Vísperas – Viernes III de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES III de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

SALMO 134: HIMNO A DIOS, REALIZADOR DE MARAVILLAS

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
—en medio de ti, Egipto—
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

SALMO 134

Ant. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

Señor, tu nombre es eterno;
Señor, tu recuerdo de edad en edad.
Porque el Señor gobierna a su pueblo
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,
hechura de manos humanas;
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,
no hay aliento en sus bocas.
Sean lo mismo los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Casa de Israel, bendice al Señor;
casa de Aarón, bendice al Señor;
casa de Leví, bendice al Señor.
fieles del Señor, bendecid al Señor.

Bendito en Sión el Señor,
que habita en Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: St 1, 2-4

Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros sin falta alguna.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, a quien el Padre entregó por nuestros pecados y lo resucitó para nuestra justificación, diciendo:

Señor, ten piedad de tu pueblo.

Escucha, Señor, nuestras súplicas, perdona los pecados de los que se confiesan culpables,
— y, en tu bondad, otórganos el perdón y la paz.

Tú que por el Apóstol nos has enseñado que, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia,
— perdona con largueza nuestros muchos pecados.

Hemos pecado mucho, Señor, pero confiamos en tu misericordia infinita;
— vuélvete a nosotros, para que podamos convertirnos a ti.

Salva a tu pueblo de los pecados, Señor,
— y sé benévolo con nosotros.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que abriste las puertas del paraíso al ladrón arrepentido, que te reconoció como salvador,
— ábrelas también para nuestros difuntos.

Reconociendo que nuestra fuerza para no caer en la tentación se halla en Dios, digamos confiadamente:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, que quisiste que Cristo, tu Hijo, fuese el precio de nuestro rescate, haz que vivamos de tal manera que, tomando parte en sus padecimientos, nos gocemos también en la revelación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes III de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

                  Señor, dame la gracia de la humildad. Soy muy poca cosa. Algo así como una pequeña semilla. No quiero presumir ni de un gran árbol, ni siquiera de un pequeño arbusto. Soy una semilla pequeña, insignificante, pero con un gran poder interno que no es mío, que Tú mismo me has dado. Dame hoy la gracia de aceptarme como soy: pequeño como una semilla. Pero con muchas posibilidades si te dejo a ti las riendas de mi vida.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 4, 26-34 

También decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega». Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado. 

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión.

El reino de Dios irrumpe. Nos trasciende y nos desborda. Esa trascendencia creadora de Dios es primordial para entender el evangelio.Ciertamente la semilla necesita buena tierra, pero hay alguien invisible que la cuida. “El grano brota y crece sin que él sepa cómo”. Ciertamente hay algo misterioso y que únicamente podremos descubrir con una mirada “contemplativa” Decía Jesús: “Mirad cómo crecen los lirios en la primavera”. No crecen porque esté ahí el agricultor tirando de ellos. Crecen con toda su belleza con la caricia del aire, con la caricia del sol, con la caricia del agua, con la caricia de Dios. Hay que dejar hacer. El agricultor sabe que el mejor día para él no es el que más trabaja, sino aquel que no trabaja.  En el bar del pueblo, jugando a las cartas y tomando unas cervezas, de vez en cuando, se asoma a la ventana y escucha caer la lluvia. ¡Qué alegría! Y dice: esa lluvia es oro, esa lluvia es una bendición. De ella depende el fruto de su cosecha. Así son las cosas de Dios.

Palabra del Papa

“El evangelio de hoy está formado por dos parábolas muy breves: la de la semilla que germina y crece por sí, y la del grano de mostaza…Podemos tener confianza, porque la palabra de Dios es palabra creadora, destinada a volverse ‘el grano lleno en la espiga’. Esta parábola si es acogida, trae seguramente sus frutos, porque Dios mismo la hace germinar y madurar a través de caminos que no siempre podemos verificar y de una manera que no conocemos. Y de una manera que no sabemos.

