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La curación de la suegra de Pedro es el relato más corto del Evangelio de Marcos y podemos calificarlo como primera escena comunitaria de Jesús con los suyos: los miembros de la incipiente comunidad están juntos en el espacio privado de una casa. Simón y Andrés, Santiago y Juan, las dos parejas de hermanos, están ya vinculados a Jesús desde la llamada recibida en el lago. Los cinco forman un cierto “bloque” mientras que la suegra de Simón está fuera del grupo: ellos de pie y ella separada, en cama y con una fiebre que “la posee”, le dicta el espacio en que debe estar (la cama) y la mantiene a distancia de los demás.

“Le hablan enseguida de ella”: se sobreentiende que es Simón quien toma la palabra, quizá también su mujer, y hablan de ella como de alguien ausente. Jesús, después de lo que oye, toma la iniciativa y franquea la distancia que le separa de la mujer. Su acción principal –“la levantó”, usando el mismo verbo de resucitar, va acompañada de dos gestos: acercarse yagarrarla de la mano. Al aproximarse y establecer contacto con la mujer, ella ya no esté separada, lejos o fuera, sino agarrada de la mano de él y erguida: Jesús ha suprimido la distancia, la ha puesto a su misma altura y ahora pueden mirarse a los ojos. Consecuencia: desaparece la fiebre que la postraba y la excluía.

El final del relato evoca una comida comunitaria en la que la excluida está ahora incorporaday se pone a hacer lo que sabe: servir. No como “rol de género”, sino desde esa diakonía que, según Jesús, es la marca del discípulo/a. Su manera de agradecer es precisamente esa y como ahora “está en pie”, puede inclinarse para servir.

Vamos a dar ahora la palabra al único personaje femenino de la escena – sin nombre propio y solo existente gracias a su yerno – para que nos cuente su propio relato en versión actualizada:

“Además de la dichosa fiebre, la verdad es que estaba pasando una mala racha y, de haber tenido más fuerzas, me hubiera puesto a tararear lo de “Hoy no me puedo levantar” de Mecano. Se me había vuelto borrosa la frontera entre los síntomas de la gripe y la sensación sombría de que me estaba haciendo vieja: tenía fatal los huesos, empezaba a sentirme inútil, se me había quemado varias veces la comida, ya no acertaba a enhebrar la aguja y derramaba la sopa porque me temblaban las manos. Me estaba metiendo poco a poco en un bucle tóxico que me hacía imaginar murmuraciones siniestras a mi alrededor: “no hay que hacerle mucho caso, se está volviendo hipocondríaca y maniática”; “todo el día nos está dando la brasa con sus batallitas y sus achaques”; “mejor que se quede quieta y no haga más estropicios en la cocina”; “piensa que, como tiene una buena pensión, puede hacer lo que le dé la gana…”. Tengo que reconocer que en aquel momento, además de paracetamol, estaba necesitando Prozac.

Así andaban mis ánimos, por los suelos, cuando vi de pie delante de mi cama al nuevo amigo galileo de mi yerno. Me dijo su nombre y yo el mío, se sentó a la cabecera y empezó a preguntarme cómo me sentía, desde cuándo estaba fastidiada y qué remedios tomaba. Me contó que también a su madre le dolía la espalda y que le iba a pedir la receta de un ungüento que aliviaba la artrosis de las manos. Le dije que de joven yo había vivido cerca de su pueblo, en Séforis, y que allí había aprendido a hacer unas rosquillas riquísimas. Él también las había comido en Nazaret y quedamos en que se las haría algún día. Luego me preguntó si me sentía con fuerzas para levantarme, me sostuvo mientras lo intentaba y, mientras me iba incorporando despacio, él silbaba algo que dijo se cantaba en las fiestas de su pueblo. Luego me acompañó hasta la cocina y me dejó allí.

Cuando nos sentamos a cenar aquella noche, yo traje las rosquillas que había preparado para todos. “- Están buenísimas, dijo, mejores que las mi madre, pero jamás lo repetiré si ella está delante…” Todos nos reímos y la velada se prolongó mientras yo iba y venía ocupándome de servirles; esa noche dormí tan profundamente como no recuerdo haberlo hecho nunca…”

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Dolores Aleixandre

Somos silencio consciente

En medio de una actividad incesante –“era tanta la gente que iba y venía que no encontraban tiempo ni para comer” (Mc 6,31)–, Jesús amaba y buscaba espacios de silencio, aunque tuviera que levantarse “de madrugada”.

El silencio no es huida ni evasión, sino la otra cara de la acción adecuada y eficaz. De entrada, puede verse como “entrenamiento” para afrontar con lucidez y serenidad la vida cotidiana. Y esto es así porque, al situarnos en nuestro “centro”, nos apacigua y nos fortalece, nos ajusta y nos dinamiza. Pero hay más.

