¿Atrapados en el tiempo?

En los años noventa se estrenó una película titulada “Atrapado en el tiempo”. En ella, un periodista con problemas personales, frustrado, aburrido… va a cubrir un reportaje sobre “El día de la marmota” y se encuentra atrapado en un bucle temporal: todas las mañanas se despierta en el mismo día, y se repiten los mismos acontecimientos. Al principio intenta sacar ventaja de esto, pero no se sale con la suya y decide suicidarse porque su vida carece de sentido. Pero la protagonista le aconseja que aproveche su situación para ayudar a los demás. A partir de ese momento se dedica a hacer el bien a quien lo necesite, y de ese modo se rompe el bucle y puede continuar su vida.

También nosotros a veces podemos sentirnos “atrapados en el tiempo”. Pensemos, por ejemplo, en un día laborable cualquiera: levantarse, trabajo o tareas de casa, las noticias del día, la comida, la compra, más trabajo, los niños o nietos, quizá alguna actividad, cena, un rato de lectura o televisión, y a la cama. Y al día siguiente, más de lo mismo.

La mayoría de los días son prácticamente “iguales” y así van pasando las semanas, los meses… y acabamos experimentado lo mismo que Job, y que hemos escuchado en la 1ª lectura: El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero. Como el esclavo… Mis días se consumen sin esperanza. Nos sentimos “atrapados en el tiempo” y sin que nuestra vida tenga una meta o sentido.

Pero la Palabra de Dios de este domingo nos indica cómo podemos romper, como cristianos, ese “bucle temporal” en el que podemos sentirnos inmersos. En el Evangelio hemos escuchado lo que sería un día cualquiera en la vida de Jesús: enseñanza, curaciones, atención a las personas… Es lo que se repetía más o menos cada día. Pero Jesús nos enseña cómo hacer que cada día sea único, que cada día sea diferente al anterior, que la actividad de cada día nos haga avanzar y tenga un sentido: Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Jesús, cada jornada, tenía su tiempo de oración, aunque tuviera que levantarse de madrugada para ello. Las cosas de cada día, la preocupación por los demás, no le impedían su encuentro a solas con el Padre. Y si tenía que madrugar para orar, lo hacía, porque necesitaba alimentar su relación con el Padre, porque así sabía que su acción de cada día tenía una dirección y un sentido porque estaba cumpliendo la voluntad del Padre.

Pero, aunque oremos, también podemos llegar a sentirnos “atrapados en el tiempo”, en el estancamiento y la pérdida de sentido, y nos surge la pregunta de san Pablo en la 2ª lectura: Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío… ¿cuál es la paga? La oración, como encuentro con Dios, nos debe llevar a descubrir la motivación, el sentido de nuestra actividad como discípulos y apóstoles: Precisamente dar a conocer el Evangelio, porque ése es el camino de la santidad. Esos días prácticamente “iguales” no son para sentirnos “atrapados en el tiempo”: cada día, da igual lo que hagamos, es una oportunidad para dar a conocer el Evangelio: Siendo libre… me he hecho esclavo. Me he hecho débil con los débiles. Me he hecho todo a todos… Cualquier actividad que hagamos un día cualquiera, si lo hacemos movidos desde nuestro encuentro con Dios, tiene sentido y nos hace avanzar porque hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes. Cuando anunciamos el Evangelio a otros, también nosotros nos beneficiamos de ese anuncio.

¿Me siento “atrapado en el tiempo”, sin avanzar ni crecer? ¿No encuentro sentido a mi actividad cotidiana? ¿Cuido mi encuentro con Dios, en la oración, en la Eucaristía, en la reconciliación, en la formación… aunque me suponga un esfuerzo? ¿Soy consciente de que cada día es una oportunidad para anunciar el Evangelio? ¿“Me hago todo a todos”, hago cercano y comprensible mi testimonio de fe? ¿Experimento que así yo también participo del Evangelio, que me hace bien?

