Comentario – Domingo II de Tiempo Ordinario

Algunos de los que después se incorporarán al discipulado de Jesús, como Andrés, hermano de Simón, habían sido antes discípulos del Bautista, es decir, habían iniciado el seguimiento de un maestro portador de un mensaje profético y salvífico. Eran personas con inquietud religiosa; cabría decir que naturalmente predispuestas a una posible llamada del Mesías. No es extraño, pues, que cuando Juan, su maestro e introductor en la vida del espíritu, les hace fijar su mirada en el que pasaba delante de ellos y recibía el calificativo de Cordero de Dios, emprendan su seguimiento como imantados por su figura singular.

Cordero de Dios era una denominación de grandes resonancias bíblicas. El cordero pascual, ofrecido en sacrificio, era el signo más elocuente de la Pascua judía, esto es, del paso liberador de Dios por las tierras de la esclavitud (Egipto).

La sangre del cordero degollado, rociando las jambas de las puertas, era la señal que habría de tener en cuenta el ángel exterminador para no sembrar de muerte tales lugares: una especie de salvoconducto para los elegidos de entre los moradores de esa tierra azotada desde algún tiempo atrás por incesantes calamidades (las plagas de Egipto). Decir de un hombre que es el Cordero de Dios era reservarle un papel singular en la historia de las intervenciones salvíficas del mismo Dios: otra manera de calificar al Mesías, que habría de derramar su sangre en sacrificio para beneficio de muchos. También esta sangre habrá de sellar una alianza, la nueva y eterna alianza de Dios con su pueblo.

No sabemos el alcance que aquellos discípulos de Juan concedieron a las palabras de su maestro referidas al todavía desconocido personaje que pasaba por su lado; el caso es que, tras escuchar, estas palabras delatadoras, iniciaron el seguimiento de Jesús. Éste, al ver que lo seguían, se volvió a ellos y les preguntó: ¿Qué buscáis? Porque era evidente que algo buscaban: un sentido para sus vidas, una respuesta a sus interrogantes, una salvación anhelada. Ellos se limitaron a contestarle: Rabí, ¿dónde vives?

En el deseo de conocer su vivienda latía el deseo de conocerle a él. La vivienda es el lugar de la propia intimidad y de la expresividad más espontánea, donde uno no siente la necesidad de simular ni alegrías ni tristezas, el lugar que muestra nuestros propios gustos y preferencias, el lugar al que sólo tienen acceso familiares, amigos e invitados, el lugar del reposo y del proyecto. Conocer este lugar es sin duda conocer en gran medida a sus moradores. Por eso, quizá sea ésta la razón de ser de la pregunta: la necesidad del conocer al que repentinamente se había convertido en objeto de su deseo. Y como Jesús entiende que no le preguntan por una simple dirección, les invita a pisar el suelo de su casa: Venid y lo veréis.

Ellos acogieron la invitación con alegría: Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron él aquel día. La visita se convirtió en estancia y el encuentro “casual” en amistad prolongada. Aquel momento fue para ellos el inicio de una larga e ininterrumpida relación de amistad y discipulado que cambiaría el rumbo de sus vidas.

Pero la cosa no quedó ahí. Andrés, que era hermano de Simón, se dirigió de inmediato a su hermano con esta noticia: Hemos encontrado al Mesías. A Simón le bastó aquel testimonio para dejarse conducir hasta él. El testimonio de una experiencia o encuentro personal venido de personas creíbles suele ser el camino más eficaz para el apostolado. Y es que entonces como ahora estamos más necesitados de testigos que de maestros. Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, porque Cefas, es decir, Pedro será el nombre que identifique su futura misión, la de ser cimiento o piedra basilar de su Iglesia. El nuevo nombre, Pedro, nacía al servicio de la nueva función que habría de desempeñar como pastor de la congregación de los creyentes en Cristo. El que le imponía el nombre era consciente de esta encomienda.

Jesús había respondido a la inquietud (y búsqueda) de aquellos hombres que salieron tras él estimulados por las palabras de su maestro, Juan, con una invitación (venid y lo veréis) a compartir con él su propia experiencia mesiánica. Andrés invita a su hermano a hacer el mismo camino: ven y verás al Mesías encontrado. También Simón Pedro fue, vio, se dejó imponer un nombre nuevo y se quedó, agregándose al número de los discípulos de Jesús.

La incorporación al discipulado acontece por la vía de la invitación (ven) a hacer una experiencia (y verás) que acaba reteniendo al invitado como discípulo junto a su maestro. La invitación entra de lleno en una cadena de transmisión que va de testigo a testigo y que no debe interrumpirse, porque el testimonio, como el agua del río, debe llegar a su desembocadura final o hacia ese último rincón del orbe en el que todavía sea anunciable esta noticia de alcance universal que es el evangelio aportado por el Cristo enviado por Dios como Salvador.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

¿Qué buscamos? ¿Dónde? ¿Cómo?

En aquel tiempo, bastantes años después de la muerte de Jesús, el grupo de seguidores de Juan Bautista seguía creciendo. Con espíritu misionero habían extendido la doctrina de su maestro por muchos lugares. En Éfeso habían bautizado a parte de la población “con el bautismo de Juan”; el de Jesús ni se conocía.

