“Obligados” a buscar

Los sabios no imponen creencias ni exigen sumisión. Exigencias de ese tipo provienen de personas que, de un modo u otro, necesitan sentirse reconocidas, por lo que van en busca de aplauso, admiración o, simplemente, de “seguidores”.

La persona sabia es consciente de que cada cual tiene su camino, su tiempo y su ritmo. Vive un respeto profundo y ha aprendido a confiar en la vida y a fluir con la realidad. En lugar de exigir adhesiones, invita a cada persona a indagar por sí misma y a encontrar su propio camino.

Lo que suele provocarse, al encuentro con alguna persona que vive con sabiduría, es un cuestionamiento y una atracción profunda. Nos sentimos, de pronto, ante alguien cuya presencia despierta en nosotros “algo” que nos remueve y que nos lleva a preguntarle, como en el texto del evangelio: “¿Dónde vives?”, es decir, ¿cuál es el secreto de tu vida? Pero el camino habremos de hacerlo cada uno porque, queramos o no, no podemos dejar de buscar.

De entrada, nos percibimos a nosotros mismos como “buscadores”. En un nivel superficial, nos percibimos como seres absolutamente carenciados, lo cual dispara nuestra búsqueda ansiando encontrar “fuera” algo que nos complete, nos alivie o incluso nos sacie. Sin embargo, no tardamos mucho en descubrir que la búsqueda no va a dar los frutos anhelados y empezamos a sospechar que es necesario modificar el rumbo, de acuerdo con el dicho según el cual “la salida es hacia dentro”.

Pero no es solo nuestra necesidad la que nos impulsa a buscar. En un nivel más profundo, podemos experimentar, no el deseo que busca saciarse, sino el Anhelo que nos dinamiza desde dentro. Al hacernos consciente de ello, la búsqueda se modifica por completo, adquiriendo dos rasgos característicos.

En primer lugar, pierde su componente ansioso y se convierte en un consentir al propio Anhelo que nos mueve y a lo que la vida nos va presentando. Sencillamente, nos vamos haciendo dóciles al impulso interior, para permitir que la dinámica del crecimiento haga su camino en nosotros. Hemos descubierto que, en este camino, todo empieza a conjugarse en pasiva: no nos hacemos, somos hechos.

En segundo lugar, se abre paso en nosotros la certeza de que, visto en profundidad, la búsqueda carece de sentido. No hay nada que buscar porque somos ya todo aquello que buscamos.

Y aquí es donde se hace patente nuestra naturaleza paradójica. En el plano profundo somos plenitud; en el plano de las formas, nos percibimos como un yo que busca “construirse”. La paradoja se resuelve cuando acogemos nuestra persona, con todas sus características, desde la comprensión de lo que somos en profundidad. A partir de ahí, entendemos la vida como un “juego” o representación, en el sentido más limpio y profundo de las palabras.   

¿Dónde estoy en mi búsqueda?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo II de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nos dijeron de noche
que estabas muerto,
y la fe estuvo en vela
junto a tu cuerpo

La noche entera
la pasamos queriendo
mover la piedra.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

No supieron contarlo
los centinelas:
nadie supo la hora
ni la manera.

Antes del día.
se cubrieron de gloria
tus cinco heridas.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

Si los cinco sentidos
buscan el sueño,
que la fe tenga el suyo
vivo y despierto.

La fe velando,
para verte de noche
resucitando.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

SALMO 113B: HIMNO AL DIOS VERDADERO

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
“Dónde está su Dios”?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y otro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendita a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: 2Ts 2, 13-14

Debemos dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os escogió como primicias para salvaros, consagrándoos con el Espíritu y dándoos fe en la verdad. Por eso os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida.
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Andrés dijo a Simón: «Hemos encontrado al Mesías.» Y lo llevó a Jesús.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Andrés dijo a Simón: «Hemos encontrado al Mesías.» Y lo llevó a Jesús.

PRECES

Demos gloria y honra a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que, por medio de él, se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder a favor nuestro, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate de tu pueblo, Señor.

Señor Jesús, Sol de justicia que ilumina nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche, te pedimos por todos los hombres; 
— que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz, que no conoce el ocaso.

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre,
— y santifica a tu Iglesia, para que sea siempre inmaculada y santa.

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,
— y que tú elegiste como morada de tu gloria.

Que los que están en camino tengan un viaje feliz 
— y regresen a sus hogares con salud y alegría.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge, Señor, las almas de los difuntos
— y concédeles tu perdón y la vida eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, que gobiernas a un tiempo cielo y tierra, escucha paternalmente la oración de tu pueblo y haz que los días de nuestra vida se fundamenten en tu paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Solo será cristiano el que viva lo que vivió Jesús

Este 2º domingo del tiempo ordinario sigue hablando del comienzo. Juan acaba de presentar a Jesús como el ‘Cordero de Dios’ que quita el pecado del mundo e ‘Hijo de Dios’. Lo que hemos leído, sigue refiriendo otros títulos: ‘Rabí’, ‘Mesías’. En los que siguen y no vamos a leer, se refiriere a aquel de quien han hablado la Ley y los Profetas, para terminar diciendo Natanael: Tú eres el ‘Hijo de Dios’, tú eres el ‘Rey de Israel’. Por fin, el mismo Jesús habla del ‘Hijo de Hombre’. Juan hace un despliegue de títulos cristológicos al principio de su evangelio, para dejar clara la idea que tiene de Jesús. Naturalmente es una reflexión de una comunidad de finales del s. I. Nada que ver con el llamamiento de los primeros discípulos en los sinópticos.