Todo esto nos hace entender que es siempre Dios quien hace crecer su Reino. Por esto rezamos tanto, ‘Qué venga tu Reino’. Es él quien lo hace crecer, el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera con paciencia los frutos. La palabra de Dios hace crecer, da vida. Y aquí quiero recordarles la importancia de tener el Evangelio, la Biblia al alcance de mano. El Evangelio pequeño en la cartera, en el bolsillo, debe nutrirnos cada día con esta palabra viva de Dios. Leer cada día un párrafo del Evangelio o un párrafo de la Biblia. Por favor no se olviden nunca de esto, porque esta es la fuerza que hace germinar en nosotros la vida del Reino de Dios”. (Homilía de S.S. Francisco, 14 de junio de 2015).

4.- Qué me dice esta palabra hoy a mí. (Guardo silencio).

5.- Propósito. Saldré hoy al campo y miraré la Naturaleza con mirada contemplativa.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy quiero agradecerte tu presencia oculta y escondida, pero eficaz y misteriosa en la Naturaleza. Que sepa también descubrirte vivo y presente en mi corazón. Que mi oído interno sepa escuchar el latido de tu corazón cerca del mío. Y que, con la voz del salmista, te diga: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón”  

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes III de Tiempo Ordinario

(Mc 4, 26-34)

Seguimos con las semillas. Aquí se nos ofrecen dos parábolas más, que tienen que ver con el mundo vegetal, y que por eso son aptas para explicar de qué manera va creciendo el Reino de Dios.

El Reino de Dios, igual que una semilla, crece por el poder que el mismo Dios le infunde, más que por los planes y realizaciones del hombre. Por eso aun en medio del sueño del hombre, el Reino sigue creciendo.

Esa acción invisible, que a veces comienza con la apariencia simple de una semilla de mostaza, termina produciendo algo grande, una realidad llena de vida que puede acoger a todos los hombres, así como una multitud de pájaros van a anidar entre las ramas que surgieron de la pequeña semilla de mostaza.

Este texto es una invitación a la espiritualidad de la confianza, una confianza que nos lleva a suplicar al Señor que actúe con su gracia en lo secreto de nuestra vida, más allá de lo que nosotros podamos comprender o planificar.

Su gracia divina nos sostiene y se anticipa a nuestras decisiones y esfuerzos. Y donde podamos encontrar algo bueno, bello y auténtico, si agudizamos nuestra mirada, podremos descubrir que allí está actuando la gracia de Dios. “Busca algo bueno y encontrarás gracia”.

Oración:

“Señor, ayúdame a confiar en el poder de tu gracia, a invocar tu ayuda que puede transformar secretamente mi vida, a reconocer los signos de la obra silenciosa que tú realizas por todas partes”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

Curso tradicional de las Horas

88. Siendo el fin del Oficio la santificación del día, restablézcase el curso tradicional de las Horas de modo que, dentro de lo posible, éstas correspondan de nuevo a su tiempo natural y a la vez se tengan en cuenta las circunstancias de la vida moderna en que se hallan especialmente aquellos que se dedican al trabajo apostólico.

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO

SALUDO

La Palabra de Días y la eucaristía nos convocan, un domingo más, a la mesa del Señor. Domingo tras domingo nos reunimos aquí en respuesta a esta llama­da, a esta invitación de Jesús. Pero no debemos dejar, en ningún momento, que la rutina pueda con nosotros, de forma que, en vez de partícipes, seamos meros es­pectadores. La eucaristía no es algo para «ver» sino para celebrar, para vivir. Por eso, si hemos venida como espectadores aún estamos a tiempo de marcharnos y emplear el tiempo en algo que nos “entretenga» más. Sí hemos venido a participar recordemos que hoy, como siempre., nuestra mesa está presidida por el Señor Jesús.

ACTO PENITENCIAL

  • Por todas las veces en que no hemos sabido hacer el uso debido de nuestra autoridad, y de nuestro poder. SEÑOR, TEN PIEDAD.
  • Por todos nuestros actos carentes de amor hacia los demás. CRISTO, TEN PIEDAD.
  • Por todas las veces que no hemos sabido liberar a los demás de sus opresiones. SEÑOR, TEN PIEDAD.

ORACION COLECTA

Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda, en consecuencia, a todos los hombres. Por nuestro Señor.

