Comentario – Miércoles V de Tiempo Ordinario

(Mc 7, 14-23)

Jesús no se contenta con criticar las tradiciones y normas inventadas por los fariseos, sino que va mucho más allá, porque también quiere simplificar la Ley que estaba escrita en el Antiguo Testamento. En este texto, por ejemplo, Jesús declara sin valor las prohibiciones de comer algunos alimentos y declara que todos los alimentos se pueden comer, ya que no proviene de ellos el mal del hombre.

Para Jesús el mal está en el corazón, en las intenciones ocultas que llevan al pecado. No hay que culpar a lo que está fuera de nosotros sino preguntar qué hay en nosotros que debe ser sanado. Cuando algo me perturba, no me detendré a mirar la negatividad de lo que me rodea, sino que me preguntaré qué hay dentro de mí que provoca esa perturbación. Cuando no se tiene la fortaleza de Dios todo lo externo se convierte en un enemigo.

Hacernos buenos por dentro es liberarnos de los males que nos esclavizan desde el fondo, es aprender a amar con sinceridad, es descubrir con paz interior y dulzura la compañía de un Dios amante que nos hace fuertes, es arrancar los miedos y tristezas inútiles, las vanidades que nos enferman. Pero eso sólo es posible por el poder sanador del Espíritu Santo. Con ese poder divino podemos ir santificándonos en esa lucha cotidiana por matar el orgullo, el rencor, el egoísmo, la indiferencia.

En la lista de pecados que Jesús presenta, no se pretenden resumir todos los pecados más graves; pero cabe advertir que la mayoría de los pecados que se mencionan se refieren a las relaciones con el prójimo, a pecados que atentan contra el amor al hermano.

Oración:

“Jesús, te doy gracias por haber simplificado mi vida, porque me indicaste un camino claro y directo en tu mensaje de amor; pero tú sabes que mi corazón se deja dominar muchas veces por otros impulsos. Por eso te ruego que lo purifiques, lo sanes, lo liberes”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día