Para muchas comunidades cristianas la situación era preocupante. La figura del Bautista, tras ser decapitado por Herodes, se había ido agrandado, hasta el punto de que en algunas zonas eclipsaba a Jesucristo, muerto y resucitado. ¿Qué podían hacer?

El autor del cuarto evangelio puso su granito de arena. En su relato, dejó a un lado la infancia de Jesús y comenzó su evangelio con un himno muy significativo para las comunidades. En ese himno se afirmaba que el Verbo no solo estaba junto a Dios, sino que era Dios; ese Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Sin embargo, Juan Bautista solo era testigo; él no era la luz, sino que daba testimonio de la luz. Como Isaías, era voz que clamaba en el desierto, pero no era la Palabra hecha carne. No nombró el bautismo de Jesús, ni quiso resaltar la figura del Bautista en ningún lugar de su evangelio, al contrario, Jesús debía crecer, y él debía menguar (Juan 3, 28-30).

El evangelio de este domingo nos presenta un ejemplo de cómo Juan daba testimonio. Cuando ve pasar a Jesús dice: “Este es el Cordero de Dios”. ¿No se saludan? ¿No se produjo un encuentro entre los dos? Lo que importa no es lo que pudo ocurrir, o no, desde el punto de vista histórico, sino el papel de Juan “introduciendo” o presentando la figura de Jesús.

Pero ¿cómo pudo decir esta frase que se formuló muchos años después? Es como si nos dijeran que alguien habló del Covid 19 hace 50 años. Imposible. Llamar a Jesús “Cordero de Dios” es una expresión (confesión de fe) que las comunidades cristianas acuñaron tras la experiencia de Pascua, en un proceso lento y muy elaborado.

El evangelista no nos ha querido engañar. Simplemente ha dejado a un lado la perspectiva histórica para ofrecer una catequesis, un relato de vocación sobre el seguimiento de Jesús.

En este contexto, tiene sentido el texto: los discípulos de Juan le abandonan para buscar algo nuevo junto a Jesús. No importa que le siguieran en ese mismo momento, o no. Esas decisiones repentinas que encontramos varias veces en el Evangelio nos indican (al estilo judío) que es una decisión importante, no necesariamente inmediata.

Es decir, la búsqueda conduce a dos discípulos de Juan hacia Jesús, para convivir con él. Y el “lugar” en el que habita Jesús expresa cómo vive su escala de valores. El evangelio nos recuerda en diferentes pasajes ese “lugar existencial”: era itinerante, no tenía dónde reclinar su cabeza, algunas mujeres le sostenían con sus bienes y estaba rodeado de personas marginadas y pecadoras.  Una vergüenza en su tiempo. ¿Merecía la pena seguir a un Rabí, a un Maestro que vivía de ese modo? Los dos discípulos dan testimonio de que merece la pena seguirle y animar a otras personas a hacerlo.

En otros relatos de vocación, Jesús es el que llama. En este nos muestra la importancia de buscar y experimentar. Nos invita a aguzar el oído y mirar atentamente. A tomar en serio nuestras búsquedas, fuera de nosotr@s y en nuestro interior. A leer los signos de los tiempos, como brújulas que nos orientan. A buscar como zahoríes los manantiales de agua viva que brotan en nuestras entrañas.

Nos habla de la hora undécima, quizá se refiere a las cuatro de la tarde, cuando el día ya declinaba y era hora de recogerse y volver al hogar. No olvidemos que el día empezaba al amanecer, con la salida del sol. Los dos discípulos reconocen que ese día ha merecido la pena ¡porque han encontrado a Cristo, al Mesías! La experiencia les ha dejado una huella tan honda que no quieren olvidar esa hora, ese Kairós.

¿Qué horas recordamos? ¿Las de los partos? ¿Las de algunos encuentros inolvidables? ¿La de la muerte de algún ser querido? Cada encuentro con Jesús “deja una huella en nuestro tiempo”, nos marca un antes y un después… A menos que pasemos superficialmente por esos encuentros o a carrera limpia. Y cada encuentro con Jesús hace más denso y comprometido el encuentro con cada hermano y hermana.

Era habitual en las primeras comunidades que el bautismo llevara aparejado un cambio de nombre, sobre todo cuando dejaban a un lado un nombre pagano y asumían el de alguien que había muerto como mártir de la fe. El evangelista nos dice que el encuentro entre Jesús y Pedro fue tan hondo que le cambió la identidad, fue como un segundo nacimiento. Aunque ese cambio lo fuera experimentando a lo largo de los años. Algo similar ocurre en las experiencias de enamoramiento, cuando alguien dice: “Desde que conocí a…, mi vida cambió totalmente”.

Hoy podemos preguntarnos: ¿Con qué nombre o título presentamos o anunciamos a Jesús? ¿Cómo experimentamos su mirada? ¿La sostenemos o la rechazamos? ¿Cómo miramos al mundo, con la mirada de Jesús? ¿Qué nombre nuevo recibimos? ¿Cómo expresa ese nombre nuestra misión, en un mundo injusto y desigual? ¿Cómo y con quién compartimos lo que encontramos, la perla preciosa?

