Una crecida esperanza

1. La contemplación de nuestra sociedad, del mundo contemporáneo, no produce ––no debe producir–– excesivo entusiasmo. Una espesa capa de “smog”, de contaminación moral, desfigura y hace casi desaparecer los valores mas arraigados en el alma colectiva de la humanidad. Lo que los hombres de hoy hemos sido capaces de crear no es, ciertamente, digno de admiración alguna. Hay demasiados egoísmos, un cúmulo infinito de vanidades, una feria de hipocresías y una latente atmósfera de odios que corta el aliento de las pocas personas puras que aún se permiten el lujo de respirar a pulmón abierto.

No hago ––no podría–– ninguna valoración comparativa. Tal vez la historia de la humanidad ha sido siempre así, e incluso peor. Es muy posible ––quiero creerlo–– que la evolución humana sea tan progresivamente lineal como pretenden los más optimistas filósofos de la historia. Pero, ciertamente, lo que el mundo ofrece hoy a nuestros ojos no es grato, ni reconfortante, ni permite emitir exultantes diagnósticos.

2. Para un cristiano, esta visión de la actualidad puede conducir paradójicamente, a una crecida esperanza. Al fin y al cabo, nada negativo puede concluirse de una contemplación objetiva de la humanidad en este momento histórico. La conclusión es clásica: El mundo necesita redención; los hombres exigen ser salvados y lo piden a gritos; la gracia es algo gratuito que Dios concede no a los que se sienten con derecho a ella, sino a los que, desde su pobreza, la suplican.

Una impresión parecida debió experimentar el profeta Jonás cuando Yahvé-Dios lo empuja a pregonar la conversión a Nínive, una de las grandes metrópolis, donde la humanidad había prosperado en todo género de “novedades”. Hay en el alma del profeta una clara coincidencia histórica: La depravación, el mal, la regresión moral habían hecho su sede en “la gran capital”. Para él, aquélla era en realidad una “misión imposible”, un riesgo inútil, un optimismo sin fundamento.

Pero la gran sorpresa es que aquel mundo de perdición, la ciudad maldita, es susceptible de conversión, de gracia, de misericordia. El profeta Jonás invita a la ciudad de Nínive a la conversión: “Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada”. La conversión se produce, la destrucción no.

Cuando todo estaba ––aparentemente–– perdido surge la luz, la esperanza, la conversión. Y es el profeta el que debe rectificar su visión, sus convicciones y abrirse ––también él–– a la contemplación de la ilimitada capacidad de Dios para convocar a los hombres a un “año de gracia y de perdón”.

3. Esta constatación ––unida a tantas otras similares–– impide a un cristiano el pesimismo. Dios ––dice nuestro refranero–– escribe derecho con líneas torcidas. La gracia ––afirmaría el filósofo cristiano de la historia–– se impone sobre la tragedia humana. Sólo así, ante el triste espectáculo de un mundo dormido, cruel y ridículo, es posible ––todavía–– la esperanza. Bendita sea.

Antonio Díaz Tortajada