Homilía – Domingo V de Tiempo Ordinario

El Tiempo Ordinario

El Tiempo Ordinario tiene sus ventajas. No celebra un acontecimiento particular de la vida de Cristo, sino su misterio en su globalidad, y nos ayuda a vivir con serenidad nuestra vida cotidiana, la no festiva.

Unas veces somos convocados porque es Navidad o la fiesta de la Asunción. Otras, sencillamente, porque es domingo. Somos conscientes de que el Resucitado está con nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo», porque se reúne la comunidad del Señor, porque escuchamos con atención su Palabra, porque somos invitados a participar de su Mesa eucarística.

En estas Eucaristías, a lo largo del año, encontramos la mejor «formación permanente» y volvemos una y otra vez a la escuela del Maestro, donde se nos van transmitiendo lecciones siempre actuales para nuestra vida de cada día.

 

Job 7, 1-4.6-7. Mis días se consumen sin esperanza

El libro de Job es un libro sapiencial del siglo V antes de Cristo, que plantea un interrogante de los más antiguos y actuales: por qué existe el mal en el mundo.

Este problema lo vive Job en su propia carne. En la página que leemos hoy hace una descripción patética de la vida: «mis días se consumen sin esperanza», «mi vida es un soplo», «mis ojos no verán más la dicha». Él no ve ninguna salida ni ningún sentido a la vida. La compara al jornalero que espera en vano el salario, o al esclavo que suspira por el alivio de una sombra, y habla de noches de fatiga e insomnio, de meses baldíos. ¿Vale la pena vivir así?

Esta lectura adelanta lo que describirá el evangelio: gente que acude a Jesús, aquejada de diversos males.

El salmo parece fijarse en esta situación desesperada de la humanidad e intenta responder desde la fe: «alabad al Señor, que sana los corazones destrozados», «el Señor sostiene a los humildes», «el Señor reconstruye Jerusalén».

 

1 Corintios 9, 16-19.22-23. ¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!

En el pasaje de hoy no se trata, como en los domingos anteriores, de responder a consultas de los corintios. Pablo habla de sí mismo y de lo orgulloso que está de la misión que ha recibido: evangelizar.

Realmente es admirable cómo este gran apóstol entiende su vocación: «¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!». No lo hace por capricho o gusto personal, sino porque «me han encargado este oficio». Lo hace sin esperar ningún beneficio para sí: «¿cuál es la paga? precisamente dar a conocer el Evangelio», «hago todo esto por el Evangelio». Ya se siente pagado por el honor de anunciar a todos la Buena Noticia de Jesús. Lo hace «gratis, de balde». En otros pasajes de esta y de otras cartas recuerda que, como apóstol, tendría derecho a vivir mantenido por la comunidad, pero él prefiere ganarse la vida trabajando con sus propias manos y dedicarse a la evangelización sin exigir ningún salario.

 

Marcos 1, 29-39. Curó a muchos enfermos de diversos males

Sigue Marcos resumiendo lo que sería el programa de una jornada de Jesús en su ministerio de Profeta. Después de la predicación en la sinagoga, que llena de asombro a la gente, se retira a casa de Pedro, donde cura, ante todo, a la suegra de este, que estaba aquejada de fiebre. Marcos cuenta de un modo breve pero muy vivo la escena: parece apoyarse en un testigo presencial, que no puede ser otro que el mismo Pedro. Además, no debe ser casual que, al decir «la levantó», emplee Marcos el mismo verbo que para la resurrección, el griego «egeiro», apuntando así a su victoria contra la muerte.

La gente, enterada de dónde se ha retirado, «al anochecer» (no es superfluo el dato, porque el sábado concluye a la puesta del sol), le traen muchos enfermos y endemoniados para que los cure, y en efecto Jesús «curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios».

Por la mañana se retira «al descampado» para orar, y prefiere no volver a Cafarnaún, sino ir a otras aldeas a seguir predicando. Continúan todavía las páginas optimistas: todo son curaciones y alabanzas.

Corazones destrozados

La descripción que Job hace de la vida humana, realmente sombría, parece exagerada, pero tal vez no lo es. ¡Cuántas personas se encuentran en situaciones parecidas a la de Job!

Muchos han perdido la esperanza, no ven sentido a sus vidas y podrían hablar también de «noches de fatiga» y de insomnio —»me harto de dar vueltas hasta el alba»—, de «meses baldíos» en los que no se ve ningún resultado a sus muchas fatigas. Muchos no encuentran respuesta al por qué de la vida y al «por qué Dios permite el mal» y a tantos otros interrogantes que les vienen a la cabeza.

Es también el caso de muchos de los que rodean a Jesús. Los enfermos y los poseídos de espíritus malignos —sea cual sea su interpretación— están muy presentes desde el principio en el ministerio de Jesús, aquejados de fiebre, o de otras enfermedades peores, o de la esclavitud de fuerzas del mal.

También nosotros, a veces, y muchos a nuestro lado, estamos en situaciones parecidas. Sobre todo, estamos rodeados, si nos queremos enterar, de personas que sufren, que han perdido la ilusión de la vida. Sin caer en pesimismos exagerados, podemos adivinar que algunas de las personas con las que tratamos están pasando noches oscuras en su vida y que estamos de veras en «un valle de lágrimas», como rezamos en la Salve.

¿Nos damos cuenta de ello, o tal vez no queremos enterarnos?, ¿qué hacemos para ayudar a estas personas?

 

Saber curar

Como seguidores de Jesús, deberíamos imitar su actuación.

Jesús aparece como la respuesta de Dios a los males de este mundo, al dolor de estos corazones destrozados. Hoy cura a la suegra de Pedro y a otros varios enfermos, y libera de sus espíritus malignos a los posesos. ¡Cuánto tiempo emplea Jesús, a lo largo del evangelio, atendiendo a las personas que buscan, que sufren, que están desesperadas! En verdad aparece como identificado con los que sufren en este mundo, cumpliendo lo que Isaías había anunciado del Siervo: «eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 4). Ha venido a perdonar y a salvar, pero entiende esta salvación como una liberación integral, que incluye también la curación de tantos males físicos y psíquicos que afectan a las personas. Aparece como Maestro, pero también como Médico. Este binomio -predicar y curar, perdonar y liberar del maligno- lo vemos repetidas veces en el evangelio. Lo que el salmo dice de Yahvé —»él sana los corazones destrozados»— se cumple a la perfección en Jesús.

Nosotros, ¿sabemos curar? ¿sabemos liberar del mal? ¿nos distinguimos por nuestro buen corazón, como el buen samaritano, o pasamos de largo sin ver, o sin querer ver, el sufrimiento de las personas? ¿somos capaces de echar una mano o dirigir una palabra amable al que vemos triste, o marginado, o desconcertado, sea conocido nuestro o totalmente desconocido? Hace dos mil años que la comunidad de Jesús, la Iglesia, dedica sus mejores esfuerzos, no sólo a predicar el evangelio, sino también a cuidar enfermos y aliviar el dolor humano.

Debemos aprender de Cristo. No se nos pide que seamos «exorcistas» o que hagamos milagros. No siempre hacen falta milagros para «curar» los «corazones destrozados»: a veces lo que «cura» y «libera de los malos espíritus» es la cercanía, el interés, el afecto sincero, la ayuda desinteresada, una mano tendida, una cara acogedora, una palabra oportuna. Como decía Pablo, él se hizo «débil con los débiles para ganar a los débiles»: se trata de compadecer, hacerse solidario de las preocupaciones de otros y de acompañarles en su vía-crucis, sea cual sea.

 

¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

El que nos da el mejor ejemplo de «evangelizador», de predicador del amor y la salvación de Dios, es Jesús mismo. Lo primero que le vemos hacer, según el evangelio de Marcos, es predicar. Después de la intensa jornada de Cafarnaún, manifiesta su deseo de ir a otros lugares a repetir su predicación: «vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí: que para eso he venido». No se queda «instalado» en el éxito que acaba de obtener, sino que se dispone a empezar de nuevo en otros pueblos, predicando y curando a enfermos y posesos. «Para eso he venido».

También Pablo se entrega totalmente a la misión evangelizadora que se le ha confiado: «me he hecho esclavo de todos, para ganar a los más posibles: me he hecho todo a todos, para ganar a algunos». No lo hace por su propio gusto, sino porque le han encargado esa misión. Pablo aparece como un auténtico gigante en la evangelización de las primeras comunidades.

Todo ello, «de balde». Jesús no busca que la gente le aplauda o le «pague» lo que ha hecho. Va a otros pueblos a realizar su misión. Pablo dice que la «paga» que espera por su dedicación es «precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde», sin buscar otros beneficios personales.

Todo cristiano, cada uno en su ambiente y desde su carisma -simple fiel o ministro ordenado o misionero- está llamado, no sólo a salvarse él, sino a anunciar a los demás la Buena Noticia de Jesús. Algunos lo hacen «full time», con una entrega total, que han aceptado por vocación: es el caso de Pablo, que ve en eso, como leíamos el domingo pasado, la ventaja del celibato por el que ha hecho opción. Otros, desde la posibilidad que les ofrece, por ejemplo, su vida matrimonial o profesional.

¿Somos generosos en nuestro compromiso «evangelizador» con los hijos, con los alumnos, con los feligreses, con las personas sobre las que tenemos influencia? Es verdad que en el mundo de hoy no es muy común eso de «dar gratis»: siempre damos para que nos den, o porque nos han dado. Eso es más bien «comercio», aunque sea espiritual, y no donación de balde. Pero los cristianos debemos distinguimos por la generosidad en nuestra entrega.

 

Se marchó al descampado y se puso a orar

En esta «jornada» programática de la vida de Jesús que Marcos describe en el primer capítulo de su evangelio, no falta el dato de los momentos de oración de Jesús. A veces ora solo, como en esta ocasión: «se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar». Otras, en compañía de los demás, como en la sinagoga o en el Templo.

Difícilmente imitaremos la intensa actividad evangelizadora de Jesús. Pero él busca también momentos de soledad para orar con su Padre. A algunos les puede parecer que esos momentos se restan a lo que sería más importante: predicar y curar. A Pedro, por ejemplo, le parece urgente que vuelva Jesús a su ministerio: «todo el mundo te busca». Pero Jesús ha optado expresamente por la soledad para orar y encuentra en su diálogo con el Padre la fuerza para su actividad.

No deberíamos caer en la tentación del excesivo activismo. También nosotros necesitamos, y más que él, de esa raíz en profundidad que es la oración. Jesús nos dio una lección admirable de cómo unir el trabajo con la oración. La introducción al libro de la Liturgia de las Horas le propone como modelo de oración y trabajo: «su actividad diaria estaba tan unida con la oración, que incluso aparece fluyendo de la misma». Y no se olvida de citar este pasaje de Mc 1, 35, que leemos hoy (IGLH 4).

La Eucaristía, por ejemplo, va iluminando nuestra actividad y nos da fuerzas para realizarla desde Dios. Durante el momento de nuestra oración no olvidamos ciertamente a los destinatarios de nuestra misión. Como tampoco después, en medio del trabajo, olvidamos a Dios, que es quien nos envía y en cuyo nombre hablamos y actuamos.

José Aldazábal