Marifé Ramos

I Vísperas – Domingo II de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Luz que te entregas!
¡Luz que te niegas!
A tu busca va el pueblo de noche:
alumbra su senda.

Dios de la luz, presencia ardiente
sin meridiano ni frontera:
vuelves la noche mediodía,
ciegas al sol con tu derecha.

Como columna de la aurora,
iba en la noche tu grandeza;
te vio el desierto, y destellaron
luz de tu gloria las arenas.

Cerró la noche sobre Egipto
como cilicio de tinieblas,
para tu pueblo amanecías
bajo los techos de las tiendas.

Eres la luz, pero en tu rayo
lanzas el día o la tiniebla;
ciegas los ojos del soberbio,
curas al pobre su ceguera.

Cristo Jesús, tú que trajiste
fuego a la entraña de la tierra,
guarda encendida nuestra lámpara
hasta la aurora de tu vuelta. Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Aleluya.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Aleluya.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: Col 1, 2b-6b

Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre. En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos. Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos, que ya conocisteis cuando llegó hasta vosotros por primera vez el Evangelio, la palabra, el mensaje de la verdad. Éste se sigue propagando y va dando fruto en el mundo entero, como ha ocurrido entre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Fueron los discípulos, vieron donde vivía Jesús y se quedaron con él aquel día.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Fueron los discípulos, vieron donde vivía Jesús y se quedaron con él aquel día.

PRECES
Demos gracias al Señor, que ayuda y protege al pueblo que se ha escogido como heredad, y, recordando su amor para con nosotros, supliquémosle, diciendo:

Escúchanos, Señor, que confiamos en ti.

Padre lleno de amor, te pedimos por el Papa, y por nuestro obispo:
— protégelos con tu fuerza y santifícalos con tu gracia.

Que los enfermos vean en sus dolores una participación de la pasión de tu Hijo,
— para que así tengan también parte en su consuelo.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Dígnate dar y conservar los frutos de la tierra,
— para que a nadie falte el pan de cada día

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten, Señor, piedad de los difuntos
— y ábreles la puerta de tu mansión eterna.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado I de Tiempo Ordinario

1.-Introducción.

Señor, tu llamada, el hecho tan sencillo e inmenso de que te hayas fijado en mí y me hayas elegido, ha sido lo más bonito que ha ocurrido en mi vida. Hoy necesito encontrarme contigo para darte gracias. No sólo acepto tu llamada, la agradezco y la celebro cada día. Y con el salmista, te digo: “Me ha tocado un lote hermoso. Me encanta mi heredad”. (Salmo 16) En este nuevo año no sólo quiero escuchar tu Palabra sino hacerla vidaen mí.  Para eso necesito tu gracia.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 2, 13-17

Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Al ver los escribas de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Qué? ¿Es que come con los publicanos y pecadores?» Al oír esto Jesús, les dice: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión.

El caso de Mateo es especial. Él era un pecador, un  hombre de negocios y de “negocios sucios”. Se dedicaba al cobro de los impuestos que Roma les imponía y sabemos que los encargados, cobraban al pueblo más de lo que Roma les exigía. A éstos se les denominaba “publicanos” es decir, “pecadores públicos”. Pero, a Jesús no le importa nunca el pasado de las personas sino el futuro. No le interesa lo que uno ha sido, sino lo que puede ser. “Vio a Levi” Los demás veían al pecador, al ladrón, al corrupto. Pero Jesús miró al hombre, a la persona. Y lo miró con amor. Desde ese momento todo ya es posible. Hasta es posible convertir a un “corrupto” en  “apóstol”. Mateo, agradecido, quiere celebrar este acontecimiento y le invita a comer en su casa. La vocación no sólo se acepta sino que se agradece y se celebra. Los de mirada corta, aquellos que creen que son más importantes las leyes que el amor, se escandalizan. A Jesús le importan poco los escándalos de los fariseos. A Jesús le interesa recalcar que, cuando se obra con amor, se cumplen todas las leyes y, sin amor, no se puede cumplir ninguna ley cristiana.

Palabra del Papa.

“Después de mirarlo con misericordia, el Señor le dijo a Mateo: «Sígueme». Y Mateo se levantó y lo siguió. Después de la mirada, la palabra. Tras el amor, la misión. Mateo ya no es el mismo; interiormente ha cambiado. El encuentro con Jesús, con su amor misericordioso, lo transformó. Y allá atrás quedó el banco de los impuestos, el dinero, su exclusión. Antes él esperaba sentado para recaudar, para sacarle a los otros, ahora con Jesús tiene que levantarse para dar, para entregar, para entregarse a los demás. Jesús lo miró y Mateo encontró la alegría en el servicio. Para Mateo, y para todo el que sintió la mirada de Jesús, sus conciudadanos no son aquellos a los que «se vive», se usa, se abusa. La mirada de Jesús genera una actividad misionera, de servicio, de entrega. Sus conciudadanos son aquellos a quien Él sirve. Su amor cura nuestras miopías y nos estimula a mirar más allá, a no quedarnos en las apariencias o en lo políticamente correcto. Jesús va delante, nos precede, abre el camino y nos invita a seguirlo. Nos invita a ir lentamente superando nuestros preconceptos, nuestras resistencias al cambio de los demás e incluso de nosotros mismos. Nos desafía día a día con una pregunta: ¿Crees? ¿Crees que es posible que un recaudador se transforme en servidor? ¿Crees que es posible que un traidor se vuelva un amigo? ¿Crees que es posible que el hijo de un carpintero sea el Hijo de Dios? Su mirada transforma nuestras miradas, su corazón transforma nuestro corazón. Dios es Padre que busca la salvación de todos sus hijos. Dejémonos mirar por el Señor en la oración, en la Eucaristía, en la Confesión, en nuestros hermanos, especialmente en aquellos que se sienten dejados, más solos. Y aprendamos a mirar como Él nos mira.» (Homilía de S.S. Francisco, 21 de septiembre de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya comentada. (Silencio)

