Comentario – Domingo III de Tiempo Ordinario

Tras ser arrestado Juan el Bautista, Jesús decide marchar a Galilea a proclamar su evangelio, que es el Evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed la Buena Noticia. La alusión al plazo hace referencia a un período de tiempo que ha llegado a su término. El plazo señala la frontera entre lo que finaliza y lo que comienza. La presencia de Cristo en el mundo representa esa frontera entre el viejo Testamento, que llega a su fin, y el nuevo, que irrumpe con él. Su proximidad es la cercanía del Reino, porque con él, con su presencia y actividad, llega el Reino de Dios. La llegada del Reino coincide con la implantación del derecho divino y con la liberación de los oprimidos por el diablo.

Son las dos tareas que ha venido a realizar el Ungido por el Espíritu Santo. Por eso, en la medida en que implanta el derecho (divino) en las naciones y libera de la opresión del poder del diablo (o pecado), establece el Reino de Dios en el mundo. La cercanía del Reino es ya presencia operativa, aunque no sea plenitud –plena instalación- o consumación. Pero la presencia del Reino en el mundo no se concibe sin conversión y sin fe en esa buena noticia que lo anuncia. La conversión a esa realidad a la que se invita a participar supone la fe en la realidad misma de esa noticia que se presenta como buena, puesto que el Reino es algo muy beneficioso para el hombre, tanto que representa su salvación. La cercanía del Reino es el evangelio de Jesús, su Buena Noticia para la entera humanidad.

Pero formar parte de esta realidad que nos llega con Jesucristo no puede ser nunca una imposición. La estructura del Reino no es la propia de un régimen de esclavitud, sino de libertad. Sus habitantes no pueden ser sino personas libres, que han optado libremente por formar parte de este régimen en el que impera la ley del amor. La felicidad del Reino es incompatible con una situación de sometimiento forzado, similar al de un campo de concentración o al de un régimen policial. Por eso se hace imprescindible la conversión a (o la asunción de) sus valores para incorporarse a él como miembros de pleno derecho. Sólo los que aman los valores que prevalecen en el Reino -los proclamados en las bienaventuranzas- pueden sentirse cómodos o felizmente instalados en él.

Pero el Reino es también una realidad comunitaria, que no se concibe sin moradores, sin seres humanos viviendo en la armonía y el amor de Dios. La implantación del Reino es, por eso, implantación de una comunidad humana en la que se comparten bienes y recursos. Por eso Jesús no se limitó a proclamar la buena noticia de su proximidad y a invitar a la conversión a sus valores, sino que comenzó a forjar esa comunidad germinal, llamando a algunos a formar parte de la misma para hacerla después extensiva a otros lugares y personas.

Eso es lo que significa ser pescadores de hombres. Jesús no llama a Simón y a Andrés y a los hermanos Zebedeo, Santiago y Juan, únicamente para que estén con él, formando parte de esa comunidad mesiánica nuclear en la que comenzaba a germinar el Reino; los llama también para que sean pescadores de hombres, ampliando así los límites del Reino y propiciando el brote de nuevas comunidades donde se vivan los valores del Reino. Venid conmigo –les dice- y os haré pescadores de hombre. El Reino ya no depende exclusivamente del Mesías, sino también de todos los que, llamados por él, se incorporan a su misión de anunciar y de extender el Reino de Dios en el mundo como colaboradores suyos.

Ellos dejaron inmediatamente las redes y lo siguieron. Su reacción ante la llamada significó el comienzo de esta colaboración para la que tuvieron que dejar cosas importantes; porque importantes para ellos eran su trabajo y su familia. Pero aquella colaboración con Jesús empezó a significar para ellos más que su propio trabajo y sus lazos afectivos. De no haber sido así, no habrían roto con vínculos tan poderosos. La implantación del Reino de Dios justifica, por tanto, no sólo la misión del mismo Cristo, sino también la vocación y misión de sus discípulos, los futuros pescadores de hombres.

Aquí, la pesca no es otra cosa que la convocación y congregación de los designados por Dios para formar parte de este Reino de salvación que es el suyo y del que por principio no se excluye a ninguna de sus criaturas racionales. Ello explica que, tras la resurrección, reciban el mandato de marchar por el mundo (sin detenerse en ninguna frontera) predicando el evangelio del Reino y bautizando. Tanto la enseñanza como el bautismo son los instrumentos empleados para la congregación de los llamados. Y esa labor se hace realidad histórica en las comunidades cristianas nacidas de esta siembra y de esta pesca.