En la película, cuando el protagonista aprovecha ese “bucle temporal” para hacer el mayor bien posible, es cuando deja de estar atrapado. Es lo que el Señor nos enseñó con su Evangelio. Que desde el encuentro con Él vivamos en santidad, haciendo vida el Evangelio, para dejar de sentirnos “atrapados en el tiempo” y cada día encontremos el verdadero sentido y meta de nuestra vida.

Comentario al evangelio – Domingo V de Tiempo Ordinario

UNA ENFERMA EN CASA


    § No sólo en la sinagoga de la que acaba de salir, se encuentra Jesús con personas que sufren, que están «limitadas» en su actividad y en su libertad. Resulta que también «en casa» (en la de Pedro) hay dolor. Da la impresión de que los discípulos, tan pendientes de atender a las gentes de los caminos… se hubieran «olvidado» de la suegra enferma… pero al llegar a casa se lo comunican a Jesús «inmediatamente».

    Puede resultarnos curioso, que habiendo visto los discípulos algunas de las espectaculares curaciones del Maestro, no se les ocurriera mencionar a la suegra. Marcos no ha recogido cuál era la enfermedad, ni cómo estaba de grave. Pero en todo caso había tenido que meterse en la cama.

     Pero este «descuido» es más habitual de lo que parece: no nos damos cuenta o no prestamos atención al estado de las personas que tenemos más cerca: la fiebre, el dolor y la postración, el desánimo, el cansancio, tantos malestares… También es frecuente que, aun sabiéndolo, no lo tengamos muy en cuenta y demos por hecho que tienen que comportarse como si estuvieran estupendamente, que colaboren, que estén de buen humor, que no molesten más que lo justo… En vez de comprender y disculpar su malgenio, su poca disposición a colaborar, sus nervios, su empeño en que estemos continuamente pendientes de ellos… perdemos la paciencia, les decimos cuatro cosas, nos pueden las malas formas… y sin embargo tal vez andemos ocupados y pendientes en atender y hacer «fuera de casa» tantas obras buenas por otros que también lo pueden necesitar.

    § Afortunadamente para ella (tampoco nos ha quedado su nombre), Jesús es invitado a la casa de Simón y Andrés, y casi como aprovechando las circunstancias, le ponen al tanto de la enferma: le hablaron de ella.  No le piden expresamente nada: sólo le hablan, le informan de que está mala en la cama con fiebre. Con todo, están expresando su confianza con el Maestro. Me hace darme cuenta (de nuevo) de cuántas palabras sobran en nuestras oraciones, diciéndole a Dios lo que tendría que hacer. En la sinagoga (recordemos la escena del Evangelio del domingo pasado) había mandado callar al poseso de manera tajante: «¡Cállate!». Y en el pasaje de hoy se dice que a los demonios «no les permitía hablar». Palabras, demasiadas palabras. Me viene a la cabeza aquello que explicaba Jesús a propósito de la oración: «cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos». ¡Como los paganos! Podría haber dicho también «no seáis charlatanes, como los demonios».  También lo advertía hace 24 siglos el Qohélet: «Cuando presentes un asunto a Dios, no te precipites a hablar, ni tu corazón se apresure a pronunciar una palabra ante Dios. Dios está en el cielo, pero tú en la tierra: sean, por tanto, pocas tus palabras» (Qo 5, 1). He leído, no recuerdo dónde, unas palabras de una carmelita descalza: «En la oración dad el corazón a Dios, en vez de tantas palabras».      Pues bien, a los discípulos les bastó con «hablarle de ella». Y lo dejaron todo en manos de Jesús. 

