La existencia del demonio

1.- El Evangelio y la Epístola –la carta a los Corintios– nos plantean –creo– dos temas difíciles para los no creyentes o, incluso, para los que creen. En la sinagoga de Cafarnaún los demonios reconocen a Jesús y lo interrogan. El los expulsa. Para salir, agitan al poseído prueba palpable que estaban dentro de él. Pablo habla del celibato. Y –parece– sitúa en un segundo plano al matrimonio.

La lectura del Evangelio de San Marcos insiste sobre todo en la autoridad que emana Jesús a la hora de enseñar. Y tal autoridad produce asombro a los oyentes. En el fondo, casi es mas difícil representarse esa emergente autoridad que el hecho “mágico” del dialogo con los demonios. La fuerza de Jesús, su convencimiento pleno en torno a lo que dice y, sobre todo, la representación física de que una fuerza divina acompaña a sus palabras no parece fácil de imaginar. Los casos de autoridad humana casi siempre vienen acompañados de unos ciertos escenarios de poder. Y es esa autoridad, que representa su divinidad, es que la que solivianta a los demonios.

Hay también una tendencia a no aceptar la existencia del Demonio. Asimismo es muy difícil su representación. Pero el comportamiento de algunos hombres -incluso sus gestos más inmediatos en materia de maldad: asesinatos, crueldad, soberbia irredenta, insolidaridad criminal, etc. nos aproximan a la idea de la posesión y de la existencia de un mal sobrehumano. Y es posible que el choque entre esos comportamientos terribles y la conciencia tienda a producir enfermedad. Lo psicosomático es eso. También lo vamos a explicitar un poco más adelante.

Ángeles y demonios aparecen continuamente en la Escritura. En los últimos tiempos hemos asistido a una revalorización de los ángeles, en libros, películas, etc. Aunque fuera del ámbito del cristianismo se ha querido dar los ángeles un contenido esotérico que no es el verdadero. De todas formas –y como ha reflejado Betania muchas veces en su sección de libros— escritores católicos han puntualizado muy bien este asunto. Con el demonio hay otra “marcha” diferente. Por un lado se incrementan los seguidores de este poder. Es decir, hay más sectas satánicas, o, simplemente, hay, cada vez, más adoradores –fuertes o ligeros— de la parafernalia demoníaca. Y a su vez, hay cada día más gente cercana a la religión –y, por supuesto a la católica—que niega la existencia del demonio. Antes de seguir con esto, interesa profundizar en el relato evangélico de la misa de este domingo. Y luego comentaremos la fuerza y la oportunidad de las otras lecturas.

2.- En la sinagoga de Cafarnaún los demonios reconocen a Jesús y lo interrogan. Él los expulsa. Para salir agitan al poseído prueba palpable que estaban dentro de él. La lectura del Evangelio de San Marcos insiste sobre todo en la autoridad que emana Jesús a la hora de enseñar. Y tal autoridad produce asombro a los oyentes. En el fondo, como ya queda dicho, casi es más difícil representarse esa emergente autoridad que el hecho “mágico” del dialogo con los demonios. La fuerza de Jesús, su –llamémoslo así– convencimiento pleno en torno a lo que dice y, sobre todo, la representación física de que una fuerza divina acompaña a sus palabras, no resultan fácil de imaginar. Los casos de autoridad humana casi siempre vienen acompañados de unos ciertos escenarios bien dispuestos de poder: desfiles militares, grandes cortejos. Pero la autoridad de Jesús es una autoridad tranquila, reposada, suave, que representa su divinidad. Y es precisamente la clase de autoridad que solivianta a los demonios.

Volvamos a la tendencia a no aceptar la existencia del demonio. Asimismo es muy difícil su representación. Pero el comportamiento de algunos hombres –incluso sus gestos más inmediatos– en materia de maldad: asesinatos, crueldad, soberbia irredenta, insolidaridad criminal, etc. nos aproximan a la idea de la posesión y de la existencia de un mal sobrehumano. Y es posible que el choque entre esos comportamientos terribles tienda también a producir la enfermedad. Lo psicosomático es eso. El avance la ciencia produce el “descarte” de cualquier influencia demoníaca en la enfermedad. Y en, sobre todo, la enfermedad psicológica. En la mayoría de los casos ese avance científico es un éxito para la capacidad intelectual humana y, por supuesto, un avance en su libertad, la cual –como se sabe— es un don de Dios. Pero, sin embargo, hay que reconocer que muchas veces la enfermedad produce un abandono negativo, una degeneración del intelecto, una tendencia a la autodestrucción. Y eso no es ya tan normal, ni natural. Eso es un mal demoníaco

