La buena suegra

1.- Os pido permiso para chismorrear un poco sobre la suegra de Pedro. Esta suegra innominada era una mujer del pueblo acostumbrada a vivir una vida de servicio a los suyos para caer rendida a la noche y dormir pensando que tiene que levantarse al amanecer para que los suyos salgan a pescar. Y así, día tras día, su vida ha transcurrido como un soplo, todo como Job nos acaba de decir, pero sin amargura, con la naturalidad de una mujer sencilla de pueblo, muy lejos de los grandes idealismos, contenta con que su gente sea feliz, un poco feliz.

Y de repente en el matrimonio de su hija empieza a haber dificultades. Pedro, honrado y trabajador, empieza a idealizar. Es un buen israelita y quiere que el pueblo de Dios vuelva a ser de verdad de Dios, no de los romanos, de nadie más que de Dios. Cuando habla con su hermano Andrés y el grupo de pescadores amigos se exalta y da miedo oírle porque Pedro nunca le hizo ascos a la espada.

Y hace poco allá se fue al Jordán, dejando mujer y barca a ver quien era un tal Juan. Y lo peor es que ha regresado a Cafarnaún con un tal Jesús, para colmo de Nazaret y habla de irse con él.

Y esta mujer sin nombre, pero muy mujer y muy madre, se puso enferma por la insensatez de su yerno

2.- Con la libertad que da la edad le ha cantado las cuarenta a Pedro con razones llenas de verdadero sentido común, del sentido común que vive en el pueblo. Por eso Pedro, que no sabe responder a razones tan humanamente sólidas, hoy después del milagro de la sinagoga, invita a Jesús a su casa, confiando que en esa atracción personal del Señor que a él mismo le tiene subyugado y también invita a otros dos locos, Juan y Santiago, que han decidido irse con Jesús.

La mujer, ya anciana a los 50 años, recibe al Señor con fría educación, porque al fin y al cabo este Jesús es el embaucador de su yerno Pedro.

Jesús la mira y la comprende y se acuerda con emoción de su Santa Madre, que no sin dolor e inseguridad de su vida diaria le dejó a Él seguir la llamada de Dios Padre.

Y toma su mano con cariño y comprensión, y por aquella mirada bondadosa y por el contacto de su mano fuerte entro calor reconfortante en el corazón de la anciana. Y ayudada por el cariño por Jesús (dice el evangelio que “Él la levantó del lecho…”) se puso en pie nueva en su cuerpo y nueva en su corazón.

Y volvió a ser la de siempre: la esclava de la familia, la llamada servir, la que tenía que hacer los honores a los amigos de su yerno y entre ellos a aquel que no sabe por qué no puede llamar embaucador.

3.- Y desde aquel día, la casa de Pedro, la casa de la suegra, empezó a ser la casa de Jesús. Después de curar a un leproso nos dice san Marcos que regresó a Cafarnaún, y en seguida se corrió la voz de que estaba en su casa, la de Pedro, la de su suegra.

Y cuando los Doce van discutiendo entre si por el camino vuelve a decir san Marcos que al llegar a la casa a su casa Jesús les preguntó “de que ibais discutiendo por el camino y aquella su casa era la de Pedro, la de su suegra sin nombre.

Una casa que cuyo techo tuvieron que arreglar Pedro y Andrés, y tal vez también el carpintero de Nazaret, después que aquellos bajaron el paralítico hasta donde enseñaba Jesús.

4.- Aquella anciana, con intuición de madre y de mujer, tal vez entendió mejor que Pedro a Jesús, A ese Jesús que atendía a todos con cariño y los curaba. Y que cuando parecía que se alborotan para hacerle jefe, desaparecía de casa y se iba al monte al rezar.

Pedro salió en corriendo en su busca, “todo el mundo te busca”, como si dijera “aprovecha la ocasión”. Y la suegra sabía que Jesús no buscaba la ocasión, no se aprovecharía de la ocasión, porque lo que buscaba y daba era cariño y comprensión.

¿Se unió la suegra de Pedro a las mujeres que seguían a Jesús? Tal vez no. El puesto de una aldeana esta siempre en su casa, en el terruño, cumpliendo con la voluntad de Dios, la de todos los días, la del mortero, la de la fuente, la de la leña y el fuego, la de Marta, la de María, la esclava y la Madre de Jesús, que hasta hace poco era para la suegra el embaucador. Una sola cosa cambió en su vida, la absoluta seguridad de que Dios la miraba con cariño y la comprendía.

José María Maruri, SJ