La realidad del Reino comienza germinando en el interior de las personas, pero no se visibiliza hasta que no se hace comunidad de vida en las familias y en las iglesias. Porque si no se hace comunidad –sólo en ella se puede compartir- es que su crecimiento se ha interrumpido. La levadura del Reino dispone de un dinamismo de comunión que tiene que hacerse patente de cualquier modo en las relaciones humanas, generando mecanismos de unión o de fraternidad. ¿Quién puede desear quedar excluido de esta hermosa realidad aportada por Cristo? Sólo los ignorantes, los soberbios o los solitarios enfermizos que desconocen el deleite de la vida en comunión.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo III de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO III de TIEMPO ORDINARIO

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

 

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

 

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

 

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

 

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios», dice el Señor.

 

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

 

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

 

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, ayúdanos a llevar una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado II de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, hoy vengo a la oración con el único afán, el único deseo de seguirte. Sólo me interesa una cosa, la que interesaba a la esposa del Cantar de los Cantares: “Díme donde pastoreas”. No me interesa el pasto que me pueden ofrecer otros pastores. Mi único manjar quiero que seas Tú, tu vida, tu estilo, tu mensaje.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 3, 20-21

En aquel tiempo volvió Jesús con sus discípulos a casa y se juntó tanta gente, que no los dejaban ni comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: Está fuera de sí. 

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-Reflexión.

A primera vista, este texto que acabamos de escuchar nos sorprende, nos desconcierta. Los parientes de Jesús lo tienen por loco. Pero hay que preguntarse, ¿Por qué? Jesús ha vivido durante 30 años en Nazaret, un pueblo insignificante, ayudando a San José en su taller. Ha vivido, ha convivido, ha participado con la gente humilde y sencilla de su pueblo. Y ahí se ha realizado como persona. Es uno del pueblo. Por eso le llaman Jesús “el nazareno”. Ahora bien, cuando sus paisanos observan que hace milagros, que predica y la gente le sigue hasta “aprisionarle” es lógico que piensen que a Jesús le ha ocurrido algo raro. Y quieren llevarlo, de nuevo, al pueblo. Y ahí está el gran mensaje: Jesús, el hijo de Dios, ha empleado casi toda la vida viviendo “como uno más”, “como un desconocido”. Esta vida oculta y escondida de Jesús en Nazaret durante 30 años rompe todos los esquemas no sólo de sus parientes y vecinos, sino también los nuestros. Jesús nos enseñó a vivir. Nos enseñó que es más importante callar que hablar; servir que presumir; ser, que poseer. Nos enseñó las esencias más genuinas del más puro humanismo.

Palabra del Papa.

“La fe no es una cosa decorativa, ornamental; vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión, como si fuese un pastel que se lo decora con nata. No, la fe no es esto. La fe comporta elegir a Dios como criterio- base de la vida, y Dios no es vacío, Dios no es neutro, Dios es siempre positivo, Dio es amor, y el amor es positivo. Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como si no conociéramos a Dios. Como si fuese una cosa abstracta, vacía, de referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia. […]

Queridos amigos, también entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar, nos lo dice el Evangelio. Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, manteniendo fija la mirada de su corazón en Jesús, el Hijo del Altísimo, y en su misterio. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares de Jesús entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a mantener la mirada bien fija en Jesús y a seguirle siempre, incluso cuando cuesta”. (Homilía de S.S. Francisco, 18 de agosto de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra de Dios ya meditada. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Pasar este día normal y sencillo llenándolo de sentido simplemente “estando”, disfrutando de la vida, en la más sencilla cotidianidad.

 
6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy me has dado la gran lección: el dar más importancia en mi vida al ser que al tener. A veces, por querer hacer muchas cosas, realizar muchos proyectos, sentirme útil en el mundo, me olvido de vivir. Se me olvida el disfrutar de la vida: el tener tiempo para agradecer a Dios los regalos de cada día: el sol, el agua, el aire, las flores, la montaña, el trabajo sin agobios, la amistad. Gracias, Señor, por enseñarme a vivir.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Jesús nos llama por nuestro nombre

1.- Los que conocen bien el Libro de Jonás saben que se va a lamentar después de que el Señor haya perdonado a los habitantes de Nínive. Por tanto, cuando emprende su predicación cree que no es posible el perdón de Dios ante las muchas maldades que han cometido los ninivitas. Sin embargo, él cumple su misión en la gran ciudad, desconocida totalmente en todos los sentidos por Jonás. Pero las gentes de Nínive escuchan convenientemente la Palabra de Dios y se ponen en situación de reparar sus faltas. Hacen penitencia sincera y toda la ciudad es perdonada.

