La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

10.- LA ORACIÓN DEL SEÑOR

Lc 11, 1-13

Jesús se retiraba con frecuencia a solas y permanecía largo tiempo en oración; en ocasiones, noches enteras[1]. Y esto, con frecuencia. Emplearía en su oración los salmos –un salmo recitará en la cruz[2]–, oraciones aprendidas de su Madre, las que se recitaban en la sinagoga… las propias de un judío piadoso de su tiempo[3]. A la vez, esas oraciones tenían un sentido y una profundidad del todo nuevos, pues era la oración del Hijo de Dios con su Padre, movido por el Espíritu Santo, que poseía a la Humanidad Santísima de Jesús de un modo pleno[4].

Los evangelistas han dejado constancia de estos momentos en los que Jesús se retiraba a solas para orar: en el Bautismo, en la elección de los apóstoles, en la primera multiplicación de los panes, en la Transfiguración, en el huerto de Getsemaní antes de la Pasión, etcétera.

Quiso enseñar con su ejemplo, además, cuál había de ser la actitud de sus discípulos[5]. Les debió de conmover mucho a los apóstoles este trato de Jesús con su Padre celestial[6].

Un día se le acercaron los discípulos y le dijeron: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Es posible que– como atestigua la tradición– se encontraran en el Monte de los Olivos, desde donde se divisaba el Templo[7].

Él les enseñó entonces aquella plegaria –el Padrenuestro– que millones de bocas, en todos los idiomas, habrían de repetir tantas veces a lo largo de los siglos. Son unas pocas peticiones que el Señor repetiría también, y quizá por eso difieren los textos de san Lucas y de san Mateo. Era un modo completamente nuevo de dirigirse a Dios. Cuando oréis, decid: Padre…

La primera palabra Abba, Padre, define el resto de la oración. Los primeros cristianos quisieron conservar sin traducirla la misma palabra aramea que utilizó Jesús: Abba, y es muy probable que así pasara a la liturgia más primitiva y antigua de la Iglesia.

«La palabra “nuestro” resulta muy exigente: nos exige salir del recinto cerrado de nuestro “yo”. Nos exige entrar en la comunidad de los demás hijos de Dios. Nos exige abandonar lo meramente propio, lo que separa. Nos exige aceptar al otro, a los otros, abrirles nuestros oídos y nuestro corazón. Con la palabra “nosotros” decimos “sí” a la Iglesia viva, en la que el Señor quiso reunir a su nueva familia. Así, el Padrenuestro es una oración muy personal y al mismo tiempo plenamente eclesial. Al rezar el Padrenuestro rezamos con todo nuestro corazón, pero a la vez en comunión con toda la familia de Dios, con los vivos y con los difuntos, con personas de toda condición, cultura o raza. El Padrenuestro nos convierte en una familia más allá de todo confín»[8].

Y continuó el Señor: Santificado sea tu nombre[9].

En la Sagrada Escritura, como hemos visto, el nombre equivale a la persona misma, en su identidad más profunda. Por eso, dirá Jesús al final de su vida, como resumiendo sus enseñanzas: Manifesté tu nombre a los hombres. Nos reveló el misterio de Dios. En el Padrenuestro formulamos el deseo amoroso de que el nombre de Dios sea conocido y reverenciado por toda la tierra; también expresamos el dolor por las ocasiones en que es profanado, silenciado o empleado con ligereza[10].

Venga a nosotros tu Reino.

La expresión Reino de Dios tiene un triple significado: en nosotros (la gracia), en la tierra (la Iglesia) y en el Cielo (la eterna bienaventuranza). En orden a la gracia, pedimos que Dios reine en el alma con su gracia santificante; también pedimos que nos ayude en la lucha diaria contra las tentaciones. Es un reinado en el alma, que avanza o retrocede según correspondamos o rechacemos las gracias y ayudas que recibimos.

El Reino de Dios está ahí, dirá el Señor en otra ocasión, está dentro de vosotros. Y se percibe su presencia en el alma a través de los afectos y mociones del Espíritu Santo.

Cuando decimos venga a nosotros tu Reino, pedimos que Dios habite en nosotros de una manera más plena, que seamos todo de Dios, que nos ayude a luchar eficazmente para que, por fin, desaparezcan esos obstáculos que cada uno pone a la acción de la gracia divina[11].

Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo.

Queremos alcanzar del Señor las gracias necesarias para cumplir aquí en la tierra todo lo que Dios quiere, como lo cumplen los bienaventurados en el Cielo. La mejor oración es aquella que transforma nuestro deseo hasta conformarlo, con alegría, con la voluntad divina, hasta poder decir con el Señor: No se haga mi voluntad, Señor, sino la tuya: no quiero nada que Tú no quieras.

Danos hoy el pan nuestro de cada día.

En la palabra «pan» se contiene todo lo que el discípulo de Cristo necesita cada día para vivir como un hijo de Dios: esperanza, alegría, alimento para el cuerpo y para el alma…[12].