El silencio de la mente –que es también silencio del ego– nos permite saborear lo que somos en profundidad –Jesús diría: entrar en contacto con el “Padre”– y vivirnos como presencia consciente. Porque el silencio no es una práctica, una actividad o un medio para lograr otra meta. Bien entendido, el silencio es un estado de ser, que transciende el estado mental y nuestra identificación con el yo.

Decía Pascal que “toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación”. Si entendemos bien el significado del silencio, tenía toda la razón. Toda nuestra desdicha es hija de la brecha espiritual –alienación– que vivimos con nosotros mismos, del alejamiento –consciente o no– de nuestra verdad profunda. Mientras permanecemos en la superficie, en el mundo de nuestras construcciones mentales, por más que nos creamos autónomos e incluso autosuficientes, no pasamos de ser marionetas movidas por los hilos de los movimientos mentales y emocionales que se producen en nuestro interior.

El silencio es la puerta que nos conduce a casa porque, al observar la mente –al situarnos en el testigo ecuánime que observa a distancia todo lo que se mueve en nosotros–, nos libera de su hechizo. Dejamos de ser manejados por la mente pensante y podemos empezar a utilizarla como herramienta a nuestro servicio. Ha cesado nuestra identificación con ella porque el silencio nos ha mostrado nuestra verdadera identidad.

Tal vez empezamos en su momento viendo el silencio como una práctica o un tiempo que nos permitía descansar y encontrarnos a nosotros mismos en un nivel más profundo. Ahí pudimos, fuimos testigos, de cómo esa práctica nos apaciguaba y serenaba interiormente. La propia práctica nos permitió experimentar que el silencio era mucho más: un estado de ser, que modificaba radicalmente nuestra perspectiva. Finalmente, hemos venido a experimentar que, en nuestra identidad más profunda, somos silencio consciente.

Podemos saborearlo descansadamente en tiempos específicos en que tomamos distancia de nuestra actividad, pero lo somos de manera permanente. En él nos reconocemos en todo momento y toda nuestra acción nace de él. En nosotros hay pensamientos, sentimientos, acciones…, pero nada de eso nos define. Todo ello ocurre, aparece y desaparece, en el campo abierto y pleno del silencio que somos. No vivimos ya en la mente, sino en el no-pensamiento, en una espaciosidad luminosa, en el Testigo que todo lo observa.

Probablemente, ello es lo que explica un hecho fácilmente constatable: el silencio enamora a quien empieza a practicarlo. No es extraño: si el silencio es nuestra identidad, ¿cómo no habría de enamorarnos?

¿Qué lugar ocupa en mi vida el silencio? ¿Cómo lo vivo?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo V de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Para eso he salido, para traer a todos el mensaje de la salvación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Para eso he salido, para traer a todos el mensaje de la salvación.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de la felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Jesús se liberó y ayudó a los demás a liberarse

Recuerda que los evangelios no son crónicas de sucesos. Son teología narrativa. No tiene ninguna importancia que las palabras de Jesús sean exactamente las que él pronunció; ni que los hechos narrados hayan acontecido así. Lo importante es el mensaje que quieren trasmitirnos y que seamos capaces de traducirlo a nuestro lenguaje, siempre relativo, de manera que lo podamos entender hoy. Para ello es imprescindible que nos coloquemos en el ambiente de aquella época y conozcamos las características de aquella cultura. 

Seguimos en el primer día de la actuación de Jesús. Marcos intenta perfilar a grandes rasgos y con firmes trazos la figura de Jesús. Se trata de un montaje programático para dejar muy clara la manera habitual que tenía Jesús de desarrollar su ministerio. No podemos desligar la perícopa que hemos leído hoy de la del domingo pasado. Ambas forman un todo teológico progresivo, que empieza en la sinagoga y termina orando solo en descampado. Allí consigue reavivar la experiencia de Dios, que le permite hablar y actuar con autoridad.

El paso de la sinagoga a la casa, y después a la calle, nos dice que Jesús lleva la salvación a todos los lugares en donde se desarrolla la vida y a todas las personas que tienen necesidad de liberación. Con toda naturalidad se nos habla de la suegra de Pedro, aunque nunca se hable de la esposa. En aquella sociedad era impensable el estado de soltero y Jesús nunca cuestionó las normas existentes con relación a la sexualidad, al matrimonio o a la familia. Los cambios que después se produjeron, no se pueden vender como mensaje evangélico.

La cogió de la mano y la levantó. La palabra katekeito para decir “estaba postrada”, puede significar enfermedad o muerta, en cualquier caso, falta de vida. También para decir que la levantó, Mc emplea hgeiren, que puede significar levantar o resucitar. Está claro que Mc quiere dar un doble sentido a las dos palabras, más allá del sentido material.

Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Jesús cura para que la mujer pueda servir. En el mundo griego, el servicio (diakonía) se consideraba una deshumanización. En las primeras comunidades cristianas, era el signo de seguimiento de Jesús. El verbo que se utiliza en griego es dihkonei = servía a la mesa. Los cristianos eligieron precisamente la palabra “diakonía” para expresar el nuevo fundamento de las relaciones humanas en la comunidad. El mismo Jesús dirá que no ha venido a ser servido sino a servir.

Al anochecer… Nos está indicando que los que se admiraban de las palabras y obras de Jesús, eran judíos y no habían superado la dependencia de la Ley, que era la causa de la opresión. Al ponerse el sol terminaba el sábado y la obligación de descanso. Por lo tanto, ya podían ellos llevar a los enfermos y Jesús curarlos, sin faltar al primer precepto de la Ley.

Curó a muchos y expulsó muchos demonios. Todos buscan a Jesús para ser curados. Aquí debemos hacer una profunda reflexión. En todos los evangelios se comienza con un éxito espectacular de la predicación de Jesús. Más tarde se verá que no les interesa nada más que ese beneficio material de ser atendidos en sus necesidades. Cuando queda claro que ese no es el objetivo de Jesús, le abandonan sin ninguna consideración.

Se marcha al descampado y allí se puso a orar. En muchos lugares de los cuatro evangelios se dice lo mismo: “Se levantó de madrugada, se fue a un descampado y allí se puso a orar”. “Pasó la noche en oración”. “Por la mañana estaba allí sólo”.  Es la clave de la vida de Jesús. Realmente necesitaba orar como verdadero ser humano que era. Descubrir lo que era su Abba para él y lo que era él para su Abba, fue la clave de su espiritualidad. Esto solo se puede hacer apartándose de bullicio de la gente y en silencio.

El domingo pasado decía el evangelio que hablaba con autoridad, no como los letrados. La clave está en este descubrimiento continuado de la presencia de Dios en él. A pesar de la absorben­te actividad, encontraba tiempo para estar a solas consigo mismo y cargar las pilas. Los evangelios nos dicen que también iba a la sinagoga y al templo, pero el verdadero encuentro con Dios lo realizaba a solas y en medio de la naturaleza.

¡Todo el mundo te busca! En el relato encontramos tres exageraciones intencionadas: ‘todo el mundo te busca’; ‘la población entera’; ‘todos los enfermos’. Los discípulos están en la misma dinámica que la gente. No quieren que su Maestro pierda la ocasión de afianzar su prestigio (poder). Jesús sabía muy bien lo que tenía que hacer: “Vámonos a otra parte”. En el principio del relato se habló por dos veces de su enseñanza (didach). Ahora dice predicar (khruxw, de donde viene kerigma, concepto clave de la primera comunidad).

Todos los evangelios empiezan constatando la euforia con que la gente sigue a Jesús. Pero pronto, se va apoderando de ellos, primero la decepción, después el abandono y finalmente la oposición total. En Jn este proceso se escenifica de manera genial en el capítulo 6, después de la multiplicación de los panes, cuando quieren hacerle rey y terminan abandonándole todos diciendo: “¿Quién puede hacerle caso?”. El por qué de esta actitud es claro: buscan ser curados, liberados, queridos, no están interesados en curar, servir y amar.

Si tomásemos conciencia del este cambio en la gente, comprenderemos donde falla nuestro cristianismo. La respuesta está en el relato de la curación de la suegra de Pedro. Jesús cura para que seamos capaces de servir. Esto es precisamente lo que no nos gusta. Cuando Jesús va dejando claro que Dios no es un tapagujeros, que su predicación lo que persigue es cambiar las actitudes fundamentales del ser humano y convertirle en libre servidor en vez de opresor, la gente empieza a sentirse incómoda y le abandona sin contemplaciones.

El evangelio no habla de resignación ante cualquier clase de dolor, sea físico, sea psíquico, sea moral. Tampoco identifica la salvación con la supresión del dolor. Todo lo contrario, afirma expresamente que la verdadera salvación puede alcanzarla todo hombre a pesar del mal que nos rodea (bienaventuranzas). Siempre que se pueda, se debe suprimir, pero la victoria contra el mal no está en suprimirlo, sino en evitar que te aniquile.

La solución al problema vital del hombre no puede venir de fuera, la tenemos que encontrar dentro. Solo un conocimiento de lo hondo del ser nos descubrirá lo que somos. El hombre tiene que aceptar sus limitaciones. Pero solo lo conseguirá descubriendo que esas limitaciones no le impiden alcanzar su plenitud. Conocerme a mí mismo es conocer a Dios como fundamento de mi propio ser. Ser fiel a sí mismo es la única manera de ser fiel a Dios.