La primera idea es que Jonás sirve y obedece al Señor en contra de su parecer. No cree que Dios les perdone, pero realiza su pregón. Nos tendríamos que preguntar nosotros si hacemos lo que el Señor quiere, aunque no nos guste. Probablemente, no. Y así construimos, entonces, nuestra acción religiosa en solo aquello que nos gusta o que a nosotros nos parece bien. Es decir, creamos una religión a la medida, que intentamos aplicar a los demás, sin tener en cuenta los mandatos del Señor.

La segunda idea, al respecto, es que el Padre perdona siempre. Solo espera un gesto de arrepentimiento. Ahí está, por ejemplo, la parábola del Hijo Pródigo. El muchacho, que se marchó lejos para derrochar su fortuna, vuelve a su casa más por necesidad que por arrepentimiento. Tiene hambre. Pero el Padre acepta la confesión del primer momento –“he pecado contra Ti”, dice—y su vuelta se convierte en una fiesta. Jonás, asimismo, puede encarnar la figura del hermano mayor del pródigo que no puede admitir que su Padre perdone al irresponsable de su hermano. La enseñanza, pues, que nos ofrece la primera lectura es sencilla y definitiva: Dios perdona siempre y de poco sirven las ideas preconcebidas y justicieras que tengamos nosotros. Es necesario aprender a perdonar siempre, aunque la ofensa cometida nos parezca terrible o de difícil perdón. Perdonemos. Perdonemos siempre. Y como también nos dice Jesús de Nazaret sería mejor que no nos acercáramos al templo, al altar, si llevamos en nuestro corazón el rencor y la ausencia de perdón.

2.- ¿Nos suenan difíciles las palabras de Pablo de Tarso que acabamos de escuchar? ¿Parece que quita importancia a cosas que para nosotros los son? Y, en efecto, podríamos entender que San Pablo minimiza y obvia cosas que son fundamentales. Vivir casados como si no lo estuviéramos; los tristes como si no sintieran esa tristeza, ni los alegres esa alegría. Es raro, ¿verdad? Pero, ¿qué quiere decirnos Pablo? Pues, realmente, es bastante certero lo que señala en ese misterioso párrafo dirigido a los fieles de Corinto. Porque él establece un régimen de prioridades. Y, realmente, comparando todas esas cosas con el Mundo Futuro, con la Eternidad, parece que valen poco. Nuestra convivencia final con Dios es lo más importante que puede haber. Además, Pablo fue un místico, un gran místico.

Y la cercanía de Dios que la mística produce tiende a crear sentimientos de indiferencia ante todo aquello que no sea el esperado abrazo con el Señor. Es pues muy importante lo que el Apóstol nos dice hoy. Y como otros grandes místicos de la historia su vida es de acción, de viajes, de predicación, sin descanso. Es un místico en la acción. Por tanto hay que entender que reír o llorar con los compañeros, casarse y hasta comprar y poseer son cosas notables y buenas. Dignas de ser acometidas y practicadas. Pero es mucho más importante Dios. Y no es que todo ello sea incompatible. No. Sólo ocurre que Dios es lo principal y su conocimiento lo más importante que podemos tener.

3.- El evangelista San Marcos nos va acompañar durante este ciclo B. Como sabéis cada ciclo –son tres: A, B y C—cuenta con la presencia en las lecturas de uno de los tres Evangelios sinópticos. Marcos es breve en sus textos y muy fuerte en sus ideas. Su concisión hace, según mi punto de vista, que esa vida de Jesús que narra él llegue de manera más simple y fuerte, a la vez, como esculpida en piedra con rasgos y contornos angulosos y pronunciados. Hoy, por ejemplo, en poco más de diez líneas cuenta el contenido de la predicación de Jesús. Anuncia que el tiempo ya se ha terminado y que es necesario convertirse mediante la fe en la Buena Nueva. A su vez refleja con todos los detalles –y muy pocas palabras—la llamada a Pedro y Andrés y a Santiago y Andrés. Son pescadores en el lago de Galilea y serán después “pescadores de hombres”.

Pero, en fin, lo anterior referido a Marcos, sería como la forma. Nos interesa recapacitar un poco sobre el mensaje de Jesús. Importa saber que es Jesús quien nos elige a nosotros. No nosotros a Él. Pensamos muchas veces que la opción que tomamos por el seguimiento de Cristo es una decisión propia y alejada de cualquier complicidad externa a nosotros. No es así. Si somos consecuentes –y miramos con humildad en nuestro interior—descubriremos aquel día en que Jesús nos llamó. No estaríamos junto al lago, aunque tal vez si en el interior de un automóvil, o paseando por la calle, o en el templo, o en cualquier lugar. Hubo una palabra de alguien, una línea de un libro, la risa de un niño o el llanto de una madre que nos inspiró, que nos hizo necesitar, desde ese mismo momento, la cercanía de Jesús: sus palabras, su mensaje, su consuelo. Ese fue el día que nos llamó.