LECTURA NARRATIVA

El libro del Deuteronomio nos muestra hoy, de for­ma escueta y clara, qué es un profeta del Señor. El pro­feta es un mensajero. Habla en nombre de Dios a los hombres; pero no es él quien maneja la Palabra de Dios. Es esta Palabra la que maneja al profeta, hacién­dose activa ralidad en él.

LECTURA APOSTOLICA

Pablo, en unos momentos en los que todavía estaba convencido de la proximidad del fin del mundo, habla fervientemente en favor del celibato. Hoy, sin ese pen­samiento de proximidad del fin del mundo, el celibato  sigue teniendo unos valores que no son contrapuestos a los del matrimonio. Ambas actitudes de valores, distintos pero no contrapuestos, porque ambas  son dones de Dios.

LECTURA EVANGELICA

El pueblo de Israel, a lo largo de toda su historia,  aparece expectante del Mesías, profeta único y distinto. Tan único y distinto fue Jesús que   de él todos llegarán a decir: «este enseñar con autoridad es nuevo.

ORACION DE LOS PIELES

Presentemos al Padre nuestras plegarias, por medio de Jesucristo. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.

1.- Oremos por la Iglesia, por todos los cristianos, Que seamos portadores de la Buena Noticia de Jesús que libera del mal y trae la salvación. OREMOS:

2.- En la proximidad de la fiesta de la Candelaria, oremos por los monjes y monjas, religiosos y religiosas, y todos los que se han entregado a la vida consagrada. Que vivan con mucha fe y esperanza su carisma y sean testigos que desvelen nuevas vocaciones. OREMOS:

3.- Oremos también por los mayores. Que sean valorados como es debido y que su sabiduría y experiencia sean aprovechados como una valiosa aportación para un futuro mejor para todos. OREMOS:

4.- Oremos por todos los que han perdido el trabajo o han tenido que cerrar sus negocios a causa de la crisis sanitaria. Que encuentren apoyo en las instituciones y en la generosidad de toda la sociedad. OREMOS:

5.- Oremos por todos nosotros. Que la celebración de la Eucaristía nos empuje a vivir más fieles al camino de Jesús. OREMOS:

Escucha, Padre, nuestra oración, y haz que nunca dejemos de seguir a Jesús, que es luz y esperanza para toda la humanidad. Él, que vive y reina por los  siglos de los siglos

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Presentamos, Señor, estas ofrendas en tu altar como signo de nuestra servidumbre; concédenos que al ser  aceptadas, por tí, se conviertan para tu pueblo en sacramento de vida y redención. Por Jesucristo.

 

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Reanimados por estos dones de nuestra salvación te suplicamos, Señor, que el pan de vida eterna nos haga crecer continuamente en la fe verdadera. Por Jesucristo.

DESPEDIDA

Todo está en nuestras manos. La autoridad y el  poder de Jesús no eran para convertir a la gente por la fuerza, sino para tener la fuerza suficiente como para llevar un estilo de vida que convenciera. Por eso,  repito, todo está en nuestras manos- porque sabemos  lo que él hizo y lo que nos dijo que híciesemos- y en  el amor de Dios -porque sabemos que nos dijo que no nos abandonaría nunca-; es por eso que no debieramos fallar. Las necesidades del mundo están ahí. ¿Responderemos?

La misa del domingo

Dios promete a su pueblo un profeta como Moisés (1ª. lectura), es decir, suscitará de en medio de su pueblo a uno a quien le confiará la misión de hablar por Él, para que diga exactamente todo lo que Él quiere decir: «Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande».

Dios a lo largo de los siglos fue suscitando grandes profetas en medio de su pueblo para hablar en su nombre al corazón de su pueblo. Mas aquella antigua promesa se cumple de un modo particular y excepcional en su propio Hijo, a quien envió Dios «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). Y si «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Es el Hijo único del Padre, nacido de Mujer, un profeta “como Moisés”. Él no hizo más que hablar en nombre de su Padre: «Las palabras que les digo, no las digo por mi cuenta… la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn 14,10.24).

Por Cristo, la Palabra hecha carne (ver Jn 1,1-2.14), quiso Dios «revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad». «En esta revelación, Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, 2). Jesucristo es la plenitud de toda la revelación, es decir, por Él Dios ha querido decir a su criatura humana todo lo que necesita saber en orden a su salvación y reconciliación con Dios.

