Comentario – Domingo IV de Tiempo Ordinario

Muy pronto la enseñanza de Jesús comenzó a provocar asombro por estar revestida de una extraordinaria autoridad. El evangelista Marcos sitúa esta enseñanza en Cafarnaúm y en la sinagoga. Ya hemos señalado que la sinagoga y el sábado fueron los ámbitos escogidos por Jesús para su primera evangelización. Para eso sólo tuvo que servirse de lo que le ofrecía la misma institución judía con sus espacios y tiempos de convocación. El asombro provocado por su enseñanza se hace radicar en la autoridad con la que enseña, una autoridad no necesitada de autorización.

Se trata de personas religiosas familiarizadas con la enseñanza de los letrados (o exegetas) del judaísmo. Pero en su comparación con el discurso de Jesús, el de los letrados no les causa ningún asombro. ¿Qué tenía esta palabra tan asombrosa? ¿En que se diferenciaba de la de los letrados? ¿En qué radicaba la autoridad de esta enseñanza? Quizá en que era una enseñanza con sello de autor, es decir, con la originalidad, la novedad, la veracidad de alguien que habla desde sí mismo, desde la propia experiencia y con una profunda convicción.

Jesús hablaba del Padre como si lo conociese en persona, con la familiaridad –que tanto escandalizó a sus contemporáneos- propia de un hijo. También manifestaba tener un profundo conocimiento del alma humana y de sus dolencias y reacciones. Jesús no hablaba de memoria ni de oídas, sino con la convicción de los testigos. Jesús no contaba historias ajenas, sino vivencias personales. Era este conjunto de cosas lo que daba autoridad, fuerza de autor, a su enseñanza. Lo que predicaba era esencialmente suyo, tan suyo como de su Padre Dios: Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

Pero a esto había que añadir otro elemento: el de la eficacia. Enseñaba con autoridad porque su palabra era sumamente eficaz, esto es, hacía realidad lo que en ella se significaba, ponía inmediatamente en ejercicio lo que imperaba. Cuenta el evangelio que se encontraba en la sinagoga en ese preciso instante un hombre que tenía un espíritu inmundo, es decir, un endemoniado que, en presencia de Jesús, reaccionó gritando a grandes voces: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

Efectivamente, si Jesús había salido para liberar a los oprimidos por el diablo, había venido en cierto modo a acabar con él, o mejor, con su influjo maléfico sobre el hombre. Jesús lo increpó (cállate y sal de él) y el espíritu inmundo, dando un fuerte grito, salió. La gente se preguntaba estupefacta: ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevoHasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen. Luego también aquí, en este mandar que genera obediencia incluso en los espíritus que le son contrarios, ven sus contemporáneos autoridad.

La palabra de Jesús tiene tal carga de autoridad que doblega voluntades y somete a los poderes del mal, que hace lo que dice, que provoca la retirada del demonio de los poseídos, que devuelve la salud a los enfermos y concede la salvación a los pecadores. No hay palabra con más autoridad que la palabra creadora, una palabra con tal eficacia y poder que nada se le puede comparar ni a la que nada puede oponer resistencia; pues cómo resistir una palabra con tal poder de creación que ni la nada es obstáculo para su realización, mucho menos la enfermedad, la muerte o el demonio.

Su autoridad radica, pues, en su capacidad para generar obediencia. Luego al poder de persuasión que confería a su enseñanza su sello de autor, se unía, potenciando su autoridad, esta extraordinaria eficacia que le acompañaba en sus actuaciones milagrosas. Eso es lo que provocaba el asombro en los testigos de su enseñanza, contribuyendo a que su fama se extendiera en seguida por todas partes hasta alcanzar la comarca entera de Galilea.

A nosotros nos ha llegado el eco de esta enseñanza en los escritos apostólicos, que son recuerdos de la misma; y también advertimos el sello de autor que la califica. No hemos sido testigos directos de la eficacia de esa palabra, pero nos fiamos del testimonio creíble de quienes lo fueron. Tampoco debe asombrarnos si partimos de un supuesto de fe, es decir, si partimos del hecho de que aquel de quien procede esta enseñanza es el mismo Hijo de Dios encarnado. ¿Cómo no iba a hablar con autoridad y eficacia aquel a quien le adornaba esta condición de Verbo o Palabra salida del Padre?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo IV de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO IV de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Se quedaron asombrados de la doctrina de Jesús, porque enseñaba con autoridad.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se quedaron asombrados de la doctrina de Jesús, porque enseñaba con autoridad.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como mensajeros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado III de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, estoy demasiado metido en las cosas del mundo, en los trabajos de cada día, en los problemas de siempre. Y necesito oír tu palabra que me dice: “Pasemos a la otra orilla”. Es la orilla de la fe, del amor, de la paz. Es la orilla donde yo me encuentro con Dios en la oración.  Y quiero agradecerte, Señor, tu invitación: No me has dicho: ¡Pasa a la otra orilla! Sino “pasemos”. Sin ti, todo me asusta, todo me da miedo. Contigo siempre estoy dispuesto a pasar “a la orilla” que me quieras llevar.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, les dice: Pasemos a la otra orilla. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Meditación-reflexión.