La enferma en casa    § También lo que decimos respecto a la oración es aplicable al trato con los enfermos. A menudo nos llenamos de palabrería: «Verás cómo te curas enseguida». «Yo tengo un conocido que tuvo lo mismo que tú, y salió adelante». «Tienes que tener paciencia y hacer caso a los médicos» (como si el pobre enfermo no estuviera dispuesto a hacerles caso). «Si yo estuviera en tu lugar…» (cosa del todo imposible porque nadie puede estar en el lugar de otro). Incluso: «no te quejes tanto», «ten más paciencia», o «no es para tanto», o… 

     Es verdad que estas cosas se dicen con cariño, buena intención, y pretenden ayudar, pero… seguramente sería más adecuado el silencio. «Jesús se acercó y la cogió de la mano». Sencillamente. Es una buena enseñanza para cualquier cuidador o enfermero, o para los que sabemos de alguien que está «en cama». Acercarse. Físicamente, procurar ir, estar, acompañar al enfermo. Es un gesto de cariño que vale más que mil palabras. No es lo mismo que una llamadita, o que preguntar a quien sea cómo está. Acercarse. Y tomar de la mano. Es otro gesto importante. Cuando uno está pasándolo mal, cuánto ayuda que te den la mano, o un beso en la frente, o un abrazo en silencio. Las caricias, la ternura, las muestras de cariño nunca sobran. Especialmente (pero no únicamente) cuando se trata de personas mayores.

    Es verdad que ahora lo de dar la mano, tocar, dar un beso, una caricia… son «cosas prohibidas». Pero como alguien ha dicho por las redes: «Cuando no podemos abrazar a las personas que amamos, siempre podemos quererlas abrazándolas con una oración. Orar por los demás es una manera especial de amarlos y sentirnos unidos a ellos». 

    § El hecho de que Marcos nos diga que la suegra de Pedro está «en la cama con fiebre» indica que no puede  -como era propio de la mujer judía- servir, atender, acoger, dar la bienvenida a los huéspedes… Sin embargo, en cuanto se le pasó la fiebre, se puso a servirles. Parece como si el evangelista sugiriera que la falta de atención, de acogida, de servicio… fueran síntomas de que hay una enfermedad, de que algo no va bien, que hay algo que sanar. Y es cierto, porque cuando uno no anda bien física o espiritualmente, se centra en sí mismo, se encierra, incluso hasta puede volverse exigente y egoísta con los demás… pero no «sirve», difícilmente es capaz de estar pendiente de los demás.

     En esta sociedad nuestra, y en nuestra propia Iglesia, en nuestras familias (en casa) y comunidades religiosas, me parece a mí que el «servicio», la «atención», la «acogida» no son asuntos de los que nos revisemos suficientemente, como tampoco valoramos y agradecemos a quienes lo hacen… hasta que un día dejan de hacerlo por el motivo que sea y nos damos cuenta del inmenso bien callado que estaban haciendo. Quizá Simón y Andrés se «acordaron» de la suegra enferma, al entrar en casa… y no ser atendidos como era «normal». 

    Hacer que el otro se sienta bien cuando se acerca a nosotros, atenderle, aceptarle, acogerle… es una importante clave espiritual, evangélica y evangelizadora. La «acogida» debiera ser un aspecto muy cuidado en nuestras parroquias: el lugar donde se recibe (¡ay Dios mío, algunos despachos, y salas de reuniones…, qué poco acogedores!), gente entrando y saliendo, interrupciones de todo tipo… Pero también el talante personal, las palabras y actitudes adecuadas…

     Un buen deseo, para concluir estas sencillas reflexiones: Que quien se encuentre conmigo, aunque sea por breve tiempo, se marche, cuando menos, mejor que cuando llegó, como proponía Madre Teresa de Calcuta. Que se sienta saludado, acogido, escuchado, atendido, animado… 

    Y mejor aún si se siente «sanado», comprendido. Porque -siguiendo el ejemplo de Jesús- se trata de «tocar» su inquietud, su corazón herido, su necesidad, se trata de «tomarle de la mano», y -¡ojalá!- de ayudarle a «levantarse» y ponerse a su vez a servir.

    § Nos queda para otra ocasión el fijarnos en la «oración» de Jesús en este cuadro de ajetreos, demonios, curaciones, palabras y silencios… que le llevó a irse a otra parte.