San Marcos relata en el Evangelio de este Domingo como el Señor Jesús, acompañado de sus primeros discípulos, llega a Cafarnaúm, una importante ciudad en Galilea en la que Él estableció su “centro de operaciones”.

El sábado siguiente Cristo asistió, como de costumbre, a la sinagoga. Todos los pueblos y pequeñas villas tenían una sinagoga. De la magnífica sinagoga de Cafarnaúm se conservan hoy ruinas importantes.

Los sábados se realizaban en las sinagogas los oficios. Estos consistían en una oración seguida de una lectura y exposición de la Sagrada Escritura (lo que para nosotros es el Antiguo Testamento). Se tomaba primero un texto de “la Ley” (los cinco primeros libros llamados también “Pentateuco”) y luego de algún libro de “los Profetas”. Inmediatamente venía una explicación de los textos divinos, que la podía realizar ya sea un sacerdote, el jefe de la sinagoga, o alguien a quien éste último designase por considerarlo suficientemente instruido y capacitado para ello.

La explicación de los textos divinos podía ser una exposición literal o alegórica, incluía la exposición de reglas de conducta, parábolas, exhortaciones, etc. El tema era libre y amplio, pero el método exigía dar autoridad a la exposición ya sea con la Escritura o con la “tradición de los padres”, es decir, con sentencias de rabinos importantes.

Hacia el centro de la sinagoga había una plataforma o tribuna, donde tenía su asiento el jefe y los miembros más respetables de la misma. Allí estaba también el sitio del lector y del que iba a hacer la exposición.

Aquél sábado el Señor fue invitado a hacer la exposición. Su enseñanza despertó una profunda admiración entre los oyentes: «se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad».

¿Qué clase de “autoridad” es esta, que contrasta con el modo como los fariseos y maestros enseñaban la Ley? La palabra griega ‘exousían’, utilizada por el evangelista y traducida a nuestra lengua como ‘autoridad’, significa también ‘poder’. Y es que más allá de impresionar y causar admiración en sus oyentes por la profunda sabiduría de sus palabras, por su “doctrina nueva”, su palabra tiene un poder nunca antes visto: por su palabra es capaz de sanar al hombre y curarlo de sus dolencias (ver Mt 8,8; Lc 7,7; Mc 2,10), por su palabra domina las fuerzas indomables de la naturaleza (ver Mt 8,24-26), por su palabra expulsa los espíritus inmundos y somete el poder del demonio (ver Mc 1,25s; Mt 8,16), por su palabra tiene incluso poder sobre la misma muerte (ver Lc 7,14s). Su palabra realiza aquello que pronuncia con el poder que sólo puede provenir de Dios. Su autoridad es divina.

Este enseñar “con autoridad” o “poder” es probablemente una insinuación de su divinidad. Siendo la Escritura “palabra de Dios”, ¿quién sino Él mismo podía interpretarla con autoridad? Un profeta sólo podía hablar “en nombre de Dios”, mas el Hijo de Dios hablaba de la Escritura con autoridad propia, interpretándola y exponiéndola como sólo Él puede hacerlo: desde un conocimiento pleno de lo que el Padre quiso revelar a su pueblo por medio de Moisés y los Profetas.

Esta autoridad divina tiene una inmediata confirmación: «Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo». Se trata de un endemoniado que, en medio de la asamblea, se pone a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

La pregunta de si ha «venido a acabar con nosotros» es una evidente referencia a la lucha de Dios contra los poderes demoníacos. En Isaías se lee que los poderes celestiales malos serían finalmente juzgados y “encerrados” por Dios (Is 24, 22s). Este “juicio” sería realizado por “el Hijo del hombre”, el Mesías. De allí la pregunta del endemoniado.

El endemoniado asimismo dice saber que Él es «el Santo de Dios». No se trataba de un título oficial del Mesías. Sin embargo, siendo Israel el pueblo santo y de los santos (ver Dan 7, 25), el Mesías habría de sobresalir en santidad, pudiendo a él aplicarse esta denominación. Así lo llamó también Pedro (Jn 6, 69). El endemoniado lo califica así por reconocer en Él al enviado de Dios para traer la victoria sobre “ellos”.