“Al atardecer les dice: Pasemos a la otra orilla”.  El atardecer es el momento que se va luz y, con la falta de luz, la desorientación, el no saber uno donde está. Y esta sensación de oscuridad, de no ver con claridad, de hallarse uno como perdido en la vida, es una experiencia que sentimos todos. ¿Cuál es la solución? Hay que pasar “a la otra orilla”, a la orilla de la fe, de la oración, de la presencia de Dios. Pero Jesús es tan condescendiente que no nos deja nunca solos. No dice: “Pasa a la otra orilla” sino “Pasemos”. Él siempre viene con nosotros y nos acompaña. Por eso se extraña de la poca fe de los discípulos en la barca. Jesús duerme para probar su fe. Es muy difícil poder dormir con fuerte viento y unas olas que ya han entrado en la barca hasta mojar sus pies. Jesús pide a los discípulos de todos los tiempos “que se fíen de Él” Es más, cuando arrecian los vientos de las dificultades y las olas amenazan con hundir la barca de la Iglesia, no hay que pensar en otra barca. Sólo hay una solución: “embarcarse con Jesús, aunque nos parezca que Él está dormido”.  Hay que poner a Jesús en el centro de la vida.

Palabra del Papa

“El amor de Dios es estable y seguro, como los peñascos rocosos que reparan de la violencia de las olas. Jesús lo manifiesta en el milagro narrado por el Evangelio, cuando aplaca la tempestad, mandando al viento y al mar. Los discípulos tienen miedo porque se dan cuenta de que no pueden con todo ello, pero Él les abre el corazón a la valentía de la fe. Ante el hombre que grita: ‘¡ya no puedo más!’, el Señor sale a su encuentro, le ofrece la roca de su amor, a la que cada uno puede agarrarse, seguro de que no se caerá. ¡Cuántas veces sentimos que ya no podemos más! Pero Él está a nuestro lado, con la mano tendida y el corazón abierto”. […]

 (Homilía de S.S. Francisco, 21 de junio de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto.

5.-Propósito: Lo antes que pueda voy a estar hoy un rato con Jesús “sin prisas”, “sin reloj” “hasta que Él quiera”. Y me fiaré de Él.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

         Señor, tú sabes que la barca de la Iglesia nunca ha sido tan zarandeada y acosada como en estos tiempos. En una parte del mundo matan a los cristianos por el hecho de ser cristianos. Y en otras ya apenas contamos nada, ni nos tienen en cuenta en la sociedad. Pero precisamente ahora, en estos tiempos, difíciles para la fe, más necesidad tenemos de creer con una fe auténtica, arriesgada. Como diría Teresa de Jesús, en estos tiempos duros y difíciles la Iglesia necesita “amigos fuertes de Dios”.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Cuando se vive lo que se dice

1.- Seguimos calzando muchos puntos de la vida de Jesús de Nazaret. Venir a la Eucaristía de cada domingo, es asomarnos por la ventana de la fe, a un Señor que nos despierta, nos llama a nueva vida y que, cuando habla (si es que se le hemos escuchado) sentimos que lo hace con autoridad, con conocimiento de lo qué dice, consciente de lo que su palabra puede aportar a la humanidad y, también, de los riesgos que entraña.

La iglesia, eso dicen algunas encuestas, ha perdido “crédito”. Es situada al final por orden de preferencias. ¿Es bueno o es malo?

Es positivo, si ello significa que, la iglesia, no se amolda a ningún estereotipo o presión externa. Si, ello, conlleva un “no doblegarse” al sistema. Si, ello, le empuja a la independencia, a huir de la masa para vivir con más compromiso y nitidez el evangelio.

2.- Es malo si, por el contrario, pierde puntos por no ser fiel a su misión. Si no es valorada, ya no tanto por lo que dice (aunque también) cuanto por lo que hace. Es malo si, teniendo tantos medios, no es capaz de transmitir a la sociedad que –en muchos temas- está en guarda y retaguardia, en primera y segunda línea a la hora de defender a los más pobres y de estar presente en innumerables áreas sociales, caritativas, etc.

Jesús se hacía notar pero no se hacía el notoriamente importante. Cuando hablaba, lo hacía a las claras y, cuando denunciaba, apuntaba sin tapujos ni medias tintas. Causó adhesiones y rechazos, amigos y enemigos. Pero, a nadie, dejó indiferente.

La Iglesia, y esa es su grandeza, son labios que se mueven en nombre de Aquel que le sopla: el Espíritu. No puede ser amordazada porque sus palabras sienten bien o mal a una sociedad cambiante y caprichosa.