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 

Imagen de José María Morillo

Meditación – Domingo V de Tiempo Ordinario

Hoy es Domingo V de Tiempo Ordinario.

El evangelio de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 1, 29-39):

En aquel tiempo, cuando Jesús salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles. Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». Él les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

Hoy, contemplamos a Jesús en Cafarnaúm, el centro de su ministerio, y más en concreto en casa de Simón Pedro: «Cuando salió de la sinagoga se fue (…) a casa de Simón y Andrés» (Mc 1,29). Allí encuentra a su familia, la de aquellos que escuchan la Palabra y la cumplen (cf. Lc 8,21). La suegra de Pedro está enferma en cama y Él, con un gesto que va más allá de la anécdota, le da la mano, la levanta de su postración y la devuelve al servicio.

Se acerca a los pobres-sufrientes que le llevan y los cura solamente alargando la mano; sólo con un breve contacto con Él, que es fuente de vida, quedan liberados-salvados.

Todos buscan a Cristo, algunos de una manera expresa y esforzada, otros quizá sin ser conscientes de ello, ya que «nuestro corazón está inquieto y no encuentra descanso hasta reposar en Él» (San Agustín).

Pero, así como nosotros le buscamos porque necesitamos que nos libere del mal y del Maligno, Él se nos acerca para hacer posible aquello que nunca podríamos conseguir nosotros solos. Él se ha hecho débil para ganarnos a nosotros débiles, «se ha hecho todo para todos para ganar al menos algunos» (1Cor 9,22).

Hay una mano alargada hacia nosotros que yacemos agobiados por tantos males; basta con abrir la nuestra y nos encontraremos en pie y renovados para el servicio. Podemos “abrir” la mano mediante la oración, tomando ejemplo del Señor: «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración» (Mc 1,35).

Además, la Eucaristía de cada domingo es el encuentro con el Señor que viene a levantarnos del pecado de la rutina y del desánimo para hacer de nosotros testigos vivos de un encuentro que nos renueva constantemente, y que nos hace libres de verdad con Jesucristo.

Rev. D. Francesc CATARINEU i Vilageliu

Liturgia – Domingo V de Tiempo Ordinario

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Misa del domingo (verde)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Credo. Prefacio dominical.

Leccionario: Vol. I (B)

  • Job 7, 14. 6-7. Me harto de dar vueltas hasta el alba.
  • Sal 146.Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
  • 1Cor 9, 16-19. 22-23. Ay de mí si no anuncio el Evangelio.
  • Mc 1, 29-39.Curó a muchos enfermos de diversos males.

Antífona de entrada Sal 94, 6-7
Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios.

Monición de entrada
El Señor nos congrega un domingo más para celebrar la Eucaristía; para escuchar su palabra, en la que veremos como mucha gente buscaba a Jesús porque en Él encontraban alivio, apoyo y comprensión; y para acercarnos a la mesa de su Cuerpo y su Sangre.

Acto penitencial
Unamos, pues, nuestro sacrificio al de Cristo, muerto y resucitado, que se actualiza en el altar, y dispongámonos a celebrar dignamente estos sagrados misterios pidiendo humildemente perdón a Dios por nuestros pecados.

• Tú, que sanas los corazones afligidos. Señor, ten piedad.
• Tú, que siempre te muestras cercano a nosotros. Cristo, ten piedad.
• Tú, que eres el Camino, la Verdad y la Vida. Señor, ten piedad.

Se dice Gloria.

Oración colecta
VELA, Señor,
con amor continuo sobre tu familia;
protégela y defiéndela siempre,
ya que sólo en Ti ha puesto su esperanza.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Se dice Credo.
Como respuesta a la buena Noticia de Jesucristo, afirmemos ahora nuestra fe en el Dios que es amor, en el Dios que nos salva, en el Dios que da vida.

Oración de los fieles
Haciendo nuestras las necesidades de toda la humanidad acudamos ahora, hermanos, a Dios nuestro Padre, que ha enviado a Jesucristo para aliviar a los que sufren y para anunciar su Evangelio, y presentémosle nuestras súplicas.

