¿Atrapados en el tiempo?

En los años noventa se estrenó una película titulada “Atrapado en el tiempo”. En ella, un periodista con problemas personales, frustrado, aburrido… va a cubrir un reportaje sobre “El día de la marmota” y se encuentra atrapado en un bucle temporal: todas las mañanas se despierta en el mismo día, y se repiten los mismos acontecimientos. Al principio intenta sacar ventaja de esto, pero no se sale con la suya y decide suicidarse porque su vida carece de sentido. Pero la protagonista le aconseja que aproveche su situación para ayudar a los demás. A partir de ese momento se dedica a hacer el bien a quien lo necesite, y de ese modo se rompe el bucle y puede continuar su vida.

También nosotros a veces podemos sentirnos “atrapados en el tiempo”. Pensemos, por ejemplo, en un día laborable cualquiera: levantarse, trabajo o tareas de casa, las noticias del día, la comida, la compra, más trabajo, los niños o nietos, quizá alguna actividad, cena, un rato de lectura o televisión, y a la cama. Y al día siguiente, más de lo mismo.

La mayoría de los días son prácticamente “iguales” y así van pasando las semanas, los meses… y acabamos experimentado lo mismo que Job, y que hemos escuchado en la 1ª lectura: El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero. Como el esclavo… Mis días se consumen sin esperanza. Nos sentimos “atrapados en el tiempo” y sin que nuestra vida tenga una meta o sentido.

Pero la Palabra de Dios de este domingo nos indica cómo podemos romper, como cristianos, ese “bucle temporal” en el que podemos sentirnos inmersos. En el Evangelio hemos escuchado lo que sería un día cualquiera en la vida de Jesús: enseñanza, curaciones, atención a las personas… Es lo que se repetía más o menos cada día. Pero Jesús nos enseña cómo hacer que cada día sea único, que cada día sea diferente al anterior, que la actividad de cada día nos haga avanzar y tenga un sentido: Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Jesús, cada jornada, tenía su tiempo de oración, aunque tuviera que levantarse de madrugada para ello. Las cosas de cada día, la preocupación por los demás, no le impedían su encuentro a solas con el Padre. Y si tenía que madrugar para orar, lo hacía, porque necesitaba alimentar su relación con el Padre, porque así sabía que su acción de cada día tenía una dirección y un sentido porque estaba cumpliendo la voluntad del Padre.

Pero, aunque oremos, también podemos llegar a sentirnos “atrapados en el tiempo”, en el estancamiento y la pérdida de sentido, y nos surge la pregunta de san Pablo en la 2ª lectura: Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío… ¿cuál es la paga? La oración, como encuentro con Dios, nos debe llevar a descubrir la motivación, el sentido de nuestra actividad como discípulos y apóstoles: Precisamente dar a conocer el Evangelio, porque ése es el camino de la santidad. Esos días prácticamente “iguales” no son para sentirnos “atrapados en el tiempo”: cada día, da igual lo que hagamos, es una oportunidad para dar a conocer el Evangelio: Siendo libre… me he hecho esclavo. Me he hecho débil con los débiles. Me he hecho todo a todos… Cualquier actividad que hagamos un día cualquiera, si lo hacemos movidos desde nuestro encuentro con Dios, tiene sentido y nos hace avanzar porque hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes. Cuando anunciamos el Evangelio a otros, también nosotros nos beneficiamos de ese anuncio.

¿Me siento “atrapado en el tiempo”, sin avanzar ni crecer? ¿No encuentro sentido a mi actividad cotidiana? ¿Cuido mi encuentro con Dios, en la oración, en la Eucaristía, en la reconciliación, en la formación… aunque me suponga un esfuerzo? ¿Soy consciente de que cada día es una oportunidad para anunciar el Evangelio? ¿“Me hago todo a todos”, hago cercano y comprensible mi testimonio de fe? ¿Experimento que así yo también participo del Evangelio, que me hace bien?

En la película, cuando el protagonista aprovecha ese “bucle temporal” para hacer el mayor bien posible, es cuando deja de estar atrapado. Es lo que el Señor nos enseñó con su Evangelio. Que desde el encuentro con Él vivamos en santidad, haciendo vida el Evangelio, para dejar de sentirnos “atrapados en el tiempo” y cada día encontremos el verdadero sentido y meta de nuestra vida.