La Iglesia, con su luz y con su cruz, no ha de tener miedo a dejar de ser popular (peor sería ser populista) renunciando a lo que es genuino y esencial en ella. Sería, entre otras cosas, ir en contra de sus principios, traicionar su esencia.

Es necesario, en el contexto social y político que nos rodea, que emerjan instituciones, cristianos, hombres, mujeres convertidos en micrófonos que sean profetas-contracorriente. Que pregonen lo que algunos no quieren escuchar. Que recuerden lo que algunos hemos olvidado. Que presenten lo que, algunos, ya no se atreven a defender o disertar en diversos foros.

¿Hablar con autoridad? Sí. Es posible. Hablar de Jesús con la sensación de que, El, está sugiriendo lo que estamos transmitiendo. Con el firme propósito de que no puede existir divorcio entre fe celebrada y fe vivida. Con el convencimiento de que “el asombro” no lo producen los medios que ponemos al servicio de la evangelización sino la experiencia que tenemos de Dios.

Existía, en medio de un pequeño pueblo, una gran fuente de la que surgían cinco grandes chorros de agua fresca y cristalina. Cada vez que sus habitantes acudían a ella con cántaros y tinajas, la fuente, más y más, les calmaba su sed. Un día, el sacerdote de aquel pueblo, les explicaba lo siguiente: así debe ser nuestra fe; sin necesidad de decir nada, los de fuera, tienen que palpar que está solidamente fundamentada en algo más profundo: Dios.

Pidamos a Dios, en este domingo, nos haga descubrir su fuerza en las entrañas de nuestras personas. Que, allá donde estemos, se nos crea –no por lo que decimos- sino por la forma de situarnos ante los acontecimientos, por nuestro talante conciliador, por nuestra acogida y respeto a los demás, por el “aire nuevo” que damos a tiempos de conflicto o situaciones delicadas.

El mejor piropo que podemos escuchar de nosotros, es precisamente éste: a esta persona, se le nota que tiene algo. Ojala “ese algo” sea un Alguien: JESUS.

Preguntaba un catequista; ¿qué puedo hacer para que los jóvenes me escuchen? Y, el sacerdote, le contestó: no es cuestión de lo qué tienes que hacer sino, más bien, de lo que no haces: ¿Les hablas de cómo vives tú la fe?

El evangelio de este domingo, en definitiva, es una invitación a meternos en la piel de Jesús y participar de sus mismos sentimientos. Sólo así, podremos hacer auténtico, firme, real y convencido, nuestro empeño evangelizador. Os transcribo estas ideas que podrán ser de vuestro interés.

PARA HABLAR CON AUTORIDAD

Ante la palabrería barata……………………………………… la Palabra de Dios
Ante la somnolencia de un sermón…………..los oídos abiertos de un creyente
Ante la incoherencia………………………………..…….la búsqueda de Dios
Ante la rutina…………………………………..……la novedad del Evangelio
Ante “lo de siempre”……………………………………….el soplo del Espíritu
Ante el desazón en la evangelización……………….la vivencia profunda de la fe
Ante las dificultades para hablar de Dios/la seguridad de que El nos acompaña
Ante el sinsentido de muchas palabras……..la fortaleza de la Palabra de Dios
Ante la superficialidad………………………………el deseo de andar con Dios
Ante el riesgo de ser funcionarios………….…la alegría de nuestra vocación
Ante el “decir” y “no hacer”……………………….….la conversión sincera
Ante el rito repetitivo………………………..……la consciencia de lo qué se hace
Ante lo postizo………………….….la autenticidad de nuestra vivencia cristiana
Ante la moda…………………………….…ser coherente con lo que pensamos
Ante lo que se quiere oír……………….decir lo que se debe, no lo que se quiere
Ante el riesgo de “querer quedar bien”……………….ser honesto con uno mismo
Ante la cobardía de la fe…………………………..….la valentía para profesarla

Javier Leoz

Comentario – Sábado III de Tiempo Ordinario

(Mc 4, 35-41)

Jesús calma una tormenta en el mar ante la mirada asombrada de los discípulos. El mar simbolizaba las fuerzas ocultas del mal, ante las cuales el hombre se siente impotente, porque superan su capacidad de comprensión y de acción.

Pero en toda la Biblia, Dios aparece dominante por encima del mar.

Aquí Jesús duerme plácido en medio de la tormenta marina, y los discípulos lo despiertan indignados y llenos de temor. Y Jesús con su sola palabra, dando una orden, se manifiesta como dominador de las fuerzas misteriosas.

Sobrevino una calma perfecta, total, símbolo de la paz divina que sólo puede traer el mesías.

El temor de los discípulos luego del prodigio es el temor que se siente ante lo sagrado, ese Misterio divino que despierta en nosotros respeto, admiración, y produce en nuestros corazones la sensación de pequeñez e indignidad.

Así Jesús, tanto en el sueño como en la acción aparece como el verdadero Señor, el único dueño de la situación, lo cual contrasta con la angustiosa impotencia y el tremendo miedo de los discípulos.