No tiene sentido que nos preguntemos si los primeros discípulos fueron “Andrés y otro” que siguieron a Jesús en Judea o si Pedro y su hermano fueron llamados por él junto al lago de Galilea. No me cansaré de repetir que los evangelios no se proponen decirnos lo que pasó sino comunicarnos verdades teológicas que nos cuentan con ‘historias’ que pueden hacer referencia a hechos reales o pueden ser inventadas en su totalidad. En este caso lo importante es que desde el principio un pequeño grupo siguió a Jesús más o menos de cerca.

Este es el cordero de Dios. El cordero pascual no tenía valor sacrificial ni expiatorio. Era símbolo de la liberación de la esclavitud, al recordar la liberación de Egipto. El que quita el pecado del mundo no es el que carga con nuestros crímenes, sino el que viene a eliminar la injusticia, la esclavitud. No viene a impedir que se cometan, sino a evitar que el que la sufra, sea anulado como persona. En el evangelio de Juan, el único pecado es la opresión. No solo condena al que oprime, sino que denuncia también la postura del que se deja oprimir. Esto no lo hemos tenido claro los cristianos, que incluso hemos predicado el conformismo y la sumisión. Nadie te puede oprimir si no te dejas.

La frase del Bautista no es suficiente para justificar la decisión de los dos discípulos. Para entenderlo tenemos que presuponer un conocimiento más profundo de lo que Jesús es. Si Juan lo conocía es probable que sus discípulos también hubieran tenido una estrecha relación con él. Antes había dicho que Jesús venía hacia Juan. Ahora nos dice que Jesús pasaba… Nos está indicando que le adelanta, que pasa por delante de él. “El que viene detrás de mí…”

Siguieron a Jesús, indica mucho más que ir detrás de él, como hace un perro siguiendo a su dueño. “Seguirle” es un término técnico en el evangelio de Juan. Significa el seguimiento de un discípulo, que va tras las huellas de su maestro, es decir, que quiere vivir como él vive. “Quiero que también ellos estén conmigo donde estoy yo” (17,24). Es la manera de vivir de Jesús lo que les interesa. Es eso lo que él les invita a descubrir.

¿Qué buscáis? Una relación más profunda solo puede comenzar cuando Jesús se da la vuelta y les interpela. La pregunta tiene mucha miga. Juan quiere dejar claro que hay maneras de seguir a Jesús que no son las adecuadas. La pregunta “¿dónde vives?” aclara la situación; porque no significa el lugar o la casa donde habita Jesús, sino la actitud vital de éste. La pregunta podría ser: ¿En qué marco vital te desenvuelves? Porque nosotros queremos entrar en ese ámbito. Jesús está en la zona de la Vida, en la esfera de lo divino.

No le preguntan por su doctrina sino por su vida. No responde con un discurso, sino con una invitación a la experiencia. A esa pregunta no se puede responder con una dirección de correos. Hay que experimentar lo que Jesús es. ¿Dónde moras? Es la pregunta fundamental. ¿Qué puede significar Jesús para mí? Nunca será suficiente la respuesta que otro haya dado. Jesús es algo único e irrepetible para mí, porque le tengo que ver desde una perspectiva única e irrepetible, la mía. La respuesta dependerá de lo que yo busque en Jesús.

Venid y lo veréis. Así podemos entender la frase siguiente: “Vieron dónde (cómo) vivía y aquel mismo día se quedaron a vivir con él” (como él). No tiene mucho sentido la traducción oficial, (y se quedaron con él aquel día), porque el día estaba terminando, (cuatro de la tarde). Los dos primeros discípulos todavía no tienen nombre; representan a todos los que intentan pasar al ámbito de lo divino, a la esfera donde está Jesús.

Serían las cuatro de la tarde, no es una referencia cronológica, no tendría la menor importancia. Se trata de la hora en que terminaba un día y comenzaba otro. Es la hora en que se mataba el cordero pascual y la hora de la muerte de Jesús. Nos está diciendo que algo está a punto de terminar y algo muy importante está a punto de comenzar. Se pone en marcha la nueva comunidad, el nuevo pueblo de Dios que permite la realización cabal del hombre. Es el modelo del itinerario que debe seguir todo discípulo de Jesús.

Lo que vieron es tan importante para ellos, que les obliga a comunicarlo a los demás. Andrés llama a su hermano Simón para que descubra lo mismo. Hablándole del Mesías (Ungido) hace referencia a la bajada y permanencia del Espíritu sobre Jesús en el bautismo. Unos versículos después, Felipe encuentra a Natanael y le dice: hemos encontrado a Jesús. Estas anotaciones tan simples nos están diciendo cómo se fue formando la nueva comunidad de seguidores.

Fijando la vista en él. Lo mismo que Juan había fijado la vista en Jesús. Indica una visión penetrante de la persona. Manifiesta mucho más que una simple visión. Se trata de un conocimiento profundo e interior. Pedro no dice nada. No ve clara esa opción que han tomado los otros dos, pero muy pronto va hacer honor al apodo que le pone Jesús: Cefas, piedra, testarudo; que se convertirá en fortaleza, una vez que se convenza.

En la Biblia se describen distintas vocaciones llamativas de personajes famosos. Eso nos puede llevar a pensar que, si Dios no actúa de esa manera, no hay vocación. En los relatos bíblicos se nos intenta enseñar, no cómo actúa Dios sino cómo respondieron ellos a la llamada de Dios. El joven Samuel no tiene idea de cómo se manifiesta Dios, ni siquiera sabe que es Él quien le llama, pero cuando lo descubre se abre totalmente a su discurso. Los dos discípulos buscan en Jesús la manifestación de Dios y la encuentran.

