Comentario – Lunes IV de Tiempo Ordinario

(Mc 5, 1-20)

Otra vez aparece un hombre dominado por el mal. Pero en este caso se hace más patética todavía la figura de un hombre deteriorado, destruido, devaluado.

Habitaba entre los sepulcros, lo cual lo muestra como un muerto en vida, y el aislamiento a que estaba sometido se representa en las cadenas que lo atan. Además, se dañaba a sí mismo golpeándose con piedras, y expresaba el dolor de su interior dando tremendos gritos. No puede estar mejor representado el hombre bajo el dominio del mal.

La narración de los cerdos en realidad tiene un valor simbólico, porque los cerdos eran animales impuros para los judíos; pero el poder del mal que aqueja al hombre es superior a la temida impureza de esos animales, de tal manera que los cerdos impuros no pueden contener ese mal y por eso se precipitan desesperadamente al lago.

Pero los habitantes del lugar se concentraron sólo en el episodio de los cerdos, incapaces de valorar la obra restauradora que Jesús había hecho en el hombre, y por eso le piden a Jesús que se vaya.

Otro detalle interesante de la narración es que Jesús no acepta que el hombre liberado se una al grupo de sus discípulos. Jesús prefiere que vuelva con los suyos y dé testimonio en su propia casa. No todos son llamados a dejar la vida familiar para consagrarse a la predicación del evangelio. Algunos, después de encontrarse con Jesús, deben seguir en el lugar y en las ocupaciones que tenían, pero dando testimonio de lo que Jesús hizo en ellos para que esos lugares sean renovados con la presencia del Señor. Así lo expresa el Concilio Vaticano II: “Todos los cristianos, de cualquier estado y vocación, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección. Por esa santidad se promueve también en la sociedad un modo de vivir más humano” (LG 40).

Oración:

“Dios mío, adoro tu poder capaz de reformar al hombre enfermo y abatido, tu gloria que rompe las cadenas y libera de toda esclavitud; adoro tu mirada de amor que sana, que purifica, que devuelve la paz”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día