También en medio de nuestras tormentas puede manifestarse su gloria, pero tenemos que estar convencidos de que él tiene poder sobre las fuerzas del mal, para que creamos de verdad que con él todo terminará bien.

Oración:

“Señor, pongo mi vida en tus manos, porque yo solo con mi fragilidad no puedo enfrentar los misterios de la vida ni puedo dominar los males que me amenazan, pero contigo tengo la seguridad que me permite enfrentarlo todo”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

89. Por tanto, en la reforma del Oficio guárdense estas normas: 
a) Laudes, como oración matutina, y Vísperas, como oración vespertina, que, según la venerable tradición de toda la Iglesia, son el doble quicio sobre el que gira el Oficio cotidiano, se deben considerar y celebrar como las Horas principales.
b) Las Completas tengan una forma que responda al final del día.
c) La hora llamada Maitines, aunque en el coro conserve el carácter de alabanza nocturna, compóngase de manera que pueda rezarse a cualquier hora del día y tenga menos salmos y lecturas más largas.
d) Suprímase la Hora de Prima.
e) En el coro consérvense las Horas menores, Tercia, Sexta y Nona. Fuera del coro se puede decir una de las tres, la que más se acomode al momento del día. 

La audacia de Cristo

1. – El evangelio de Marcos subraya que Jesús hablaba a las muchedumbres con valentía, con audacia, sin callarse nada de lo que tenía que decir, sin “tener pelos en la lengua”, por usar una expresión popular. La de Jesús es una predicación libre, comprometida, que llama al pan, pan, y al vino, vino. Gustara más o menos su mensaje pero Él se sabe obligado y urgido a transmitir lo que había recibido del Padre sin que cuenten para Él las prudencias carnales ni los miramientos.

Numerosos textos de la Escritura adscribirán esta cualidad a la primera predicación cristiana, en seguimiento de la audacia del propio Cristo. En Jesús, esta libertad absoluta de expresión le llevó a la muerte, y, por ello, la fidelidad o lealtad a la misión que se le había confiado sobresale entre las primeras características de Cristo. Y para los primeros predicadores del Mensaje cristiano, esta misma fidelidad, que desafía a las autoridades civiles, a las autoridades religiosas o los criterios de la gente, aparece como la cualidad fundamental de quien ejerce el ministerio de la palabra.

2. Para entender esta fidelidad conviene no perder de vista que el proclamador evangélico no enseña de su propia sabiduría, sino que dispensa el Mensaje recibido de Dios. En realidad, el proclamador no posee la Palabra, sino que está poseído por ésta, ya que tanto la iniciativa del Mensaje como la designación del proclamador del mismo es siempre acción de Dios. Del profeta se afirma en la Escritura que “Dios ha puesto sus palabras en su boca” y que el profeta “dirá lo que Yo le mande”. Y más, según se expresa el texto del Deuteronomio, que hoy la liturgia pone a reflexión de la comunidad creyente: “A quien escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado o hable en nombre de dioses extranjeros es reo de muerte”. Una vez más, la fe cristiana subraya que en la Iglesia es punto clave la referencia a la iniciativa de Dios. A diferencia de otras religiones, el cristianismo no es resultado de una admirable y esforzada búsqueda de la divinidad, sino la aceptación ––y eso es la fe–– del Mensaje que dios, en beneficio del mundo, ha tenido a bien revelar.

3. – Y porque es de Dios la Palabra que el predicador proclama se precisa de mucha valentía y audacia para no ocultar ni tergiversar los contenidos del Mensaje. Dios, en sus proyectos sobre el mundo, esta muy por encima de los proyectos humanos. El Evangelio es un revulsivo para muchos criterios de carne y sangre. Libera al que lo acepta con lealtad, pero de entrada hace cambiar toda la escala de valores con que el hombre suele actuar. Las “bienaventuranzas” son “el no da más” de esta inversión de criterios y valores. Donde la carne postula riqueza, poder, explotación, injusticia, egoísmo, superficialidad o hedonismo, las “bienaventuranzas” propugnan amor, justicia, mansedumbre, pacificación, misericordia, libertad, tomare la vida en serio y no atentar contra los hermanos. Y el hombre se resiste al Evangelio. Como el “poseso” del Evangelio de Marcos, más de una vez la mundanidad apostrofa a Cristo: “¿Has venido a acabar con nosotros?”

4. Así las cosas, el proclamador del Evangelio precisa audacia para pronunciar a los hombres un Mensaje de liberación que entraña necesariamente una conversión de los individuos y una revolución de las estructuras de pecado de nuestra sociedad. Pero sólo en la medida en que el proclamador asume esta necesaria libertad en su expresión del Mensaje y es fiel al mismo, pese a todos los pesares, su palabra ––como la de Cristo–– merecerá el asombro de los oyentes porque “enseñará no como los letrados, sino con autoridad”.