Dios no llama nunca desde fuera. La vocación de Dios no es nada distinto de mi propio ser; desde el instante mismo en que empiezo a existir, soy llamado por Dios para ser lo que mi verdadero ser exige. En lo hondo de mi ser, tengo que buscar los planos para la construcción de mi existencia. Dios no nos llama en primer lugar a desempeñar una tarea determinada, sino a una plenitud de ser. No somos más por hacer esto o aquello sino por cómo lo hacemos.

El haber restringido la “vocación” a la vida religiosa es un reduccionismo inaceptable. Cuando definimos ese camino como “camino de perfección” estamos distorsionando el evangelio. La perfección es un mito que ha engañado a muchos y desilusionado a todos. Esa perfección, gracias a Dios, no ha existido nunca y nunca existirá. Mientras seamos humanos, seremos imperfectos, a Dios gracias. Los “consagrados” constituyen un tanto por ciento mínimo de la Iglesia, pero son el noventa y nueve por ciento de los declarados “santos”. Algo no funciona.

 

Meditación

El primer paso en la vida espiritual será la búsqueda.
Aunque no puedes saber lo que vas a encontrar,
tienes que tener bien clara la dirección en la que debes ir.
Debes conocer cómo se desplegó en Jesús lo humano y lo divino,
cómo se identificó plenamente con Dios y con el hombre.
Lo que es Jesús solo lo descubrirás viviendo lo que él vivió.

 

Fray Marcos

Primer profeta y primeros discípulos

El domingo pasado, después de Epifanía, leímos el relato del bautismo. Si hubiéramos seguido con el evangelio de Marcos, lo siguiente serían las tentaciones de Jesús. Pero, en un prodigio de zapeo litúrgico, cambiamos de evangelio y leemos el próximo domingo un texto de Juan. El cuarto evangelio no cuenta el bautismo de Jesús ni su estancia de cuarenta días en el desierto. Pero sí dice que fue a donde estaba Juan bautizando, y allí entró en contacto con quienes serían sus primeros discípulos. Para ambientar este episodio, y con fuerte contraste, la primera lectura cuenta la vocación de Samuel.

La vocación de un profeta (1 Samuel 3,3b-10.19)

Samuel no es el primer profeta. Antes de él se atribuye el título a Abrahán, y a dos mujeres: María, la hermana de Moisés, y Débora. Pero el primer gran profeta, con fuerte influjo en la vida religiosa y política del pueblo, es Samuel. Por eso, se ha concedido especial interés a contar su vocación, para darnos a conocer qué es un profeta y cómo se comporta Dios con él.

Literariamente, el pasaje utiliza el frecuente recurso de plantear un problema (el Señor llama a Samuel sin que este sepa quién lo llama), con dos intentos fallidos por parte del niño (dos veces acude a Elí) y la solución en un tercer momento («Habla, Señor, que tu siervo escucha»).

Quien solo lea este episodio conocerá muy poco de Samuel: que es un niño, está al servicio del sumo sacerdote Elí, duerme en la habitación de al lado, y todavía no se le había revelado la palabra del Señor. No sabe que su madre lo consagró al templo de Siló desde pequeño, y que, más tarde, en virtud de su vocación profética, jugará un papel capital en la introducción de la monarquía en Israel y en la elección de los dos primeros reyes: Saúl y David.

De los datos que ofrece el texto, el más interesante es la explicación de por qué Samuel confunde a Yahvé con Elí. «Samuel no conocía todavía al Señor». ¿Cómo es esto posible? Su madre lo dejó en el templo cuando era todavía un niño, vive con la familia del sumo sacerdote, ha debido de oír hablar de Yahvé infinidad de veces, escuchar su nombre en cantos y salmos. Samuel debía de tener una buena formación catequética. A pesar de todo, «no conocía todavía al Señor, no se le había revelado la palabra del Señor». Una cosa es conocer a Dios de oídas, por oraciones y lecciones mejor aprendidas, y otra muy distinta ese contacto profundo con él a través de su palabra.

[Este episodio es fundamental para comprender el de Jesús en el templo con doce años. Esa edad tenía Samuel, según Flavio Josefo, cuando «todavía no conocía al Señor». Jesús, en cambio, sabe perfectamente que Dios es su Padre y que él debe entregarse por completo a cumplir sus planes.]

Cabe el peligro de centrarse en la figura de Samuel y pasar por alto lo mucho que dice el texto a propósito de Dios. Ante todo, no comunica su voluntad al pueblo directamente, se sirve de una persona concreta. Al mismo tiempo, se revela como un ser extraño, desconcertante, que elige para esta misión a un niño de pocos años y parece jugar con él al ratón y al gato, haciendo que se levante tres veces de la cama antes de hablarle con claridad. 

Además, ese Dios que más tarde se revelará como un ser cercano al profeta, acompañándolo de por vida, se revela también como un ser exigente, casi cruel, que le encarga al niño una misión durísima para su edad: condenar al sacerdote con el que ha vivido desde pequeño y que ha sido para él como un padre. Esto no se advierte en la lectura de hoy porque la liturgia ha omitido esa sección para dejarnos con buen sabor de boca.

En resumen, la vocación de un profeta no sólo le cambia la vida, también nos ayuda a conocer a Dios.

Contacto de Jesús con los primeros discípulos (Juan 1,35-51)

En el cuarto evangelio, Juan no bautiza a Jesús, pero dirige unas palabras a sus discípulos cuando lo ve venir. Lo que les dice se resume en tres puntos: 1) Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 2) Bautiza con Espíritu Santo. 3) Es el Hijo de Dios. El autor no explica ninguna de estas afirmaciones ni cuenta la reacción del auditorio. Pero, en los días siguientes, Jesús entra en contacto con Andrés y un discípulo anónimo (generalmente se piensa en Juan); Andrés le llevará a su hermano Simón Pedro; Jesús encuentra a Felipe y le ordena: «Sígueme»; y este anima a Natanael a unirse al grupo (Jn 1,35-51). Es una pena que el evangelio de este domingo se limite al encuentro con los tres primeros discípulos, porque el conjunto ofrece un mensaje muy interesante sobre la vocación.

