El amor verdadero (Amor)

Tales armas son siempre aficionadas a dar mucho más que no a recibir, y aún con el mismo Criador les acaece esto. Y esta afición santa merece nombre de amor, que esotras aficiones bajas tiénenle usurpado el nombre (Santa Teresa, Camino de perfección 6, 7).

Nadie hay que no arme, pero lo que interesa es cuál sea el objeto de su amor. No se nos dice que amemos, sino que elijamos a quién amar (San Agustín, Sermón 34).

El amor es la explicación de todo. Un amor que se abre al otro en su individualidad irrepetible y le dice la palabra decisiva: «quiero que tú seas». Si no se comienza por esta aceptación del otro, como quiera que se presente, reconociendo en él una imagen real, aunque empañada, de Cristo, no se puede decir que se ama verdaderamente (Juan Pablo II, Alocución 13-IV-1980).

El amor ilumina el corazón (Santo Tomás, Sobre la caridad, Lc., p. 205).

No dejan huella en el alma las buenas costumbres, sino los buenos amores (San Agustín, Sermón 311).

Es también característico del amor ir transformando al amante en el amado. Por lo cual, si amamos lo vil y caduco, nos convertimos en viles e inseguros: Se hicieron despreciables como las cosas que amaban (Os 9, 10). Pero si amamos a Dios, nos divinizamos, porque el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con Él (1Co 6, 17) (Santo Tomás, Sobre la caridad, 1, c., 202).

Hay más amistad en amar que en ser amado (Santo Tomás, Suma Teológica, 22, q. 27, a. I).

Todo amor, desde el momento en que es auténtico, puro y desinteresado, lleva en sí mismo su justificación Amar gratuitamente es un derecho inalienable de la persona, incluso —habría que decir sobre todo— cuando el Amado es Dios mismo (Juan Pablo II, Alocución 2-VI-1980).

El amor es querer, pero no un querer hacer u obtener algo, sino querer al otro, querer el ser y el bien del otro. Y ese amor es el principio de cualquier acto de querer (S. Th. I, a 20, a. 1; q, 60, a. 1). Dice San Agustín que del propio amor vive cada uno, bien si el amor es bueno, mal si el amor es malo (Contra Fausto, 510). (C. Carmona, Metafísica del bien y del mal).

El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma (San Bernardo, Sermón 83).

Esto es en verdad el amor: obedecer y creer al que se ama (San Agustín, Homilía sobre S. Juan, 74).