El fallo del cristianismo fue convertir la buena noticia del evangelio en una religión. Jesús quiso liberar al ser humano de todo lo que le impide ser él mismo, incluida la religión. Jesús nos quiso enseñar cómo ser libres a pesar de los problemas y aunque no se resuelvan. Hay problemas que no tienen solución, pero una vida más humana siempre es posible. El esperar que cambien las circunstancias adversas para sentirme bien es señal de pobre hedonismo. Ninguna circunstancia futura podrá ser mejor que la situación en la que ahora te encuentras.

Meditación

No puede haber espiritualidad sin verdadera contemplación.
No se trata de “rezar”, sino de fundirse con el Abba.
Lo que te cambiará será la conexión con lo Absoluto que hay en ti.
El conseguir la conexión puede llevar hora días o años.
El quedar impregnados de Dios, es cuestión de un instante.

Fray Marcos

La utopía del reino y la realidad de la pandemia

El evangelio del domingo pasado contaba el asombro causado por la predicación de Jesús y por su poder sobre los espíritus inmundos. Todo eso ocurrió un sábado en la sinagoga de Cafarnaúm. El evangelio de este domingo nos cuenta cómo terminó ese sábado y qué ocurrió en los días siguientes.

En la primera parte se subraya el enorme poder de Jesús sobre las más diversas enfermedades, desde la fiebre de la suegra de Pedro hasta las manifestaciones de los endemoniados. Es una descripción maravillosa, que simboliza y anticipa el futuro Reino de Dios, cuando no habrá enfermedad, sufrimiento, llanto ni muerte.

El contraste es enorme con lo que estamos viviendo a propósito del covid-19, con millones de víctimas y la angustia de no saber cómo evolucionará. Los breves pasajes del evangelio de este domingo nos obligan a pensar en tantos enfermos y a tenerlos presentes en nuestra oración. También nos descubren a los continuadores de la actividad de Jesús, que no son principalmente los obispos y sacerdotes, sino los miles de personas relacionadas con el ámbito de la salud: científicos, médicos, enfermeras y enfermeros, auxiliares, farmacéuticos… No tienen la facilidad de Jesús para curar. Atienden a los enfermos en circunstancias difíciles y exigentes, sufren con los que no pueden salvar. Para ellos, el Reino de Dios es algo que todavía se espera y se pide: «Venga a nosotros tu Reino». Merecen nuestro agradecimiento y nuestra oración.

Elementos de un relato de milagro

Un relato de milagro consta generalmente de los siguientes elementos:

a) Se presenta al enfermo, subrayando a veces la gravedad de la enfermedad;

b) El interesado u otra persona pide su curación;

c) Jesús lo cura, a veces con solo su palabra, a veces con algún tipo de acción;

d) El enfermo demuestra que ha sido curado; p. ej., el paralítico carga con su camilla, el cojo da saltos.

Curación de la suegra de Pedro (Mc 1,29-31)

En este caso, el relato es extraordinariamente breve y todo se cuenta con rapidez.

Quien lee este relato de Marcos no presta atención al hecho de que la curación tenga lugar en sábado. Pero cuando se conocen los otros evangelios, y se sabe que una de las acusaciones más fuertes contra Jesús fue la de curar en sábado, el detalle adquiere mayor importancia.

La fiebre de la enferma no es de escasa importancia, le obliga a guardar cama. Y el hecho de que se lo cuenten a Jesús significa que le preocupa a la familia. Él no dice una palabra, se limita a tomarla de la mano y levantarla. Para demostrar que se ha curado plenamente, se pone a servirlos.

Una feminista radical estadounidense dedujo de este detalle final que ni siquiera el evangelio libera a la mujer de su situación de esclavitud a los varones. Pero es una visión demasiado estadounidense y actual del relato. Lo que quiere decir Marcos no es que la mujer cristiana deba estar al servicio del varón, sino que la suegra se curó plenamente.

Curaciones al atardecer (Mc 1,32-34)

Al ponerse el sol termina el descanso sabático. La gente puede caminar, comprar, etc., y aprovecha la ocasión para llevar ante Jesús a todos los enfermos y endemoniados. En este contexto dice Marcos, casi de pasada, que Jesús «expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar». Esta idea, que ya apareció en el relato del endemoniado y que se repetirá en otros momentos, la presentó Wilhelm Wrede en 1901 como «el secreto mesiánico». Jesús no quiere que la gente sepa desde el principio su verdadera identidad, tienen que irla descubriendo poco a poco, escuchándolo y viéndolo actuar.

No se dice cuánto tiempo dedicó a curar a muchos de ellos. Se supone que hasta tarde. En Israel, como en todo el Mediterráneo, la noche no cae de repente. Tampoco se dice dónde cenan Jesús y sus discípulos, ni dónde se quedan a dormir. Los evangelios no son biografías ni se detienen en detalles que consideran secundarios.