5.-Propósito: Todo lo que haga en este día lo haré por amor.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, Mateo al ser llamado por ti, no tenía en su haber más que una vida rota y pecadora. Tú no sólo te limitaste a cambiar su vida para que pudiera  ser un buen cristiano, sino que lo elegiste para ser tu apóstol. Gracias, Señor, porque no tienes prejuicios, gracias porque no haces caso de las habladurías de la gente, gracias porque a todos ofreces oportunidades. Gracias por ser como eres.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Un camino

1.- Con la festividad del Bautismo del Señor, despegábamos hacia este tiempo ordinario para conocer, a través de ese universo impresionante del evangelio, la vida pública de Jesús. Día tras día, domingo tras domingo –y hasta el momento en el que iniciemos la Santa Cuaresma- nos iremos acercando a la persona de Jesús como discípulos que le siguen, como amigos que le quieren y como adoradores que disfrutan estando con Dios.

–Un camino nos espera, lleno de plenitud y de gestos, de ternura y de anuncio, de denuncia y de aspectos sorprendentes.

–Un camino en el que nos anima la iglesia

–Un camino que nos lleva al encuentro con Cristo

–Un camino que nos conduce hacia dentro de nosotros mismos

–Un camino que por el que se aventuran y se arriesgan los que creen y esperan en Jesús

–Un camino por el que, Cristo, va realizando llamadas y compromisos, milagros y curaciones. Despertando fe y esperanzas.

2.- Como Samuel, un año más, digamos: ¡Aquí estoy, Señor! Queremos reconocerle en medio de tanto mensaje que nos impide escuchar con nitidez su voz. Queremos identificarle aún estando repletos de imágenes que bloquean las retinas de nuestros ojos.

El Señor, con denominación de origen en el Jordán, nos llama. Nos hace sus discípulos. Quiere contar con nosotros.

El domingo pasado, con el certificado que bajaba del cielo sobre la persona de Jesús, también nosotros nos interpelábamos sobre nuestro bautismo. Entre otras cosas, ser bautizado, implica ser discípulo de Jesús. ¿Lo somos? ¿Hemos descubierto la alegría de ser y estar bautizados?

El Señor, además de llenarnos con la fuerza de su Espíritu, espera que nuestra fe –lejos de dormirse- esté bien dispuesta para conocerle, seguirle e interesarse por el cómo y dónde vive.

3.- Los domingos, cuando participamos en la Eucaristía, no es un venir por cumplir el expediente. Nuestra asistencia es un “vivir con Jesús”. Disfrutar de este momento con la serenidad que produce la Palabra de Dios. Con la fortaleza que aporta el comulgar. Con la paz que ofrece la presencia de Jesús en el altar.

El conocimiento de Jesús no viene precisamente por la “acumulación” de misas sino por el saber estar con El a través de la oración, del silencio, de la contemplación. Una asignatura que tenemos pendiente es precisamente la experiencia profunda de Jesús; el vivir con El y que no se nos haga insoportable esa vivencia; el estar con El y el que no resulte aburrida esa estancia; el hablar con El y no tener la sensación de que estamos haciendo algo absurdo.

4.- Los discípulos interrogaban: ¿dónde vives, Señor? ¿Qué hemos hecho hoy cuando hemos entrado a esta iglesia? ¿Hemos preguntado algo al Señor de la cruz? ¿Hemos dirigido nuestros ojos al sagrario? ¿Hemos abierto nuestros oídos a la Palabra de Dios? ¿Seríamos capaces, ahora, de recordar algo de las lecturas proclamadas?

“Venid y lo veréis.” Todos los domingos, el Señor, nos retira a este lugar donde se rejuvenece nuestro corazón, se abren nuestras manos y se fortalece nuestra experiencia interna de Dios.

Hemos dejado fuera muchos ruidos, preocupaciones, deudas, familiares, estrés, y problemas. Dejemos, por lo menos un espacio para Dios, y le digamos: aquí estoy para hacer tu voluntad. El hará lo demás.

5.- Y si me lo permitís voy a terminar con la siguiente anécdota:

No hace mucho tiempo un niño iba de la mano de sus padres cuando, al pasar por una iglesia de una gran ciudad, les preguntó: “Papás; ¿Qué hay allí adentro?”. A lo que su padre respondió: “Nada, hijo mío; allí dentro no hay nada”.