Antonio Díaz Tortajada

Solo un maestro

1.- “Yahvé, tu Dios, te suscitará en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, al que vosotros escucharéis” (Dt 18, 15) Los cananeos recurrían a los hechiceros para que les adivinaran el porvenir, para consultarles la conveniencia de hacer o no la guerra, para que predijeran el resultado de sus luchas. Unas prácticas mágicas, unos ritos misteriosos que fascinaban a los hombres primitivos de aquel tiempo. Los judíos, al ponerse en contacto con ellos, se sintieron también atraídos por aquellas prácticas, procurando buscar a escondidas al adivino que les dijera cuál había de ser el futuro.

Pero Dios no permite que su pueblo practique la adivinación, la magia, las artes de encantamiento, las consultas a los espíritus. Dios dará a su pueblo quien le guíe con acierto y seguridad. Un Profeta que no engañe a la gente con supercherías y halagüeñas predicciones. Un Profeta surgirá en medio de los hombres, para iluminar la vida humana con sus palabras: Cristo, el Hijo de Dios.

Su palabra vibró en el aire, llenando de consuelo el corazón afligido del hombre, palabra llena de sabiduría, de esa ciencia que supera las pobres limitaciones del humano entender… Y sin embargo, Señor, tus palabras resbalan por nuestras almas como resbala el agua por la piedra. Perdona nuestra torpeza, perdona que recurramos a la sabiduría de los hombres, o al horóscopo de una revista cualquiera, para decidir lo que hemos de hacer. Perdona que no te consultemos a ti llevando nuestros problemas a la oración, consultando a los que tú has dado misión para ser tus sacerdotes y profetas.

“Si alguno no escucha las palabras que él dirá en mi nombre, Yo mismo le pediré cuentas a ese hombre” (Dt 18, 19) Tus sacerdotes, los hombres de Dios. Los que tienen la misión de hablar en tu nombre. ¡Qué difícil misión, Señor! Y qué difícil también escuchar a veces tu voluntad en sus palabras. Necesitan tu luz para ver claro cuáles son tus planes; necesitan valor para decir lo que han de decir, aunque les cueste. Y necesitamos fe, sacerdotes y laicos, para creer en las palabras de un hombre.

Pero lo difícil, Señor, es entender cuál es tu deseo cuando esos que son tus profetas y sacerdotes se contradicen. ¿Qué hacer entonces?… Tú contabas con todo esto. Y por eso quisiste que tu Iglesia, tu pueblo, fuera una sociedad jerárquica. Quisiste que hubiera una cabeza visible, un Vicario que hiciera tus veces, y que en último término dijera la palabra definitiva. El Romano Pontífice es hoy el profeta. Y así, los que siguen sus palabras te siguen a ti. Y los que no, están al margen de ti. Tú mismo, Señor, nos pedirás cuentas un día. Nos exigirás que te digamos cómo hemos ejecutado tus palabras, cómo respondemos a las exigencias -a veces heroicas- de nuestra fe. Y no valdrán excusas, no valdrá el refugiarse en que nos dijeron esto o lo otro, no podremos eludir nuestra personal responsabilidad, y echar la culpa propia sobre los demás… Haz, Señor, que lo comprenda a tiempo. Concédeme la luz necesaria para saber cuál es tu voluntad en cuanto hago. Y dame también fortaleza suficiente para hacerlo.

2.- “Venid, aclamemos al Señor” (Sal 94, 1) Sí, venid y aclamemos al Señor, demos vítores a quien realmente nos salva. Aclamaciones que salgan de lo más profundo de nuestro ser, vítores hechos de silencios quizás, pero llenos de admiración y de agradecimiento… Qué pena, Señor, de que a veces los hombres nos quedemos afónicos por dar gritos al ídolo del momento, enardecidos hasta el paroxismo para aclamar un hombre que canta bien, o que le da con cierta habilidad patadas a un balón. Qué pena que en cambio, a ti, dueño y creador de cuanto existe, no te digamos nada, no te aplaudamos con todas las fuerzas de nuestro ser, o nos aburramos quizá delante de ti.

Perdónanos, Señor, perdónanos. Y danos luz para ver tu grandeza infinita, para contemplar tu poder y tu gloria. Tú eres nuestro Dios, nuestro Señor y Soberano Supremo, nuestro Buen Pastor que nos guía con acierto hacia la tierra de promisión. Tú nos has liberado de la muerte eterna y nos has conseguido la vida que no termina. Tú, siendo el único Dios vivo y verdadero, te has hecho hombre para morir de amor en una cruz. Tú, Dios mío y Señor mío, sí que eres digno de todas nuestras aclamaciones, de todo nuestro cariño y de todo nuestro entusiasmo.