Jesús y sus colaboradores siguen proclamando el Reino (1,35-39)

La conducta de Jesús, levantándose de madrugada para rezar, trae a la mente las palabras del Salmo 63: «¡Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo!». Estamos al comienzo del evangelio, y Marcos indica algo que será una constante en la vida de Jesús: su oración, el contacto diario e intenso con el Padre, del que saca fuerzas para llevar adelante su misión.

Esta misión no se caracteriza por elegir lo cómodo y fácil. En Cafarnaúm toda la gente pregunta por él, quiere verlo y escucharlo. Sin embargo, él decide recorrer de nuevo toda Galilea. Ya lo había hecho solo, cuando metieron a Juan en la cárcel. Ahora lo hace acompañado de los cuatro discípulos. Y no solo predica, también expulsa demonios.

El demonio de la depresión (Job 7,1-4.6-7)

La primera lectura, tomada del libro de Job, ha sido elegida pensando en los enfermos a los que cura Jesús. Job pertenece al grupo de los endemoniados, pero en sentido moderno. No se trata de que esté poseído por un espíritu inmundo, sino de que se halla sumido en una profunda depresión. No le encuentra sentido a la vida, la ve como una carga insoportable, una noche que no se acaba, un futuro sin esperanza. La solución le vendrá por un duro enfrentamiento con Dios, que le obligará a salir de sí mismo, a abrir la ventana y contemplar las maravillas que lo rodean, hasta terminar reconociendo humildemente que no puede discutir con Dios ni culparlo de lo que le ocurre.

Relacionando esta lectura con el evangelio, parece sugerir al deprimido: acude a Jesús, o que alguien te lleve a él. No te hablará duramente, como Dios a Job, pero quizá te ayude a salir de ti mismo y a superar tu depresión. Porque, como dice el Salmo de hoy: «Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas» (Sal 146,3).

«Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados (Sal 146,1)

En las diversas y numerosas curaciones que ha contado el evangelio, resulta extraño que nadie dé las gracias a Jesús. Ni la suegra de Simón, ni su familia, ni los que acuden al ponerse el sol, ni los enfermos de toda Galilea. Pasa haciendo el bien sin esperar recompensa.

Por eso es bueno que el Salmo nos invite a alabar al Señor, reconociendo todo el bien que nos ha hecho. Este himno recoge motivos muy diversos para alabar a Dios: empieza por la reconstrucción de Jerusalén y la vuelta de los deportados, pero no pierde de vista a cada individuo, vendando las heridas de los que tienen el corazón destrozado y sosteniendo a los humildes.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo V de Tiempo Ordinario

(Mc 1, 29-39)

Este texto resalta de distintas maneras el poder de Jesús que viene a hacer presente el Reino de Dios y a liberar al hombre del poder del mal. La mano de Jesús que sostiene y cura a la suegra de Pedro recuerda la figura de la mano fuerte de Dios, tan presente en el Antiguo Testamento. Esa mano divina da seguridad: “Tu mano me sostiene” (Sal63, 9; 73, 23).

Con ese mismo poder de su mano Jesús pasa por todas partes curando enfermos y expulsando demonios; el poder del mal se rinde ante su mano fuerte.

Esa misma mano fuerte de Jesús es la que puede fortalecernos y liberarnos de nuestros males más profundos, esa misma mano que acaricia con ternura pero que tiene potencia divina puede sostenernos en la dificultad y arrancar de nuestras vidas los poderes del mal que a veces nos esclavizan.

Pero en el encuentro con el Padre, muy de madrugada, Jesús bebía del poder que se manifestaba durante la jornada. De la intimidad con su Padre Jesús obtenía todo lo que comunicaba a los demás, la fuerza que transmitía.

En la curación de la suegra de Pedro se destaca un detalle importante: que la mujer, inmediatamente después de ser curada, se pone a servir a los presentes.

Esto indica que cuando buscamos a Dios con el deseo de ser curados de nuestras enfermedades, angustias y perturbaciones, debemos hacerlo con la intención de servir mejor a los demás y no solamente para gozar del bienestar, encerrados en nuestros propios intereses.

