Vísperas – Viernes V de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES V TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: Rm 15, 1-3

Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos cada uno dar satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: «Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí.»

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Bendigamos a Dios, que mira propicio los deseos de los necesitados y a los hambrientos los colma de bienes; digámosle confiados:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Señor, Padre lleno de amor, te pedimos por todos los miembros de la Iglesia que sufren:
— acuérdate que, por ellos, Cristo, cabeza de la Iglesia, ofreció en la cruz el verdadero sacrificio vespertino.

Libra a los encarcelados, ilumina a los que viven en tinieblas, sé la ayuda de las viudas y de los huérfanos,
— y haz que todos nos preocupemos de los que sufren.

Concede a tus hijos al fuerza necesaria,
— para resistir las tentaciones del Maligno.

Acude en nuestro auxilio, Señor, cuando llegue la hora de nuestra muerte:
— para que puedan contemplarte eternamente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Conduce a los difuntos a la luz donde tú habitas,
— para que puedan contemplarte eternamente.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que los que hemos sido aleccionados con los ejemplos de la pasión de tu Hijo estemos siempre dispuestos a cargar con su yugo llevadero y con su carga ligera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes V de Tiempo Ordinario

1.-Introducción.

         Señor, hoy vengo a la oración para pedirte una cosa: que sepa escuchar. No te digo simplemente que oiga sino que escuche, que te oiga no sólo con el oído externo sino con el oído interior, con el oído del corazón. Si oigo con el oído del corazón, tus palabras quedarán dentro de mí, serán una buena semilla, darán su fruto  y me llevarán a la acción, a buscar lo que Tú quieres de mí.

2.- Lectura reposada de la Palabra. Marcos 7, 31-37

Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Abrete!» Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

3.- Qué dice este texto bíblico.

Meditación-reflexión.

Un sordo es un ser que no puede escuchar.  Y un mudo es un ser que no puede expresarse.  Si la esencia del ser humano es el diálogo, la comunicación, el encuentro, la comunión con las personas, es normal que Jesús quiera devolver a ese hombre algo esencial que le corresponde por ser persona. Dios quiere que nos realicemos plenamente como hombres y mujeres en este mundo. Y le duele esta situación. No olvidemos que estamos en la era de la comunicación. Al hombre de hoy, cuando hace un viaje,  se le puede olvidar el cepillo de dientes o las llaves de casa, pero no se le olvidará el “móvil”. Pero debemos hacernos esta pregunta: en la era de la comunicación ¿estamos ahora más y mejor comunicados que antes? ¿Dialogamos más que antes? Podemos estar reunidos en familia en una mesa común y estar cada uno dando respuestas al último WhatsApp que nos han enviado. No estamos comunicados sino que somos esclavos de la comunicación. Y lo peor de todo es que el hombre actual está perdiendo la comunicación con Dios.  

Dice el evangelio que Jesús “dio un gemido”. Y debe entenderse  como una profunda participación suya en la miseria humana. Dice el texto: “Jesús todo lo ha hecho bien” yrecuerda el relato de la Creación (Gn. 1,31).  Cristo no se ha limitado a “no hacer el mal” sino “a hacer el bien”. Y uno que dedica su vida a hacer el bien se dedica a  luchar contra el sufrimiento, el dolor, la enfermedad y la muerte. Y en estos tiempos de la pandemia ha habido y hay muchas personas que no sólo se dedican a hacer el bien, sino que exponen y arriesgan  su vida por salvar a otros. Son los verdaderos imitadores de Jesús.

Palabra del Papa.