Andrés y el discípulo anónimo (1,35-39)

En el primer encuentro, la iniciativa parte del Bautista que, al ver pasar a Jesús, dice de él lo mismo que había dicho en su discurso anterior: «Ese es el cordero de Dios». Entonces fue más concreto: «Ese es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La referencia parece clara al personaje del que habla Isaías 53: uno que salva a su pueblo cargando con sus pecados, y que, cuando lo condenan a muerte, «como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, no abría la boca» (vv.6-7). Así lo entendió también Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Cuando el eunuco etíope va leyendo este texto de Isaías y le pregunta al diácono Felipe de quién habla el profeta, este aprovecha la ocasión para hablarle de Jesús. Y la primera carta de Pedro recuerda que nos han redimido «con la preciosa sangre de Cristo, Cordero sin mancha ni tacha» (1 Pe 1,19).

Las palabras de Juan, más que simple información parecen contener una invitación a sus discípulos a entrar en contacto con ese personaje misterioso. Juan, con esta actitud de desprendimiento y generosidad, está anticipando lo que dirá más tarde: «Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado por delante de él. (…) Él debe crecer y yo disminuir» (Jn 3,28.30).

Y los dos discípulos, aunque quizá no entendieron claramente lo que significaba «Ese es el Cordero de Dios», sintieron gran curiosidad, lo siguen, y escuchan las primeras palabras que pronuncia Jesús en el evangelio: «¿Qué buscáis?» No es una pregunta trivial, suena a desafío. Es la pregunta que Jesús dirige a cualquier lector del evangelio: «¿Qué buscas?». Y el lector se siente obligado a pensar si ha buscado o busca algo en su vida, o si ha dejado de buscar. Los dos muchachos podrían decir, con el salmista: «Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro». Pero su respuesta es más tímida. Se dirigen a él con profundo respeto, llamándolo «rabí», y se limitan a preguntarle dónde vive. Por desgracia, no sabemos de qué hablaron desde las cuatro de la tarde en adelante.

Andrés y Simón Pedro (1,40-42)

De esa larga conversación cuyo contenido ignoramos, Andrés sacó la conclusión de que aquella persona era alguien más que el Cordero de Dios, o un rabí cualquiera. Así lo comunica entusiasmado a su hermano: «Hemos encontrado al Mesías». ¿Qué quería decir con esto? Ateniéndonos al cuarto evangelio, la mentalidad popular esperaba del Mesías que realizara numerosos milagros, como sugiere la gente de Jerusalén: «¿Cuándo venga el Cristo, hará más signos de los que este ha hecho?» (Jn 7,31). En esta línea prodigiosa, otros piensan que «el Mesías permanecerá para siempre» (Jn 12,34). Sin embargo, el título de Mesías tenía por entonces una fuerte carga política, como se advierte en los Salmos de Salomón 17 y 18, de origen fariseo, procedentes del siglo I a.C. Es posible que esto fuera lo que más entusiasmara a Andrés e intentara transmitir a su hermano Simón Pedro.

La pretensión de haber encontrado al Mesías la considerarían absurda muchos judíos. Los fariseos llevaban más de un siglo pidiendo a Dios que enviara a su Rey Mesías. ¿Iba a encontrarlo precisamente este pobre muchacho galileo? Sin embargo, su hermano le hace caso y marcha al encuentro de Jesús.

Tiene lugar entonces una de las escenas más misteriosas. Cuando Andrés y Simón Pedro llegan ante Jesús, el evangelista introduce una pausa que crea fuerte tensión: «Jesús se le quedó mirando». ¿Qué siente Jesús al ver a Simón Pedro? ¿Qué experimenta este al verse examinado por Jesús? Una vez más, el evangelista omite cualquier comentario.

Jesús no lo saluda. No le pregunta qué busca. No necesita que Andrés se lo presente. Él sabe quién es y quién es su padre. Inmediatamente, con una autoridad suprema, le cambia el nombre por Cefas, sin explicarle por qué se lo cambia ni qué significa ese nombre.

Simón Pedro, a remolque de su hermano Andrés, acude a Jesús pensando encontrar en él al Mesías. Y este, en vez de entusiasmarlo con un discurso o un milagro, lo mira fijamente y le cambia el nombre, que es lo más personal que tenemos. Para un judío, el nombre y la persona se identifican. Lo que advierte Simón es que ese personaje está disponiendo de él sin consultarlo ni pedirle permiso. Sin embargo, no reacciona, no pide una explicación ni se rebela. Quien no lo conozca, imaginará a Simón como un muchacho tímido y callado. Veremos que no es así.

La escena simboliza el poder de Jesús sobre Simón y una cierta predilección por él, ya que es el único al que le cambia el nombre. El lector del cuarto evangelio sabe, desde este momento, que deberá conceder gran importancia a este personaje.

Dos relatos parecidos y diversos

El contraste entre el evangelio y la vocación de Samuel es enorme. Esta ocurre en el santuario, de noche, con una voz misteriosa que se repite y un mensaje que sobrecoge. En el evangelio todo ocurre de forma muy humana, normal: un boca a boca que va centrando la atención en Jesús, cuando no es él mismo quien llama, como en el caso (que no se ha leído) de Felipe. Y las reacciones abarcan desde la simple curiosidad de los dos primeros hasta el escepticismo irónico de Natanael, pasando por el entusiasmo de Andrés y Felipe. Pero hay también elementos parecidos.