Oración:

“Señor, pasa por mi vida con tu mano firme, no me dejes caer Señor, arráncame del abismo de la tristeza, de la indiferencia, del pecado, y cura mis enfermedades. Fortalece mi cuerpo, pero sobre todo dame la fuerza insuperable del amor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Lectio Divina – Domingo V de Tiempo Ordinario

INTRODUCCIÓN

No podemos desligar el evangelio que hemos leído hoy del que leímos el domingo pasado. Ambos forman un todo teológico progresivo, que empieza en el lugar de oración del pueblo, la sinagoga, y termina orando solo en descampado. Allí revive la experiencia de Dios, que le permite hablar y actuar con autoridad. El paso de la sinagoga a la casa, y después a la calle, nos dice que Jesús lleva la salvación a todos los lugares en donde se desarrolla la vida y a todas las personas que tienen necesidad de liberación. (Fray Marcos).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Job, 7,1-4.6-7   2ª Lectura: 1Cor. 9,16-19.22-23

EVANGELIO

Santo evangelio según san Marcos (1,29-39)

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.» Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

REFLEXIÓN

1. La suegra de Simón estaba en casa con fiebre.

Este episodio, al comienzo del evangelio, tiene una enorme importancia. Veamos los verbos que usa: se acercó, la cogió de la mano, la levantó.

Se acercó. No se la llevaron sino que fue Jesús el que se acercó donde ella estaba postrada. La iniciativa la tiene Jesús. Hay que acercarse a la gente, sobre todo, a la gente que sufre y lo pasa mal. En la parábola del Samaritano hay dos preguntas muy diferentes: la del escriba que pregunta: ¿quién es mi prójimo? ¿quién está cercano a mí?  ¿quién se me aproxima? ¿quién se humilla y camina hacia donde yo estoy sentado?  ¡Que venga donde yo estoy! La pregunta de Jesús es distinta: ¿quién se hizo prójimo?  ¿quién bajó de su cabalgadura para recoger y montar en ella al herido?  No podemos hacer caridad humillando a los pobres. No podemos hacer caridad dando cosas sin darnos a nosotros mismos. Cristiano es aquel que sale por los caminos del mundo diciendo: ¿Quién me necesita? ¿Quién necesita mi persona, mi tiempo, mi cercanía?

La cogió de la mano. Eso lo prohíben las leyes de la pureza legal. Para Jesús, por encima de las leyes está la persona que necesita sentir la cercanía. A veces olvidamos que existe la medicina llamada “abrazo-terapia” el curar a través de los besos y abrazos que damos a la persona que sufre, sin miedo a contagiarnos.  La levantó.   También a Pedro lo agarró Jesús cuando se hundía (Mt 14,31). Por suerte hay una mano a la que agarrarse. Me levanta y me ayuda a caminar. Pedro repetirá el gesto…” No tengo oro ni plata, pero te doy lo que tengo…ponte a caminar”… La Iglesia está para levantar y poner  a la gente en pie, dándole  su dignidad. Si tenemos en cuenta que el verbo que usa es el mismo que emplea para hablar de la Resurrección, deduciremos que la intención del Evangelista no se limita a levantar el cuerpo, sino también el alma de tanta gente de hoy hundida por el Covid-19 o, pero todavía, por la falta de fe. Gente que no cree, que no espera nada después de esta vida. Y se puso a servirles. El servicio es esencial en el cristianismo. A los ojos de los griegos, el servicio era algo indigno, propio de esclavos. Un servicio sin amor esclaviza; pero un servicio por amor, dignifica a la persona.  De hecho, Jesús no ha venido a ser servido sino a servir (Mt. 20,28).

2.– Se levantó de madrugada y se puso a orar

La jornada-tipo de Jesús en Cafarnaúm debería cerrase con las curaciones ante la puerta de casa. Jesús no considera cumplida su misión porque ha enseñado, curado, liberado, aliviado las miserias humanas. La soledad y la oración completan su ministerio. Son parte de su actividad, pertenecen a la agenda de sus compromisos. Jesús necesita estar a solas con el Padre. De aquella oración sublime, inefable, de Jesús con el Padre en el silencio de la noche, sólo nos ha quedado una palabra ABBÁ.PAPÁ.  Es la respuesta de Jesús al Padre en esa experiencia de cariño y de ternura. Jesús necesitaba internarse en la noche y abrasarse en esa hoguera del amor infinito. Por eso cuando Jesús abrazaba, abrasaba con el fuego de su amor.     “Vayamos a otra parte” “Es el desierto, la soledad, lo que relanza la misión” (J. Delorme). La oración es fuente de actividad. Quizás llegará un día en que vendrán a buscarnos precisamente porque oramos. El místico será el hombre más buscado.  Debe ir a otra parte. La oración nos invita a salir a lo imprevisible, a la sorpresa, a la creatividad. Un hombre que reza descubre nuevos itinerarios. Dios obra en silencio y mueve la historia con aquellas fuerzas que se sacan con él en la soledad.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido de que la cercanía y acogida es hoy día la condición indispensable para la evangelización?  Y esto, ¿a qué me compromete?

2.- ¿Limito mi oración a la oración litúrgica? ¿Caigo en la cuenta de que necesito una experiencia fuerte de encuentro con Dios, mi Padre?

