Aprendamos a hablar con Dios

1.- El ruego de Job a Dios nos puede parecer hoy demasiado pesimista, hasta truculento. Vivimos en un tiempo en que tendemos a mejorar, de manera pública, todas nuestras actuaciones. No hay tiempo, ni ganas, para la queja. Y esa ocultación de nuestra realidad es a veces excesiva. Seguro que, a nuestro alrededor, hay amigos que estarían dispuestos a ayudarnos si les contáramos lo que nos ocurre. Pero no puede ser. Nos han enseñado a poner buena cara ante el mal tiempo, nos han enseñado a no confiar en nadie, nos han enseñado a no aceptar, ni misericordia de nadie.

La realidad, sin embargo, es que si recapacitamos sobre las palabras de Job veremos que se acercan bastante a nuestra vida cotidiana, a nuestros problemas. Hay mucha gente que lo está pasando mal. Muy cerca de nosotros. Lo sabemos. Ellos no dicen nada. Nosotros tampoco. Pero no podemos llegar, ni nosotros, ni la gente que tenemos próxima, a que la vida carezca de sentido y que, además, esa desilusión sea origen de comportamientos depresivos. Hay que hablar, hay que contar lo que nos ocurre para encontrar mejoría y apoyo. Job, por su parte, toma una decisión importante. Es la primera vez que habla a Dios de sus desesperanza, de lo mal que le va. Tiene la valentía de confiar en el Señor. ¿Y nosotros? ¿Somos capaces de acudir a Dios, como Padre Bueno, que espera nuestras quejas? Tal vez, no. O, a lo mejor, sí. Si somos creyentes, y todos los que estamos aquí en esta eucaristía dominical parece que lo somos, hemos de confiar en Dios y pedirle amparo en nuestros malos momentos. La oración sincera, el diálogo confiado con Dios, nos ayudará. Y eso es lo que hace Job en esas frases de la primera lectura de hoy. La lección es importante. No es un golpe de pesimismo. Job lo que hace es poner en manos de Dios lo que le ocurre.

2.- Hoy, Pablo de Tarso, en el fragmento que hemos escuchado de su primera carta a los Corintios, nos dice que no tiene más remedio que predicar. Parece que afirma que no lo hace por gusto. Y si por obligación. ¿Profesionaliza Pablo su acción de predicar? ¿Es para él ese trabajo parte de un oficio, similar a los conocimientos artesanales que tenia en cuanto era tejedor de tiendas de campaña? No, claro que no. Presenta el hecho de predicar el Evangelio de Jesús como un hecho vital, inevitable, que es tan fuerte dentro de él que no puede dejar. Como aquel cantante que sabe que no puede hacer otra cosa que cantar o como aquella madre a quien lo único que se le ocurre es cuidar con celo y gran desvelo a sus hijos.

Además, Pablo dice que no puede hacer otra cosa y que eso que enseña es de Dios no de su cosecha. La advertencia es interesante en su doble punto de vista. Es un buen consejo para todos nosotros. Más de una vez –todos, cada uno en nuestro ambiente– hemos intentado transmitir una doctrina que era más nuestra, producto de una particular elaboración, que de Dios. Lo ideal es que sepamos transmitir la Palabra como es. Y no como, en realidad, quisiéramos que fuera. Y de ahí puede surgir igualmente la profesionalización de la actividad religiosa, el crear el oficio de cristiano oficial, y no desde el esfuerzo humilde de transmitir la Palabra de Dios sin que nuestras opiniones, nuestros méritos o nuestros triunfos importen algo. El Espíritu nos guiará si la idea de ser transmisores de la Buena Nueva aparece en nosotros como un don que no podemos evitar darlo, pero sabiendo que no es nuestro, ni tampoco se trata de nuestras opiniones particulares.

3.- San Marcos nos cuenta la actividad cotidiana de Jesús en un día cualquiera: predica, cura enfermos, enseña sobre la cercanía del Reino de Dios. Sale de la Sinagoga con sus discípulos y se dirige a casa de Pedro. Igual que mucho de nosotros que tras esta Misa dominical iremos a casa de algún amigo o de un familiar a comer. La gente se reúne en domingo. Hay tiempo más tiempo que dedicar a quien queremos. Jesús llega a la casa de Pedro. Y su suegra lleva un tiempo postrada en cama por la fiebre, sin duda por una altísima fiebre, porque unas cuantas decimillas del termómetro no acobardan jamás a ninguna mujer. Jesús le da la mano y la fiebre desaparece. Comen. Charlan. Pero hay muchos enfermos que esperan que Jesús les cure y consuele. Y lo hace. Pasa el tiempo haciendo el bien, como Pedro dirá a la gente mucho tiempo después.

Y llegaría el momento de irse a descansar, de irse a la cama. Y, sin duda, Jesús lo hizo, porque el evangelista Marcos nos dice que se levantó muy temprano…y se fue a orar. Acudió a hablar con su Padre como hacia muchas veces en lugar tranquilo y despoblado. Podemos pensar que Jesús contaría al Padre lo que ocurrió la jornada anterior. Tal vez, y a pesar de sus deseos de servir a todos, sintió agobio por la cantidad de enfermos que le presentaban o por la de hermanos que todavía esperaban sus manos que curan y su voz que consuela. En eso, como el Santo Job, hizo lo que tenía que hacer y lo que debemos hacer nosotros. Exponer a Dios nuestras cosas, los problemas y las ventajas, los dolores y los gozos, los éxitos y los fracasos. Esa podría ser la gran enseñanza que nos traigan hoy las lecturas y la mismísima celebración de la Eucaristía, que no es otra cosa que una importantísima oración comunitaria a Dios de todos los que aquí estamos. Aprendamos a hablar con Dios.

Ángel Gómez Escorial