Nos ha dicho también que el tiempo se ha agotado y que debemos convertirnos. Es cierto. ¿Cuánto tiempo llevamos escuchando el mensaje de Jesús sin hacerle caso? Incluso, los que presumen de ser grandes cristianos, si son humildes y coherentes, comprenderán que poco han entendido, que el Reino está muy lejos de ellos, y que lo que saben es útil solo para una pequeña parte de su vida, no para todas las horas del día. Es muy urgente que nos convirtamos, porque si lo hacemos de corazón, podremos llevar la Buena Nueva a nuestros hermanos más necesitados de ella. No hay tiempo que perder, porque cada vez hay más personas ignorantes de lo que es el Camino, la Verdad y la Vida que nos da Cristo. Y me parece que cada vez hay más personas que apenas saben nada de Jesús, salvo algunos tópicos mal aprendidos. De ahí la urgencia de convertirnos y creer en el Evangelio. Los demás nos necesitan.

4.- El epílogo, a modo de resumen, de lo que nos enseñan las lecturas de este tercer domingo del Tiempo Ordinario supone algo sencillamente importante. Hemos sabido, por el Libro de Jonás, que Dios perdona siempre. Y siempre es siempre, no ciertas veces. Pablo nos muestra una prioridad por las cosas de Dios, por la cercanía del Señor, comparado con lo cual lo demás –aun lo importante—pierde valor. Y Jesús, nuestro Maestro, nos urge a convertirnos y a creer en Él y en lo que anuncia. Y hemos de saber que nos será más fácil de los que creemos: Él nos va a llamar por nuestro nombre y nos dirá lo que tenemos que hacer para ser “pescadores de hermanos”. Si le escuchamos bien, las dificultades no tendrán importancia. Reflexionemos pues esta semana en estos tres puntos que forman un caudal de conocimiento notable para seguir construyendo el Reino de Dios dentro de nosotros.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado II de Tiempo Ordinario

(Mc 3, 20-21)

Este es uno de los textos donde aparece la riqueza de la personalidad de Jesús.

Por un lado era tan atractivo que se amontaban multitudes a su alrededor. Pero por otra parte, su modo de hablar y de actuar era desconcertante, y algunas personas, incluso dentro de su familia, lo consideraban fuera de sí, exaltado, loco. Sus familiares llegaban al punto de querer “sujetarlo”.

De este modo vemos al Hijo de Dios hecho semejante a nosotros en todo, hasta el punto de convertirse en blanco de todo tipo de acusaciones y de sospechas. Porque él no entraba en los cánones de la “normalidad” de la sociedad, y tampoco será normal la entrega total de su vida en la cruz, esa entrega que lo convertirá en “escándalo y locura” (1Cor 1, 23).

Quizás hoy nuestra fe no nos convierta en objeto de sangrientas persecuciones, aunque en algunos lugares del mundo todavía hay mártires. Lo más común entre nosotros es que tengamos que soportar otro tipo de persecuciones, que son como aguijones frecuentes para nuestro orgullo. Se trata de las burlas de los que intentan ridiculizar nuestra fe y hacerla pasar por tonta, irracional, atrasada, fuera de lugar.

Pero si Cristo mismo tuvo que sufrir ese tipo de agresiones verbales, de comentarios y sospechas, si a él mismo lo consideraban un “loco”, ninguno de sus discípulos puede pretender una vida más tranquila y un reconocimiento social.

Oración:

“Señor Jesús, que siempre vas más allá de mis cálculos, de mis planes, de mi capacidad de comprensión, dame la gracia de no querer sujetarte, de no querer adaptarte a los límites de mi mentalidad, y tómame con tu loco amor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Audaces en la entrega

1.- “Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, a predicar lo que yo te indicaré. Jonás se puso en marcha…” (Jn 3, 2-3) Jonás había huido de Dios. Intentó escapar de su presencia, eludir su mandato. No quería ir a Nínive para predicar y que se convirtieran de su mala vida. Era inútil marchar a un pueblo pagano que sólo pensaba en pasarlo bien. Pero Dios persigue al profeta hasta rendirlo. Y es que a Dios no hay quien se le resista. Al final vence siempre él. Por eso es conveniente evitar todo forcejeo inútil, no poner resistencia. Lo mejor es darle facilidades, hacer lo que su voluntad determine, sea lo que sea. Si obramos así nos maravillaremos del resultado. Dios es así, puede hacer que nazca una flor donde sólo hay arena. Para su fuerza no hay obstáculo que se ponga en su camino… Señor, Tú sabes cómo olvidamos tu omnipotencia y en consecuencia cómo nos cuesta aceptar las cosas, sobre todo cuando no están de acuerdo con lo que nosotros pensamos. Cómo resulta casi imposible entonces ver claro el horizonte de nuestra existencia.