«Jesús lo increpó: “Cállate y sal de él”». La razón de este silencio que le impone es la de no divulgar anticipadamente que Él es el Mesías. Al ordenarle salir de él «el espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió».

Al ver esto los asistentes quedan más asombrados aún: «¿Qué es esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen». El poder sobre el demonio es prueba de su poder y dominio absoluto sobre el reino del mal. Su enseñar con autoridad no es sólo por la manera como enseña, sino porque «hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El Señor Jesús no es un gran maestro o un “gurú” más entre varios otros. Quien así piensa no ha comprendido o aceptado que Él es el Hijo mismo de Dios, Dios de Dios y Luz de Luz. En cuanto tal, Él está muy por encima de cualquier maestro, sabio o iluminado que hayan pisado nuestro suelo. Nosotros afirmamos y creemos firmemente lo que la Iglesia ha recibido de los apóstoles y nos ha transmitido a cada uno de nosotros: que Cristo el Señor es la Palabra eterna que desde siempre ha estado con Dios, la Palabra creadora por la que todo lo visible e invisible ha pasado de la nada a la existencia. Él mismo es la Palabra divina que se hizo hombre para hablarnos en lenguaje humano del misterio de Dios y del misterio del ser humano. Él es la Palabra Viva que es la Vida y la Verdad que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (ver Jn 1,9).

Mas aunque el Señor Jesús por su condición divina tenga plena autoridad y poder sobre todo lo creado, sobre el mal y la muerte, su poder se detiene, o habría que decir mejor que se estrella ante la libertad del ser humano: su Palabra se torna ineficaz ante un corazón que se cierra y se endurece, que consciente o inconscientemente desoye a Dios. Y es que Dios que nos ha creado libres —porque nos ha creado para participar de su mismo amor y porque el amor no se impone— respeta a todo aquel que le dice: “no quiero que Tú entres en mi vida y me digas lo que tengo que hacer o no hacer para ser feliz. Yo quiero definir por mí mismo qué es lo bueno y qué es lo malo para mí. Yo quiero ser mi propio dios, dueño de mi propia vida y constructor de mi propio destino, no quiero que Tú te entrometas, no quiero que Tú me limites”. ¡Cuántas veces le decimos “no” a Dios porque lo vemos como un enemigo de nuestra felicidad, porque “no me deja hacer lo que más me place, lo que a mí me gusta, lo que me deleita o me produce algún éxtasis intenso, lo que según mi criterio me hace feliz”!

En cambio, ¡con qué prontitud, confianza total y falta de sensatez, sentido común y recto discernimiento le decimos sí a las voces, sugerencias e invitaciones de las modas del mundo, de los reclamos sensuales de nuestra propia carne o incluso de las tentaciones del demonio siempre disfrazadas de “esto es bueno y excelente para ti” —aún cuando Dios claramente te advierte que es fruto de muerte—, que nos ofrecen ser felices si nos postramos ante los ídolos del placer, del tener o del poder! Al poco tiempo, si somos honestos con nosotros mismos y dejamos de engañarnos, nos damos cuenta de que allí no encontramos más que sucedáneos, ilusiones que sólo duran lo que dura un soplo, que al pasar su mágico embrujo nos dejan humillados, destrozados, heridos profundamente, rotos interiormente, avergonzados al punto de llegar al desprecio de nosotros mismos, cargados de amarguras, resentimientos, odios que nos envenenan. ¡Aún así, cuántas veces seguimos prefiriendo esas “voces” que nos ofrecen el oro y el moro si les vendemos nuestra alma, a escuchar la voz de Dios, confiar en Él y seguir sus enseñanzas! Necios somos, un pueblo de dura cerviz y corazón endurecido, tardo y lerdo para confiar en Dios y creer en su amor.

