Lectura continuada del Evangelio de Mateo

Mateo 4, 1-11

«1Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para que fuera tentado por el diablo. 2Y, ayunando cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre.

3Y, acercándose el tentador, le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. 4Pero él, respondiendo, dijo: “Está escrito: ‘No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra salida de la boca de Dios’”.

5Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo 6y le dice: “Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo, porque está escrito: ‘Dará órdenes a sus ángeles y te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece en piedra alguna’”. 7Jesús le dijo: “También está escrito: ‘No tentarás al Señor, tu Dios’”.

8El diablo lo lleva de nuevo a un monte muy alto y le muestra todos los reinos del mundo y su gloria 9y le dijo: “Todo esto te daré si postrándote me adoras”. 10Entonces Jesús le dice: Apártate, Satanás, porque está escrito: ‘Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo servirás’”.

11Entonces el diablo lo dejó, y he aquí que se acercaron los ángeles y le servían».

 

En el marco narrativo formado por los vv. 1 y 11, tenemos un relato con tres partes. Los términos «Espíritu» (v. 1) e «Hijo de Dios» (vv. 3.6) establecen la conexión con la perícopa anterior. En las tres tentaciones el peso recae en las citas bíblicas. Entre las tres tentaciones existen amplias coincidencias: la iniciativa parte siempre del diablo, que «se lleva» a Jesús. En las tres ocasiones Jesús contesta al diablo con una cita del Deuteronomio. Las tentaciones del diablo se escalonan: Jesús es conducido desde el desierto al templo y desde el templo al monte. Dos veces se refiere el diablo a la filiación divina de Jesús; se trata, pues, de acreditar la filiación divina proclamada en 3,17. La tercera tentación exige sin ningún ocultamiento la adoración del diablo. Concluye con su rechazo definitivo y el acercamiento de los ángeles.

 

ELEMENTOS A CONSIDERAR

  • Es un error pretender una única interpretación de un texto mítico-figurado. Hay un claro acento dominante: las tres tentaciones tienen como punto central una afirmación positiva: Jesús acredita su filiación divina, que le fue atribuida en la narración del bautismo, con la docilidad a la palabra de Dios pronunciada en el Antiguo Testamento, y vence así a Satanás. El Hijo de Dios acredita en tres tentaciones su relación con Dios obedeciendo a la Escritura.
  • La introducción de este relato conecta con el del bautismo. El Espíritu, que allí le fue infundido a Jesús, lo hace subir al desierto. El Espíritu divino es el verdadero iniciador del suceso, no el diablo. Mateo destaca especialmente el ayuno de Jesús durante cuarenta días con cuarenta noches, como Moisés (Ex 34,28; Dt 9,9.18), pero no en la cercanía reconfortante de Dios sobre el monte Horeb; o como Elías (1Re 19,1-8), pero sin ser alimentado milagrosamente por un manjar divino. La alusión a Moisés y a Elías pone de manifiesto que el ayuno de Jesús es un hecho extraordinario, que sirve sólo para revelar al Hijo de Dios, de modo que no se puede utilizar el texto para fundamentar el ayuno cristiano de la cuaresma (como se viene haciendo desde San Agustín).
  • El hambre de Jesús da pie a la primera tentación. El tentador reta a Jesús a que realice un milagro espectacular, pero este renuncia a un milagro que no está ordenado por Dios. Jesús, a diferencia de Israel, no sucumbe a la tentación y es así el Hijo de Dios que «vive de toda palabra que viene de la boca de Dios», es decir, que obedece. El hecho de que Jesús conteste al diablo por primera vez con una palabra de la Torá (de la Ley) es importante para el Mateo obediente a la ley.
  • En la segunda escena Satanás se lleva a Jesús al «alero» del templo. El diablo reta de nuevo a Jesús a obrar un milagro espectacular, pero ahora intenta derrotar a Jesús con sus propias armas, y cita igualmente la Biblia (Sal 90,11s, según la versión griega de la LXX). Jesús contesta de nuevo con la frase de la Torá (de la Ley) (Dt 6,16). También en la segunda tentación, la riqueza de sentido sólo se hará visible en una lectura de todo el evangelio: en la demanda de una «señal del cielo» narrada dos veces por Mateo, los lectores volverán a recordar nuestro texto. Jesús entrará en el templo la próxima vez (21,1-17) como rey pacífico sin demostración de poder. Más importantes aún son otras dos asociaciones: en su arresto, Jesús renuncia a pedir la ayuda de los ángeles de Dios y obedece a la Escritura (26,53-54). Poco después, Jesús rechaza la propuesta de los escribas que dicen al Crucificado: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (27,40; cf. v. 6). Así pues, lo que ocurre aquí, en el segundo episodio de la tentación, anticipa la obediencia del Hijo de Dios en su vida y, sobre todo, durante su pasión.
  • En la tercera tentación, el diablo se lleva a Jesús a un «monte alto» y le ofrece el dominio universal si le adora. Jesús le rechaza con una frase de Dt 6,13. Aquí evocarán los lectores la profesión de fe de Israel en el «Único Dios» que figura en el contexto inmediato. Se alcanza así el núcleo y clímax de las tres escenas. Jesús puede ahora expulsar a Satanás. También en este último episodio, la profundidad del sentido sólo se descubre con la lectura de todo el evangelio. La frase «Vete, Satanás» reaparecerá en 16,23. Jesús rechaza con estas palabras a Pedro, empeñado en disuadir al Hijo de Dios de la pasión. Y habla luego de la pasión y la auto-renuncia para seguirle. Inmediatamente después sube con algunos discípulos a un «monte alto» (17,1); allí acontece la segunda proclamación divina del Hijo de Dios. Mt 16,23-17,9 hace referencia, pues, al bautismo y a la tentación, pero en orden inverso. Pero lo más importante son las alusiones a la perícopa final del evangelio: después de haber renunciado, como Hijo de Dios obediente, a las demostraciones de poder divino, después de haber padecido y muerto en la cruz, Jesús recupera todo poder, de nuevo en la cima de un monte (28,16), no sólo sobre todos los reinos del mundo, sino sobre el cielo y la tierra (28,18). La renuncia al poder del Jesús terreno contrasta con la plenitud de poder del Resucitado. Esta perspectiva se sugiere ya veladamente en la indicación de que el diablo lo dejó y los ángeles le servían (v. 11).
  • Mateo, que toma muy en serio la humanidad de Jesús, es decir, su cumplimiento de la voluntad de Dios, no narra el comienzo de la actividad de Jesús con un episodio puramente humano de unas tentaciones vencidas. Narra una historia mitológica. Se trata de no perder la dimensión fundamental de la obediencia del Hijo de Dios expresada con categorías míticas. La dimensión mitológica de nuestro texto implica el hablar, no de tentaciones cotidianas, sino de tentaciones radicales del Hijo de Dios. El relato no aborda experiencias humanas cotidianas, sino la cuestión de quién ejerce la soberanía en el mundo: el diablo, al que Jesús no se somete y que por eso tiene que ceder el puesto, o Dios, que envía a sus ángeles. En suma, sin sus dimensiones míticas el relato degeneraría en puro ejemplo de unas experiencias cotidianas. Pero gracias a sus dimensiones míticas, el relato se convierte en un motivo de esperanza y en expresión de la confianza en el Hijo de Dios, que mediante su obediencia venció al diablo, y en Dios, cuyos ángeles asistieron al obediente. Entendido en esta línea, el relato tiene sentido al comienzo de un evangelio que desarrolla lo que significa la obediencia a Dios.