Quiero: queda limpio

Vivir solo y fuera del campamento

Vivimos dentro de un cuerpo, es nuestro compañero; con él nos expresamos, nos movemos, nos encontramos, nos queremos, nos relacionamos, sentimos y, también con él, oramos y rezamos. Lo que cada uno de nosotros es está contenido en una fragilidad llamada cuerpo. El cuerpo no es solo materia orgánica es también red y nudo de diversas situaciones, es lo que nos sitúa en lo que llamamos mundo. Cuidarnos como personas es también cuidar nuestro cuerpo. Cuando algo falla en él todo nuestro ser queda alterado, conmovido.

Los Padres de la Iglesia, al contrario de los filósofos de entonces y de ahora, no hablaban del cuerpo como un ‘compuesto’ de materia y alma, sino de una ‘realidad’ triada, intensa e íntimamente unida, conformada por un organismo, un psiquismo y un espíritu. Para ellos, la parte rectora de nuestro ser, sin perder el sentido de unida, era el espíritu, la fuerza creadora de Dios en cada uno de nosotros, sus criaturas. De ahí cuando algo en la corporeidad se resiente toda nuestra existencia queda afectada. Así sucede cuando nuestro cuerpo se quebranta con una enfermedad, nuestro organismo, nuestro psiquismo y nuestro espíritu se ven alterados.

En el Antiguo Testamento, viejo pacto, la bendición divina iba unida a la salud, la fecundidad, la alegría y la prosperidad; al contrario, la enfermedad, la ruina, la esterilidad y la desgracia a la maldición. Las dolencias más graves, como en el caso de las enfermedades contagiosas, conllevaban además el estigma social del infame destierro y la severa prohibición de acercarse a los otros y a los núcleos poblados. El afectado por una enfermedad de esa naturaleza, como en el caso de la lepra, era, en esa visión, un maldito, alguien a quien Dios había rechazado por impuro.

Jesús y el descampado

Todos los Evangelios, y desde los inicios de su actividad pública, coinciden en presentan a Jesús como alguien que tenía poder real y efectivo sobre la enfermedad, con una capacidad extraordinaria para curar. De hecho, no es disparatado suponer que muchos de sus seguidores lo seguían atraídos por esa especial ‘gracia’ que poseía. La fama que precedía a Jesús, sobre todo entre los sencillos, fue, sin duda, a causa de sus curaciones milagrosas.

Jesús era un predicador itinerante por lo que no era infrecuente que tuviera que pasar al raso algunas noches. Algo muy normal en aquel tiempo. Fue en los caminos donde se encontró con el doble drama de la lepra, una enfermedad contagiosa. El afectado además de la enfermedad en sí misma, tenía que padecer la exclusión social, es más, se esperaba que él mismo lo hiciera, al tiempo que desde el punto de vista religioso era un impuro, un maldito. El enfermo era rechazado en las tres dimensiones de su corporeidad. Era un verdadero paria.

¿Qué hace Jesús cuando uno de estos se le acerca pidiéndole que le sanara? Conmoverse desde lo más íntimo. Lo toca y le dice ‘quiero: queda limpio’. El despertar del sentimiento de la auténtica compasión en el ser humano requiere que quien la practique esté impregnado en todo su ser de amor verdadero. Sin amor no hay compasión. La compasión movida por el amor ante esta o cualquier enfermedad tiene una sola respuesta: la curación y sanación de todo el cuerpo. Un cuerpo sanado es un cuerpo restituido, restablecido a su verdadero lugar. Jesús no solo cura el cuerpo, sana el interior y restablece la intimidad armónica desde entero.

Cristo, portador de la verdadera salvación

Entre los evangelistas, es Marcos el que resalta con más fuerza el poder extraordinario de Jesús sobre la enfermedad y el mal, hasta el punto que “no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes”. ¿Quiénes serían aquellos que acudían a Él de todas partes? Si quien se acercó a Él fue un leproso ‘impuro’, un excluido social, alguien quien su sola presencia causaba espanto… no hace falta tener mucha imaginación para suponer quienes salían a su encuentro en los descampados.

En boca de Jesús encontramos expresiones como esta: “si hago estas cosas por el Espíritu de Dios, entonces el Reino de Dios ha llegado a vosotros”. Jesús es el cumplimiento de las promesas que Dios hizo desde la creación del mundo. Él es ya la presencia del Reino entre nosotros. En palabras de Pablo es el Cristo. Jesús no es un extraordinario curandero o taumaturgo, es el Señor, el Mesías, el Ungido, el Hijo de Dios. Sus milagros y curaciones son ya signos de que Dios ha inaugurado un nuevo tiempo en su propia creación, el tiempo de la verdadera y definitiva Salvación ofrecida por su Hijo, el Cristo, el Redentor, aquel que viene a curar nuestras heridas y devolvernos a la vida plena.

Glorificar a Dios, como sucede con este leproso, no es algo que nuestra lengua pueda impedir, porque cuando se experimenta su salvación, el gozo nos rebosa por todos lados, no se puede ocultar. Dios recibe gloria porque los pobres, los sencillos, los marginados, los apestados, los excluidos por cualquier causa, pensemos en este tiempo de pandemia, o condición, miremos a los migrantes, tienen a Dios como su salvador y protector. Para experimentar su salvación hay que pedírsela, tener el coraje de ponernos frente a Él, hacer un acto de verdadera humildad y suplicarle. Él siempre está dispuesto a curar y sanar.

Feliz día del amor y la amistad. Santa y enriquecedora Cuaresma. Dios les bendiga y la Virgen les proteja.

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.