto y bueno
y un poco escéptico,
al cual tú ya le habías echado el ojo
viéndolo ocioso.

Así, con muchos hilos finos y gruesos,
y de colores muy diversos…
hasta llegar a nosotros.

Y gracias a este tejer, en red y gratis,
tu nombre y buena noticia resuenan todavía
en nuestro mundo e historia
como algo que merece la pena y da alegría.

Y nosotros
vamos aprendiendo a ser discípulos tuyos
en esta tierra, día a día, Señor.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes I de Tiempo Ordinario

Hoy la liturgia de la Palabra nos sitúa una vez más ante Jesús, sanador de las enfermedades y dolencias de los hombres y mujeres. Tres aspectos muy llamativos concentran nuestra atención al meditar sobre el relato del evangelio de hoy.

  • La enfermedad de la parálisis. Hay distintos tipos y causas de parálisis físicas. Su resultado es el mismo: la inmovilización. Las piernas no sostienen el peso del cuerpo; las articulaciones quedan inertes, cuelgan sin fuerzas; se pierde destreza al masticar o digerir… Un paralítico es una persona irremediablemente dependiente. Pero hay otra parálisis interior, consecuencia del pecado: cortar la relación con Dios, no amar ni servir a los hermanos, no reaccionar ante la Palabra de Dios, tener inmovilizada la lengua sin poder compartir ni consolar, …
  • La medicina de la fe solidaria. Los dos tipos de parálisis crean dependencia. También los paralíticos espirituales necesitan de alguien que, pacientemente, les conduzca a las fuentes de la salvación. La independencia acrecienta la inmovilidad. Solos no nos valemos por nosotros mismos. Difícilmente un pecador encuentra por sí mismo motivos y fuerzas para desbloquearse. Nadie se salva a sí mismo. Es la solidaridad de los amigos del paralítico, anota el evangelio, lo que lleva a Jesús a actuar “viendo la fe que tenían”. No dice: “viendo sus esfuerzos o su atrevimiento o su creatividad”. Junto con ayuda física, hay fe en el corazón de aquellos cuatro personajes anónimos. La fe siempre es solidaria. Va unida a la caridad. Si no, no es fe. Pero la fe tampoco se reduce a altruismo.
  • La rehabilitación integral. En la actuación de Jesús resalta un nexo entre parálisis y pecado. Antes de sanar la parálisis, Jesús le perdona los pecados para escándalo de los maestros de la ley. Hay una analogía entre las debilidades y enfermedades del cuerpo y las del espíritu, como un misterioso vínculo que los une. A nosotros no nos resulta tan sencillo reconocerlo, tal vez por tener una mirada fragmentaria de la persona humana. Pero si somos un poco observadores no es difícil ver que ciertos elementos corporales tienen una incidencia grande en el espíritu y viceversa: El enfermo deprimido; el obeso acomplejado; el tímido incapaz de articular palabra; el miedoso que no toma decisiones, el descreído sordo a la voz de la verdad; el rico egoísta…

Todos padecemos de algún tipo de parálisis. Todos podemos ayudar a otros que no se valen por sí mismos. Todos debemos dejarnos ayudar. Juntos hemos de acercarnos a Jesús, sanador, por los caminos que sean.

Juan Carlos Martos cmf