3.- Es obvio que negar la existencia del demonio es como darle más posibilidades. Si no aceptamos que la gripe es una enfermedad, no buscaremos remedios para terminar con ella. Y si no conocemos exactamente los mecanismos de cómo se genera la enfermedad, difícilmente podremos luchar contra ella. Con el demonio pasa lo mismo. Al negarle le damos una especia de camuflaje para que actúe con más impunidad. Es verdad que de las grandes realidades espirituales nos convence la fe. Esa es nuestra limitación y servidumbre como hombres que somos. Pero también es cierto que tenemos muchas veces aproximaciones al hecho espiritual que no son simples casualidades o alucinaciones. Todo creyente ha sentido la cercanía de Dios en muchas cosas. Y aunque suele ser más difícil, también ese mismo creyente habrá intuido en su interior, la cercanía de otra fuerza que le separa del mejor camino.

La mentira, el engaño, el autoengaño, una inesperada distorsión de la realidad, la imprevista justificación de lo injustificable, son los síntomas del demonio está cerca. San Ignacio de Loyola hizo una concreción genial de las influencias del bien y del mal en el terreno de la vida espiritual. Habla de consolación y desolación. La consolación es la influencia en cercanía del mismo Dios que regala alegría y perspicacia espiritual. La desolación es un tiempo espeso, equívoco, en el que viejos hábitos o tendencias se presentan como lógicos y a los que tenemos derecho. Un caso muy frecuente en las personas espirituales son los escrúpulos. El demonio utiliza la conciencia exigente del creyente fiel para exagerar sus faltas y no aceptar el perdón recibido, pareciendo que todos los pecados pasados están todavía vigentes. Hay casos terribles de escrúpulos que afectan tanto a ciertas personas que les sitúan al borde la demencia. Y por ahí, claro está, se ligan las dos posibilidades que hacen fehaciente la idea del demonio y que ya han sido planteadas más arriba.

Decía también que es difícil la representación “física” del demonio. Ha habido una iconografía terrible, horripilante, que da susto… y se ha utilizado de tal manera que ha terminado produciendo hilaridad, risa, y, por tanto, un efecto contrario. La fealdad del demonio está en la intrínseca fealdad del mal. Aunque curiosamente hay quienes son capaces en la “imaginería” de los cuernos y de los rabos, sacar una cierta estética. Ahí están los “satánicos” de diferentes valoraciones. Es posible que estos “imagineros” sean solo una derivación “inocente” de las viejas estampas horripilantes. Sin embargo, esto no debe confundirnos, porque hay adoradores del demonio, que lo son y lo viven en contra de Dios. Se lo plantean como un negativo, como una fuerza contraria a la divinidad. Son estos los que –a modo del tópico maniqueo— colocan en un mismo plano de fuerza a Dios y al demonio. Y esto sí es un gran error. Dios tiene más autoridad que cualquier cosa del mundo. Es lo que hoy nos relata el Evangelio. Y, también, dicha autoridad está confirmada por el oráculo de Moisés que anuncia la llegada de un Gran Profeta que contará con el beneplácito y apoyo de Dios. Moisés, ahí, por su dimensión humana se quedó corto, pues, en realidad, estaba anunciando la llegada de la suprema autoridad divina en la forma de un Dios compasivo que se hace Hombre para salvar al género humano.

4.- Pero lo fundamental de la enseñanza de la escritura en este domingo es la autoridad con la que Jesús de Nazaret enseña y revela. La cuestión de los demonios es una más dentro de esa suprema autoridad que le da su condición divina. Se le someten los demonios, pero también los vientos y las tormentas. Se le somete, asimismo, la “normalidad” de la naturaleza al, por ejemplo, poder caminar por las aguas. Lo mejor para todos nosotros en este domingo es que añadiéramos un paso más en nuestro conocimiento de Jesús, nuestro Maestro y Amigo.

Y en cuanto a las recomendaciones de Pablo de Tarso a favor del celibato pues también hay que entenderlo dentro del contexto en que se produce la redacción de la Primera Carta a los Corintios. San Pablo esperaba entonces la muy cercana segunda llegada del Señor –la Parusía—y así recomienda el no cambiar, cuanto todo parece más próximo. De todos modos, la doctrina del celibato eclesial está basado en ese principio de mayor atención a las cosas de Dios y que la Iglesia mantiene. Dentro de ella hay además una apuesta nupcial de los consagrados. Jesús es el Esposo y el enamoramiento del Profeta de Nazaret llena –y ha llenado—muchas vidas.

Ángel Gómez Escorial