La cruz y la gloria

1.- «El Señor llamó a Samuel y él respondió: Aquí estoy…» (1 S 3, 4) Samuel vivía en el templo de Jerusalén. Su madre, Ana, era estéril y, a fuerza de oraciones y lágrimas, había conseguido de Dios tener hijos. Y ella, agradecida, había consagrado a Dios a Samuel, el primogénito… Y una noche Dios llamó a Samuel. El niño despierta al oír su nombre y acude a la habitación de Helí, el sacerdote y le dice: «Heme aquí, pues me has llamado». «No te he llamado –responde el anciano–, vuelve a acostarte, hijo mío». Pero Dios sigue llamando segunda y tercera vez. Hasta ser escuchado. Y es que Dios es un Padre providente y bueno que se preocupa de sus hijos, que tiene un proyecto maravilloso para cada uno de ellos. Y los llama para que sigan el camino concreto que él ha soñado con cariño desde toda la eternidad.

La voz de Dios resuena también en la noche de tu vida. De mil maneras te puede llegar el deseo de Dios sobre ti. Un pensamiento que te hiere en el alma, un acontecimiento que te conmueve, unas palabras que te afectan, un ejemplo que te arrastra. Cualquier cosa es buena para hacer vibrar en nuestro espíritu la voz de Dios. Puedes estar seguro, él hablará. Te seguirá hablando al corazón, esperando tu respuesta.

“¡Samuel, Samuel! Él respondió: Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 S 3, 10) Dios nos conoce por nuestro nombre propio. Para la sociedad, para el Estado, somos unos números, una sigla que ocupa un lugar determinado en unos ficheros metálicos y fríos, en un «disco duro». Pero Dios, no. Él nos lleva «escritos en sus manos», muy metidos en su inmenso y tierno corazón… Samuel, el pequeño primogénito de la que fue estéril, responde: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Actitud de entrega sin condiciones, de docilidad total. Consciente de que lo que Dios diga, es, sin duda alguna, lo mejor.

Ponte a la escucha. Dios no se ha vuelto mudo. No habla tan bajo que se haga difícil entenderle. Siendo lo mejor para ti y amándote el Señor como te ama, no puede ser tan arduo el conocer cuál es su voluntad. Lo que ocurre es que somos torpes, tremendamente torpes. Y no comprendemos la voluntad de Dios, tan contraria a veces a la nuestra. Y nos empeñamos en seguir nuestro propio camino, el que nuestra imaginación de niño tonto ha escogido. Hay que rectificar y recorrer la ruta que el Señor nos indica. Sin importarnos para nada el sendero, en apariencia cuesta arriba, que Dios nos marque.

2.- «Yo esperaba con ansia al Señor…» (Sal 39, 2)Hay momentos en los que se percibe con claridad meridiana que la ayuda que los hombres puedan prestar vale bien poco, instantes en los que uno se da cuenta de la mentira de las palabras humanas, de la falsedad de esas promesas risueñas que tarde, mal y nunca, serán una realidad. Momentos en los que uno entiende que sólo Dios es fuerte, sólo él dice siempre la verdad, sólo él no nos puede fallar, sólo él hace más cortas las palabras prometedoras que los beneficios concedidos.

Con el salmista, el poeta y trovador de Dios, podemos entonces decir que hemos esperado en el Señor, con una gran confianza. Y que él se ha inclinado hasta nosotros y ha escuchado nuestro angustiado clamor, sacándonos de la fosa mortal, del fango cenagoso… Sí, tú también, si has recurrido confiado al Señor, te sentirás firme y seguro, apoyado en la roca, capaz de caminar con pasos decididos y alegres.

Puso en mi boca un cántico nuevo, un himno de gozo que canta la grandeza y el amor de Dios. Dichoso mil veces el hombre que pone en el Señor su esperanza, el que no se confía a los poderosos y arrogantes, esos de palabras largas y realidades cortas… Cuántos son, Señor, los beneficios que nos concediste, qué abundantes tus maravillas, qué consoladores tus planes. Qué cierto es que tu bondad excede con mucho a todo posible cálculo.

«Tú no quieres sacrificios ni ofrendas…» (Sal 39, 7) Pero las palabras no bastan. Y esos sentimientos de gratitud y de gozo, que nos embargan al contemplar la grandeza de Dios, han de traducirse en obras concretas; nuestro agradecimiento y nuestro gozo al sentirnos queridos de Dios, ha de cuajar en una vida concorde con lo que el Señor nos indica como voluntad suya; conscientes de que, además, el único que sale ganando es uno mismo, ya que Dios lo tiene todo y nada necesita, mientras que tú y yo nada tenemos y todo lo necesitamos.

Mucha gente cree, y ha creído siempre, que a Dios se le tiene contento con el ofrecimiento de un determinado sacrificio, con la promesa de algo que más o menos nos pueda costar. Todo eso puede, en determinados casos, tener un valor e incluso puede ser conveniente; pero la realidad es que Dios quiere de nosotros otra cosa, nos quiere a nosotros mismos.

«Sacrificios y ofrendas no querías -dice nuestro salmo-, mas me abriste el oído; no pedías holocaustos ni víctimas por el pecado, entonces dije: Heme aquí que vengo para hacer tu voluntad. Eso es lo que me deleita, pues tu ley está muy dentro de mi alma…». No nos engañemos, tenemos que amar mucho al Señor, hay que sentirse profundamente agradecido; pero todo eso no puede quedar sólo en palabras. Y es que como dice el refrán, y dice bien, obras son amores y no buenas razones.

3.- «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros del Cuerpo de Cristo?» (1 Co 6, 15) Hubo en la historia quienes despreciaban de tal modo lo material, que consideraban el cuerpo humano como algo malo de por sí. Algunos llegaron a decir que el cuerpo de Cristo era tan sólo aparente, una especie de fantasmagoría para hacer visible lo que estaba oculto… Para el cristiano el cuerpo humano no es una cosa mala. Todo lo contrario, es algo bueno. Incluso algo muy bueno. San Pablo nos dice que ese cuerpo nuestro es un miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Y más adelante afirmará categóricamente que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo.

Esa es la razón fundamental que determina la visión cristiana del cuerpo humano. Visión que implica respeto, cuidado, estima. Respeto para no utilizarlo como instrumento de pecado. Cuidado para mantenerlo siempre en forma para la función que ha de cumplir. Estima para no exponerlo sin un grave motivo a ningún riesgo que pueda mermar su fuerza.

«Glorificad, pues, a Dios en vuestros cuerpos » (1 Co 6, 20) El cuerpo es un don que Dios nos ha entregado para poder vivir nuestra vida de hombres. El cuerpo humano es una de las grandes maravillas que han brotado de las manos del Creador Nunca lograremos los hombres construir algo parecido. Muchos de los grandes inventos de los humanos no son otra cosa que una copia, mal conseguida, de esos prodigios que constituyen el cuerpo humano.

Ese cuerpo es el instrumento que Dios ha confiado al hombre, para que pueda cumplir su misión en la tierra. Misión que, en último término, se reduce a glorificar a Dios. Para eso tenemos los sentidos, para que al oír, al ver, al tocar, al gustar todo lo bueno y lo bello que tiene la vida nos mostremos agradecidos, felices de tener un Dios que ha sabido darnos un cuerpo tan maravilloso.

Y esto siempre. También cuando ese cuerpo falle, cuando no esté completo, cuando nos duela. Porque siempre, mientras estemos con vida, nos quedará la posibilidad de mirar -aun estando ciegos- con amor y esperanza a nuestro buen Padre Dios.

4.- «Este es el Cordero de Dios» (Jn 1, 36) Siempre hubo líderes entre los hombres, siempre existieron caudillos, jefes natos, maestros con autoridad que supieron convencer y arrastrar a otros tras de sí. Sin embargo, en determinadas épocas el liderazgo se hizo más frecuente. Quizá porque entonces había más necesidad de ello, de alguien que guiara y liberara al pueblo de la opresión.

En tiempo de Jesucristo hubo muchos que pretendieron erigirse en guías salvadores del pueblo, según nos refiere Gamaliel en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Fueron hombres que, aprovechando la situación de desamparo y desconcierto que había en el pueblo, se presentaban como Mesías redentores, capaces de liberar a la gente de las cadenas del imperio romano que les subyugaba.

Me da pena esta gente –dijo Jesús– porque están abatidos y descaminados, como ovejas sin pastor. Y llevado por su inmensa compasión, Cristo se puso al frente de su pueblo, como supremo Pastor que no huiría ante el peligro como hicieron, y hacen siempre, los pastores malos, los mercenarios. El Buen Pastor, en cambio, no busca su propio provecho sino el de sus ovejas, a las que conoce una a una y las llama por su nombre, a las que ama hasta entregarles su vida misma.

Apenas aparece Jesús por las riberas del Jordán, el Bautista le señala sin titubeos: Este es el Cordero de Dios. Ante sus palabras algunos de sus discípulos van tras el nuevo Rabí. La impresión del primer encuentro fue tan profunda, que dejan al antiguo Maestro y siguen a Jesús el Nazareno.

Respecto al título de Cordero de Dios, es cierto que, a primera vista, puede parecer un tanto extraño, impropio incluso de quien es el líder supremo, el más excelso rey y condotiero de la Historia. Sin embargo, es un título que en aquel tiempo tenía un sentido que implicaba realeza y poderío. Así, en efecto, lo refleja la literatura apocalíptica de aquella época, como se puede ver claramente en el Apocalipsis, el último libro de la Biblia.

Ese título cristológico está, además, relacionado con el cordero pascual con cuya sangre, según el libro del Éxodo, fueron señalados los dinteles de las casas israelitas, librando así de la muerte a sus moradores, cuando el ángel exterminador pasó ejecutando el castigo de Yahvé. Por otra parte esa figura deriva de los poemas de Isaías sobre el Siervo paciente de Yahvé, que marcha al sacrificio sin protestar, lo mismo que un cordero hacia el matadero. De esa forma aparece el Siervo paciente de Yahvé, que con su muerte redime al pueblo y es constituido como Rey de Israel y de todo el Orbe… En efecto, Jesús llega por el camino de la Cruz hasta la cumbre de la Gloria. Con la huella indeleble de sus pisadas marca el itinerario, costoso y alegre a la vez, que hemos de recorrer cuantos creemos y esperamos en él, cuantos le amamos sobre todas las cosas.

Antonio García Moreno