Ante el Señor Jesús “que enseña con autoridad”, con la autoridad de Aquél que es absolutamente coherente con lo que enseña, pero con la autoridad mayor aún de Aquél que conoce lo que hay en lo más profundo de los corazones humanos, que sabe para qué ha sido creado y cuál es el camino de su propia realización, hoy se nos exige más que sólo una actitud de admiración, se nos exige una toma de posición y una reacción: o acepto vivir de acuerdo a lo que el Señor me enseña, dejándome transformar interiormente por el poder y eficacia de su Palabra, o endurezco mi corazón y rechazo su doctrina y al Maestro, viviendo de acuerdo a mis propios criterios, de acuerdo a los criterios del mundo o del mal, apartándome cada vez más de Dios, hundiéndome cada vez más en la oscuridad, en el vacío, en la soledad y la muerte que se hallan fuera de Dios. No existe un término medio: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Mt 6,24).

Aquél que con humildad y confianza le abre su corazón al Señor, acoge su Evangelio y se esfuerza por seguir las enseñanzas del Maestro, pronto experimenta en sí mismo la eficacia y el poder transformador de Su Palabra (ver Heb 12,3). Él trae la aurora que disipa las tinieblas que se han apoderado del corazón. Él, por su palabra, todo lo renueva en nosotros.

Si elijo escuchar la voz de Dios, si elijo confiar en Él más que en las voces del mundo, de mi propia carne o del demonio que me instigan a desconfiar de Dios, de su palabra, de su amor, incluso de su existencia misma, pronto me encontraré con algunos obstáculos que me dificultarán, en mayor o menor medida, escuchar esa voz del Señor y retener su palabra en lo íntimo del corazón, con afecto profundo, de modo que pueda —asimilados esos criterios divinos y adheridos cordialmente a ellos— vivir una vida de acuerdo a sus enseñanzas. Mencionemos algunos, que no son todos ciertamente, para buscar en nuestra vida cotidiana un remedio y solución, para no dejar de poner paciente y perseverantemente los medios necesarios para disponernos de la mejor manera para la escucha y acogida de la enseñanza divina.

Un obstáculo cada vez más frecuente en nuestra agitada y acelerada sociedad es la falta de tiempo. Tenemos o nos llenamos de una y mil cosas que hacer. Ciertamente hay mucho por hacer, horas de trabajo que realizar para ganar el pan de cada día, horas que dedicar al estudio e investigación, horas que demanda también nuestra vida social. El problema es cuando en medio de tanta actividad ya no le dejamos espacio a la oración, a la lectura y meditación de la Escritura, a una lectura espiritual, y a veces ni siquiera ya a la Misa del Domingo. El problema es cuando en medio de tanto quehacer, a la hora de plantear nuestras propiedades resulta que para el Señor “no tengo tiempo”. ¿Cómo pretendo escuchar al Señor, si ya ni siquiera me doy un tiempo y espacio de tranquilidad para encontrarme con Él? Nos quejamos tantas veces de que “el Señor no me habla” cuando Él no deja de hablarnos por medio de su Hijo principalmente, y de muchas otras maneras también, algunas muy sutiles.

No escucha a Dios ciertamente quien no se habitúa a escucharlo día a día, teniendo con Él esos momentos y espacios de encuentro, de lectura y reflexión de su palabra. Necesitamos hacernos el hábito de tener momentos fuertes de oración, de pasar más ratos de oración en el Santísimo, de educarnos a hacer silencio en el corazón en medio de tantas y tan exigentes actividades de cada día, necesitamos en algún momento del día hacer un alto, abstenernos de toda actividad para sentarnos a los pies del Señor y llegarnos a Él para escuchar las palabras de vida que brotan de sus labios y fluyen de su Corazón rebosante de amor por nosotros. Si no le regalamos esos momentos, si no nos hacemos violencia y reordenamos nuestras prioridades de modo que no le demos al Señor solamente el tiempo que nos sobra —si es que nos sobra— sino un momento central de nuestra jornada, tampoco escucharemos su voz, tampoco Él nos regalará con la experiencia íntima de su presencia amorosa. En ese caso, seremos nosotros los únicos culpables de esa sordera que nos impide escuchar al Señor.