Hemos de recuperar, entre otras cosas, espacios que nos aseguran una cierta paz y un ambiente para el silencio y la reflexión. Ya, algunos de los que conviven junto a nosotros, hace tiempo que perdieron la noción de que el Señor vive, por supuesto en el prójimo de cada día, pero también nos espera en la comunidad, en la iglesia, en la eucaristía o en la proclamación de la Palabra.

Javier Leoz

Comentario – Sábado I de Tiempo Ordinario

(Mc 2, 13-17)

Levi (Mateo) era un recaudador de impuestos cuando Jesús lo llamó. Los recaudadores de impuestos eran muy mal vistos porque cobraban impuestos para el imperio romano y tenían mucho trato con los romanos, que eran paganos y pecadores.

En la época de Jesús las autoridades religiosas habían acentuado mucho el desprecio por todo lo que no fuera judío, y se consideraba impuro y detestable todo lo que fuera pagano o tuviera contacto cercano con los paganos.

Sin embargo, Leví, que trabajaba para los paganos, y por lo tanto era considerado un hombre impuro y despreciable, fue capaz de dejar ese tipo de vida escuchando el “sígueme” de Jesús.

Los fariseos protestaban, profundamente indignados porque Jesús compartía la mesa con ese tipo de gente, pero Jesús aprovecha para presentarse como el médico que no ha venido a buscar a los santos sino a los enfermos por el pecado; son los pecadores los que lo necesitan y con ellos quiere compartir su vida.

Luego Jesús se cansará de los reproches permanentes de los fariseos envidiosos, de la cerrazón de sus corazones egoístas, y terminará mostrando que los pecados de soberbia y de crueldad sin misericordia de los fariseos, son los más detestables a los ojos de Dios (Mt 23, 13-35), mucho más que los pecados que ellos denunciaban sin piedad.

Oración:

“Señor, ayúdame a mirar a los demás con tus ojos de misericordia y compasión, a estar cerca de todos, o como San Pablo, hacerme débil con los débiles para ganar a los débiles (cf. 1Cor 9, 22). Y concédeme reconocer mis propios pecados para no sentirme más santo que nadie”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La cruz y la gloria

1.- “El Señor llamó a Samuel y él respondió: Aquí estoy…” (1 S 3, 4) Samuel vivía en el templo de Jerusalén. Su madre, Ana, era estéril y, a fuerza de oraciones y lágrimas, había conseguido de Dios tener hijos. Y ella, agradecida, había consagrado a Dios a Samuel, el primogénito… Y una noche Dios llamó a Samuel. El niño despierta al oír su nombre y acude a la habitación de Helí, el sacerdote y le dice: “Heme aquí, pues me has llamado”. “No te he llamado –responde el anciano–, vuelve a acostarte, hijo mío”. Pero Dios sigue llamando segunda y tercera vez. Hasta ser escuchado. Y es que Dios es un Padre providente y bueno que se preocupa de sus hijos, que tiene un proyecto maravilloso para cada uno de ellos. Y los llama para que sigan el camino concreto que él ha soñado con cariño desde toda la eternidad.

La voz de Dios resuena también en la noche de tu vida. De mil maneras te puede llegar el deseo de Dios sobre ti. Un pensamiento que te hiere en el alma, un acontecimiento que te conmueve, unas palabras que te afectan, un ejemplo que te arrastra. Cualquier cosa es buena para hacer vibrar en nuestro espíritu la voz de Dios. Puedes estar seguro, él hablará. Te seguirá hablando al corazón, esperando tu respuesta.

“¡Samuel, Samuel! Él respondió: Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 S 3, 10) Dios nos conoce por nuestro nombre propio. Para la sociedad, para el Estado, somos unos números, una sigla que ocupa un lugar determinado en unos ficheros metálicos y fríos, en un “disco duro”. Pero Dios, no. Él nos lleva “escritos en sus manos”, muy metidos en su inmenso y tierno corazón… Samuel, el pequeño primogénito de la que fue estéril, responde: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Actitud de entrega sin condiciones, de docilidad total. Consciente de que lo que Dios diga, es, sin duda alguna, lo mejor.

Ponte a la escucha. Dios no se ha vuelto mudo. No habla tan bajo que se haga difícil entenderle. Siendo lo mejor para ti y amándote el Señor como te ama, no puede ser tan arduo el conocer cuál es su voluntad. Lo que ocurre es que somos torpes, tremendamente torpes. Y no comprendemos la voluntad de Dios, tan contraria a veces a la nuestra. Y nos empeñamos en seguir nuestro propio camino, el que nuestra imaginación de niño tonto ha escogido. Hay que rectificar y recorrer la ruta que el Señor nos indica. Sin importarnos para nada el sendero, en apariencia cuesta arriba, que Dios nos marque.

2.- “Yo esperaba con ansia al Señor…” (Sal 39, 2)Hay momentos en los que se percibe con claridad meridiana que la ayuda que los hombres puedan prestar vale bien poco, instantes en los que uno se da cuenta de la mentira de las palabras humanas, de la falsedad de esas promesas risueñas que tarde, mal y nunca, serán una realidad. Momentos en los que uno entiende que sólo Dios es fuerte, sólo él dice siempre la verdad, sólo él no nos puede fallar, sólo él hace más cortas las palabras prometedoras que los beneficios concedidos.