“Ojalá escuchéis hoy su voz…” (Sal 94, 8) Ojalá, Señor, ojalá escuchemos tu voz en lo más íntimo de nuestro corazón; ojalá hagamos caso de una vez a tu dulce reclamo de Dios enamorado y celoso, ojalá comprendamos la urgencia de tu llamada, la insistencia de tus palabras. He aquí -nos dices- que estoy a la puerta y llamo… Ayúdame, Señor, ayúdame tú a abrir del todo la puerta de mi vida, para que puedas entrar y quedarte conmigo para siempre. No endurezcáis el corazón como en Meribá –nos dice el salmista–, como el día de Masá en el desierto, durante el éxodo hacia la tierra prometida… Y con sus palabras se refiere también a tus rebeldías y a las mías, a tus pecados y a los míos, a esos momentos en los que nos olvidamos de Dios y emprendemos, pertinaces y endurecidos, un camino desviado… Vamos a pedir perdón, una vez más, a Dios nuestro Señor. Vamos a escuchar su llamada de hoy. No vaya a ocurrir que cuando queramos volver hacia Dios, él haya enmudecido, se haya apartado de nuestra puerta y haya cerrado para siempre la suya.

3.- “Hermanos: quiero que os ahorréis preocupaciones…” (1 Co 7, 32)

Así empieza la segunda lectura de hoy. Y a continuación dice que el célibe se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentarle. Parece una contradicción querer ahorrar preocupaciones y hablar de ellas a renglón seguido. En realidad se está refiriendo a dos clases de preocupaciones distintas. Unas las que lleva consigo el matrimonio y de las que habla luego, y otras las que ha de vivir una persona consagrada totalmente a Dios.

San Pablo aconseja aquí que si uno no se casa y es llamado por Dios a vivir célibe, que no dude ni por un momento en entregarse al Señor. Indudablemente si es fiel a su vocación, será mucho mejor para él. Estará libre de las preocupaciones que supone el matrimonio y podrá dedicarse al servicio de los demás por amor a Dios. El Señor será su única preocupación, entregándose en cuerpo y alma a la realización de un sublime ideal.

“Os digo esto para vuestro bien…” (1 Co 7, 35) San Pablo no está en contra del matrimonio. Ni mucho menos. Es más, en este mismo capítulo habla de que es mejor casarse que abrasarse. Es decir que si el que es llamado al matrimonio no se casa, y se refugia en una egoísta y sucia soltería, acabará abrasándose en esta vida y en la otra. Por eso no se pueden interpretar mal las palabras del Apóstol al referirse al celibato.

Hay que tener en cuenta que lo que da valor al celibato es precisamente la entrega a Dios, el tener como exclusiva preocupación servirle y amarlo por sí mismo, y querer a los demás por amor suyo. De ahí que sea tan conveniente el celibato para los sacerdotes y los religiosos, para todo el que quiera preocuparse especial y exclusivamente de las cosas de Dios.

Dar todo el corazón a Dios, sacrificar en su honor los sentimientos más nobles del hombre. No para destruirlos, sino para sublimarlos, para transformarlos. Consiguiendo el gran milagro de que haya hombres y mujeres que, a fuerza de amar con absoluta entrega y generosidad, cooperen eficazmente a la redención de la Humanidad.

4.- “…no enseñaba como los letrados, sino con autoridad ” (Mc 1, 22) Sin duda que una de las facetas más importantes de la vida de Jesús fue la de Maestro. Siempre que los evangelistas, en especial San Mateo, resumen en pocas palabras la actividad de Cristo, destacan que enseñaba y predicaba a la multitud. Es cierto que también hacía milagros y que expulsaba a los demonios. Pero en realidad todo aquello no era otra cosa que el aval de su palabra, confirmar con obras extraordinarias el poder santificador que latía en su enseñanza. En alguna ocasión dirá Jesús mismo que ya que no creen en lo que dice, que crean, al menos, en lo que hace. También dirá que las obras que realiza dan testimonio en su favor.

Nadie enseñó en Israel, ni en el mundo entero, como él enseñó. Bien pudo decir a sus discípulos que a nadie llamaran maestro, “porque uno sólo es vuestro Maestro”, ni tampoco doctores “porque uno sólo es vuestro Doctor, el Mesías”. Sí, Jesús es el único que realmente tiene palabras de vida eterna. Ante esto, nosotros, como Pedro un día, hemos de reconocer que no tenemos a otro a quien ir más que a él, Maestro y Doctor, Luz y Camino para todos los hombres, incluso para los de nuestro tiempo. En efecto, él quiso seguir hablando y enseñando a lo largo de toda la Historia. Por eso transmitió sus poderes, su doctrina y su mensaje a los que él escogió como Apóstoles. Y los envió lo mismo que el Padre lo había enviado a él, confiriéndole el poder de perdonar los pecados y de hacer discípulos de entre todas las gentes, asegurándoles que quien a ellos escuchaba y recibía, a él mismo era a quien aceptaban.