1. En ambos relatos, la vocación cambia la vida. En adelante, «el Señor estaba con Samuel», y los discípulos estarán con Jesús. Este cambio se subraya especialmente en el caso de Pedro, al que Jesús cambia el nombre.

2. La vocación revela a Dios en el caso de Samuel, y a Jesús en el caso de los discípulos. Cada vocación aporta un dato nuevo sobre la persona de Jesús, como distintas teselas que terminan formando un mosaico: Juan Bautista lo llama «Cordero de Dios»; los dos primeros se dirigen a él como Rabí, «maestro»; Andrés le habla a Pedro del Mesías; Felipe, a Natanael, de aquel al que describen Moisés y los profetas, Jesús, hijo de José, natural de Nazaret; y el escéptico Natanael terminará llamándolo «Hijo de Dios, rey de Israel». Es una pena que la mutilación del texto impida captar este aspecto.

La liturgia nos sitúa al comienzo de la actividad de Jesús. Lo iremos conociendo cada vez más a través de las lecturas de cada domingo. Pero no podemos limitarnos a un puro conocimiento intelectual. Como Samuel y los discípulos, debemos comprometernos con Dios, con Jesús.

«Yo esperaba con ansia al Señor» (Salmo 39)

El Salmo elegido para el día de hoy comienza con las palabras: «Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios» (Sal 39,2). Más que a Samuel, estas palabras se aplican a los futuros apóstoles. Esperaban con ansia al Señor, y por eso han acudido a escuchar a Juan Bautista. Pero el Señor no se ha limitado a poner en sus bocas un canto nuevo. Los ha tomado completamente a su servicio.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo II de Tiempo Ordinario

(Jn 1, 35-42)

Este precioso texto nos narra el encuentro de Jesús con sus primeros discípulos. Pero, a diferencia del llamado que aparece en los demás evangelios, presenta a unos discípulos que ya estaban preparados para escuchar el llamado. Habían sido ya instruidos por Juan el Bautista, o eran judíos piadosos, formados por sus padres con un corazón sensible a la espera del Mesías.

El encuentro de Jesús con ellos tiene características personales, íntimas, destacando la mirada de Jesús que conoce a los que llama, les ofrece un trato directo, les regala la intimidad de su habitación, los seduce con su figura.

Pero al mismo tiempo este texto nos muestra la dinámica del encuentro con Jesús, que siempre nos impulsa a comunicarlo a otros, a compartirlo, a llevarlo a los demás. Uno de ellos encontró a su hermano “y lo condujo a Jesús” (v. 42).

Es hermoso escuchar a Andrés diciendo: “¡Hemos encontrado al Mesías!”. El Mesías, esperado por su pueblo durante siglos, ansiado por los pobres sufridos y desorientados, reclamado por los que necesitaban fuerza y consuelo. El Mesías prometido, el que traería la verdadera luz, el agua pura, el que podía cumplir las esperanzas más profundas, ése mismo había llegado, estaba caminando por ahí, y lo hemos encontrado.

Podemos unirnos al apóstol Andrés para decir a los demás que también nosotros lo hemos encontrado, que es simple y bello, que es fuerte y fiel, que es bueno estar con él, que vale la pena dejarse encontrar por él.

La lectura de este texto siempre será una invitación para agradecer y reavivar el propio encuentro personal con el Señor.

Oración:

“Te doy gracias Señor, por haberte dejado encontrar, porque un día te pusiste en mi camino, te metiste en mi historia y me deslumbraste con tu mirada. Te doy gracias porque no soy un extraño a tus ojos y porque quisiste compartir conmigo tu preciosa intimidad”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

Revisión del rito de la ordenación

76. Revísense los ritos de las ordenaciones, tanto en lo referente a las ceremonias como a los textos. Las alocuciones del Obispo, al comienzo de cada ordenación o consagración, pueden hacerse en lengua vernácula. En la consagración episcopal, todos los Obispos presentes pueden imponer las manos.

Lectio Divina – Domingo II de Tiempo Ordinario

INTRODUCCIÓN

Mirar solo a Jesús ¿Qué vieron aquellos primeros discípulos? Estaban en el desierto y Jesús no tenía nada: ni fama, ni casa, ni dinero. Sólo su persona. ¡Nada más! Y ¡Nada menos! Algunos ya vamos siendo mayores. Muchos años, muchos días, muchas horas tenemos ya acumuladas en nuestra historia. Pero hay una hora que destaca por encima de todas: aquella hora que tuvimos la suerte de encontrarnos vitalmente con Jesús de Nazaret. El que ha vivido con intensidad “esa hora” no tiene por qué tener miedo a ninguna hora, ni siquiera a la última. “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque Tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan” (Salmo 23).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: 1Sam. 3b10.19.   2ª Lectura: 1Cor. 6,13c-15ª.17-20.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»  Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.  Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

REFLEXIÓN

Esta página del evangelio de Juan, da la impresión de que está escrita recientemente, de modo que la tinta no acaba de secarse. Así de actual, así de novedosa, así de bella. Podemos descubrir en ella: dos preguntas, una invitación y una constatación.

1.– Dos preguntas:

Pregunta de Jesús: ¿Qué buscáis?  Como vemos, Jesús no pregunta por el tiempo, ni por la marca del coche, ni menos por el dinero que tenemos en la cartilla del banco. Jesús va al grano. Lo que le interesa es la vida. Y nos pregunta hoy a nosotros: Tú, ¿qué andas buscando en la vida?  En dos palabras se ha metido dentro del corazón de cada persona. Porque la vida es zozobra, duda, inquietud, búsqueda. Porque tenemos muchas preguntas que no tienen respuesta; muchos problemas que no podemos solucionar; mucho dolor que no tiene alivio; en definitiva, todos tenemos un deseo inmenso de ser felices y nunca lo conseguimos. Somos eternos insatisfechos.