Con el salmista, el poeta y trovador de Dios, podemos entonces decir que hemos esperado en el Señor, con una gran confianza. Y que él se ha inclinado hasta nosotros y ha escuchado nuestro angustiado clamor, sacándonos de la fosa mortal, del fango cenagoso… Sí, tú también, si has recurrido confiado al Señor, te sentirás firme y seguro, apoyado en la roca, capaz de caminar con pasos decididos y alegres.

Puso en mi boca un cántico nuevo, un himno de gozo que canta la grandeza y el amor de Dios. Dichoso mil veces el hombre que pone en el Señor su esperanza, el que no se confía a los poderosos y arrogantes, esos de palabras largas y realidades cortas… Cuántos son, Señor, los beneficios que nos concediste, qué abundantes tus maravillas, qué consoladores tus planes. Qué cierto es que tu bondad excede con mucho a todo posible cálculo.

“Tú no quieres sacrificios ni ofrendas…” (Sal 39, 7) Pero las palabras no bastan. Y esos sentimientos de gratitud y de gozo, que nos embargan al contemplar la grandeza de Dios, han de traducirse en obras concretas; nuestro agradecimiento y nuestro gozo al sentirnos queridos de Dios, ha de cuajar en una vida concorde con lo que el Señor nos indica como voluntad suya; conscientes de que, además, el único que sale ganando es uno mismo, ya que Dios lo tiene todo y nada necesita, mientras que tú y yo nada tenemos y todo lo necesitamos.

Mucha gente cree, y ha creído siempre, que a Dios se le tiene contento con el ofrecimiento de un determinado sacrificio, con la promesa de algo que más o menos nos pueda costar. Todo eso puede, en determinados casos, tener un valor e incluso puede ser conveniente; pero la realidad es que Dios quiere de nosotros otra cosa, nos quiere a nosotros mismos.

“Sacrificios y ofrendas no querías -dice nuestro salmo-, mas me abriste el oído; no pedías holocaustos ni víctimas por el pecado, entonces dije: Heme aquí que vengo para hacer tu voluntad. Eso es lo que me deleita, pues tu ley está muy dentro de mi alma…”. No nos engañemos, tenemos que amar mucho al Señor, hay que sentirse profundamente agradecido; pero todo eso no puede quedar sólo en palabras. Y es que como dice el refrán, y dice bien, obras son amores y no buenas razones.

3.- “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros del Cuerpo de Cristo?” (1 Co 6, 15) Hubo en la historia quienes despreciaban de tal modo lo material, que consideraban el cuerpo humano como algo malo de por sí. Algunos llegaron a decir que el cuerpo de Cristo era tan sólo aparente, una especie de fantasmagoría para hacer visible lo que estaba oculto… Para el cristiano el cuerpo humano no es una cosa mala. Todo lo contrario, es algo bueno. Incluso algo muy bueno. San Pablo nos dice que ese cuerpo nuestro es un miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Y más adelante afirmará categóricamente que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo.

Esa es la razón fundamental que determina la visión cristiana del cuerpo humano. Visión que implica respeto, cuidado, estima. Respeto para no utilizarlo como instrumento de pecado. Cuidado para mantenerlo siempre en forma para la función que ha de cumplir. Estima para no exponerlo sin un grave motivo a ningún riesgo que pueda mermar su fuerza.

“Glorificad, pues, a Dios en vuestros cuerpos ” (1 Co 6, 20) El cuerpo es un don que Dios nos ha entregado para poder vivir nuestra vida de hombres. El cuerpo humano es una de las grandes maravillas que han brotado de las manos del Creador Nunca lograremos los hombres construir algo parecido. Muchos de los grandes inventos de los humanos no son otra cosa que una copia, mal conseguida, de esos prodigios que constituyen el cuerpo humano.

Ese cuerpo es el instrumento que Dios ha confiado al hombre, para que pueda cumplir su misión en la tierra. Misión que, en último término, se reduce a glorificar a Dios. Para eso tenemos los sentidos, para que al oír, al ver, al tocar, al gustar todo lo bueno y lo bello que tiene la vida nos mostremos agradecidos, felices de tener un Dios que ha sabido darnos un cuerpo tan maravilloso.

Y esto siempre. También cuando ese cuerpo falle, cuando no esté completo, cuando nos duela. Porque siempre, mientras estemos con vida, nos quedará la posibilidad de mirar -aun estando ciegos- con amor y esperanza a nuestro buen Padre Dios.

4.- “Este es el Cordero de Dios” (Jn 1, 36) Siempre hubo líderes entre los hombres, siempre existieron caudillos, jefes natos, maestros con autoridad que supieron convencer y arrastrar a otros tras de sí. Sin embargo, en determinadas épocas el liderazgo se hizo más frecuente. Quizá porque entonces había más necesidad de ello, de alguien que guiara y liberara al pueblo de la opresión.

En tiempo de Jesucristo hubo muchos que pretendieron erigirse en guías salvadores del pueblo, según nos refiere Gamaliel en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Fueron hombres que, aprovechando la situación de desamparo y desconcierto que había en el pueblo, se presentaban como Mesías redentores, capaces de liberar a la gente de las cadenas del imperio romano que les subyugaba.

