Comentario – Viernes IV de Tiempo Ordinario

(Mc 6, 14-29)

Este texto muestra que Jesús era verdaderamente admirado, y buscaban explicaciones para entender porqué hacía tantos prodigios. Por eso creían que era algún gran profeta que había resucitado o “un profeta como los grandes”. Esta última explicación, que parece tan extraña, se debe a que los judíos estaban esperando la llegada de un gran profeta, anunciada en Deut 18, 15.

Pero luego el texto se detiene a narrar la muerte de Juan el Bautista, donde se muestra que el poder de la apariencia social y de la vanidad es tal, que puede torcer las mejoras intenciones.

Herodes admiraba a Juan, lo protegía, lo consultaba y lo escuchaba, pero no podía negarse a entregar la cabeza de Juan para no quedar mal delante de los convidados. Y si en el Antiguo Testamento la figura de Judit llevando la cabeza de Holofernes simbolizaba el triunfo de Dios y sus elegidos, esta joven llevando la cabeza de Juan simboliza el triunfo de los ardides del mal.

Hasta ese momento, Herodes respetaba a Juan. Quedaba perplejo cuando Juan le reprochaba que conviviera con la mujer de su hermano, pero a pesar de eso lo apreciaba y se sentía atraído por su predicación. Sin embargo, la palabra del profeta no había logrado llegar al corazón, donde se toman las decisiones más profundas. Allí tenían más poder las habilidades de una mujer, que conociendo las debilidades del rey, encontró la ocasión adecuada para acorralarlo, de manera que tuviera que optar entre su propia fama y la vida del hombre que admiraba. Ella sabía bien cuál era la escala de valores del hombre que compartía su lecho.

Oración:

“Señor, concédeme la gracia de ser fiel a tu amor. no permitas que las seducciones del mundo me arrastren y puedan más que la atracción del bien y de los bellos ideales. Quiero dar testimonio de mi fe en el mundo; no dejes que el respeto social y la apariencia puedan más que tú”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

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