La pregunta de los discípulos: ¿Dónde vives? Es también muy interesante: Maestro, ¿dónde vives?  Naturalmente que no se trataba de localizar el lugar de su residencia sino su estilo tan peculiar que llevaba Jesús. Podríamos decir: Maestro ¿por dónde se mueve tu vida? ¿En qué esfera divina te sitúas?  ¿Qué es lo importante para ti? ¿En qué empleas el tiempo?   ¿Qué ocurre en ti cuando pasas noches enteras en oración con el Padre?

2.– Una invitación: Venid y lo veréis.

A la pregunta de los discípulos, Jesús no contesta con normas, reglamentos, razones especulativas. Contesta con una invitación: VENID Y VERÉIS. Y ¿qué vieron? ¿Qué sintieron? ¿Qué palparon?  ¿Qué experimentaron? El texto no dice nada. Pero lo que sucedió fue que, a medida que caía la tarde y el sol se iba ocultando por las montañas de Judea, cada vez se les hacía más difícil arrancarse de su PERSONA. Estamos en el desierto. Allí Jesús no podía ofrecer nada: ni casa ni apenas alimentos. En la desnudez del desierto sólo podía ofrecer su presencia, su cercanía, su hechizo, su misterio, su atracción irresistible. Por eso, “se quedaron con Él”. Los cristianos nos jugamos todo a una sola carta: Jesús. Cuando buscamos otra cosa nos equivocamos.

3.– Una constatación: Eran las cuatro de la tarde.

El que escribe este evangelio es Juan, un ancianito de muchos años. En su larga experiencia puede contarnos muchas cosas. Otras se le han olvidado. Pero conserva fresca la memoria para decirnos exactamente la hora en que Jesús le llamó. Esa hora ha dado sentido a todas las horas de su vida. En su ancianidad, todavía conserva el encanto de su mirada, la dulzura de sus palabras, la majestuosidad de su semblante, la armonía de su vida, la presión de su mano, el latido de su corazón y el estremecimiento de su ser con sólo pronunciar su nombre. A lo largo de nuestras vidas han pasado muchas horas, unas mejores y otras peores, pero lo que nunca podemos olvidar es esa hora en que Jesús nos miró y nos dijo: “Venid conmigo.” Es la hora que ha dado sentido a todas las demás horas de la vida.

PREGUNTAS

1.- ¿Qué voy buscando en la vida? ¿Estoy contento con lo que hago? Y esto que hago, ¿me realiza como persona?

2.- ¿Cuál es ahora mismo el Dios de mi vida? ¿El Dios de la ciencia o el Dios de la experiencia?  Sé cosas de Dios, pero ¿He sentido gusto al estar con Él?

3.- ¿Cuál ha sido la hora más importante de mi vida?  ¿Cuánto duró el tiempo que esa hora me hizo feliz?

Este evangelio, en verso, suena así:

San Juan presentó a Jesús
como divino «Cordero»,
y al oírlo, dos discípulos,
con ilusión, lo siguieron.
Jesús se fijó en los dos
y se quedaron, al verlo,
«seducidos», «fascinados»
por los ojos del Maestro.
«A las cuatro de la tarde»
tuvo lugar el «encuentro»:
En el «misterio» quedaron
palabras y sentimientos…
Toda vocación cristiana
es un «enamoramiento»:
una mirada, un «flechazo»,
un amor y un «seguimiento»…
Un buen día, en nuestra vida,
Jesús se acercó en silencio:
Sembró en nuestro corazón
la emoción del «primer beso».
Desde entonces, apostamos
por Jesús y por su Reino,
comulgamos con su «Pan»,
su «Palabra» y sus «Proyectos».
Hoy, felices, renovamos
con fe, nuestro amor primero.
¡Que Jesús ocupe siempre
la cumbre de nuestros sueños!

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Vocación

1.- Seguramente que en alguna ocasión te han preguntado ¿tu que quieres ser? Y es muy probable que en tu interior a veces te digas: yo de mayor, pienso ser… Los animales no son capaces de plantearse estas cuestiones. Los animales viven y los máximos proyectos que hacen son para defenderse o proteger a sus crías. Pero el hombre desea ser amo y constructor proyectista de su vida. Cuando se trata de un niño pequeño y se le hace la pregunta acostumbra a responder con ideas que son fruto de su imaginación, sin calcular, sin pensar en posibilidades, ni en atractivos. Y responde con desparpajo que quiere ser obispo y barrendero, jugador de fútbol y cantante. Más tarde, cuando se ha experimentado algo en la vida, los proyectos van por otros caminos y, con frecuencia, se sueña ser algo que permita ganar mucho dinero o pasárselo bien. Posteriormente vemos que muchos dicen que quieren ser personas influyentes, con éxito, de la clase que sea. Hay algunos que a la hora de escoger estudios miran y preguntan qué carrera tiene más salidas profesionales.

2.- Pensando y buscando de esta manera comprobamos que hay mucha gente que fracasa, o que se siente inútil y desgraciado. Aunque sea rico y poderoso. Tienen la sensación de que no han acertado. Una cosa semejante pasa en su entorno familiar, no se entienden, no se aman, o no se sienten amados. ¿Por qué ocurre esto, tantas veces?

En las lecturas de la misa de hoy se nos habla de gente que no proyectó su vida de la manera que antes decíamos. El chiquillo Samuel, que vivía medio adoptado, entre gente mayor muy seria, oye una voz y pregunta que debe hacer y cuando se repite la llamada contesta: habla, Señor, que tu siervo escucha. Escuchando a Dios y cumpliendo sus deseos, fue un profeta y juez muy importante. En la Biblia se cuenta muchas de sus hazañas.

