Comentario al evangelio – Miércoles IV de Tiempo Ordinario

La carta a los Hebreos parece dirigida a una comunidad que pasa por tribulaciones; no nos es dado saber dónde está esa Iglesia, cuáles son sus proporciones, cuál la causa de su sufrimiento, etc. Probablemente se trate de una Iglesia perseguida, como tantas otras a lo largo de la historia, y que quizá se pregunta por qué Dios la abandona a ese dolor o humillación.

Es difícil describir la relación de Dios con el sufrimiento humano; es un misterio. Pero de lo que no hay duda es de que hay diversas formas de afrontar el dolor: con fortaleza y gallardía que lo cualifican, o con derrotismo y desánimo, que lo convierten en deshumanizador. Por eso una misma experiencia puede hacer crecer a una persona, en lo humano y en la fe, y hundir a otra en el abismo del sinsentido. El autor de Hebreos sabe que Dios quiere “amigos fuertes” (Sta. Teresa), y que, sin excepción, todo cristiano es seguidor de un crucificado que por la cruz ascendió a la gloria.

El evangelio nos describe una escena muy presente en la mente de toda la Iglesia primitiva, que luego cada evangelista redactó con matices distintos. En Marcos aparece Jesús como de sopetón hablando a sus compaisanos, a quienes deja admirados. Lucas prepara mejor el discurso: el arquisinagogo invita a Jesús a hacer la lectura, éste la toma del profeta Isaías y seguidamente la comenta… Es uno de los pasajes evangélicos que nos informan de que Jesús sabía leer, cosa rara en aquella sociedad y que por lo general requería un cierto nivel económico para poder pagarse un maestro (quizá la presentación corriente de la familia de Jesús como muy pobre deba ser revisada. El hecho de que él no tuviese donde reclinar la cabeza [Lc 9,58] no responde a una miseria forzada, sino a una opción personal “contracultural”, que invita a otros a ser libres).

Muchos de los asistentes a la sinagoga no debían de tener información sobre la alfabetización de Jesús (Jn 7,15: “¿Cómo es que entiende de letras sin haber estudiado?”), y mucho menos sobre su preparación para explicar la Escritura; no había sido discípulo de un escriba, sino de un profeta, Juan el Bautista, quien, seguramente, le acrecentó la pasión por la causa de Dios y quizá también recursos oratorios. El hecho es que Jesús causa a la vez admiración y rechazo. No es sin más el orgullo de su aldea; por el contrario, le descalifican (según Lc 4,29,  intentan despeñarle).

Aquí Jesús comienza a correr la suerte típica del profeta. Buscan la forma de acallarlo, pues el profeta no suele dejar tranquilos a sus oyentes: hace despertar, combate rutinas, incomoda, corrige y reprocha… Se buscan la forma de desautorizarlo, en el caso de Jesús mediante la familia; ¿cómo va a ser profeta procediendo de una casa tan normal? Era quizá el único recurso que tuvieron al alcance, dada la vida irreprochable de Jesús.             Nos puede suceder a diario. Hace unas semanas preguntaba yo acerca de una persona concreta, llena de cualidades y de conducta enteramente edificante, por qué no siempre gozó del reconocimiento que habría sido de esperar. El interrogado me respondió sabiamente: quizá haya que contar con la posibilidad de envidia ante sus cualidades; por otro lado, una vida tan íntegra, ¿era soportable a los mediocres? Frente al reproche se busca defensa: “Lo que en el intachable era gracia, a otros quizá les resultaba amenaza”.

Severiano Blanco cmf