5.- La Iglesia es, por tanto, quien a través del Papa y de los obispos en comunión con él, transmite a los hombres el Evangelio de la salvación, las palabras de Jesús que comportan, en quien las cumple, la vida eterna. Es ésta una verdad que no podemos olvidar nunca, una cuestión fundamental de nuestra fe que es preciso aceptar con todas sus consecuencias, si queremos vivir cerca de Dios.

Hay que convencerse de que es imposible vivir unidos al Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, si no permanecemos en comunión de doctrina y de obras con quienes hacen cabeza. Con razón llamaba Santa Catalina al Papa “el dulce Cristo de la tierra”. Y así es efectivamente. Por lo cual hemos de estar atentos a sus palabras, y desconfiar de quienes predican en disconformidad, aunque sea mínima, con lo que él nos enseña. El justo vive de la fe, dice San Pablo. De ahí que si uno no se mueve por motivos de fe, corre el peligro de caminar en pos de falsos pastores, lobos con piel de oveja, mercenarios que buscan su bien personal y no el del rebaño. Dios quiera que no nos dejemos engañar y sepamos discernir la voz del buen pastor.

Antonio García Moreno

Este enseñar con autoridad es nuevo

1.- Tras el arresto de Juan y la elección y envío de los primeros apóstoles, Jesús llega a Cafarnaún, al otro lado del lago, lugar donde a lo largo de su vida pública curaría al paralítico, al siervo del centurión y a la suegra de Pedro. Cafarnaún fue “su pueblo” durante el ministerio en Galilea; por cierto, todavía se conservan allí restos de la casa de Pedro donde sin duda estuvo Jesús muchas veces. Decide acudir el sábado a la sinagoga “a enseñar”. Se quedaron asombrados porque “enseñaba con autoridad y no como los letrados”. Una vez más, se muestra que Jesús era un maestro atípico. El domingo pasado veíamos como, al contrario de lo que hacían los maestros de la ley, es Él quien escoge a sus discípulos entre la gente sencilla. Ahora observamos que no se limita a repetir lo que han dicho otros rabinos anteriores. Habla con autoridad, porque confirma con sus hechos lo que pronuncian sus labios. Coherencia de vida es lo que debemos ofrecer los cristianos si queremos ser auténticos testigos de la Buena Noticia, pues “vale más un buen ejemplo que mil palabras”. Muchos verán en Jesús el profeta prometido por Moisés, y algo más que profeta…

2. – En el libro del Deuteronomio Moisés anuncia al pueblo que el Señor suscitará un profeta, haciendo caso a la petición del pueblo en la asamblea del Horeb. En él escucharán la voz de Dios. El profeta transmitirá la Palabra de Dios, es un intermediario entre Dios y los hombres. El profeta no hablará por sí mismo, el propio Yahvé pondrá las palabras en sus labios. Hay en el texto una doble advertencia: en primer lugar contra aquellos que no quieren escuchar a los auténticos profetas, en segundo lugar contra los falsos profetas que se anuncian a sí mismos, o que “dicen palabras que yo no les he mandado”. Clara alusión ésta a aquellos que se autoproclaman profetas y engañan al pueblo, señalando que la salvación está en la alianza con Egipto o Babilonia, El profeta verdadero anuncia y denuncia, con el riesgo de no ser escuchado e incluso estará expuesto a la persecución, cuando avisa que la auténtica salvación viene de la conversión del corazón. Hoy día, vivimos inundados de palabras. Cada mañana nos despertamos con las palabras que oímos en la radio o en la televisión, palabras que leemos en los periódicos. Palabras, palabras, palabras Sufrimos una auténtica “inflación verbal”. No se valora la palabra como antes; cuando alguien decía “te doy mi palabra” sabíamos que podíamos fiarnos de esa persona.

Hay muchos pregoneros de discursos fáciles o aprendidos, pero faltan los auténticos testigos. ¿Dónde están los profetas? Por sus hechos les conoceréis… El seguidor de Jesús sabe que muchas veces no será escuchado, incluso será puesto en ridículo o perseguido por ser coherente con su fe. Cuentan que un cristiano acudía todos los días a proclamar su mensaje en la plaza, pero nadie le escuchaba. Alguien le dijo: “¿por qué pierdes tu tiempo, si nadie te hace caso?”. Él contestó: “No importa, por lo menos el lanzar al viento mi mensaje me sirve para mantenerme fiel a mis principios e impide que los demás me obliguen a pensar como ellos”.

2 – Jesús tiene que hacer frente a un espíritu inmundo, que grita “¿qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?” Son las fuerzas del mal, las fuerzas oscuras que hay dentro de nosotros las que se oponen al mensaje liberador de Jesús. “¿Has venido a acabar con nosotros?” Palabras duras que podían ser pronunciadas por aquellos fariseos y escribas que viven aferrados a los privilegios de la ley. No quieren que se hagan realidad las palabras de Isaías (Cáp. 61, 1 ss): “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor”. Un buen programa para todos en estos días no fáciles. Es la victoria frente a las tuerzas del mal. En aquellos tiempos llamaban endemoniados a personas que simplemente sufrían ataques de epilepsia u otras enfermedades mentales. Pero hoy como ayer podemos ver las consecuencias que produce en nuestro mundo el pecado: muertes prematuras de personas inocentes, hambre, guerra, atentados terroristas, corrupciones por doquier, fanatismo político con ribetes espirituales.