Por eso te rogamos que ilumines nuestro pobre entendimiento con la luz de la fe, para vivir convencidos de que lo puedes todo. Y de que nos amas entrañablemente. Para que así sepamos aceptar tus planes y deseos. Por muy extraños y difíciles que nos parezcan.

“Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido de su mala conducta, tuvo compasión de ellos…” (Jn 3, 10) Dios contempla con agrado la reacción de aquellos hombres. Desde el mayor hasta el más pequeño hacen penitencia. Se arrepienten de sus pecados. Y el mismo rey, enterado de la noticia, se levantó de su trono, se quitó el manto, se vistió de saco y se sentó en ceniza. Manifestaciones todas que indican la profunda y sincera contrición que le embargaba.

Y Dios, cargado de amenazas hacía poco, se compadece y les perdona, no lleva a cabo el castigo que les tenía preparado… Qué fácil es Dios al perdón y a la compasión, qué presto al olvido. Esta es su mayor grandeza: su misericordia ante el pecador arrepentido. Cuando nos perdona es cuando se manifiesta mejor la magnitud de su amor… Por eso no tenemos derecho a dudar de su perdón. Más aún, la desconfianza en Dios es un pecado que no se perdona. Es el pecado de los que no piden perdón, de los que no se arrepienten por no creer en la capacidad infinita de misericordia que hay en Dios.

2.- “Haz que camine con lealtad…” (Sal 24, 5) La lealtad es una de las cualidades más nobles que el hombre puede tener. El hombre leal es fiel a su palabra, es firme en sus sentimientos de amistad, no traiciona jamás, sigue siempre el camino que se marcó, aunque para ello tenga que sufrir grandes sacrificios. Y si esta virtud es importante y digna de gran estima en las relaciones con los demás hombres, mucho más lo es en las relaciones con Dios. Los hombres, al fin y al cabo, son susceptibles de cambios. Somos volubles, indignos muchas veces de que se nos guarde fidelidad, ya que tampoco nosotros sabemos guardarla.

Pero Dios no. Dios es siempre fiel a sus promesas, es constante en el cumplimiento de sus compromisos, no falla jamás. De ahí que el ser leales, especialmente con Dios, es algo que hemos de valorar mucho en nuestra vida. Recordemos que el mismo Jesucristo afirmó que quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino de los cielos.

“Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas” (Sal 24, 6) Todo lo bueno que tenemos o que podemos tener son dones que el Señor nos concede, movido por su inmensa misericordia. Y es que nosotros, de nosotros mismos, nada merecemos, a nada tenemos derecho frente a Dios. Unos por una cosa y otros por otra, todos tenemos algo de qué arrepentirnos y de qué avergonzarnos. Y quien piensa que él no, más todavía, porque además es un soberbio, lo peor que se puede ser ante Dios.

Y como no tenemos nada, y queremos tener el don de la lealtad, el don de la perseverancia, acudimos hoy al Señor para suplicarle humildemente que nos ayude, que nos dé su fortaleza, su gracia para permanecer leales y firmes en el camino emprendido… “Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí por compasión, tú que eres infinitamente bueno, Señor…”. Confía e insiste: “El Señor es justo y recto, pero también es compasivo y misericordioso y enseña el camino a los pecadores que se arrepienten, ayudándoles a caminar con rectitud”.

3.- “Os digo esto: el momento es apremiante ” (1 Co 7, 29) El Apóstol quiere hacernos comprender que la vida de aquí abajo es corta, un puñado de años, o de días, que pasan veloces. Por eso nos apremia y nos urge para que vivamos de cara a esa otra vida que nunca termina, la única por la que realmente vale la pena luchar, esa vida eterna para la que hemos sido creados, el destino glorioso de nuestra existencia. Destino que es una meta que hay que alcanzar, un premio que hay que merecer, una plaza fuerte que hay que conquistar. Para ello es preciso darse prisa pues el tiempo que tenemos es muy poco, menos quizá de lo que nosotros nos imaginamos.