Me da pena esta gente –dijo Jesús– porque están abatidos y descaminados, como ovejas sin pastor. Y llevado por su inmensa compasión, Cristo se puso al frente de su pueblo, como supremo Pastor que no huiría ante el peligro como hicieron, y hacen siempre, los pastores malos, los mercenarios. El Buen Pastor, en cambio, no busca su propio provecho sino el de sus ovejas, a las que conoce una a una y las llama por su nombre, a las que ama hasta entregarles su vida misma.

Apenas aparece Jesús por las riberas del Jordán, el Bautista le señala sin titubeos: Este es el Cordero de Dios. Ante sus palabras algunos de sus discípulos van tras el nuevo Rabí. La impresión del primer encuentro fue tan profunda, que dejan al antiguo Maestro y siguen a Jesús el Nazareno.

Respecto al título de Cordero de Dios, es cierto que, a primera vista, puede parecer un tanto extraño, impropio incluso de quien es el líder supremo, el más excelso rey y condotiero de la Historia. Sin embargo, es un título que en aquel tiempo tenía un sentido que implicaba realeza y poderío. Así, en efecto, lo refleja la literatura apocalíptica de aquella época, como se puede ver claramente en el Apocalipsis, el último libro de la Biblia.

Ese título cristológico está, además, relacionado con el cordero pascual con cuya sangre, según el libro del Éxodo, fueron señalados los dinteles de las casas israelitas, librando así de la muerte a sus moradores, cuando el ángel exterminador pasó ejecutando el castigo de Yahvé. Por otra parte esa figura deriva de los poemas de Isaías sobre el Siervo paciente de Yahvé, que marcha al sacrificio sin protestar, lo mismo que un cordero hacia el matadero. De esa forma aparece el Siervo paciente de Yahvé, que con su muerte redime al pueblo y es constituido como Rey de Israel y de todo el Orbe… En efecto, Jesús llega por el camino de la Cruz hasta la cumbre de la Gloria. Con la huella indeleble de sus pisadas marca el itinerario, costoso y alegre a la vez, que hemos de recorrer cuantos creemos y esperamos en él, cuantos le amamos sobre todas las cosas.

Antonio García Moreno

Habla, Señor, que tu siervo escucha

1.- Decimos que la vocación es la respuesta a una llamada que el hombre recibe de parte de Dios. Quien toma la iniciativa es el que llama, el Señor. Esto se observa claramente en la primera lectura donde el “convocado” es un adolescente inexperto que vive en una época en que “era rara la palabra de Yahvé”. Dios se fijó en un muchacho, no en el sacerdote Elí, porque Dios prefiere a los pequeños tal como había cantado Ana, madre de Samuel.

La llamada es pura gracia, don que Dios da. El se fija en ti y te llama por tu nombre como a Samuel. Te está diciendo primero que te ama; después, que cuenta contigo; al fin, pide tu colaboración para que trabajes por el Reino, que ayudes al hermano necesitado, que compartas el dolor del que está enfermo o excluido, que seas instrumento de paz, que hagas de tu profesión un servicio, que proclames con tu vida la Buena Noticia e incluso que lo dejes todo por El. Es hermoso saber que Dios “te ha soñado” desde el principio de una manera, que espera mucho de ti, pero que respeta tu libertad. El sólo quiere que seas feliz haciendo felices a los demás.

Dios no llama sólo una vez en la vida. Su llamada se mantiene a lo largo de toda tu vida. Te puede llamar también a través de los hermanos. Son las mediaciones que Dios utiliza para darnos a conocer su sueño. Hay vocaciones que han nacido y se han desarrollado a la luz de la realidad que nos interpela y del ejemplo de personas cercanas cuya vida “nos edifica”. Ese, al menos, fue mi caso. Pero sólo oye la voz aquel que está atento, o que busca como los dos discípulos. Es entonces cuando Dios te dice “Ven y verás”. Ellos fueron y vieron donde vivía y se quedaron con él. Fueron unos privilegiados. San Agustín sospecha que la experiencia tuvo que ser maravillosa: “¡Qué día tan feliz y qué noche deliciosa pasaron!, ¿quién podrá decirnos lo que oyeron de boca del Señor? Edifiquemos y levantemos también nosotros una casa en nuestro corazón a donde venga él a hablar con nosotros y a enseñarnos”.

2.- Tras la llamada hay un discernimiento para aclarar mejor por dónde tenemos que ir. No es fácil, por eso necesitamos como Samuel alguien que nos acompañe. Samuel fue a ver a Elí. Los dos discípulos acudieron a Juan, que les mostró a Jesús “que pasaba”. El paso de Jesús por nuestra propia historia personal no es fácil de apreciar. Muchos como Herodes y el joven rico también se cruzaron con él, pero no fueron capaces de escucharle y de seguirle.

Hoy decimos que hay menos vocaciones para la vida religiosa o el sacerdocio. Yo creo que Dios sigue llamando, pero no sabemos escucharle porque hay mucho ruido a nuestro alrededor. Todo lo relacionado con la vocación necesita de mucha oración, reflexión y consejo. No siempre percibimos la Palabra con claridad. En toda vocación hay mucho de búsqueda, pero en muchas ocasiones Dios nos da la luz a través de experiencias y de personas que nos iluminan.