1.- Por la Iglesia; para que, a ejemplo del apóstol, haciéndose débil con los débiles, para ganar a los débiles, y haciéndose todo a todos, anuncie y viva, con la gracia de Dios, los valores del Evangelio. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones sacerdotales al servicio de nuestra diócesis; para que nunca nos falten quienes, por amor a sus prójimos, anuncien el Evangelio sin mayor interés que la gloria de Dios. Roguemos al Señor.

3.- Por los gobernantes; para que el Señor les conceda sabiduría y fortaleza para trabajar desinteresadamente y sin buscar recompensa alguna por la justicia, la igualdad y la paz en el mundo. Roguemos al Señor.

4.- Por los que consumen, como Job, sus días sin esperanza, en la incomprensión, la injusticia, el dolor; para que puedan descubrir junto a ellos al que sana los corazones destrozados. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, aquí reunidos; para que cultivando nuestra vida interior y viviendo en amistad con Jesucristo, sepamos dar sentido evangélico a nuestra vida diaria, con sus luces y sus sombras, para participar así también nosotros de los bienes de Dios. Roguemos al Señor.

Oh Dios, que en tu amor de Padre te acercas al sufrimiento de todos los hombres y los unes a la Pascua de tu Hijo; escucha nuestra oración y haznos puros y fuertes en las pruebas, para que del ejemplo de Cristo, aprendamos a compartir con nuestros hermanos el misterio del dolor, iluminado por la esperanza que nos salva. Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR y Dios nuestro,
que has creado estos dones como remedio eficaz de nuestra debilidad,
concédenos que sean también para nosotros
sacramento de vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión   Cf. Sal 106, 8-9
Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Calmó el ansia de los sedientos y a los hambrientos los colmó de bienes.

Oración después de la comunión
OH Dios,
que has querido hacernos partícipes de un mismo Pan y de un mismo Cáliz,
concédenos vivir tan unidos en Cristo,
que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Santoral 7 de febrero

SAN ROMUALDO, Abad, fundador de los Camaldulenses Benedictinos (1027 d.C.)

San Romualdo, de la familia de los Onesti, duques de Ravena, probablemente nació en el año 950. La afirmación de su biógrafo, San Pedro Damiano, de que vivió hasta la edad de 120 años es ahora rechazada universalmente. Aunque creció como un joven mundano, esclavo de sus pasiones, algunas veces aspiró a ideales más elevados. Su padre, cuyo nombre era Sergio, había determinado decidir en un duelo la disputa que tenía con un pariente por una propiedad, y Romualdo fue espectador involuntario del encuentro. Sergio mató a su adversario y Romualdo horrorizado, huyó al monasterio cercano de Sant’Apollinare-en-Classe. En esta casa pasó tres años en tal fervor y austeridad, que su observancia se convirtió en un vivo reproche para ciertos monjes relajados e infieles, que se exasperaron aun más cuando les censuró su conducta. Entonces, con el consentimiento del abad, abandonó el monasterio y se retiró a las inmediaciones de Venecia, en donde se sometió a la dirección de un ermitaño llamado Marino. Con él Romualdo hizo grandes progresos en el camino de la perfección. Se dice que Romualdo y Marino tuvieron algo que ver con el retiro del dux de Venecia, San Pedro Orseolo, a Cuxa, y que allí vivieron por un tiempo como ermitaños. El ejemplo de san Romualdo tuvo tal influjo sobre su padre Sergio, que éste entró al monasterio de San Severo, cerca de Ravena, para reparar sus pecados. Después de algún tiempo tuvo la tentación de regresar al mundo, por lo que su hijo fue allá para disuadirlo de romper su propósito. Lo consiguió, y Sergio permaneció en el monasterio hasta el fin de su vida.