Pensemos en los muchos que Jesús ha querido encontrar, sobre todo, personas afectadas por la enfermedad y la discapacidad, para sanarles y devolverles su dignidad plena. Es muy importante que justo estas personas se conviertan en testigos de una nueva actitud, que podemos llamar cultura del encuentro […]

Aquí están las dos culturas opuestas. La cultura del encuentro y la cultura de la exclusión, la cultura del prejuicio, porque se perjudica y se excluye. La persona enferma y discapacitada, precisamente a partir de su fragilidad, de su límite, puede llegar a ser testigo del encuentro: el encuentro con Jesús, que abre a la vida y a la fe, y el encuentro con los demás, con la comunidad. En efecto, sólo quien reconoce la propia fragilidad, el propio límite puede construir relaciones fraternas y solidarias, en la Iglesia y en la sociedad. Y ahora miremos a la Virgen. En ella se dio el primer encuentro: el encuentro entre Dios y la humanidad. Pidamos a la Virgen que nos ayude a ir adelante en esta cultura del encuentro. Y nos dirigimos a Ella con el Ave María.» (Discurso de S.S. Francisco, 29 de marzo de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Silencio)

5.-Propósito: Voy a escuchar hoy con el oído del corazón.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Señor, te agradezco ese “grito interior” que sientes cuando nosotros sufrimos. Eres uno de los nuestros. Nunca te podremos echar en cara que no conoces el sufrimiento y el dolor. Lo has padecido en tu propia carne. Yo hoy quiero escuchar los gritos desgarradores de tantos inmigrantes que huyen de la guerra; de tantos niños explotados, de tantos enfermos del “corona-virus” que luchan para superar la enfermedad, y de tantos que han muerto en medio de una terrible soledad.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes V de Tiempo Ordinario

(Mc 7, 31-37)

Esta curación del sordomudo, donde se ve a Jesús dando varios pasos para poder curarlo, presenta visos de ser una narración histórica, ya que este procedimiento no sirve para resaltar el poder de Jesús, que se manifestaría mejor si lo hubiera curado sólo con un apalabra o con un gesto.

Pero estos detalles indican que Jesús prefería curar contando con la cooperación y la aceptación de la persona. Como el sordo no podía escuchar sus palabras, Jesús se comunica con él a través del tacto, tocando sus oídos y su lengua. Los dedos de Jesús expresaban la cercanía del amor que se hace íntimo.

La saliva es expresión de gran ternura. Normalmente limpiamos con nuestra propia saliva las cosas que amamos con ternura y las personas (los niños) que son parte de nuestra vida y de nuestro corazón.

Al levantar los ojos al cielo Jesús expresa que su poder viene del Padre.

La expresión de la gente “todo lo hizo bien” muestra que en Jesús se manifiesta el poder creador de Dios, que al crear el mundo veía que “era bueno”. Así se muestra que la obra de Jesús restauraba la bondad de la creación.

Oración:

“Toca mis oídos, Señor, para que pueda escucharte; toca mi lengua para que pueda hablar de ti y comunicar tu amor a los demás; porque todo mi ser está hecho para el encuentro contigo y para reflejar tu amor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Sacrosanctum Concilium – Documentos Vaticano II

CAPÍTULO V 

EL AÑO LITÚRGICO

Sentido del año litúrgico

102. La santa madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo en días determinados a través del año la obra salvífica de su divino Esposo. Cada semana, en el día que llamó «del Señor», conmemora su Resurrección, que una vez al año celebra también, junto con su santa Pasión, en la máxima solemnidad de la Pascua.

Además, en el círculo del año desarrolla todo el misterio de cristo, desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor.

Conmemorando así los misterios de la Redención, abre las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación.

Misa del domingo: misa con niños

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

 

SALUDO

La gracia, la paz y el amor de Dios Padre, de Jesucristo el Señor y del Espíritu Consolador estén con todos vosotros.

ENTRADA

El Mensaje de Jesús, el Reino que inaugura, nos dice que la grande­za, la gloria de Dios es la vida plena de las personas: “yo he venido para que tengáis vida”, nos dice Jesús. Así pues, nada de cultos vacíos, nada de rutinas sin compromiso, sino entrega, servicio y disponibilidad. Todo lo que sea cerrarnos sobre nosotros mismos y no querer ver la realidad, no tiene nada que ver con Jesús. Jesús siente lástima por el leproso, pero enseguida actúa, le cura, le salva, le reincorpora a la sociedad: esa es la voluntad del Padre: Dios nunca es una carga sino la luz, la ayuda, la fuer­za para cuantos creemos en Él.

Que esta celebración de nuestra fe, hermanos, nos ayude a vivir en medio del mundo como verdaderos testigos del Amor que en Jesús ha venido a curar y salvar.

ACTO PENITENCIAL

Sabemos que tenemos limitaciones y pecados, que nuestra entrega deja mucho que desear. Pidamos perdón de todo lo que nos aparta del amor:

– Cuando reducimos el mensaje de Jesús a unas prácticas vacías, que no son alivio para las personas. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Cuando reducimos el mensaje de Jesús a una ideología, a recetas para todo momento, que a nada nos comprometen. CRISTO, TEN PIE­DAD.

– Cuando reducimos el mensaje de Jesús a unas seguridades aparentes y ya logradas, que ahogan la creatividad y la apertura. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Dios del amor y del perdón, aparta de nosotros todo mal y ayúdanos a vivir en Ti. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios y Padre nuestro, que pones la plenitud de la vida de las per­sonas en el servicio y la entrega por amor; al celebrar este memorial de Jesús te pedimos que su ejemplo liberador nos ayude a todos a vivir cerca de quienes sufren, llevándoles alivio, paz y esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA NARRATIVA

La lectura del Levítico nos acerca a la forma de pensar del antiguo Israel, donde toda enfermedad humana, y especialmente las de la piel, hacían impuro a quien la padecía. A la enfermedad se unía la exclusión, el luto, el ser apartados de lo social y religioso.

LECTURA APOSTÓLICA

En la vida cristiana todo lo que hacemos y creemos debería ir enca­minado a la mayor gloria de Dios, sabiendo que esa gloria no consiste en pronunciar bellos himnos; lo que glorifica de verdad a nuestro Dios es todo lo que hagamos por el bien de las personas, por mejorar su vida, por hacerla más conforme a su condición de hijo de Dios.

LECTURA EVANGÉLICA

Con Jesús ha llegado la Buena Noticia de Dios, de modo que quien le ve actuar puede descubrir al mismo Dios. Un enfermo de lepra, apartado por su enfermedad de todo círculo social, le dirige a Jesús un ruego lleno de confianza: si quieres, puedes curarme. Y la fe del enfermo, la con­fianza en Jesús, realiza la curación.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Como el leproso del evangelio, llenos de confianza en Jesús, pidámosle por las necesidades de todos los hombres y mujeres, hermanos nuestros. Oremos diciendo: SEÑOR JESÚS, ESCÚCHANOS:

1.- Por la Iglesia, por todos los cristianos. Que seamos portadores del amor, la misericordia y la salvación que Dios nos ofrece. OREMOS:

2.- En este día de la Campaña contra el Hambre, oremos por todos los que, en todo el mundo, viven la pobreza y la precariedad. Que aumente la conciencia de la fraternidad universal para ayudar a curar las sociedades y las personas más necesitadas. OREMOS:

3.- Por los responsables políticos y económicos, y por las entidades y organizaciones que trabajan en proyectos de desarrollo en el Tercer Mundo. Que con su trabajo se consiga que todos puedan vivir con dignidad en su propio país. OREMOS

4.- Por… OREMOS:

5.- Por todos nosotros, reunidos este domingo para celebrar la Eucaristía. Que, siguiendo el ejemplo de Jesús, busquemos siempre lo que conviene a los demás, y lo hagamos a gloria de Dios. OREMOS:

OREMOS: Escúchanos, Señor Jesús, y danos tu salvación. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

 ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor, estos dones que ahora te presentamos nos renueven y nos fortalezcan para que vivamos de tal modo que en todo cumplamos tu voluntad de que nos amemos unos a otros como hermanos. Por Jesu­cristo.

PREFACIO

Te damos gracias y te bendecimos, Señor, por todo lo creado, por todo lo que de Ti recibimos en cada momento de nuestra vida. Y, en especial, te damos gracias por Jesús, nuestro hermano, que no dudó en compartir nues­tras alegrías y nuestras penas para mostrarnos cómo es tu Amor y cómo debe ser nuestra respuesta agradecida. Él nos enseña a sentirte aquí, entre nosotros, y a llamarte Padre de todos. Por eso, desde Jesús sabemos que lo más importante es trabajar por hacer posible la fraternidad entre todos.

Haznos, Señor, de los tuyos, y haz que nuestra vida sea respuesta a tu amor, mientras nos unimos a todas las personas buenas para proclamar tu gloria diciendo: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Llegue a Ti, Señor, nuestra acción de gracias por esta celebración que nos ha unido; que cuanto aquí hemos compartido sea fuerza para que seamos solidarios con las personas, conocedores de que la única manera de amarte a Ti es amar a nuestros hermanos. Por Jesucristo.

 DESPEDIDA

Acabada la Eucaristía es necesario prolongar este milagro de la fraternidad y la presencia de Jesús en cada momento de nuestra vida. Vayamos en paz.

La misa del domingo

De acuerdo con la ley de Moisés, cualquier hebreo que tenía «en la piel de su carne tumor, erupción o mancha blancuzca brillante, y se forme en la piel de su carne como una llaga de lepra» (Lev 13,1-2), debía ser llevado y presentado al sacerdote. Éste debía observar al enfermo para determinar si se trataba o no de la lepra.

Si el sacerdote calificaba la enfermedad como lepra, el enfermo era declarado legalmente como un “impuro” y separado de la comunidad para evitar el contagio y la difusión de la enfermedad. Al leproso se le obligaba llevar vestidos desgarrados, así como la cabeza descubierta. Día a día su enfermedad avanzaba lentamente, y en aquel tiempo se trataba de una enfermedad incurable. No había médico que pudiese curarla. Sólo un profeta del Señor podía realizar tal curación.

Excluidos de la convivencia común, los enfermos de lepra vivían fuera de los muros de la ciudad, socialmente aislados y marginados. Para su subsistencia dependían básicamente de la caridad de los peregrinos, y si algún peregrino inadvertidamente pasaba cerca de donde se encontraba algún leproso éste tenía que avisar de su presencia proclamando a grandes gritos: «¡impuro, impuro!» (ver Lev 13, 45).

¿Podemos imaginar la terrible existencia a la que se veían condenados los leprosos por su enfermedad, la carga tremenda del dolor y sufrimiento que tenían que soportar, no sólo físico y psicológico, sino también espiritual? En efecto, además de la exclusión por parte de sus hermanos humanos, los leprosos eran declarados “impuros” como signo de una exclusión mayor: la exclusión de la amistad de Dios, por ser considerada la enfermedad como una manifestación y consecuencia de una impureza legal en la que el enfermo habría incurrido por su infidelidad a la Ley, por su infidelidad a Dios. El leproso era, para los judíos, alguien a quien Dios mismo había rechazado y castigado con esa terrible enfermedad. De ahí el nombre mismo de la lepra, en hebreo tzara’at: “golpe o azote divino”.

Había leprosos que, aunque debían vivir aislados, no eran recluidos. A estos se les permitía venir a las ciudades a pedir limosna o ayuda a los suyos, no pudiendo acercarse a nadie a menos de “cuatro codos” de distancia. Uno de estos leprosos tuvo un día la oportunidad y osadía de acercarse al Señor Jesús. No soporta más la carga de su terrible enfermedad, el oprobio que significa para él. Lleno de esperanza se acerca a Jesús, que ya por entonces era famoso por su prédica y curaciones, y se arrodilla ante Él para suplicarle: «Si quieres, puedes limpiarme». Él cree que el Señor tiene el poder para curarlo. Sabe también que no tiene derecho alguno a reclamar tal beneficio y con toda humildad se pone en las manos del Señor apelando a su benevolencia.

Los rabinos, por no correr ningún riesgo de contaminarse por el contacto con algún leproso, los evitaban al verlos o les arrojaban piedras para apartarlos de su camino. En efecto, la Ley declaraba impuro al que tocaba a un leproso (ver Lev 15,7) y los rabinos eran sumamente celosos de mantener la pureza legal. Sin embargo, el Señor no sólo permite que se le acerque aquel leproso sino que, movido por la compasión, lo toca y le dice: «Quiero: queda limpio». El contacto físico es para el Señor el modo como comunica su poder restaurador (ver Mc 7,33). Con este gesto unido a su palabra el Señor realiza el milagro esperado: su carne de inmediato quedó limpia de la lepra.

Pero no sólo cura el Señor la enfermedad física. El leproso le ha suplicado que lo limpie. La palabra griega katarizo puede ser entendida en su sentido primario de limpiar de la lepra por medio de la curación, pero también tiene un sentido moral, el de liberar de la corrupción y de la culpa del pecado, el de purificar de toda malicia. La curación de la lepra es por tanto el signo visible de otra purificación más profunda: el perdón de los pecados en los que habría incurrido, atrayendo supuestamente sobre él el castigo divino.

El pecado es ciertamente como una lepra que va despedazando no la carne sino el espíritu, una lepra que destruye la comunión con los demás y termina por hundir al pecador en la total lejanía de Dios y en la más absoluta soledad y desesperación. El Señor Jesús vino a sanar al hombre entero, con una curación que va a las raíces de todo mal y sufrimiento que experimenta el ser humano. La reconciliación con Dios, consigo mismo, con el hermano y con la creación, mediante el perdón de los pecados obtenido por el sacrificio reconciliador de Cristo en la Cruz, es la respuesta de Dios frente a la situación de ruptura en la que el ser humano ha incurrido por su rechazo de Dios.

El Señor lo despide «encargándole severamente: “No se lo digas a nadie”». No quiere que la noticia se divulgue para no encender el entusiasmo mesiánico de las multitudes, impidiendo o dificultando así el cumplimiento de su misión de predicar la Buena Nueva a todos los hijos de Israel. A pesar de la severa prohibición, el hombre curado no puede contener el anuncio, difundiendo por todo lugar lo que el Señor ha hecho con él. No podemos imaginar el gozo y la alegría que habrá experimentado aquel leproso curado. ¡Estaba sano nuevamente! ¡Dios se había mostrado compasivo con él! ¡Ahora podía nuevamente reintegrarse a la comunidad! ¿Cómo es posible contener un gozo semejante y no “hacer fiesta”, no proclamar y divulgar la extraordinaria noticia?

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Cualquiera de nosotros, luego de cometer un pecado grave, experimenta la voz de la conciencia que le remuerde, que le dice que ha hecho mal, que le quema interiormente. Mientras más grave el pecado, mayor el peso, el dolor y la vergüenza que se experimentan.

Esa experiencia universal la expresaba el salmista en estos términos: «mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco» (Sal 31 [32], 3-4). ¿Quién de nosotros, luego de haber pecado gravemente, no ha experimentado que algo le consume interiormente? Por lo menos, al principio siempre se experimenta con fuerza, aunque con la posterior repetición del pecado y la continua justificación o auto-convencimiento de que en realidad “no es tan malo” uno empiece a “anestesiar” la conciencia y acallar esa voz que le acusa “de día y de noche”. Pero incluso aunque se esfuerce en acallarla y silenciarla, irrumpirá con fuerza de vez en cuando, reprochándome mis malas acciones. Sencillamente, no me dejará en paz.

A veces me he preguntado acaso: “después de lo que he hecho, ¿quién me podrá perdonar?” Acaso en medio de la desesperación he pensado que para mí “ya no hay salida”, que “ya no merezco el perdón”. Entonces, porque pensaba que luego de mi pecado ya no había retorno posible, no hice sino seguir hundiéndome en mi pecado pensando: “si para mí ya no hay perdón, si ya no hay vuelta atrás, ¿qué más da si sigo en lo mismo?”

¡Sin embargo, Dios siempre está esperándonos para darnos una nueva oportunidad! ¿Qué tenemos que hacer? Volvamos a la experiencia del salmista: «Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 31[32], 5). Sí, el Señor es capaz también de limpiar de la lepra de su pecado a quien reconociendo su miseria se arrodilla humilde ante Él y le pide perdón. Él te limpia de verdad, hasta lo más profundo, borra en ti toda culpa, crea en ti un corazón puro y te renueva interiormente (ver Sal 50,11-12; Ez 36,25-26). Su perdón siempre nos da la posibilidad de empezar de nuevo, y su amor siempre es más grande que el más grande de tus pecados. Con su perdón el Señor traerá nuevamente la paz, el gozo y la alegría a tu corazón si humilde y arrepentido te acercas al confesionario, donde Él te espera en su sacerdote. Allí, cuando tú al confesar tus pecados le supliques al Señor: “¡si quieres, puedes limpiarme!”, Él, profundamente conmovido y compadecido ante tu sufrimiento y miseria, “tocará” tu herido corazón con su amor y con su gracia y te dirá: “quiero, ¡queda limpio! ¡Yo te absuelvo de tus pecados! ¡Anda, y procura no pecar más!”

Los Lázaros

Los lázaros,
los hijos de la calle,
los parias de siempre,
los sin techo,
los sin trabajo,
los desarraigados,
los apátridas,
los sin papeles,
los mendigos,
los pelagatos,
los andrajosos,
los pobres de solemnidad,
los llenos de llagas,
los sin derechos,
los espaldas mojadas,
los estómagos vacíos,
los que no cuentan,
los marginados,
los fracasados,
los santos inocentes,
los dueños de nada,
los perdedores,
los que no tienen nombre,
los nadie…

Los lázaros,
que no son aunque sean,
que no leen sino deletrean,
que no hablan idiomas sino dialectos,
que no cantan sino que desentonan,
que no profesan religiones sino supersticiones,
que no tienen lírica sino tragedia,
que no acumulan capital sino deudas,
que no hacen arte sino artesanía,
que no practican cultura sino costumbrismo,
que no llegan a ser jugadores sino espectadores,
que no son reconocidos ciudadanos sino extranjeros,
que no llegan a protagonistas sino a figurantes,
que no pisan alfombras sino tierra,
que no logran créditos sino desahucios,
que no innovan sino que reciclan,
que no suben a yates sino a pateras,
que no son profesionales sino peones,
que no llegan a la universidad sino a la enseñanza elemental,
que no se sientan a la mesa sino en el suelo,
que no reciben medicinas sino lamidas de perros,
que no se quejan sino que se resignan,
que no tienen nombre sino número,
que no son seres humanos sino recursos humanos…

Los lázaros,
los que se avergüenzan y nos avergüenzan,
pueblan nuestra historia,
fueron tus predilectos
y están muy presentes en tu evangelio.

Los lázaros
pertenecen a nuestra familia
aunque no aparezcan en la fotografía,
y serán ellos quienes nos devuelvan la identidad
y la dignidad perdidas.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes V de Tiempo Ordinario

El mal es astuto. Siempre. Como la serpiente. Y también es amigo de generar sospechas, de confundir, de enfrentar, de enredar con razones aparentes… Como la serpiente. Hay tres grandes consecuencias cuando el Mal nos maneja: nos avergonzamos de nosotros mismos, desconfiamos de los demás y nos escondemos de Dios.

En la Antigüedad, la enfermedad es una de las señales del mal. Cuando falta la salud, falta también, de algún modo, la buena relación con uno mismo, con los demás y… con Dios. En esas culturas, no poder hablar, no poder escuchar o ver, era tanto como reconocer que se había roto la armonía y el orden. Que el Mal que rompe y nos divide lleva la voz cantante. Ahora ninguno diríamos que la enfermedad es signo del Maligno, pero sí experimentamos que cualquier síntoma físico o psíquico nos desequilibra, nos resta bienestar.

Por eso en momentos así se agradece tanto que quien puede regalarnos la Salud (la salvación) quiera tocarnos, mezclarse con nosotros, y decirnos: “effetá, ábrete”. Como Jesús. La dirección en que actúa Dios es exactamente la contraria de la que elige el Mal: uno divide, otro unifica; uno engaña, otro clarifica; uno se aleja, otro se acerca. Y así, la buena gente no paraba de exclamar: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Dios nos hace bien.

Rosa Ruiz