3.- ¿Estoy convencido de que la oración y la acción deben ir siempre juntas?

Este evangelio, en verso, suena así:

Muchas veces te tratamos,
Señor, como a un «curandero».
Te exigimos que «nos saques
nuestras castañas del fuego».
Acudimos a tu puerta
implorando tu consuelo.
Tan pronto como nos curas,
«si te he visto, no me acuerdo».
En la relación contigo
hay mucho de cumplimiento,
oraciones rutinarias,
falsas creencias y miedos.
Nos hace falta, Señor,
vivir nuestra fe por dentro,
descubrir y asimilar
los compromisos del Reino.
En esa finca del Padre
encargas a los obreros:
rezar, evangelizar
y curar a los enfermos.
Somos de verdad cristianos,
si seguimos tus ejemplos,
si amamos a los hermanos
y salimos a su encuentro.
Señor, que seamos todos
como la suegra de Pedro.
El servicio es el mejor
anuncio de tu Evangelio.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

La suegra

1.- Cuando uno se acerca a lo que fue casa de Pedro en Cafarnaún, trata de adivinar la utilidad que pudiera tener cada espacio que distingue y el lugar que ocuparía para su descanso cada persona de la que nos dan referencia los evangelios. La distribución de las estancias que no era como la nuestra y los diferentes hábitos de convivencia impiden que podamos tener certeza de nada, así que miramos el pavimento con emoción pensando en nuestro interior: por aquí, por este mismo pavimento, pasó Jesús. Si tiene tiempo trata de imaginar donde comerían, donde dormirían y hasta donde descansaría aquella viejecita que un día se puso enferma, la suegra del amo. Un día que estaba el Maestro en la casa. Al margen de que ciertos autores digan que el parentesco de la buena señora no es seguro correspondiera a lo que nosotros también llamamos “madre política”, lo que sí es seguro es que Jesús dejó de lado su serio compromiso recibido del Padre: la evangelización, para ocuparse de la enfermedad, que parece que ni siquiera era grave, de aquella abuelita. Pero si nos fijamos bien no abandonó su misión, su proceder fue un ejemplo, una enseñanza, de cómo debe ser el nuestro.

2.- Abunda gente muy aficionada a hablar, discutir y proclamar lo mucho que sabe, pero que a la hora de hacer un favor, se excusa diciendo que no tiene tiempo. Son aquellos que vulgarmente decimos que ni siquiera dan los buenos días gratis. Una tal manera de actuar, no nos engañemos, es egoísmo puro, de aquel que no le gusta a Dios, Él que es todo generosidad. Al final de los tiempos no nos preguntarán si hemos hablado y discutido mucho con acierto, sino si hemos atendido a nuestros hermanos.

El evangelio de hoy también nos dice que Jesús se levantó temprano y se fue al campo a orar. La plegaria es la respiración del alma, el silencio y la soledad proporcionan al espíritu el aire puro que necesita. Algunos dicen que necesitan música y estar acompañados para estudiar y pensar. Difícilmente podrán llegar a reflexiones profundas, de aquellas que cambian la historia personal. A nadie le parecería bien que un sacerdote saliera a celebrar la misa con los cascos puestos y los mantuviese en sus oídos mientras predicara y pronunciara las palabras sublimes de la Consagración.

3.- Entregado a la oración de tal manera, Jesús es capaz de salir decidido y sin pereza a predicar, expulsar demonios, que es otra manera de curar, de un pueblo a otro. Seguramente no podréis vosotros levantaros temprano y salir al campo, es un inconveniente del vivir en ciudad, pero sí podéis preparar un rinconcito de vuestra casa, de vuestra habitación, que os facilite la oración. Un cuadro que os guste, una vela y una flor, pueden adornarlo. Será vuestro oratorio.

Pedrojosé Ynaraja

Aprendamos a hablar con Dios

1.- El ruego de Job a Dios nos puede parecer hoy demasiado pesimista, hasta truculento. Vivimos en un tiempo en que tendemos a mejorar, de manera pública, todas nuestras actuaciones. No hay tiempo, ni ganas, para la queja. Y esa ocultación de nuestra realidad es a veces excesiva. Seguro que, a nuestro alrededor, hay amigos que estarían dispuestos a ayudarnos si les contáramos lo que nos ocurre. Pero no puede ser. Nos han enseñado a poner buena cara ante el mal tiempo, nos han enseñado a no confiar en nadie, nos han enseñado a no aceptar, ni misericordia de nadie.