3.- Una vez que sentimos con cierta seguridad que Dios nos llama entra en juego la respuesta por parte del hombre/mujer. Las respuestas de Samuel y de los dos discípulos fueron modélicas: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”, “Fueron, vieron y se quedaron”.

¡Qué generosidad y que amor demostraron! No sabían bien lo que implicaba su decisión, pero se han dejado seducir, se han enamorado de Dios. Andrés, uno de los discípulos comunica su alegría a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” y lo llevó a Jesús.

La felicidad que da el sentir la gracia de la llamada y el vivir de cerca la experiencia de Jesucristo te lleva a comunicarlo. Nosotros, que seguimos a Jesús, también debemos mostrarlo a los demás, debemos ser “andreses”. No tengamos miedo el Señor nos dará a conocer la misión que nos encomienda, como a Pedro, y nos dará la fuerza para realizarla.

José María Martín OSA

¿Qué buscáis?

1. Jesús comienza su actividad pública. Antes de este comienzo es bautizado por Juan en el Jordán. Después, Jesús irá llamando, poco a poco, a sus discípulos para encomendarles una misión. Ser continuadores de su tarea después de la ascensión a los cielos.

Hoy sigue teniendo radical actualidad la pregunta de Cristo, tal y como la expresa el evangelio de san Juan: “¿Que buscáis?”.

El hombre de cualquier tiempo de la historia se define por sus búsquedas. También el hombre de hoy. Y en esta permanente búsqueda, jamás satisfecha del todo, estriba la grandeza y la dignidad del hombre. Cuanto el hombre ha construido de digno tiene en su arranque una voluntad de búsqueda, y la cultura, el arte, la filosofía, la política, la economía, el amor… responden a numerosos interrogantes que el hombre se formula en los más variados terrenos.

2. El problema del hombre no consiste en buscar, sino en acertar qué debe buscar, cómo debe buscar, en dónde debe buscar. Hay preguntas irrelevantes en la vida humana y, en consecuencia, las respuestas resultas insignificantes. Hay preguntas que reclaman sostenido esfuerzo de búsqueda, y por ello, las respuestas no pueden ser inmediatas.

Hay esfinges que no responden; hay charlatanes que contestan sobre lo que desconocen; hay excesivos ruidos y clamores que no permiten escuchar las respuestas válidas… La búsqueda del hombre apunta, sea o no consciente el hombre de ello, hacia una plenitud de liberación, y en tanto no se le brinde respuesta satisfactoria a su permanente peregrinar investigador, el hombre se sentirá frustrado o acabara por elegir respuestas sin contenido válido.

3. El fenómeno religioso, como dimensión radicalmente humana, se sitúa en un complejo juego de preguntas humanas y de respuestas divinas; o , mejor, el hombre es búsqueda porque, desde lo mas intimo e interior del hombre, Dios se le esta ofreciendo inesquivablemente como respuesta y plenitud.

Al Cristo que interroga: ¿”Que buscáis?”, le precede el Dios de Jesús que, previamente está como ya diciendo “Venid y veréis”. Aquí se centra la originalidad del Dios revelado en Jesús. Para el creyente en Jesús, el hombre es lo que es ––como búsqueda, como saeta disparada hacia una diana, como sed de eternidad, de santidad y de verdad–– porque Dios ha tenido la iniciativa de proponer a todo hombre un destino de liberación y plenitud que llamamos salvación. La constante histórica del hecho religioso a través de las generaciones y bajo todos los cielos sólo resulta explicable desde la afirmación evangélica de que Dios llama a todo hombre a su salvación. Sin esta clave, el hombre resulta absurdo y contradictorio; y la angustia seria, en definitiva, la situación propia ––y estéril–– del hombre y de todos sus empeños.

4. Esta dimensión religiosa del hombre se vicia y desnutre cuando la búsqueda humana se equivoca sobre el objetivo que ha de perseguir, sobre la tensión con que ha de de buscar o sobre las realidades y las personas que pueden ofrecer respuestas satisfactorias. Mas se desnutre aún cuando el hombre renuncia, consciente o inconscientemente, a su definición de perpetuo buscador.

La actitud del joven Samuel ––que nos evoca la primera lectura bíblica de hoy–– debe definir al creyente… “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Sin esta postura interior de dejarse penetrar por la Palabra de Dios, el hombre dimite de su vocación o acaba por encontrar únicamente respuestas banales.

Esta respuesta de Samuel es vista desde el Nuevo Testamento como la mediación eclesial de la llamada de Dios. El Dios que llama confía en esta mediación.

5. San Pablo en su carta a los cristianos de Corinto, apunta por donde discurre la Palabra que Dios dirige al hombre. Se trata en definitiva, de una palabra que, entre otros varios capítulos, comprende uno de capital importancia: No es lícito explotar al hombre ni en su dimensión terrena ni en su dimensión espiritual. a nadie le está permitido mercar con el hombre, con su dignidad, con su libertad, con su igualdad de derechos y deberes, con su vida. Y esto, sencilla e impresionantemente, porque el hombre está muy por encima de todo bien terreno. Dice el Apóstol: “No os poseéis en propiedad porque Dios os ha comprado pagando un precio por vosotros”.

Antonio Díaz Tortajada