Los días de un cristiano han de estar, por tanto, llenos de buenas obras. Cada instante ha de ser una ocasión bien aprovechada de amar y de servir a Dios, y por él, a todos los hombres. Todos los momentos son útiles para merecer, para hacer algo en honor de nuestro Dios y Señor. Para eso se nos ha concedido la vida natural, para ganarnos la sobrenatural. Tenemos que desgranar minuto a minuto, en un continuo deseo de agradar a Cristo, toda nuestra existencia. Sin esta visión corremos el peligro de llegar al final con las manos vacías, avergonzados de presentarnos ante el tribunal divino con la triste historia de una vida muerta y sin sentido.

“…porque la presentación de este mundo se termina” (1 Co 7, 31) Todo cuanto nos rodea no es otra cosa que un decorado, más o menos bello, que adorna el escenario de nuestro vivir. Desde el momento de nacer comienza el primer acto de nuestra representación. Luego las escenas se irán sucediendo sin cesar, una tras otra, con risas unas veces y con lágrimas otras. En ocasiones la representación se convierte en comedia, otras cambia el tema para dar paso al drama, o incluso a la tragedia. Los personajes que nos acompañan van pasando a nuestro lado, muchas veces para no volver jamás. De todas formas el espectáculo prosigue, ninguno de los actores es imprescindible. Cuando uno se va, termina para él su papel, pero la representación continúa.

Después del último mutis, comienza para cada uno la auténtica realidad. Entonces ya no hay máscaras ni afeites que disimulan y engañan. Entonces estamos ante Dios tal como somos, sin más ornato que el de las buenas acciones, sin más recomendación que la de nuestra propia vida… El gran teatro del mundo. Es una idea antigua y siempre nueva. Una realidad que ha de estimularnos a cambiar de conducta, urgirnos a vivir de cara a Dios, frente a la eternidad, empeñados siempre en rectificar y en mejorar nuestra conducta, encendidos de continuo en el deseo de amar sinceramente a Dios.

4.- “Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea…” (Mc 1, 14) Es indudable que Jesús no vino a derrocar el poder temporal de los gerifaltes de su pueblo. A él no le interesaba la gloria y el poderío de los “mandamases” del mundo, él no necesitaba el vasallaje ni el servicio de nadie. Él había venido a servir y no a ser servido. Sin embargo, el choque con los que hacían cabeza se produjo necesariamente. La envidia y la celotipia, la sospecha y el recelo, se despertó en los poderosos apenas comenzó el Señor a predicar, atrayendo a las muchedumbres tras de sí.

El Señor lo sabía y, no obstante, siguió predicando la Buena Nueva que había de traer la verdadera libertad, el rompimiento de las más fuertes cadenas que pueden aherrojar al corazón y la mente del hombre, las del egoísmo y la soberbia, las cadenas del pecado. Sí, Jesús fue valiente y firme, audaz incluso, en el cumplimiento de su misión. Pero su fortaleza y su valentía supo conjugarse con la prudencia, su audacia nunca fue osadía.

Por eso en los comienzos de su actividad, cuando aún estaba lejana la hora señalada por el Padre, Jesús al enterarse que Juan Bautista había sido encarcelado abandona la Judea y se retira a Galilea. Es la postura de quien camina al paso de Dios, sin precipitar los acontecimientos ni provocar sacrificios inútiles. En ocasiones una huida puede ser una victoria, o el silencio puede ser un gesto de autodominio, una verdadera heroicidad. En la vida hay que guiarse por la razón, sin dejarse llevar sólo por el corazón. Esto no quiere decir que no se ponga empeño, e incluso pasión, a la hora de actuar. Fuertes, valientes, audaces, pero nunca imprudentes ni osados.

Valentía sobre todo para escuchar la voz de Dios y seguirla con generosidad y prontitud. Es muy fácil aturdirse con mil preocupaciones, no pararnos a reflexionar bajo la luz de la fe, no llegar hasta las últimas consecuencias de nuestro amor a Dios. El Señor se acerca muchas veces hasta nosotros, para exigirnos y para darnos, para animarnos a vivir de modo más congruente con el Evangelio. Sí, Dios nos llama a todos y a cada uno de nosotros, a todos nos empuja su amor para contribuir eficazmente a la salvación de todo el mundo.