La realidad, sin embargo, es que si recapacitamos sobre las palabras de Job veremos que se acercan bastante a nuestra vida cotidiana, a nuestros problemas. Hay mucha gente que lo está pasando mal. Muy cerca de nosotros. Lo sabemos. Ellos no dicen nada. Nosotros tampoco. Pero no podemos llegar, ni nosotros, ni la gente que tenemos próxima, a que la vida carezca de sentido y que, además, esa desilusión sea origen de comportamientos depresivos. Hay que hablar, hay que contar lo que nos ocurre para encontrar mejoría y apoyo. Job, por su parte, toma una decisión importante. Es la primera vez que habla a Dios de sus desesperanza, de lo mal que le va. Tiene la valentía de confiar en el Señor. ¿Y nosotros? ¿Somos capaces de acudir a Dios, como Padre Bueno, que espera nuestras quejas? Tal vez, no. O, a lo mejor, sí. Si somos creyentes, y todos los que estamos aquí en esta eucaristía dominical parece que lo somos, hemos de confiar en Dios y pedirle amparo en nuestros malos momentos. La oración sincera, el diálogo confiado con Dios, nos ayudará. Y eso es lo que hace Job en esas frases de la primera lectura de hoy. La lección es importante. No es un golpe de pesimismo. Job lo que hace es poner en manos de Dios lo que le ocurre.

2.- Hoy, Pablo de Tarso, en el fragmento que hemos escuchado de su primera carta a los Corintios, nos dice que no tiene más remedio que predicar. Parece que afirma que no lo hace por gusto. Y si por obligación. ¿Profesionaliza Pablo su acción de predicar? ¿Es para él ese trabajo parte de un oficio, similar a los conocimientos artesanales que tenia en cuanto era tejedor de tiendas de campaña? No, claro que no. Presenta el hecho de predicar el Evangelio de Jesús como un hecho vital, inevitable, que es tan fuerte dentro de él que no puede dejar. Como aquel cantante que sabe que no puede hacer otra cosa que cantar o como aquella madre a quien lo único que se le ocurre es cuidar con celo y gran desvelo a sus hijos.

Además, Pablo dice que no puede hacer otra cosa y que eso que enseña es de Dios no de su cosecha. La advertencia es interesante en su doble punto de vista. Es un buen consejo para todos nosotros. Más de una vez –todos, cada uno en nuestro ambiente– hemos intentado transmitir una doctrina que era más nuestra, producto de una particular elaboración, que de Dios. Lo ideal es que sepamos transmitir la Palabra como es. Y no como, en realidad, quisiéramos que fuera. Y de ahí puede surgir igualmente la profesionalización de la actividad religiosa, el crear el oficio de cristiano oficial, y no desde el esfuerzo humilde de transmitir la Palabra de Dios sin que nuestras opiniones, nuestros méritos o nuestros triunfos importen algo. El Espíritu nos guiará si la idea de ser transmisores de la Buena Nueva aparece en nosotros como un don que no podemos evitar darlo, pero sabiendo que no es nuestro, ni tampoco se trata de nuestras opiniones particulares.

3.- San Marcos nos cuenta la actividad cotidiana de Jesús en un día cualquiera: predica, cura enfermos, enseña sobre la cercanía del Reino de Dios. Sale de la Sinagoga con sus discípulos y se dirige a casa de Pedro. Igual que mucho de nosotros que tras esta Misa dominical iremos a casa de algún amigo o de un familiar a comer. La gente se reúne en domingo. Hay tiempo más tiempo que dedicar a quien queremos. Jesús llega a la casa de Pedro. Y su suegra lleva un tiempo postrada en cama por la fiebre, sin duda por una altísima fiebre, porque unas cuantas decimillas del termómetro no acobardan jamás a ninguna mujer. Jesús le da la mano y la fiebre desaparece. Comen. Charlan. Pero hay muchos enfermos que esperan que Jesús les cure y consuele. Y lo hace. Pasa el tiempo haciendo el bien, como Pedro dirá a la gente mucho tiempo después.

Y llegaría el momento de irse a descansar, de irse a la cama. Y, sin duda, Jesús lo hizo, porque el evangelista Marcos nos dice que se levantó muy temprano…y se fue a orar. Acudió a hablar con su Padre como hacia muchas veces en lugar tranquilo y despoblado. Podemos pensar que Jesús contaría al Padre lo que ocurrió la jornada anterior. Tal vez, y a pesar de sus deseos de servir a todos, sintió agobio por la cantidad de enfermos que le presentaban o por la de hermanos que todavía esperaban sus manos que curan y su voz que consuela. En eso, como el Santo Job, hizo lo que tenía que hacer y lo que debemos hacer nosotros. Exponer a Dios nuestras cosas, los problemas y las ventajas, los dolores y los gozos, los éxitos y los fracasos. Esa podría ser la gran enseñanza que nos traigan hoy las lecturas y la mismísima celebración de la Eucaristía, que no es otra cosa que una importantísima oración comunitaria a Dios de todos los que aquí estamos. Aprendamos a hablar con Dios.

Ángel Gómez Escorial