Comentario – Lunes III de Tiempo Ordinario

(Mc 2, 23-30)

Como Jesús despertaba admiración con sus prodigios, los maestros de la Ley encontraron una forma de desacreditarlo: diciendo que lo que él hacía era obra del mismo Satanás.

Aquí la blasfemia contra el Espíritu Santo es la actitud del que se cierra a la acción del Espíritu poniendo como excusa que esa acción viene de Satanás; es ver los signos que Dios le regala para que crea, pero terminar haciendo callar a Dios con excusas blasfemas con tal de no cambiar los propios planes.

Este pecado contra el Espíritu Santo designa entonces al corazón cerrado que rechaza la Palabra de Dios, rechaza los signos de su amor, y en definitiva rechaza el perdón de Dios, y por eso no puede ser perdonado mientras persevere en esa actitud, ya que Dios no actúa en contra de las decisiones de la libertad humana. Libertad enferma, pero que nos permite hacer una historia, caer y volver a levantarnos, y también nos permite decir que, si seguimos el camino de Dios no es porque él nos haya forzado. La iniciativa siempre es suya, y él nos da su gracia para que podamos responderle; pero hay una respuesta que debe brotar de nuestra libre aceptación.

Digamos también que este texto nos alerta contra el peligro de la división, porque Jesús asume un proverbio popular que decía que un lugar donde hay división no puede subsistir, que para la subsistencia de algo es necesaria la unidad. Así nos motiva a descubrir que es mejor luchar juntos para poder resistir a las tentaciones y seducciones del mal, como diciéndonos que si nos quedamos solos y nos aislamos somos mucho más vulnerables que si vivimos el ideal de la unidad.

Oración:

“Espíritu Santo, toca los corazones que se han cerrado a tu gracia, que no pueden ver los signos de tu amor, y rechazan tu perdón; sedúcelos con la atracción de tu gracia, sigue invitándolos a tu amistad, no dejes de mostrarle la belleza de Jesús”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día