Pecado y enfermedad

1. – En un mundo como el nuestro, que en no pocos aspectos está tocando la raya de lo insólito y desconocido, persisten, sin embargo atavismos inexplicables. O explicables únicamente desde una inteligente dirección de las constantes anímicas del hombre. ¿Como explicarse, por ejemplo, que una cultura tecnificada, científica y aséptica, la magia, la brujería y la metapsíquica alcancen convocatorias multitudinarias, superiores a todas las registradas en las épocas más oscurantistas de la sociedad humana? Es un contraste tan obvio que merece un comentario aparte. Hoy no lo haremos.

2. – Quisiera, sin embargo, referirme a un tema magistral en el terreno de los conceptos, pero capital en su incidencia sociológica y que aparece en el pentagrama de nuestra liturgia dominical de hoy: la lepra.

La primera lectura de la liturgia de hoy, sacada del Levítico, nos describe el proceso por el que un «leproso» era declarado impuro y separado de la comunidad de Israel. El «leproso» era un marginado, un segregado de la sociedad, para todos los efectos, era un muerto en el pueblo judío. Un leproso, en términos religiosos, era un «herido por Dios». Curar a un «leproso» era lo mismo que resucitar a un muerto, como podemos ver con el caso de Naamán el sirio y el profeta Eliseo.

Este pasaje nos ayuda a tomar conciencia de la gravedad de la enfermedad de la lepra. Consecuente con la idea, parecida a la de los reencarnacionistas, de que toda enfermedad era compensación y castigo por un pecado, el enfermo debía apartarse no sólo por el dolor y la deformidad repulsiva, causados por la lepra, sino porque legalmente, religiosamente, era considerado impuro y portador de impureza. La presencia del «leproso« era contaminante.

3. – A Jesús se le acerca un «leproso» «Si quieres puedes limpiarme.» Que el leproso se acerque a Jesús es ya una violación de la Ley. Que se ponga de rodillas ante Él, cerrándole el paso, es otro signo de rebeldía. El acercarse el «leproso» a Jesús y ponerse de rodillas demuestra lo que significa creer, confiar en quien tiene delante.

Jesús conmovido, toca lo intocable. Y esto viola gravemente las disposiciones legales y queda «impuro». Por ese motivo ya no podrá entrar en los poblados. Entonces, se queda fuera, marginado y rebelde. Finalmente, el mismo «leproso» curado, no obedece la estricta prohibición de Jesús. Es como si, en tantas coincidencias, hubiera un designio de exaltar la rebeldía. Quizás en esta manera, casi primitiva, de zafarnos de los moldes que se nos quieren imponer como únicos, esté el secreto de una eficaz resistencia para el cambio.

4. En los relatos paralelos al de Marcos, Pedro, consciente de sus pecados, atemorizado, pide a Jesús que se aleje de él; aquí, en Marcos, se afirma la contrapartida: aunque tus pecados te cubran como la lepra, Jesucristo no se alejará de ti, te tocará y te curará.

Jesús cura a un «leproso», este relato de Marcos nos revela que Jesús es el Dios que da vida a los muertos, a los muertos física o espiritualmente. En la mentalidad judía de la época, la enfermedad es lo que se ve del pecado, así que una lepra era lo que se veía exteriormente de un pecado muy grave. Esa es la argumentación, por ejemplo, de los «amigos» de Job cuando éste, justo, aparece cubierto de lepra: confiesa tu pecado.

En los paralelos evangélicos a Marcos, se nos dice que esta señal, sanar leprosos, junto a la de resucitar muertos y a la de evangelizar a los pobres, se da justamente como señal para reconocer que el Mesías es Jesús.

Jesús manda al leproso curado a que se presente donde el sacerdote para que éste le extienda el equivalente a un certificado de salud, como estaba mandado para autorizar a un leproso curado la convivencia con sus conciudadanos. Es el único motivo que aparece en los evangelios por el que Jesús manda a alguien ponerse en relación con sacerdotes de su religión y, fijémonos, lo hace para que éstos hagan algo que ahora nadie opinaría que es labor sacerdotal. Si la enfermedad (toda enfermedad) era vista como posesión demoníaca, era lógico que el sacerdote interviniera para certificar la curación.

5. La unión entre pecado y enfermedad, entre enfermedad y espíritus malignos era tan lógica en la mentalidad popular judía que Jesús empieza siempre por perdonar los pecados para curar después; quitada la causa, el pecado, tenía que desaparecer el efecto: la enfermedad. Entre nuestra gente hay muchos que no han querido darse por enterados de las explicaciones científicas (la existencia de microbios, virus y bacilos, por ejemplo) y que siguen atribuyendo las enfermedades a espíritus malignos, o a castigo de Dios por los pecados.

Antonio Díaz Tortajada