Pero no basta ponernos en la presencia del Señor, ante el Santísimo, o en un lugar silencioso y apartado, en mi cuarto o en un oratorio. También hay que hacer silencio en el corazón. ¡Cuantas veces entramos en la presencia del Señor cargados con vanas preocupaciones, abrumados con nuestros pendientes, agitados con mil ideas: apenas nos deshacemos de una distracción viene otra! ¡Cuánta bulla cargamos en nuestro interior y qué difícil se hace hacer silencio en esos momentos en que queremos ponernos ante el Señor! Y así, tan disipados como estamos pensando en todo menos en el Señor, en su presencia, en sus palabras, aquél precioso momento no pasa de ser sino un momento de escucharnos a nosotros mismos, de estar centrados en nuestros problemas, de reflexionar en miles de cosas que nada tienen que ver con lo que he venido a hacer: ponerme en la presencia del Señor, estarme con Él, meditar en su palabra, rumiarla, hacerla mía, dejarme iluminar por ella, apropiarme de ella al calor de la oración para que se convierta en un criterio firme de conducta.

En la que a nosotros nos toca, hagamos un serio y sostenido esfuerzo por buscar continuamente al Señor en la oración y procuremos hacer silencio en nuestro interior, para poder escuchar, acoger y dejarnos transformar por la palabra del Señor, por el Señor Jesús mismo que es la Palabra viva pronunciada por el Padre desde toda la eternidad, Palabra por la que todo vino a la existencia.

Llénanos Señor de tu autenticidad

Se sorprendían al ver cómo actuabas,
porque todo tu hacer brotaba de Dios,
provenía de la fuente de tu sabiduría,
de dejar a Dios ser en ti mismo.

Tú transparentabas a Dios,
porque actuabas con amor,
porque sabías escuchar al hermano,
porque todo tú te ponías a su servicio.

Y esa era tu autoridad,
la que tanto sorprendía a tus seguidores
y es la que nos falta a nosotros,
porque no te dejamos hacer en nosotros del todo.

Señor, sé la energía de mis actos,
el motor de mi fuerza
y el amor de mis gestos.

Hazme gratuito, empático con el otro,
para entrar en su necesidad,
para alumbrar sus oscuridades,
para ser pañuelo de lágrimas
y compañero de la vida.

Tú que conoces mis demonios,
y los de mi entorno,
enséñame a reconocerlos,
sáname, para sanarlos,
y hazme, como Tú, generador de vida.

Mari Patxi Ayerra

Comentario al evangelio – Viernes III de Tiempo Ordinario

Un día más comparto con vosotros lo que en mi corazón queda resonando después de leer las lecturas de este viernes. Me ha llenado de paz.

Me he sentido invitado por Dios mismo a “recordar aquellos días primeros…”, cuando comenzaba mi búsqueda vocacional por el camino de la fe; o aquellos primeros encuentros con Dios en la oración que removieron mi vida; o aquellas primeras experiencias misioneras y pastorales en las que Dios tocaba el corazón de aquellos jóvenes, niños, parejas, adultos…

De vez en cuando necesitamos volver a recordar aquel “primer amor” en nuestra relación con Dios, cuando se fraguaban las decisiones fundamentales de la vida y de la fe. Con el tiempo han podido venir dificultades de todo tipo, tiempos duros, equivocaciones y errores, quizás incluso el desánimo o la desesperanza, la apatía o la acedia. Necesitamos volver a aquellos primeros tiempos de enamoramiento, de compromiso, de radicalidad, de fuerza… y recuperar, ahora más realistas, aquel Amor del que, como Fuente, todo mana.

También nos hace falta paciencia, como también nos dice Pablo hoy, “para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la promesa”. Y es que en las situaciones que vivimos hoy día en todo el mundo lo más fácil es desanimarse y abandonar toda lucha. Necesitamos recordar, es decir, volver a pasar por el corazón, aquel primer Amor. Y necesitamos paciencia confiada y activa, para seguir caminando y luchando, en medio de tanta negatividad.

Os invito a uniros al salmo de hoy y a orar despacio, haciendo suyas cada uno sus palabras: “Confía en el Señor y haz el bien… Encomienda tu camino al Señor, confía en él, y él actuará… El Señor te tiene de la mano…”

Y termina tu oración, con en el corazón lleno de paz, escuchando a Jesús cómo te explica que el reino de Dios se parece a aquella semilla que va germinando y creciendo sola, sin saber cómo, hasta dar su fruto…, aunque sea como el grano de mostaza: la más pequeña de las semillas… Y descansa en El.

Javier Goñi, cmf