El mal existe, el espíritu del mal sigue actuando. El evangelista Marcos nos presenta la victoria de Jesús. Pero hace falta que nosotros estemos dispuestos a colaborar con Él en esta lucha. Es un combate que se desarrolla primero en nuestro propio interior cuando las fuerzas oscuras nos acosan, nos envuelven, nos ciegan y hasta nos derriban. Pero hemos de levantarnos, Dios está a nuestro favor, lucha con nosotros. El mal será vencido en nuestro interior, el egoísmo será desterrado de nuestra conducta si escuchamos la voz del Señor y no endurecemos nuestro corazón.

3 – Pero también tenemos que luchar contra las tuerzas del mal solidarizándonos con todos aquellos que se esfuerzan por crear unas condiciones de vida más justas y fraternas. No basta con hacer el bien individualmente, hay que unirse a todas aquellas iniciativas que hacen posible la construcción del reino de Dios. No se puede entender desde esta óptica que Pablo en la carta a los Corintios (es la segunda lectura) recomiende que no nos ocupemos de los asuntos de este mundo o que diga que el amor al cónyuge divide el corazón. Él lo dice desde una perspectiva escatológica, creyendo que el fin del mundo era inminente y que por tanto no merecía la pena ocuparse de cosas temporales. Sin embargo, sabemos que los cálculos de Pablo no se cumplieron. Pablo demostró a lo largo de su vida una gran preocupación por el trabajo cotidiano y nadie puede dudar de su dedicación en cuerpo y alma a la construcción del Reino frente al mal que acecha a nuestro mundo. El mal puede ser vencido con amor, nos dirá más adelante en la misma primera carta a los Corintios (capítulo 13). Digamos con San Agustín: “Señor, mi Dios, sólo a ti amo. Sólo a ti te sigo. Sólo a ti te busco. Sólo a ti estoy listo para servir pues sólo tú gobiernas con justicia y yo deseo estar bajo tu autoridad” (Soliloquios 1,15)

José María Martín, OSA

Los más desvalidos ante el mal

Unos están recluidos definitivamente en un centro. Otros deambulan por nuestras calles. La inmensa mayoría vive con su familia. Están entre nosotros, pero apenas suscitan el interés de nadie. Son los enfermos mentales.

No resulta fácil penetrar en su mundo de dolor y soledad. Privados, en algún grado, de vida consciente y afectiva sana, no les resulta fácil convivir. Muchos de ellos son seres débiles y vulnerables, o viven atormentados por el miedo en una sociedad que los teme o se desentiende de ellos.

Desde tiempo inmemorial, un conjunto de prejuicios, miedos y recelos ha ido levantando una especie de muro invisible entre ese mundo de oscuridad y dolor, y la vida de quienes nos consideramos «sanos». El enfermo psíquico crea inseguridad, y su presencia parece siempre peligrosa. Lo más prudente es defender nuestra «normalidad», recluyéndolos o distanciándolos de nuestro entorno.

Hoy se habla de la inserción social de estos enfermos y del apoyo terapéutico que puede significar su integración en la convivencia. Pero todo ello no deja de ser una bella teoría si no se produce un cambio de actitud ante el enfermo psíquico y no se ayuda de forma más eficaz a tantas familias que se sienten solas o con poco apoyo para hacer frente a los problemas que se les vienen encima con la enfermedad de uno de sus miembros.

Hay familias que saben cuidar a su ser querido con amor y paciencia, colaborando positivamente con los médicos. Pero también hay hogares en los que el enfermo resulta una carga difícil de sobrellevar. Poco a poco, la convivencia se deteriora y toda la familia va quedando afectada negativamente, favoreciendo a su vez el empeoramiento del enfermo.

Es una ironía entonces seguir defendiendo teóricamente la mejor calidad de vida para el enfermo psíquico, su integración social o el derecho a una atención adecuada a sus necesidades afectivas, familiares y sociales. Todo esto ha de ser así, pero para ello es necesaria una ayuda más real a las familias y una colaboración más estrecha entre los médicos que atienden al enfermo y personas que sepan estar junto a él desde una relación humana y amistosa.

¿Qué lugar ocupan estos enfermos en nuestras comunidades cristianas? ¿No son los grandes olvidados? El evangelio de Marcos subraya de manera especial la atención de Jesús a «los poseídos por espíritus malignos». Su cercanía a las personas más indefensas y desvalidas ante el mal siempre será para nosotros una llamada interpeladora.

José Antonio Pagola