Comentario – Domingo IV de Tiempo Ordinario

(Mt 1, 21-28)

Cafarnaúm era el pueblo adoptivo de Jesús. Allí se instaló cuando comenzó a predicar, y desde allí se movía hasta que llegó la hora de morir en Jerusalén.

Según los estudios arqueológicos, Cafarnaúm era un pequeño pueblo de poco más de 300 metros de largo, y por eso todo lo que Jesús hacía o decía inmediatamente era sabido por todos, nada podía quedar en el secreto. A eso se debe que Jesús pagara el impuesto al templo y evitara todo lo que pudiera escandalizar o confundir a la gente de esa población.

Este episodio nos narra la expulsión de un espíritu inmundo que sucedió en una de las visitas de Jesús a la sinagoga de Cafarnaúm. En este hombre poseído, dominado por el mal, se simbolizan todos los males que arruinan y degradan la vida del hombre, y Jesús aparece con poder frente a esos males, liberando y renovando al hombre.

Difícilmente cualquiera de nosotros podrá pensar que sus males son peores que los de este hombre destruido. Por eso cada uno de nosotros puede presentarle a Jesús, con confianza, sus propios males. Pidiéndole a Jesús que nos auxilie y nos restaure con su gracia, podemos hacer un camino que nos permita superarlos.

Dos veces en este texto se dice que Jesús enseñaba con autoridad, porque él no sólo decía las cosas con su Palabra, sino que con sus acciones mostraba que poseía el dominio y la autoridad para expulsar todo lo que pueda poseer al hombre y hacerle daño. Pero eso mismo nos hace ver que su Palabra es viva y eficaz, que si la dejamos actuar tiene el poder para producir frutos de paz y libertad en nuestras vidas.

Oración:

“Señor, ayúdame a descubrir que mi vida sin ti se convierte en miseria, que sin tu presencia se apoderan de mí muchos males que escapan a mi control, pero contigo vuelve la armonía y la calma”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día