Reconozcamos que muchas veces somos cristianos sólo de nombre. Nuestras relaciones con Dios se reducen a poco más de media hora en la Misa del domingo. Olvidamos que Dios está presente, cerca de nosotros, en las realidades que vivimos cada momento y que, grandes o pequeñas, constituyen el entramado de nuestra existencia… Dejemos de mirar a ras de tierra, rompamos la frontera estrecha de nuestros intereses personales. Hemos nacido para cosas más altas. Dios nos llama, respondamos con valentía, seamos audaces y generosos en la entrega.

Antonio García Moreno

El tiempo y el plazo de Dios

1.- Estamos acostumbrados a poner límites a las cosas; préstamos, amistades, obras, estudios, trabajos, etc. Pero, para las cosas de Dios, parece que no nos preocupa demasiado.

A veces lo vemos tan lejano, que sentimos que Dios “alarga” siempre un poco más su paciencia con nosotros.

A veces lo sentimos tan bueno, que llegamos a pensar que, precisamente por ser tan bondadoso, tenemos derecho a exigirle que sea como nosotros, que piense como nosotros, que se apee una y otra vez de ese cielo y, se rebaje, hasta los límites más ilimitados que pretendemos imponerle.

2.- ¡Se ha cumplido el plazo! Decía Jesús en las orillas de Galilea. ¿Plazo para qué y de qué?

Plazo para vivir según Dios. Para no hacer una religión a la carta. Para recuperar el hondo sentido de nuestra vida cristiana.

Plazo para mirarnos más en el espejo de Jesús y un poco menos en esos cristales de colores que la sociedad de la opulencia cuelga delante de nosotros.

Plazo para estar contentos de haberle descubierto en ese “lago de nuestra existencia”. Todos tenemos una hora “x” en la que el Señor pasa, nos habla, nos llama, nos mira y nos dice: para ti, también se ha cumplido el tiempo. ¿Quieres colaborar conmigo?

3.- En este 2006, el Señor pasa por la orilla de nuestra vida. En este domingo, una vez más, ha dicho: “venid conmigo”. Y lo hemos dejado todo (televisión, amigos, comodidades, casa) para estar un momento con El, para rezar y celebrarlo con la comunidad. Necesitamos de estos espacios para que, Dios, repase las redes de nuestras almas y de nuestros corazones, y nos lancemos –sin miedo alguno- a dar testimonio de nuestra fe, razón de nuestra esperanza, alegría con nuestra vida.

Dios, aún siendo bueno y justo, confía en que vayamos cumpliendo con ese programa que se inició en el día de nuestro Bautismo. Si hay plazo para que un artista entregue su obra, para que un profesor acabe una asignatura o para que un pesquero regrese a puerto, también – el cristiano – tiene un vencimiento para dar muestras de su buen hacer, de que su fe es sincera, de que sus obras y sus palabras son un perfecto acorde.

Ha pasado el Señor y, lejos de mirarnos por encima de los hombros, nos mira frente a frente. Nos sienta en su mesa. Nos habla. Nos explica las escrituras y parte para nosotros el pan.

4.- ¡Feliz Eucaristía que nos trae la fuerza necesaria para no sucumbir en ese crecimiento personal, comunitario y eclesial al que todos estamos llamados!

–¡Feliz Eucaristía que, domingo tras domingo, nos da la posibilidad de hacer un pequeño balance de cómo va nuestro compromiso cristiano o el diálogo sincero con Dios!

–¡Feliz Eucaristía que, en el domingo, remueve las aguas de ese gran lago que tenemos en el corazón, para que Dios, pesque dentro de él, cosas que merezcan la pena!

–¡Feliz Eucaristía que, aquí y ahora, nos llena de esperanza y nos dice que con Jesús todo ha vencido, los tiempos mesiánicos están cumplidos y que es hora de tomarse en serio lo que llevamos entre manos!

Que no pase el tiempo y, aunque Dios nos vaya alargando los plazos para nuestra conversión, que pensemos que –día que pasa- es también día que no vuelve.

Javier Leoz

Está cerca el Reino de Dios

1- Juan había predicado la conversión, un bautismo de penitencia, para recibir la llegada del Mesías. Su tono era amenazante: “ya está el hacha preparada para aquél que no de buen fruto”. El mismo Juan señaló a sus discípulos que Jesús era aquél que todos esperaban “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. La voz venida del cielo lo ratificó. Tras su bautismo y posterior retiro al desierto, los evangelios sinópticos nos presenta a Jesús en Galilea. A primera vista lo que predica es parecido a lo de Juan: conversión. Sin embargo el tono que emplea y el significado de lo que anuncia es distinto: es un mensaje de esperanza que se hace realidad, no es una amenaza: “está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed en el evangelio”.