3.- En la lectura del evangelio aparecen dos jóvenes que se encuentran con Jesús, se entusiasman y quieren conocerlo No son de esos que se conforman con un autógrafo o comprarle un disco al cantante preferido, ellos quieren conocerle a fondo, irse a vivir con Él para saber como se siente uno a su lado. Y Jesús les invita a su casa. Y se lo pasan bien. Se acordarán toda la vida, hasta de la hora en que ocurrió el encuentro. Y fue tan impactante la experiencia que, a partir de entonces, le siguieron. Y fueron felices. Y se realizaron. Y que conste que el niño Samuel tendría unos ocho años y el apóstol Juan, seguramente uno de los dos jóvenes, no más de catorce. A todo esto le llamamos: descubrir la propia vocación. Empieza a trabajarlo.

Pedrojosé Ynaraja

¿Señor, dónde vives?

1 – Suena a pan recién hecho, a normalidad llena de alegría, a principio de todo. Dos discípulos de Juan Bautista preguntan a Jesús, “¿Señor, donde vives?” Muchas veces nos hemos preguntado como sería esa primera conversación del Rabí con sus nuevos amigos. Un himno de la Liturgia de las Horas recoge ese momento con una gran belleza. Dice en sus primeros versos:

“Muchas veces, Señor, a la hora décima

–sobremesa en sosiego–,

recuerdo que, a esa hora, a Juan y Andrés

les saliste al encuentro.

Ansiosos caminaron tras de ti…

“¿Qué buscáis…?” Les miraste. Hubo silencio”

Y estos son sus palabras finales:

“Al sol de la hora décima, lo mismo

que a Juan y a Andrés

–es Juan quien da fe de ello–,

lo mismo, cada vez que yo te busque,

Señor, ¡sal a mi encuentro!”

Es evidente que el Evangelio de San Juan, antiguo discípulo del Bautista, da importancia singular al “descubrimiento” que el Profeta del Desierto hace del Mesías. Opina José Luis Martín Descalzo, en su monumental biografía de Jesús de Nazaret, la sorpresa que tuvo que producir el titulo de cordero –de víctima—que Juan hizo de Jesús. Era profetizar su futura misión redentora, pero en esos momentos resultaba incomprensible. Sin embargo, ello produjo una emoción tan honda a Andrés y al propio Juan que les llevo a seguir a Jesús. Este Juan Evangelista recordaría muchos años después –en la fecha tardía en la que redactó su evangelio— esos momentos con un sentimiento tan singular. Y la conversación en la morada de Jesús debió de ser de tal dimensión que un hombre ya maduro como lo era Andrés fue capaz de relatar al día siguiente a su hermano Pedro que habían encontrado al Mesías. Andrés, rudo pescador, era poco dado a las fantasías.

2 – La otra parte singular del texto evangélico es el reconocimiento de Pedro como primado. Desde luego, también, ese momento tuvo que sorprender a los primeros tres apóstoles. En Israel, poner o cambiar el nombre tenía una importancia enorme. Cada nombre contenía una misión. Era como un título. En fin, el nombre de Cefas –o Kefas— con significado pétreo y firme confirmaba su condición de sustentador de la nueva Asamblea. Hemos de reflexionar un poco más en ese encuentro entre Jesús, Andrés y Juan. Es verdad que Cristo elige a sus discípulos, pero estos, al menos los dos citados, tuvieron la habilidad de situarse cerca. Es asimismo Martín Descalzo quien narra muy bien ese seguimiento tímido. Tiene que ser Jesús, quien se da cuenta que están ahí y les pregunta: “¿Qué buscáis?”. El desconcierto de Juan y Andrés tuvo que ser grande pues solo se atrevieron a decir: “¿Dónde vives, maestro? Y por ello parece oportuno leer ahora otros cuantos versos del aludido himno de Vísperas. Son los siguientes:

“Rabí –hablaron los dos–, ¿en dónde moras?”

Venid, y lo veréis.” Fueron, y vieron…

Señor, en dónde vives?

“Ven y verás.” Y yo te sigo y siento

que estás… ¡en todas partes!,

¡y que tan fácil ser tu compañero!

En cierta medida, todos, en nuestra conversación, hemos vivido esa escena y como el Evangelista Juan no la olvidó, tampoco nosotros podremos olvidarla. Y era esa mirada especial que hizo cambiar las vidas de Pedro, Juan y Andrés lo más fundamental. También nosotros podemos “sentir” esa mirada de Jesús que nos mantiene firmes en el deseo de seguirlo. No es posible obviar, entonces, las emociones profundas que el Evangelio de hoy nos produce.

3 – El domingo anterior, en el que celebrábamos el Bautismo de Cristo, iniciamos, a modo de transición, el Tiempo Ordinario. La fiesta del Bautismo forma parte todavía del tiempo de Navidad, pero “numera” como Primer Domingo Ordinario y por eso este es el segundo. La unidad y transición son absolutas. Juan El Bautista protagoniza, junto a Jesús, ambos relatos. Y así tras bautizar a Cristo señala cual va a ser su misión redentora. Consecuentemente, los discípulos de Juan se inician en el seguimiento del Cordero y reciben su llamada.

A Samuel le va a ocurrir algo parecido. Recibe una llamada, escucha una voz, pero todavía no sabe quien le llama y para que. Acude a Elí, al más próximo que tiene para preguntarle. Y será Elí quien comprenda que es Dios quien llama a Samuel. Es muy notable, desde el punto de vista literario, este pasaje del Capítulo Tercero del Libro de Samuel. El triple dialogo entre el Señor, Elí y Samuel tiene mucho de lo que se llama “carpintería teatral. Pero por encima de la bella forma esta el fondo sublime y que es la llamada especial de Dios a un hombre joven, que muy bien puede ser modelo profético para los discípulos cristianos de todos los tiempos.