Cuando pedimos a Dios el pan de cada día, estamos aceptando que toda nuestra existencia depende de Él. Quizá el Señor ha querido que lo pidamos cada día para que constantemente recordemos que Él es nuestro Padre y nosotros, unos hijos necesitados, que no podemos valernos por nosotros mismos.

Perdónanos nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Perdonar a los demás: esta es la condición. El perdón ha de ser profundo, sincero, de corazón. No como quien hace un favor, porque no sería entonces un perdón total y sobrenatural. El verdadero discípulo es rápido en perdonar. Entonces imita a Jesús, que pide perdón para los que le crucifican[13]. Así consigue la remisión de sus pecados, flaquezas, inconstancias… Esa es la condición[14].

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal, rogamos al Señor en la última petición del Padrenuestro[15]. Después de haber pedido a Dios que nos perdone los pecados, le suplicamos

enseguida que nos dé las gracias necesarias para no volver a ofenderlo y que no permita que seamos vencidos en las pruebas que vamos a padecer[16]. El discípulo ha de estar alerta, con la vigilia del soldado en el campamento, y la confianza de que nunca será tentado más allá de sus fuerzas[17].

La tentación puede ser una fuente inagotable de gracias y de méritos para la vida eterna. Porque eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probara[18]. Con estas palabras consoló el ángel a Tobías en medio de su prueba. También han servido a muchos cristianos a la hora de sus tribulaciones.


[1] «Para entender a Jesús resultan fundamentales las repetidas indicaciones de que se retiraba al monte y allí oraba noches enteras, a solas con el Padre. Estas breves anotaciones descorren un poco el velo del misterio, nos permiten asomarnos a la existencia filial de Jesús, entrever el origen último de sus acciones, de sus enseñanzas, de sus sufrimientos. Este orar de Jesús es la conversación del Hijo con el Padre, en la que están implicadas la conciencia y la voluntad humanas, el alma humana de Jesús». BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret I, p. 29.

[2] Salmo 22, 2: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (cfr. Mt 27, 46).

[3] Parece que los judíos usaban a veces frases y palabras de la lengua sagrada (el hebreo) en la conversación corriente, mezclada con el habla popular aramea, y en la oración personal. Es muy razonable pensar que eso mismo ocurriera en la oración íntima de Jesús con el Padre celestial y al abrir su alma con sus discípulos.

[4] San Agustín resume admirablemente las tres dimensiones de la oración de Jesús: Orat pro nobis ut sacerdos noster, orat in nobis ut caput nostrum, orat a nobis ut Deus noster. Agnoscamus ergo et in illo voces nostras et voces eius in nobis («ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros») (cfr. Catecismo, n. 2616).

[5] La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el Corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador? (cfr. Catecismo, n. 2740).

[6] Cfr. J. M. CASCIARO, La oración de Jesús en los evangelios sinópticos, en Scripta Theologica, vol. XXIII, fasc. 1 (1991), pp. 215 ss.

[7] La tradición es del siglo IV. Una iglesia conmemora este episodio. En las paredes del convento de carmelitas que existe allí en la actualidad se puede leer el texto del Padrenuestro en más de cincuenta idiomas.

[8] J. RATZINGER-BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, pp. 175-176.

[9] De las siete peticiones del Padrenuestro, las tres primeras, más teologales, nos atraen hacia la Gloria del Padre; las cuatro últimas, como caminos hacia Él, ofrecen nuestra miseria a su gracia. Abismo que llama al abismo (Sal 42, 8) (cfr. Catecismo, n. 2803).

[10] Honramos a Dios cuando hacemos un acto de reparación cada vez que se falta al respeto debido al nombre de Dios o de Jesús, al enterarnos de que se ha cometido un sacrilegio o al tener noticia de acontecimientos que ofenden el buen nombre del Padre común.

[11] Incluso, señala san Cipriano, puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera (Sobre el Padrenuestro, 13).

[12] Nuestro pan. El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes, materiales y espirituales. En el Sermón de la Montaña, Jesús insiste en esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro Padre. No incita a la pasividad, quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios (cfr. Catecismo, n. 2830).

[13] San Juan Crisóstomo escribe que «nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos al perdón» (Homilías sobre san Mateo, 19, 7).

[14] La misericordia divina no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El Amor, como el Cuerpo de Cristo, es indivisible; no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano y a la hermana, a quienes vemos. Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia (cfr. Catecismo, n. 2840).

«El perdón solo puede penetrar, solo puede ser efectivo, en quien a su vez perdona». BENEDICTO XVI, o.c., p. 193.

[15] La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el «nosotros», en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia.

En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El «diablo» («día-bolos») es aquel que «se atraviesa» en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo (cfr. Catecismo, nn. 2850 y 2851).

[16] Este combate y esta victoria solo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición, Cristo nos une a su combate y a su agonía. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela (Ap 1, 15) (cfr. Catecismo, n. 2849).

[17] Cfr. 1 Co 10, 13.

[18] Tb 12, 13.