¿Cuál es la Buena Noticia –esto es lo que significa etimológicamente evangelio– que hay que creer? San Lucas pone en boca de Jesús, en la sinagoga de Nazaret, las notas de esta buena nueva: los pobres son evangelizados, los cautivos obtienen la libertad, los ciegos recuperan la vista, los oprimidos son liberados, es anunciado el año de gracia y de perdón para todos.

2 – Las lecturas ponen todo su énfasis en la misericordia de Dios, cuya ternura es eterna. Dios es salvador, es bueno y enseña el camino a los humildes para que caminen con rectitud (salmo 24). Esta misericordia de Dios ya se había hecho realidad en tiempos de Jonás, cuando Dios se compadece y se arrepiente de la catástrofe con que había amenazado a Nínive. Estoy seguro que se consigue más con la persuasión y con el diálogo, que con la amenaza y la ruptura. Frecuentemente los católicos nos escandalizamos de ciertas cosas que observamos en nuestro mundo, y surge entonces espontáneamente nuestra condena. Creo que no se consigue nada condenando, y sí se logra mucho convenciendo con el ejemplo.

3 – La cercanía del Reino es tan grande, que está dentro de nosotros. El Reino de Dios nace en el interior de todo aquél que se alinea con los desheredados y excluidos, en el hombre que acepta pasar dificultades para estar mucho más cerca de los oprimidos que de los que oprimen, en toda persona que lucha contra la injusticia, en aquél que construye un mundo nuevo desde la no violencia activa, en el ser humano que es capaz de perdonar. Entonces el Reino se hace realidad en nuestro mundo para trasformarlo y convertirlo en la civilización del amor.

4 – Jesús llamó a unos pobres pescadores, nuevamente se fija en los pequeños, para convertirlos en pescadores de hombres. Ellos no entendieron en aquel momento de qué pesca se trataba, pero poco a poco se dieron cuenta de la maravillosa y arriesgada misión que Jesús les encomendaba: anunciar y establecer el Reino de Dios. Esta llamada no sólo se produjo “en aquel tiempo”, ahora mismo te sigue llamando a ti. ¿Serás capaz de escuchar su voz y dejar en la arena tu barca?

José María Martín OSA

El proyecto del Reino de Dios

Se han escrito obras muy importantes para definir dónde está la «esencia del cristianismo». Sin embargo, para conocer el centro de la fe cristiana no hay que acudir a ninguna teoría teológica. Lo primero es captar qué fue para Jesús su objetivo, el centro de su vida, la causa a la que se dedicó en cuerpo y alma.

Nadie duda hoy de que el evangelio de Marcos lo ha resumido acertadamente con estas palabras: «El reino de Dios está cerca. Convertíos y creed esta Buena Noticia». El objetivo de Jesús fue introducir en el mundo lo que él llamaba «el reino de Dios»: una sociedad estructurada de manera justa y digna para todos, tal como la quiere Dios.

Cuando Dios reina en el mundo, la humanidad progresa en justicia, solidaridad, compasión, fraternidad y paz. A esto se dedicó Jesús con verdadera pasión. Por ello fue perseguido, torturado y ejecutado. «El reino de Dios» fue lo absoluto para él.

La conclusión es evidente: la fuerza, el motor, el objetivo, la razón y el sentido último del cristianismo es «el reino de Dios», no otra cosa. El criterio para medir la identidad de los cristianos, la verdad de una espiritualidad o la autenticidad de lo que hace la Iglesia es siempre «el reino de Dios». Un reino que comienza aquí y alcanza su plenitud en la vida eterna.

La única manera de mirar la vida como la miraba Jesús, la única forma de sentir las cosas como las sentía él, el único modo de actuar como él actuaba, es orientar la vida a construir un mundo más humano. Sin embargo, muchos cristianos no han oído hablar así del «reino de Dios». Y no pocos teólogos lo hemos tenido que ir descubriendo poco a poco a lo largo de nuestra vida.

Una de las «herejías» más graves que se ha ido introduciendo en el cristianismo es hacer de la Iglesia lo absoluto. Pensar que la Iglesia es lo central, la realidad ante la cual todo lo demás ha de quedar subordinado; hacer de la Iglesia el «sustitutivo» del reino de Dios; trabajar por la Iglesia y preocuparnos de sus problemas, olvidando el sufrimiento que hay en el mundo y la lucha por una organización más justa de la vida.

No es fácil mantener un cristianismo orientado según el reino de Dios, pero, cuando se trabaja en esa dirección, la fe se transforma, se hace más creativa y, sobre todo, más evangélica y humana.

José Antonio Pagola