3 – Hasta el Domingo Sexto del Tiempo Ordinario vamos a leer fragmentos de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios. Es una obra maravillosa que condensa de manera magistral el pensamiento cristiano y que mantiene su actualidad. Pablo va a tratar de la enseñanza positiva para mejor vivir el cristianismo. La doctrina fundamental es que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, porque este mora en nuestras almas por efecto de bautismo. Plantea muy directamente un tema de actualidad, no siempre tratado con limpieza y cordura en nuestros tiempos: el de la sexualidad. Y la enseñanza mejor es que es amor el que debe argumentar el mundo de la sexualidad y de las relaciones interpersonales. El amor es necesario para el celibato, para la castidad, para la vida en pareja. Y es el amor de Dios lo que inspira las posiciones de ausencia del goce sexual. La ayuda es la misma para la aceptación voluntaria de la castidad, como para la asunción de la prueba de carencia para aquellos que no tienen vocación de célibes, pero que su peripecia biográfica personal les pone en dicha situación de carencia, permanente o temporal. Y la única enseñanza posible es en definitiva, la de Cristo. El mismo Jesús dice, en el capítulo 19 del Evangelio de Mateo, en el versículo 12: “Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, los hay que fueron hechos eunucos por los hombres y los hay que a sí mismos se hicieron tales por el Reino de Dios. ¡El que sea capaz de hacer esto que lo haga!”

Ángel Gómez Escorial

¿Hemos dado positivo?

Una de las grandes preocupaciones de este tiempo de pandemia es saber si, en un momento dado, hemos dado positivo en coronavirus. Las nuevas cepas del virus, las aglomeraciones navideñas, la irresponsabilidad de muchos… provocaron un aumento del índice de contagios por lo que muchas personas, sobre todo antes de algún desplazamiento o de participar en las reuniones familiares, decidieron hacerse un análisis para comprobar si daban positivo o no.

Hoy, en la liturgia, hemos comenzado el llamado “tiempo ordinario”, durante el cual no celebramos ningún aspecto concreto de nuestra fe, sino que vamos siguiendo al Señor como discípulos y apóstoles, intentando vivir en santidad en nuestra vida cotidiana, “ordinaria”.

Las celebraciones vinculadas a la Navidad nos parecen ya algo pasado, pero ahora, al volver al ritmo habitual de la vida, la Palabra de Dios nos invita a “hacernos un análisis” para ver si “damos positivo” en Cristo, si “nos hemos contagiado” de Él durante la pasada Navidad.

En la primera lectura y en el Evangelio hemos visto varios casos que “han dado positivo”: Samuel, Andrés, Juan, Simón… y todos tienen un denominador común: ha sido otro quien les ha “contagiado” de Dios.

En la 1ª lectura, el sacerdote Elí es quien indica a Samuel: Si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. Y en el Evangelio hemos visto una cadena de contagios: Juan el Bautista dice a dos de sus discípulos: Éste es el Cordero de Dios. Y los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús… y se quedaron con Él aquel día. Y después, Andrés encontró a su hermano Simón… y lo llevó a Jesús.

Para saber si “damos positivo” en Cristo, pensemos si hemos estado en contacto con “contagiadores”. Si miramos a Samuel, ¿pregunto a sacerdotes o personas consagradas cómo reconocer la voz de Dios, que me llama? En el caso de Andrés y Juan, es el Bautista quien les señala a Jesús, que pasaba: ¿presto atención a quienes me indican por dónde pasa Jesús hoy?

Andrés es quien dice a Simón: Hemos encontrado al Mesías… Y lo llevó a Jesús: ¿Tengo personas en mi entorno cercano que se han encontrado con Cristo? ¿Alguien me ha invitado alguna vez a participar en alguna celebración, reunión, encuentro…, en la parroquia o en la diócesis?

Todos ellos acaban “dando positivo” en Dios: Samuel crecía, Dios estaba con él. Juan, Andrés y Simón se convierten en discípulos suyos; y en Simón el “positivo” es tan fuerte que incluso le cambia el nombre: Tú eres Simón… tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).      

Después de haber celebrado en Navidad el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, para que nos podamos encontrar personalmente con Él, para saber si “hemos dado positivo”, tenemos que hacernos un “análisis”:

Pensemos si notamos que crecemos en nuestra fe, si experimentamos que el Señor está con nosotros, o somos todavía “niños” en la fe.

Pensemos también en cómo vivimos nuestro discipulado, si tenemos la actitud de búsqueda de Andrés y Juan, si nos interesa conocer mejor al Señor (¿dónde vives?) o nos limitamos a “cumplir”.

Ellos fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Pensemos si tenemos disponibilidad para acudir a convocatorias, encuentros, retiros, celebraciones, oraciones, reuniones… Si “nos quedamos con el Señor”, sin prisa, o bien “nunca tenemos tiempo” para Él.

Pedro, tras encontrarse con Cristo, recibe un nuevo nombre. ¿El encuentro con Cristo me ha cambiado sustancialmente, o en realidad sigo siendo el mismo? El nombre también nos identifica frente a otros. ¿Mi fe cristiana “me identifica”, doy buen testimonio, “se me nota” la fe en Cristo?

Hagámonos este análisis para saber si “hemos dado positivo”; a lo mejor somos “asintomáticos”, porque se nos ha olvidado lo que san Pablo ha dicho en la 2ª lectura: ¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Acabamos de celebrar que la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros; ojalá “demos positivo” en Cristo para convertirnos también nosotros en contagiadores de otros, y así puedan encontrarse con Jesús, el Dios hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación.