La misa del domingo

De acuerdo con la ley de Moisés, cualquier hebreo que tenía «en la piel de su carne tumor, erupción o mancha blancuzca brillante, y se forme en la piel de su carne como una llaga de lepra» (Lev 13,1-2), debía ser llevado y presentado al sacerdote. Éste debía observar al enfermo para determinar si se trataba o no de la lepra.

Si el sacerdote calificaba la enfermedad como lepra, el enfermo era declarado legalmente como un “impuro” y separado de la comunidad para evitar el contagio y la difusión de la enfermedad. Al leproso se le obligaba llevar vestidos desgarrados, así como la cabeza descubierta. Día a día su enfermedad avanzaba lentamente, y en aquel tiempo se trataba de una enfermedad incurable. No había médico que pudiese curarla. Sólo un profeta del Señor podía realizar tal curación.

Excluidos de la convivencia común, los enfermos de lepra vivían fuera de los muros de la ciudad, socialmente aislados y marginados. Para su subsistencia dependían básicamente de la caridad de los peregrinos, y si algún peregrino inadvertidamente pasaba cerca de donde se encontraba algún leproso éste tenía que avisar de su presencia proclamando a grandes gritos: «¡impuro, impuro!» (ver Lev 13, 45).

¿Podemos imaginar la terrible existencia a la que se veían condenados los leprosos por su enfermedad, la carga tremenda del dolor y sufrimiento que tenían que soportar, no sólo físico y psicológico, sino también espiritual? En efecto, además de la exclusión por parte de sus hermanos humanos, los leprosos eran declarados “impuros” como signo de una exclusión mayor: la exclusión de la amistad de Dios, por ser considerada la enfermedad como una manifestación y consecuencia de una impureza legal en la que el enfermo habría incurrido por su infidelidad a la Ley, por su infidelidad a Dios. El leproso era, para los judíos, alguien a quien Dios mismo había rechazado y castigado con esa terrible enfermedad. De ahí el nombre mismo de la lepra, en hebreo tzara’at: “golpe o azote divino”.

Había leprosos que, aunque debían vivir aislados, no eran recluidos. A estos se les permitía venir a las ciudades a pedir limosna o ayuda a los suyos, no pudiendo acercarse a nadie a menos de “cuatro codos” de distancia. Uno de estos leprosos tuvo un día la oportunidad y osadía de acercarse al Señor Jesús. No soporta más la carga de su terrible enfermedad, el oprobio que significa para él. Lleno de esperanza se acerca a Jesús, que ya por entonces era famoso por su prédica y curaciones, y se arrodilla ante Él para suplicarle: «Si quieres, puedes limpiarme». Él cree que el Señor tiene el poder para curarlo. Sabe también que no tiene derecho alguno a reclamar tal beneficio y con toda humildad se pone en las manos del Señor apelando a su benevolencia.

Los rabinos, por no correr ningún riesgo de contaminarse por el contacto con algún leproso, los evitaban al verlos o les arrojaban piedras para apartarlos de su camino. En efecto, la Ley declaraba impuro al que tocaba a un leproso (ver Lev 15,7) y los rabinos eran sumamente celosos de mantener la pureza legal. Sin embargo, el Señor no sólo permite que se le acerque aquel leproso sino que, movido por la compasión, lo toca y le dice: «Quiero: queda limpio». El contacto físico es para el Señor el modo como comunica su poder restaurador (ver Mc 7,33). Con este gesto unido a su palabra el Señor realiza el milagro esperado: su carne de inmediato quedó limpia de la lepra.

Pero no sólo cura el Señor la enfermedad física. El leproso le ha suplicado que lo limpie. La palabra griega katarizo puede ser entendida en su sentido primario de limpiar de la lepra por medio de la curación, pero también tiene un sentido moral, el de liberar de la corrupción y de la culpa del pecado, el de purificar de toda malicia. La curación de la lepra es por tanto el signo visible de otra purificación más profunda: el perdón de los pecados en los que habría incurrido, atrayendo supuestamente sobre él el castigo divino.

El pecado es ciertamente como una lepra que va despedazando no la carne sino el espíritu, una lepra que destruye la comunión con los demás y termina por hundir al pecador en la total lejanía de Dios y en la más absoluta soledad y desesperación. El Señor Jesús vino a sanar al hombre entero, con una curación que va a las raíces de todo mal y sufrimiento que experimenta el ser humano. La reconciliación con Dios, consigo mismo, con el hermano y con la creación, mediante el perdón de los pecados obtenido por el sacrificio reconciliador de Cristo en la Cruz, es la respuesta de Dios frente a la situación de ruptura en la que el ser humano ha incurrido por su rechazo de Dios.

El Señor lo despide «encargándole severamente: “No se lo digas a nadie”». No quiere que la noticia se divulgue para no encender el entusiasmo mesiánico de las multitudes, impidiendo o dificultando así el cumplimiento de su misión de predicar la Buena Nueva a todos los hijos de Israel. A pesar de la severa prohibición, el hombre curado no puede contener el anuncio, difundiendo por todo lugar lo que el Señor ha hecho con él. No podemos imaginar el gozo y la alegría que habrá experimentado aquel leproso curado. ¡Estaba sano nuevamente! ¡Dios se había mostrado compasivo con él! ¡Ahora podía nuevamente reintegrarse a la comunidad! ¿Cómo es posible contener un gozo semejante y no “hacer fiesta”, no proclamar y divulgar la extraordinaria noticia?

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Cualquiera de nosotros, luego de cometer un pecado grave, experimenta la voz de la conciencia que le remuerde, que le dice que ha hecho mal, que le quema interiormente. Mientras más grave el pecado, mayor el peso, el dolor y la vergüenza que se experimentan.

Esa experiencia universal la expresaba el salmista en estos términos: «mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí; mi savia se me había vuelto un fruto seco» (Sal 31 [32], 3-4). ¿Quién de nosotros, luego de haber pecado gravemente, no ha experimentado que algo le consume interiormente? Por lo menos, al principio siempre se experimenta con fuerza, aunque con la posterior repetición del pecado y la continua justificación o auto-convencimiento de que en realidad “no es tan malo” uno empiece a “anestesiar” la conciencia y acallar esa voz que le acusa “de día y de noche”. Pero incluso aunque se esfuerce en acallarla y silenciarla, irrumpirá con fuerza de vez en cuando, reprochándome mis malas acciones. Sencillamente, no me dejará en paz.

A veces me he preguntado acaso: “después de lo que he hecho, ¿quién me podrá perdonar?” Acaso en medio de la desesperación he pensado que para mí “ya no hay salida”, que “ya no merezco el perdón”. Entonces, porque pensaba que luego de mi pecado ya no había retorno posible, no hice sino seguir hundiéndome en mi pecado pensando: “si para mí ya no hay perdón, si ya no hay vuelta atrás, ¿qué más da si sigo en lo mismo?”

¡Sin embargo, Dios siempre está esperándonos para darnos una nueva oportunidad! ¿Qué tenemos que hacer? Volvamos a la experiencia del salmista: «Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 31[32], 5). Sí, el Señor es capaz también de limpiar de la lepra de su pecado a quien reconociendo su miseria se arrodilla humilde ante Él y le pide perdón. Él te limpia de verdad, hasta lo más profundo, borra en ti toda culpa, crea en ti un corazón puro y te renueva interiormente (ver Sal 50,11-12; Ez 36,25-26). Su perdón siempre nos da la posibilidad de empezar de nuevo, y su amor siempre es más grande que el más grande de tus pecados. Con su perdón el Señor traerá nuevamente la paz, el gozo y la alegría a tu corazón si humilde y arrepentido te acercas al confesionario, donde Él te espera en su sacerdote. Allí, cuando tú al confesar tus pecados le supliques al Señor: “¡si quieres, puedes limpiarme!”, Él, profundamente conmovido y compadecido ante tu sufrimiento y miseria, “tocará” tu herido corazón con su amor y con su gracia y te dirá: “quiero, ¡queda limpio! ¡Yo te absuelvo de tus pecados! ¡Anda, y procura no pecar más!”