Parece que Romualdo pasó los siguientes treinta años fundando ermitas y monasterios por toda Italia. Permaneció tres años en una celda cercana a la casa que había fundado en Parenzo. Allí trabajó por un tiempo, experimentando gran sequedad espiritual, pero un día, de pronto, cuando estaba recitando las palabras del Salmista. “Te daré entendimiento y te instruiré”, Dios lo visitó con una luz extraordinaria y un espíritu de compunción que desde entonces nunca abandonó. Escribió una exposición de los Salmos llena de pensamientos admirables. Con frecuencia pronosticó cosas futuras, y daba consejos a todos los que iban a consultarle, inspirado por sabiduría celestial. Siempre había anhelado el martirio, y por fin obtuvo licencia del Papa para predicar el Evangelio en Hungría; pero fue atacado por una grave enfermedad tan pronto como puso los pies en el país, y como el mal volvía cada vez que intentaba actuar, sacó como conclusión que esto era una clara indicación de la voluntad de Dios de que no lo quería ahí. Muy conforme, retornó a Italia, aunque algunos de sus compañeros fueron y predicaron la fe a los magiares. Posteriormente permaneció por bastante tiempo en Monte di Sitrio, pero allí fue acusado de un crimen escandaloso por un joven noble a quien había censurado por su vida disipada. Aunque parezca extraordinario, los monjes creyeron el embuste, le impusieron severa penitencia, le prohibieron que celebrase misa, y lo incomunicaron. Todo lo soportó en silencio por seis meses, pero entonces Dios lo amonestó para que no se sometiera más a sentencia tan injusta, pronunciada sin autoridad y sin sombra de fundamento. Pasó seis años en Sitrio guardando silencio estricto y aumentando sus austeridades en lugar de relajarlas, no obstante su ancianidad. Romualdo tuvo alguna influencia en las misiones a los eslavos o prusianos a través del monasterio de Querfurt en Pereum, cerca de Ravena, que Otto III fundó para él y san Bruno, en 1001. Un hijo del duque Boleslao I de Polonia era monje en este monasterio, y en nombre de su padre le obsequió a Romualdo un magnífico caballo. Él lo cambió por un asno, y declaró que se sentía más unido a Jesucristo, montado sobre tal cabalgadura.

El monasterio más famoso de todos los de san Romualdo es el de Camáldoli, cerca de Arezzo, en la Toscana, fundado por él alrededor del año 1012. Se halla más allá de una montaña, la cual desciende en su parte más alejada en un precipicio escarpado que mira a un agradable valle, que entonces pertenecía a un castellano llamado Maldolo, quien lo cedió al santo; de ahí le viene el nombre de Camáldoli (campo de Máldoli).

San Romualdo edificó en este sitio un monasterio, y por las varias observancias que agregó a la regla de San Benito dio principio a una nueva congregación llamada Camaldulense, en la cual unió la vida cenobítica con la eremítica. Después de que su bienhechor había visto en sueños elevarse una escala desde la tierra al cielo, por la que subían religiosos vestidos de blanco, Romualdo cambió el hábito de negro a blanco. La ermita dista poco más de dos kilómetros del monasterio. Está en la ladera de la montaña, sombreada por un obscuro bosque de abetos. En ella hay siete manantiales de agua clara. La sola vista de esta soledad en medio de la floresta ayuda a llenar la mente de compunción y de amor a la contemplación. En el lado izquierdo de la iglesia está la celda en la cual San Romualdo vivió cuando reunió por primera vez a estos ermitaños. Sus celdas, construidas de piedra, cuentan cada una con un pequeño jardín rodeado de muros, y con una capilla en la cual el ocupante puede celebrar la misa.

Después de algunos años en Camáldoli, Romualdo retornó a sus viajes, y andando el tiempo murió, solo en su celda, en el monasterio de Val-di-Castro, el 19 de junio de 1027. Un cuarto de siglo antes había profetizado que le llegaría la muerte en dicho sitio y de esa manera. Su fiesta principal se celebra el día de hoy, porque el 7 de febrero de 1481 su cuerpo incorrupto se trasladó a Fabriano: así se dispuso cuando el Papa Clemente VIII añadió su nombre al calendario general en 1595.

La principal fuente de informes sobre la vida de San Romualdo es la biografía escrita por San Pedro Damiano, que se encuentra en el Acta Sanctorum, febrero, vol. II, y en muchas otras colecciones. Véase BHL., n. 7324. Pero hay mucho material de segunda importancia que también se encuentra en Life of St. Peter Orseolo, el Chronicon Venetum, y las dos Lives of St. Bononius de Lucedio, W. Franke ha hecho un estudio valioso preliminar de estas fuentes en su Quellen und Chronologie zur Geschichte Romualds von Camaldoli und seiner Einsiedlergenossenschaften im Zeitalter Ottos III(1910). Véase Analecta Bollandiona, vol XXXI (1912), pp. 376-377; y también de W. Franke, Hist. Studien, vol. CVII (1913). En 1927 se publicaron dos vidas italianas, por A. Pagnani y C. Ciampelli; y cf. de A. Giabbini, L’eremo (1945).

Alan Butler

Laudes – Domingo V de Tiempo Ordinario

LAUDES

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

 

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.+

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso».»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Es domingo; una luz nueva
resucita la mañana
con su mirada inocente,
llena de gozo y de gracia.

Es domingo; la alegría
del mensaje de la Pascua
es la noticia que llega
siempre y que nunca se gasta.

Es domingo; la pureza
no solo la tierra baña
que ha penetrado en la vida
por las ventanas del alma.

Es domingo; la presencia
de Cristo llena la casa:
la Iglesia, misterio y fiesta,
por él y en él convocada.

Es domingo; «este es el día
que hizo el Señor», es la Pascua,
día de la creación
nueva y siempre renovada.

Es domingo; de su hoguera
brilla toda la semana
y vence oscuras tinieblas
en jornadas de esperanza.

Es domingo; un canto nuevo
toda la tierra le canta
al Padre, al Hijo, al Espíritu,
único Dios que nos salva. Amén.

SALMO 62: EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

Ant. Por ti madrugo, Dios mío, para contemplar tu fuerza y tu gloria. Aleluya.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Por ti madrugo, Dios mío, para contemplar tu fuerza y tu gloria. Aleluya.

CÁNTICO de DANIEL: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR

Ant. En medio de las llamas, los tres jóvenes, unánimes, cantaban: «Bendito sea el Señor». Aleluya.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
Astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
Vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor;
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant. En medio de las llamas, los tres jóvenes, unánimes, cantaban: «Bendito sea el Señor». Aleluya.

SALMO 149: ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Ant. Que los hijos de Sión se alegren por su Rey. Aleluya.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles,
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Que los hijos de Sión se alegren por su Rey. Aleluya.

LECTURA: Ap 7, 10-12

¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.
V/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.

R/ Tú que estás sentado a la derecha del Padre.
V/ Ten piedad de nosotros.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo, Hijo de Dios vivo, Ten piedad de nosotros.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Se levantó Jesús de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Se levantó Jesús de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

PRECES

Glorifiquemos al Señor Jesús, luz que alumbra a todo hombre y Sol de justicia que no conoce el ocaso, y digámosle:

¡Oh Señor, vida y salvación nuestra!

Creador del universo, al darte gracias por el nuevo día que ahora empieza,
— te pedimos que el recuerdo de tu santa resurrección sea nuestro gozo durante este domingo.

Que tu Espíritu Santo nos enseñe a cumplir tu voluntad,
— y que tu sabiduría dirija hoy nuestras acciones.

Que al celebrar la eucaristía de este domingo, tu palabra nos llene de gozo,
— y que la participación en tu banquete haga crecer nuestra esperanza.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Que sepamos contemplar las maravillas que tu generosidad nos concede,
— y vivamos durante todo el día en acción de gracias.

Digamos ahora, todos juntos, la oración que nos enseñó el mismo Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.